A Circe Maia le colocaron muy bien su nombre. El referente inicial es el de la mitología griega sobre la hechicera poderosa que maneja los secretos de las plantas y convierte a los hombres en animales y con la cual se encontró Odiseo en su regreso a Ítaca y le dio consejos. Milenios después, hay una maga poderosa que convierte lo cotidiano y referentes de otras culturas en poderosos poemas de gran hondura filosófica y en donde permea una luz infinita entre camalotes, allá en su natal Uruguay
por Javier Alvarado
El conocimiento se almacena en vastos
registros y memorias
mecánicas.
Circe Maia
A Circe Maia le colocaron muy bien su nombre. El referente inicial es el de la mitología griega sobre la hechicera poderosa que maneja los secretos de las plantas y convierte a los hombres en animales y con la cual se encontró Odiseo en su regreso a Ítaca y le dio consejos. Milenios después, hay una maga poderosa que convierte lo cotidiano y referentes de otras culturas en poderosos poemas de gran hondura filosófica y en donde permea una luz infinita entre camalotes, allá en su natal Uruguay. ¿Cómo llegué a ella? La tradición uruguaya es tremenda en cuanto a los referentes femeninos: María Eugenia Vaz Ferreira, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, Susana Soca, Sara de Ibáñez, Clara Silva, Marosa de Giorgio, Ida Vitale, Orfila Bardesio, Amanda Berenguer, Idea Vilariño, Circe Maia, Cristina Peri Rossi, Silvia Guerra, Tatiana Oroño, Mariella Nigro y otras poetas que forman una pléyade extraordinaria. El Uruguay es un país donde las damas tienen el magisterio de la poesía y de las palabras. Allí las escrituras de ellas son piedras fundacionales y no hay cabida a la especulación. Son manantiales perennes de fuerza, trasparencia y femineidad. Pude gracias a las lindes cibernéticas tener contacto con Circe Maia en el 2019 y desde allí se dio una bella relación epistolar (si así podemos decirlo).
Mi primer correo fue muy sincero al expresar la gran admiración que sentía (lo cual hoy aún permanece y de forma aumentada) por su obra. Me sorprendió la calidez y la humildad de su respuesta:
Javier: recién acabo de leer el mail y me ha alegrado saber que te ha gustado lo que escribo. Me gustaría conocer tu poesía, ¿podrías enviarme algunos poemas? ¡No conozco nada de poesía panameña! Va también un abrazo, Circe. (24 de agosto de 2019)
Procedí entonces a mandarle una selección de mis poemas y a los pocos días esta fue su respuesta:
Javier: felicitaciones por la antología. Veo en ella ahora un verdadero puente entre nuestros países. Me ha conmovido la referencia al Enterradero de El Ciprián y el de Macaria Espinoza, la abuela tan recordada… Encontré muchos poemas que me hicieron penetrar profundamente en la historia panameña, como el de la construcción del ferrocarril del istmo, tan dramática. Todos los poemas tienen una gran riqueza de imágenes, ritmo y fuerza expresiva. Te agradezco mucho, Javier, su envío. Va un saludo muy cordial, Circe. (30 de agosto de 2019)
El intercambió siguió cibernéticamente hasta que le extendí la invitación para que diera una lectura de sus poemas en el Festival Internacional de Poesía Vicente Huidobro en el 2020 en plena pandemia. Fue quizás una de las últimas lecturas públicas de Circe Maia y allí tuvimos la oportunidad de conversar brevemente. Posterior a ello, gracias al contacto con su hija Ana, he podido tener referencias sobre ella y mantener al contacto, lo cual agradezco mucho.
En viajes posteriores a Argentina y a Uruguay, pude hacerme de ciertos libros: alguna primera edición, antologías, Un viaje a Salto (que narra las vicisitudes durante el golpe militar en su país natal). Proseguí a realizar una lectura minuciosa de aquellos poemas y mi asombro y admiración fueron in crescendo. Circe Maia ha ido decantando la realidad, la cotidianidad a través de un cristal filosófico y de hermosas imágenes y de una musicalidad leve, una extraña sencillez pero que asume la complejidad de lo bello y de lo eterno, de lo perdurable. Una de las cosas que confieso me entristecían, es que la autora uruguaya no poseía hasta ese entonces premios internacionales por su gran legado. En una ocasión, conversé con la poeta Ivonne Gordon, ecuatoriana, catedrática de la Universidad de Redlands en California, para que a través de su departamento de Lenguas y Literatura se propusiera su nombre para el Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía (el cual merece, con creces, ganar). Tiempo después, cuando se le concedió en el año 2023 el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca en Granada, España, mi alegría fue enorme y le celebré telefónicamente junto a su hija y le escribí a una gran entusiasta y promotora de su obra, la poeta argentina María Teresa Andruetto.
Las publicaciones se han ido sucediendo en España (Visor, Pretextos) y en otros países (a través de traducciones). Ahora, en este 2026, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda se le otorga a Circe Maia. Llamé maravillado a Carmen Ollé (otra extraordinaria poeta y escritora peruana) y me expresó su regocijo al ahondar más en la obra de una mujer excepcional que debe ser conocida por otras generaciones de creadoras. Llamé nuevamente a Ana y ha sido una noticia que me ha mantenido en una gran felicidad; pues veo como se corona y se reconoce a una escritora irrepetible, que ha construido una obra magnánima.
En la introducción a su Obra Poética, Circe Maia, nos dice:
Para cumplir su misión, el lenguaje cuenta con el auxilio de las cualidades formales: los valores sonoros, cierto ritmo, cierta estructura. Ellos son función del contenido, mejor dicho, la única manera cómo el contenido logra su existencia […] Mucho habría que decir sobre este difícil problema de la relación de forma y contenido, pero sólo quiero agregarla convicción íntima de su profunda unidad; precisamente, la intensa felicidad que provoca la creación poética me parece que consiste en lograr, a veces espontáneamente, otras con dificultad, la indisoluble unión de lo expresado y su «manera», cuando el sentido se hace transparente y vivo a través de la forma.
Y precisamente hay vida en sus textos desde sus contextos más remotos. Circe Maia puede devolvernos la limpidez de un lago, el esplendor argénteo del Río de la Plata, la sembradura de los lapachos, las ciudades recorridas por Kavafis, las andanzas de los musulmanes, la filosofía griega, las mitologías de los extremos de la tierra, el credo de los koguis en Colombia, el retumbar de lo cósmico del Popol Vuh de los mayas en Centroamérica, la maternidad, la mujer en su grandeza, «en su hacer que ilumina». Todo en ella se vuelve oro en el lenguaje poético, que traspasa y se disemina como fibras de un copo de diente de león.
No he tenido el placer de conocer en persona a Circe Maia, de darnos el abrazo y de ahondar en tantos temas que nos pueden ser comunes. Su obra ha llegado a mí y espero que llegue a otros más, pues ella lo merece. Ella sabe, como la gran docente que fue y que es, lo de tender esos puentes con los jóvenes y darnos una enseñanza duradera, desde sus lecciones de vida y su escritura portentosa. Desde mi Panamá, le envío mis parabienes y un gran cariño por su persona y obra, hasta su Uruguay, hasta su Tacuarembó, donde seguro me invita y nos invita:
En el Tacuarembó borroso y simple
de mi niñez, jugué en calles de tierra;
en los días del agua y la alegría
hice vasos con greda.
…
Vamos por las calles anchas
a los caminos
y del camino al puente
del puente al río.
Vámonos.
Antes que la mirada
del azul se nos cierre
dulce pupila.
Antes que el viento
se nos lleve de pronto
el día.
Circe, algún día nos encontraremos.
Javier Alvarado
Panamá, 14 de agosto de 2026
La ciudad del sol
En prisión siciliana
el fraile dominico Tomasso Campanella
vio en sueños las murallas concéntricas rodeando la colina
—defensa de invasores—
Y en su interior las vio cubiertas de dibujos
de signos, de pinturas…
(Las murallas enseñan a quien vive entre ellas
secretos de animales y plantas, astros y geometría
música y matemáticas).
Vio el fraile en la ciudad el movimiento
de sus seres felices, sus vestidos, sus juegos
su parejo trabajo, su parejo descanso.
Y ellos «que nada tienen, pero a quienes
nada falta», sonríen
y la ciudad solar brilla y alumbra
la prisión siciliana.
(También al mil quinientos,
otro Tomás inglés. Sir Thomas Moro
sueña con su fantástica Utopía
mientras se afila el hacha del verdugo).
El pozo de Silban
Cuenta Melville cómo Clarel desciende
hacia el pozo sagrado, el agua santa.
El agua
que hace a los ciegos ver
sanarse a los enfermos.
El agua brota en cuevas escondidas
de ríos subterráneos.
Suena de a ratos y de a ratos calla.
Un silencio, un sonido:
un rítmico misterio.
El peregrino baja
con cuidado, sintiéndose muy cerca
de aquello incomprensible, milagroso…
De pronto
el ruido de una piedra suelta
golpea el mágico silencio
y cae el agua como caen todas
las piedras en el agua, con el mismo ruido.
Nada extraño: la piedra, el agua
se ven de pronto como piedra y agua.
Nada más, solo eso.

Al-Mutamid, siglo once
El prisionero ve volar las aves en bandadas
(la traducción dice «perdices», pero eso
no parece posible)
y les desea buena suerte…
teme que lo creamos envidioso
de aquella alada libertad de pájaros.
Y aclara bien que no, que no, que no es envidia.
Ellas, libres.
Él, preso.
«¡Que tengan buena suerte!», dice, con sus crías
que las de él, en cambio, se perdieron.
Dice: «A las mías
las traicionaron el agua y la sombra.»
(No está claro
cómo fue esa traición
pero así, con enigmáticas palabras
se termina el poema.)
Esto todo fue escrito hace mil años.
Y tiemblan, sin embargo, todavía
las palabras
del prisionero.
Receta para hacer una vela de parafina
En un recipiente cilíndrico, ancho y chato
—no queremos una vela finita y alta—
ponemos parafina líquida, previo calentamiento,
y antes de que endurezca se le agregan
algunas sustancias colorantes; también
piedras o semillas secas. En el medio, el pabilo.
Después de estar sólida y fría
se retira del molde —ya está pronta—.
Tienes entre las manos un objeto
que te envía a los ojos un paisaje brumoso
y a la piel la más lisa sensación, pero
quedaron como úlceras en una piel finísima
unos pequeños huecos, donde asoman
las semillitas, muy amontonadas.
Al girar la mano se ve detrás la abierta
herida oscura.
Es cierto
que de lejos nada de esto se nota.
(Tampoco notas mucho en la mirada
de los demás, pero seguro llevan
—seguro es que llevamos— las bruscas aberturas
¿hacia qué, hacia dónde?)
No es nada claro
el efecto final, salvo cuando la vela
se enciende en una pieza oscura:
como llamados desde un largo sueño
despiertan a su luz —cálida, breve—
las tapas de los libros, las cucharas
a cuanto la llama temblorosa se arrima.
El soplo que la apaga
devuelve todo a su silencio seco
y la vela regresa a su mezclada
realidad: la lisura
rota en heridas.
Superficies
Del mar se puede, pero no del cielo…
—digo— el hablar de superficies, Ana.
Se habla del brillo de la superficie
del mar, y el gran contraste
con su oscuro interior, lleno de seres
misteriosísimos… (¿Recuerdas
las veloces langostas—
las que filmó Cousteau—
en fila por el fondo del océano?)
La superficie, en cambio, luminosa;
cambiante, movediza, pero clara.
Por lo menos los ojos la reciben
así, reconociéndola, admirándola:
—Mirá el mar, qué sereno o qué encrespado
está hoy —como quien dice—
te levantaste bien o estás nerviosa
por el tono en que suenan tus palabras.
Pero así como nadie sabe nada
—en el fondo— de ti y ni tú misma
te entiendes bien,
así, de Igual manera
es tanto y tanto y tanto lo Ignorado
lo detrás, no visible, no pensable…
¡Pero peor del cielo! Eso quería
decirte en esta noche, mientras brilla
la Vía Láctea entre los árboles.
Tu mano, que rasguea la guitarra
saca sonidos suaves
escasamente audibles —me parece—
desde lo alto.
Los sonidos remontan en el aire
hacia el cielo tranquilo, de allí vienen
también tranquilas, radiaciones suaves
que apenas vemos. (Tintineos breves
de campanas atrozmente remotas).
¿Cómo romper ese telón de fondo
detrás del pino? Ni con telescopios
iríamos más lejos, siempre habría
otro telón de fondo del cielo, como aquellas
langostas oceánicas…
Trastabilla
el pensamiento contra lo infinito
y prefiere, por último,
aferrarse a los limpios,
claros sonidos de tus cuerdas, Ana.
No aquella eternidad
No aquella eternidad de la dicha, ni aquella
eternidad del llanto
No el continuo aletear de ala de cielo
ni la continua llama,
sino la eterna vida de estar, de haber estado
desde que todo fue por vez primera
y no morirse más, seguir con todos
y siempre fuéramos.
Porque no sé de dicha pura, sola
limpia, limpia y sin sombra
polvo ni arena
sino de aquel surgir de la alegría
como que amaneciera
como re ir después de haber llorado
como luz sobre el agua y en la tierra.
No sé, en realidad no entiendo
pero sí que quisiera
mirar desde muy lejos sobre días y años
haber estado entonces
estar después que muera.
Conocer los que no han nacido ahora
—no sé de qué hablarán, ni sus vestidos—
pero seguramente habrá horas como esta
el viento como ahora
noches como las nuestras
igual caer de luz y de agua triste
igual miedo de muerte
el mismo llanto y risa y la gran ansia
de vida para siempre.
Protestan
Cuando descubres
que lo real se ve desde el lenguaje
cuando ves que se envuelve en trajes coloreados
todo lo que antes era vago e indefinido
te ves como un señor, un rey, o al menos
un paje en el cortejo que todavía marcha
dando nombre a las cosas, diciéndoles:
«Tú eres
esto y tú tienes
este otro nombre y tú ahora debes
obedecer al nombre tal y cual… Ahora
ya no más juegos a ser -no ser, ni cambios
imprevistos, ni entradas ni salidas
a escena que no sean preparadas
por algún texto previo… Mucho ojo
con salirse de tono y de maneras.»
Y los brillantes trajes
se apagan, decoloran y se encogen:
en la palabra “lluvia” ya no suena
la lluvia entre las hojas
y la ese de «sol» apenas brilla.
Doblegando al lenguaje, lo real se comprime
dentro de las palabras;
cada idioma le añade un cinturón y un lazo.
Y así quedan envueltas con diez vueltas
y anudadas con nudos
de diferente forma
todas las cosas, desde las más pequeñas
como una semillita o el ojo de un insecto
hasta las más extensas como el humo
al ras de la llanura.
Y a veces —maniatadas— se sacuden
porque no se resignan
y dice la tristeza, por ejemplo:
Este pequeño nombre
singular, femenino, no me sienta
me queda un poco estrecho y ya gastado.
A ver —nos pide— si se lo cambiamos
un poco, al menos,
para que pueda verse por la calle
y no desentonar con el asfalto.
Postergación de la luz
Los indios Koguis en Colombia
hablan de nueve mundos… Antes del nuestro
hubo, pues, ocho mundos misteriosos
habitados por seres-pensamiento
que no eran todavía muy reales.
En el primer mundo sólo estaba la Madre,
el Agua-Madre: oscuridad, silencio.
Pero no era nada ni nadie. Era sólo
pensamiento y memoria.
En los primeros mundos no hubo huesos ni sangre
—la creación avanza lentamente—.
Los progresos del cuarto al quinto mundo
son bastante importantes
pero no decisivos.
En el cuarto, ya hay alguien que sabe que habrá hombres
y hombres hay en el quinto, pero muy incompletos:
Les fue ordenado hablar
pero sólo decían: noche, noche.
Los mundos tienen padres y madres diferentes
y ellos son creadores de seres imperfectos.
Hay pequeños progresos
pero la luz demora;
ya vamos por los últimos
—el octavo y el noveno—
y —“aún no había amanecido.”
La luz, de ser primera,
ha pasado a ser última.
Y acá estamos
en quién sabe qué mundo
esperando que cesen los golpes de tiniebla.

Circe Maia (Montevideo, Uruguay, 1932). Premio Nacional de Poesía (1958 y 2001) y Medalla Delmira Agustini (2012). Realizó estudios de Filosofía y de Lenguas Modernas. Su interés por el griego actual es posterior, ya instalada nuevamente en Tacuarembó, donde dio clases de Filosofía y de Literatura Inglesa. Ha publicado traducciones de poetas griegos e ingleses en revistas uruguayas y extranjeras. Sus libros son, entre otros: Plumitas (1944), En el tiempo (1958), Presencia diaria (1964), El Puente (1970), Cambios, permanencias (1978), Dos voces (1981), Destrucciones (poesía en prosa, 1987), Un viaje a Salto (prosa, 1987), Superficies (1990), Círculo de luz, círculo de sombra (traducidos al sueco, 1996), De lo visible (1998), Medida por medida (traducción de Shakespeare, 1999), Breve sol (2001), Ayer un Eucalyptus (obra traducida al inglés, 2001), Un viaje a Salto, (traducción al inglés, 2004), Obra poética, (el conjunto de su obra poética, 2007), La casa de polvo sumeria: sobre lecturas y traducciones (2011), La pesadora de perlas (2013), Poemas: Robin Fulton (traducción de un poeta escocés, 2013), Dualidades (2014), Transparencias (Antología poética. Editorial Visor, España. 2018), Múltiples paseos a un lugar desconocido: antología poética (1958-2014) (Editorial Pre-Textos, España. 2018), Voces del agua (Rebeca Linke Editoras. 2020, 2023). Mereció el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca en 2023 y en 2026 recibió del gobierno de Chile, el premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.

Javier Alvarado, miembro de las Academias Panameña y Hondureña de la Lengua, y ganador de importantes premios nacionales e internacionales como el Ricardo Miró, el Rubén Darío de Nicaragua, Sor Juana Inés de la Cruz (México) y Fuente Vaqueros – Casa natal de Federico García Lorca (España), Mención Casa de las Américas de Cuba, Mención Premio Mundial de Poesia Mística Fernando Rielo y Rey David de poesía bíblica iberoamericana. Por su vida y obra recibió el premio Dámaso Alonso.
