Amalia Iglesias (España)

Amalia Iglesias ha titulado a su poemario inédito «Leer da tiempo», y así nos afirma esa realidad que ahora vemos palpable en sus poemas: que las palabras son una segunda oportunidad para enfrentarnos a aquellos asombros del mundo que el tiempo trata de arrebatarnos. Aquí cinco poemas de la autora.

Por Pedro Larrea

LA ÚLTIMA NIEBLA

Mucho antes de conocer aquel relato de pasiones ocultas
                                                                                de María Luisa Bombal,
las pesadillas amontonaron niebla espesa,
                                                                                nubes iridiscentes a ras de suelo,
densidad de la angustia, o soledad primera.

Cada noche el fin del mundo en mis sueños,
                                                cabos sueltos en la cellisca,
                                                cables de arcoíris tendidos
                                                                                en busca de la luz, linterna de la aurora.

Unas manos de niña, luciérnagas perdidas en cencellada blanca,
en la turba de nubes,
y la ventisca del vacío ululaban las voces,
                                       su limo de ceniza cristalizado entre los dedos
para buscar los hilos de colores, los senderos perdidos,
el rastro que me llevara hasta sus brazos.

Cada noche, todo el tiempo venía a reclamar su espacio,
el gozne de una edad para la bruma
                                    la impaciencia sin sombra que borraba el paisaje.
Mucho después
                                      no iba a poder tampoco pensar la niebla sin su nombre.

(Del libro inédito Leer da tiempo)


LEY DE VIDA

Porque las enredaderas
crecen más deprisa que mis versos
y acaso no he aprendido a decirte
la palabra que consuela o que acompaña.

Decirte, por ejemplo,
que ni siquiera importa
la duración del pájaro en la herida,
que el azar dispone sus luces de colores
para vernos girar en su cielo insaciable,
que las estrellas muertas
volverán a brillar en otros ojos.

Decirte, acaso,
que la luz ya es bastante,
y su euforia fugaz
eterniza en nosotros.

Porque nada sublime
se puede habitar sin desgarro
y alguna vez debemos
contener la respiración
para coger después el aire con más fuerza.

Decirte que no hay baliza ni estrategia,
que todo lo que tienes
eres tú en la espesura

y eres la diana
donde habrá de volver
la flecha que lanzaste.

(Del libro Lázaro se sacude las ortigas, Abada, 2005)


MARINA SIN MAR

Cae la tarde al vértigo del día inacabado.
He venido hasta el centro de la presa sin agua.
En el limo del fondo puedo escribir tu nombre
de Marina sin mar.

Nunca sabrán las olas
cómo baja la niebla por los pastizales
y se posa en la arcilla de la luz de anteayer
más despacio en sus grietas.

El viento juega con los posos del pasado
la dulce letanía de aquella tierra intacta.
Por el rastro de la sangre…
los mismos brezos al borde del camino
recuerdan que mis brazos eran niños entonces.

Otra vez se hace tarde.
En las encrucijadas del corazón
huele a bosque mojado
para que nunca olvide mi cuna de madera
y tus manos perfumadas de orégano,
de arándano, de camomila en flor.

Hoy camino contigo
por las linderas de Somonte.
Todavía el viento desata tu pañuelo
antes de bajar a posarse en vuestras tumbas.

(Del libro La sed del río, Reino de Cordelia, 2016)


POEMAS DE LA GALERNA

Antes de que llegase la galerna
ya sabíamos que eras un favorito de los dioses.

Nos quedaron palabras tuyas dispuestas a decirse sin tus labios,
versos de orfebre peinados por el viento,
                  igual que la galerna, a cada embestida escriben su epitafio.

Como un imán tu voz,
                 tendida en la gravedad del tiempo, sin náufragos ni cicatrices.
Puedo pensarte ahora con piedras azules en los bolsillos
y diminutos planetas en las manos.

Asciendo por Pancorbo, camino del Norte,
y pienso si este año también tus jacarandas
se habrán adelantado en mi ordenador,
si ya habrán florecido sus píxeles violetas y morados,
magentas, azulados, cárdenos, malvas, lilas…
                                                                Nunca supe el color real de aquellas flores
que llegaban desde tus manos a mi pantalla cada primavera.

Tal vez hayan venido, también madrugadoras
como en los almendros del camino,
o quizá el antivirus las haya enviado al spam
                                                                 porque germinan a destiempo.

Tal vez en las faldas del Amboto ya sea primavera y tus cenizas
estén empezando a florecer en los pastizales
como florecen cada vez que llego a esa página de Rayuela
                                                                                                 que tú dejaste señalada.

Florecen y después salen volando como libélulas azules,
                                                                                                 las jacarandas azules
                                                                                                       y las piedras azules,
                                                hasta los diminutos planetas azules en tus manos.

(Del libro inédito Leer da tiempo)


VERSIÓN CELESTE

Las sombras de noviembre desnudan amapolas en la nieve,
trenzan nidos de luz para acunar los días venideros,
brillan en nuestros poros los nombres deshabitados del futuro
                                                 para que tú y yo volvamos a escribirlo a ciegas.

Lejos de la ansiedad que oxida las arterias, un balbuceo de luciérnaga encendida,
un breve roce al sueño de inquietud
                           para que el horizonte pueda empezar a querernos,
                 para viajar a las sílabas de la sangre donde el azar fermenta sus raíces
nos deshojamos poco a poco con vocación de otoño.
Para sembrarnos a pedazos de este cielo entregado
                                 abrimos puertas al aire donde la noche no adelgaza,
abrimos manantiales y rompeolas
                                           para el corazón que no cunda en barbecho.

Vivimos una sed de palabras no aprendidas
cada verso es un pretexto para guardar el calor de nuestras manos,
para saciar tus pasos y los míos perdidos en mitad del aguacero,
sin vértigo en los tendones del viento nuestro abrazo,
cuando tus sueños hacen cosquillas en mi rostro
siembra en mis ojos la luz que no envejece.

En algún lugar pedazos de tiempo destilan nuestros nombres.
Éramos Ulises divagando sobre el Cantar de los Cantares.

(Del libro inédito Leer da tiempo)


Amalia Iglesias. (Menaza, España, 1962). Poeta, periodista y gestora cultural. Entre sus libros de poemas destacan: Un lugar para el fuego (Rialp, 1985, Premio Adonais 1984); Memorial de Amauta (Premio Alonso de Ercilla del Gobierno Vasco en 1987); Lázaro se sacude las ortigas (Premio Villa de Madrid, 2005); La sed del río (Premio Ciudad de Salamanca, Reino de Cordelia, 2016) y Tótem espantapájaros (Abada, 2016).


Pedro Larrea España, 1981. Es autor de tres libros de poemas: La orilla libre (Ártese, 2013; Nueva York Poetry Press, 2019); La tribu y la llama (Amargord, 2015); y Manuscrito del hechicero (Valparaíso Ediciones, 2016). Su poesía ha aparecido, entre otras, en la prestigiosa revista española Revista de Occidente. Ha leído como poeta invitado en diversos escenarios, plataformas y festivales internacionales. Como ensayista, ha firmado el estudio Federico García Lorca en Buenos Aires (Renacimiento, 2015) y de artículos de investigación sobre poesía hispánica. Como traductor, ha publicado la edición en español de Book of Hours de Kevin Young (Libro de horas, Valparaíso Ediciones, 2018); Una defensa de la poesía de Percy Bysshe Shelley acompañada de Las cuatro edades de la poesía, de Thomas Love Peacock (Poéticas, 2019); y Sonata Mulattica, de Rita Dove (Valparaíso Ediciones, 2020). Actualmente imparte clases en la Universidad de Lynchburg.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.