La ceja del tigre, de Miguel Iriarte, anticipo en Esteros

Nos complace presentar los primeros capítulos de esta novela inédita del prestigioso poeta y gestor cultural del Caribe colombiano. El texto fascina por el ritmo y el lenguaje, que amalgama con destreza la jerga provinciana con las de otros registros en eso de lograr la belleza. Se cuelan también la música y la gastronomía. El amor y otros demonios, desde la voz particular de Iriarte y su bagaje de todas las artes.

(Novela inédita)

Miguel Iriarte

Acabo de recordar que alguna vez yo también fui tigre. Brevemente tigre. Yo tenía apenas cinco años y las Margaras, aquellas famosas hermanas Gamarra, de Sincé, Margara y Sandiego, un día me llamaron misteriosamente a una pequeña tienda de abarrotes que alguna vez tuvieron en la esquina de mi casa, para que me probara un disfraz de tigre que me iban a regalar.

El atuendo estaba ya listo y completo, con su piel gris de fique tupido dibujada de pequeños círculos negros y amarillos; su rabo de cáñamo forrado en fique, largo y duro; y una máscara de bangaño llena de puntitos rojos, negros y amarillos, unos colmillos de perro muerto afilados y unas pequeñas orejas de cartón pintadas también de negro y amarillo.

Me lo midieron. Dieron vueltas a mi alrededor con sus ojos escrutadores y hablando bajito entre ellas, le hicieron ajustes para mi talla, me pusieron delante de un espejo y cuando vi aquel animal que no era yo, pero que era yo mismo, grité fuerte dentro de la máscara:

—¡Mulalá!

Ellas se echaron a reír y cuando quise lanzarme a la calle rugiendo para tragarme al pueblo, lograron atajarme y, como si fuera cosa de un gran secreto, me dijeron que había que esperar unos días, con la condición de que no podía contarle nada a nadie, ni siquiera a mi madre.

Pero en esos días de la secreta espera murió mi madre y se jodió el proyecto de aquel tigre que era una gota de niño.

I.

¡Mataron el tigre! ¡Mataron el tigre! ¡Mataron el tigre!

Fueron las voces que se oyeron recorrer las calles del pueblo a la media noche de aquel domingo de 1975, cuando alguien trajo a esa hora la noticia a Sincé de que en medio de una fiesta en una casa de familia en San Pedro (Sucre), sonaron cuatro disparos que perturbaron la noche provinciana, la emoción del baile, la alegría de la fiesta y el disfrute de una pareja de novios que se frotaban su amor con aquella canción de Alfredo Gutiérrez que decía …

«Ya tengo tus besos, ya soy feliz
al fin esta pena se pudo acabar
ya tengo tu amor, no hay por qué sufrir
solo quiero vida pa poderte amar…».

Lo que se dijo fue que a Franco Manrique lo habían matado porque tuvo una erección bailando con su novia en aquella fiesta. Que los hermanos de la muchacha, que se habían aparecido de un momento a otro, escapados de la cárcel, lo sacaron a rastras a la calle y le llenaron la entrepierna de balazos. Y que había muerto desangrado. Que los únicos que quedaron en aquella casa, porque todos salieron despavoridos con aquel caos de gritos, música y disparos, fueron Hilda Pasión, la dueña del baile; la francesa que había prestado la casa para la fiesta; y Moraima, la madre de Hilda Pasión, las tres aterradas en el rincón de un cuarto a oscuras donde no las encontraron los mellos Méndez que, luego de dispararle a su novio, entraron como locos buscándola quién sabe para qué, pero alguien les dijo que la habían visto correr en dirección a su casa; y Franco, a orillas de la cuneta, en la puerta de la calle, mirando un cielo de diciembre con los ojos quietos.

Otros dijeron que lo que había pasado era que cuando los hermanos de Hilda Pasión, que ya estaban borrachos, sacaron a Manrique a la calle, jamás imaginaron que, quien en principio no había opuesto ni un ápice de resistencia, en dos o tres saltos felinos perfectamente insospechados y en una carrera fantasmal, se les había ido de las manos y que en la oscuridad de la media noche ni uno solo de los cuatro disparos había dado en el blanco. Así que el que había quedado en la cuneta era otro.

De lo que no había duda era que una de esas balas disparadas le había dado a alguien, a juzgar por las huellas de sangre que habían quedado pintadas en un pretil de la casa vecina del maestro Querubín Marriaga, pero nunca se supo si alguna, o cuántas, habían impactado en el Tigre Manrique, porque lo cierto es que una de esas balas perdidas acabó con la vida de un desgraciado que pasaba por ahí de a caballo. Y con la de un perro al que no le encontraron orificio de entrada ni salida porque la bala le entró por la boca y le salió por el culo.

El caso es que, herido o no, Franco Manrique debió perderse en la noche tigrera de ese día para aparecer una semana después, al amanecer de un domingo, en la casa de su padre en Sincelejo, cuando el negro Farías se disponía a levantarse para sus deberes cotidianos y casi la emprende a garrotazos con él porque lo encontró forzando la puerta falsa del patio. Se salvó del ataque porque le gritó a tiempo:

—¡Cuidado que soy yo, Franco!

Enterado de lo ocurrido, su padre lo mandó a que se escondiera un tiempo en la finca de un socio suyo de la que Franco no tenía noticia ni cuya ubicación conocía, hasta que las cosas se calmaran un poco, porque era sabido que los hermanos Méndez habían estado preguntándolo por todas partes valiéndose de las más diversas artimañas. En Sincé se disfrazaron como tigres para ver qué información podían obtener, pero todo el mundo sospechó de un par de tigres que invitaban a trago a todo el mundo, con el pretexto de que querían conocer al que decían que era el tigre más veloz del pueblo. En Magangué, en la tienda de una hermana de la madre de Manrique, dos extraños agentes vendedores de lámparas a gasolina habían ido a proponer un negocio loco que ella rechazó enseguida porque era tan bueno que no podía ser cierto. En Sincelejo, tres jinetes en tres magníficos caballos habían estado pasando una y otra vez por el frente de la casa de su padre enviando mensajes con el negro Farías para que su patrón se asomara a ver aquellos ejemplares por si de pronto le interesaban.

Y a su hermana Hilda Pasión habían querido someterla a la fuerza para que les dijera dónde estaba el hijoputa ese que seguramente ya se la había comido, a juzgar por la manera en que bailaban esa noche. Pero ella no se dejó. Se enfrentó a los dos y los hizo salir corriendo azotándolos con un perrero de verga de toro que había descolgado de un gancho de madera de la pesebrera del patio.

Crédito de la foto: Miguel Iriarte

“En ese entonces, de todos los tigres que salían a la escena del pueblo para la representación de este excepcional teatro popular callejero, itinerante, solo dos atrapaban la atención, el interés y el temor de adultos, jóvenes y niños: Jorge Mulalá y Franco Manrique. El primero era brusco, de juego sucio, perverso y traicionero, se robaba cuanto podía de las tiendas del pueblo y toqueteaba a las mujeres, que terminaban llorando y citándolo en la comisaría del pueblo”


II.

No sé por qué recuerdo ahora ese episodio que me contó un día Evaristo Acosta, el viejo historiador del pueblo, si lo que hago en estos momentos es escuchar en mi tocadiscos el disco que Charles Mingus hizo en 1976 inspirado en los asuntos de la cumbia. ¿Será que Mingus me ha hecho recordar el cuento del perro misterioso de San Pedro? ¿Habrá sido acaso por aquello de Beneath the underdog, la autobiografía de Mingus, jugando conmigo en una impensada asociación? ¿O habrá sido tal vez por el retrato de Mingus tocando el contrabajo con los dedos larguísimos que le pintó la artista Claudia Ruiz, que ahora tengo frente a mí y que me mira mientras suena la música de ese gran trágico del jazz?

En todo caso, recuerdo y música esta vez también se cruzan con la imagen de mi madre vestida de Manola, bailando para mi padre debajo del árbol de mamoncillo del patio en la casa del pueblo, mientras él rasguea en su guitarra un andante flamenco y mientras la prole juega y corrincha alrededor.

Ahora que esto escribo, uno de mis perros me lame la mano y el otro me mira como queriendo anunciarme la hora de su comida. Ya los gatos, satisfechos, callaron su sinfonía y se lamen contentos unos a otros regados todos en las camas y en los muebles.

El mar, al fondo, persiste en el rumor, y a esta hora no se escuchan ya las voces de los niños bañistas ni las músicas que salen de los equipos de sonido de los autos estacionados en la playa. Solo la brisa entre los árboles del patio y la voz permanente del oleaje. Y más al fondo, los recuerdos rebullendo en la memoria.

Uno de esos recuerdos tiene que ver con el mar y con Manrique. Apenas dos años antes de aquel percance en San Pedro, a sus dieciocho años cumplidos, fue que apenas pudo conocer el mar. Se había enrolado en un paseo de fin de año que habían armado algunos amigos y familiares un primero de enero. Él no sabía quién era el mar y lo tenía allí desde siempre, a escasa hora y media de donde había nacido y crecido. Hasta ese día el mar para él era el mar de los libros y las canciones. El mar de aquella pregunta de Borges que había leído alguna vez en el epígrafe de un poema: «¿Quién es el mar?». Especialmente el mar de aventuras de Un capitán de quince años y de El viejo y el mar; y el mar del Lamento náufrago y de Este mar es mío. Libros que había leído en la biblioteca del pueblo y canciones que le escuchaba cantar a su madre…

Este mar es mío
viene se eleva
se eleva y se va
este mar es mío
viene y se va sin hablar.

III.

Además del recuerdo, de lo que le sucedió a Manrique en San Pedro quedó también un dicho que se hizo de obligatoria referencia en cada fiesta, baile o fandango, conversación de entrecasa y consejo familiar. Era una voz atribuida a la advertencia de una madre preocupada; aplicable indistintamente a él o a ella: «¡Baila suelto, acuérdate de Manrique!»

Pues el recuerdo de Manrique ha aparecido esta mañana porque anoche pasé un sofoco en el baile de fin de semestre de la universidad. Sonó para mi delicia aquello de Ay, ay, ay, Micaela se botó, y ella, una morena bastantuda y con swing, funcionaria administrativa de nuestro departamento, se movía de maravilla sin importarle que, por un azar de la topografía de nuestros cuerpos, en el sandungueo de la cosa, su teta izquierda anidara justo en el cuenco de mi axila derecha donde el sabor de Pete Rodríguez se encargaba de hacer posible un masaje de ensueño. Y yo, que bailaba gozoso, con los ojos cerrados, sin embargo, me repetía como en una oración: «Baila suelto, acuérdate de Manrique!».

Manrique, que tenía apenas 18 años mal contados cuando le pasó lo que le pasó, era sin duda alguna el tigre más veloz, el más ágil y el de mayor gracia de cuantos se recuerdan en Sincé. Corriendo a pie descalzo por el cascajo lustroso de las calles sinceanas hay quien se atreve a asegurar que en varias ocasiones llegó a hacer 100 metros planos en menos de 10 segundos, cuando la marca mundial estaba en 9 y tantos. Persiguiendo a alguien al que le hubiera puesto el ojo no declinaba en su carrera persecutoria hasta darle alcance, a no ser que el huyente brincara a un patio vecino o entrara por una ventana o una puerta abierta providencialmente en su emergencia. Hay inclusive especialistas de la talla de Anselmo Castilla que se atreven a compararlo con el tigre que interpretaba el legendario Homero Zolá. Aserto que comparte el propio Evaristo Acosta, que fue quien le enseñó por primera vez a Manrique cómo era que actuaba un tigre y cuáles eran los rasgos capitales que hacían una buena indumentaria y una mejor interpretación. Él fue quien le recalcó que más que el bigote y los colmillos es el pujido el que le da más dramatismo a la máscara y en eso radica la clave de la intimidación. En la mirada y en el pujido.

Pujaban los tigres en las calles de noviembre y había quien los escuchaba al otro lado del pueblo y podía decir quién era quién. Como en la Nueva Orleans de los comienzos del jazz en la que grandes trompetistas de la época como los míticos Buddy Bolden, Louis Armstromg, Jack Johnson y King Oliver tocaban sus trompetas en las puertas de los bares y de un rincón a otro de la ciudad ya se sabía quién era quién. Ese que se oye allá es el Cabo de la Ceja; ese otro es Mulalá; aquel de más allá es uno de los hijos de Florinda; este que puja aquí mismo es sutanito; ¡pero cuánto apostamos que este de más acá sí es Manrique! Era un pujido de pecho claro, de poderosa resonancia que permitía localizar con exacta ubicación en qué calle de qué barrio estaban matando al tigre y dar con el nombre del tigre en la pradera…

Óyelo roncar
por la serranía
ese es el tigre e’ las Marías
que anda por Casacará,

decía la canción de Escalona que su padre cantaba.

En ese entonces, de todos los tigres que salían a la escena del pueblo para la representación de este excepcional teatro popular callejero, itinerante, solo dos atrapaban la atención, el interés y el temor de adultos, jóvenes y niños: Jorge Mulalá y Franco Manrique. El primero era brusco, de juego sucio, perverso y traicionero, se robaba cuanto podía de las tiendas del pueblo y toqueteaba a las mujeres, que terminaban llorando y citándolo en la comisaría del pueblo; con él, el que en medio de una carrera intempestiva tenía la mala suerte de caer en sus garras, sufría la tortura de ser revolcado sin misericordia en cualquier mierda de perro callejera, y podía recibir de contera un ají picante en el culo. Y aquello era suficiente para temerle como al que más y para estar siempre preparado con la mejor carrera que pudieran permitirnos los zapatos y el alma.

Se cuenta que en una ocasión Mulalá tropezó en su andanza con una pobre muchacha del servicio que iba hacia la tienda con la cabeza puesta en sus oficios y su mandado, y el tigre la raptó tomándola de la cintura y metiéndose con ella en un solar baldío en el que hizo lo que quiso con la pobre muchacha, robándole además la plata de sus encargos. Mulalá se fue y la muchacha, que se llamaba Digna y trabajaba en casa de los Garrido, salió llorando, sacudiéndose el vestido, acomodándose el cabello y escupiendo asqueada la miseria de aquel trance.

En esa ocasión Mulalá estuvo preso y se dice que el Alcalde estuvo considerando prohibir el juego del tigre para siempre. Pero el pueblo entró en una suerte de descontento popular que movió las opiniones de casi todos sus habitantes: de los aguateros de El Trébol, de los de Amores Nuevos, y de los de El Estanco y Los Abetos; de la comunidad «industria» de La Ceja; de los desocupados de la esquina del Dr. Domínguez; de los discutidores de La Bodega; de los garrocheros que lideraba Manuelito Rodríguez; de los manteros y banderilleros que comandaba el Mocho Acuña; de las torteadoras de empanadas bajo la égida de la niña Gena; de muchos otros independientes que habían endosado su voz al maestro Anselmo Castilla; y de los otros que representaba por mandato natural el historiador Evaristo Acosta. Fue un episodio que por primera vez en su historia casi desemboca en una suerte de desobediencia civil que persuadió al mandatario de entonces de no hacer nada. 

Manrique, por su parte, no solo era un artista que representaba aquella tradición vernácula con lujo de gracia y elegancia, sino que se preocupaba porque el resto de actores de aquella tropa tuvieran la mayor dignidad posible: el padre, el hijo, los cuatro perros, el tamaño y la confección de los abarcones de látigo y suela cruda, y hasta la cantidad de piedras que debía sonar en el viejo galón de zinc del padre, y el tamaño de la naranja agria que hacía de munición de la vieja escopeta que mataría al tigre en el frontis de la casa del improbable ganadero que tuviera a bien mandar a matar a la fiera que estaba haciendo desastres en su hacienda.

Manrique siempre usó una máscara de bangaño o calabaza, no de totumo, que por un azar del destino había caído en las manos de un experto artesano de Galapa, que la trabajó con empeño para dejarla con el pasmoso parecido a una verdadera cara de tigre, como si hubiese sido una real cabeza disecada; en todo caso, muy diferente a las máscaras de tigre hechas de papel maché que se hacían para el Carnaval de Barranquilla. Y diferente también a las tradicionales del disfraz de tigre de Sincé. Esta de Manrique tenía una boca con temibles dientes y colmillos, y orejas hechas con piel de tigre de verdad verdad, una increíble lengua roja de felpa y, ante todo, un diseño sorprendentemente realista de los ojos que hacía natural la mirada rayada del tigre Manrique, detalle con el que cerraba la máscara su carácter y función.

Fue precisamente esta máscara la que, varios meses antes del atentado de que fue objeto, le sirvió a Manrique para atrapar de modo irremediable la atención y los encantos de una muchacha del pueblo de San Pedro que había llegado a Sincé con una tía para una visita de cortesía, la que coincidió con las proximidades de una temporada de tigres en esta tierra. Se habían hospedado en la casa de esquina de la niña Lety, doña Leticia Martínez, la tía paterna de los García Márquez.

Manrique, que ya la había visto llegar la tarde anterior cuando desembarcaron del jeep de plaza que las trajo de San Pedro, y que la había visto también al día siguiente caminar las tres cuadras de calle real que hacían el camino hasta la Iglesia, sabía ya que algo tenía que hacer para que aquel ángel moreno, caído de la más imposible belleza, nunca se olvidara de su visita a Sincé.



Miguel Iriarte. Licenciado en Filología e Idiomas de la Universidad del Atlántico. Especialista en Gerencia y Gestión Cultural de la Universidad del Norte. Magister en Comunicación para el Cambio Social de la Universidad del Norte. Poeta, periodista cultural, ensayista, gestor cultural, investigador cultural, ex catedrático de Teoría y Crítica Literaria de la Universidad del Atlántico y catedrático de Semiótica y Comunicación de la Universidad del Norte, desde 1997 hasta 2017. Ha sido Director del Instituto Distrital de Cultura, Patrimonio y Turismo de Barranquilla; Secretario Departamental de Cultura y Patrimonio del Atlántico. Cofundador y co-director del Festival Internacional de Jazz de Barranquilla, Barranquijazz. Actualmente es director de la Biblioteca Piloto del Caribe desde 1996. Es director-editor de la revista de investigación, arte y cultura víacuarenta, Co-fundador y director del Festival Internacional de Poesía en el Caribe, PoeMaRío y director del programa radial Radio Grafías de la Palabra. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Doy mi palabra, Segundas intenciones, Cámara de Jazz, en edición bilingüe español / inglés, Poemas reunidos, antología personal y Semana Santa de mi boca. Es autor de una investigación semiótica y cultural sobre las relaciones de Barranquilla y el río Magdalena y coautor del libro Historia del Jazz en Colombia. También prepara un volumen titulado Protextos que compila notas, conferencias, artículos, ensayos y entrevistas sobre temas académicos y culturales y una novela titulada Leche de tigre. Es columnista semanal del portal colombiano Las 2 orillas desde hace cinco años; y entre 2016 y 2018 fue miembro del Consejo Nacional de Cultura, en representación del sector Literatura.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.