Pearl S. Buck, El recaudador de impuestos

¿Los impuestos sirven para algo? ¿A lo mejor para saber que todo sucede por la voluntad del cielo? ¿O lo contrario?

El autobús entre el Pueblo de Wang y el Pueblo de la Familia Li va siempre repleto de pasajeros a pesar del hecho de que la carretera que recorre está entre montañas señoreadas por bandidos. Esto se debe a que en el Pueblo de Wang se puede tomar otro autobús que conduce a la estación de ferrocarril más cercana. El Pueblo de Wang es una villa plebeya, y sería hoy el pueblo que fue hace siglos, y que todavía merece ser, si no fuera por la falsa vida que ha adquirido como parada de autobuses para la línea férrea de Lung Tan. Como en todas las ciudades advenedizas, muchos de sus habitantes son bribones en una forma u otra. Sabiamente emplaza­das, hay tiendas al lado de prostíbulos, y viceversa, y cuando una mujerzuela exige un regalo antes de conceder sus favores, al minu­to puede ser adquirido y entregado, y los asuntos continúan sin di­lación.

Entre los ciudadanos del Pueblo de Wang no había otro tan ar­dientemente odiado y temido como Yang Diente Largo, el recauda­dor de impuestos. En cualquier región el recaudador de impuestos es, naturalmente, el peor de los hombres. Pero Diente Largo no ha­bría sido hermoso, aunque no hubiese sido recaudador de impuestos. Los dioses, sin duda para divertirse, le habían otorgado el don de un diente delantero que sobrepasaba a los otros en longitud, y como era poseedor de una boca tan ancha como una ventana, con este diente daba un susto al mismo miedo. Asombró a sus padres cuando era niño y horrorizó a su esposa cuando se lo vio en la noche de bodas. Todavía le horrorizaba y, por eso, se había impuesto el deber de no mirar nunca a su marido. Como, por otra parte, las reglas de la bue­na educación de la mujer recomiendan no mirar a un hombre, nadie se había dado cuenta de su pánico.

El propio recaudador de impuestos se sentía profundamente influido por este largo diente suyo. De muchacho había descubierto que el miedo podía ser un sustituto del agrado, y cuando se dio cuen­ta de que a causa de su grotesca apariencia nadie podía encontrarle simpático sin hacer un gran esfuerzo, decidió que con el miedo que les inspiraba tenía suficiente. Su madre era una mujer sensible y ha­bía procurado enseñarle que por tener un diente tan temible debía expiar su falta con más bondad y generosidad de las acostumbradas, para granjearse las amistades de las que todos los hombres tienen ne­cesidad. Él vio claro que era más difícil ser bueno que malo, y el ser continuamente bondadoso le irritaba. Convencido de sus razona­mientos por el horror que inspiraba, pronto renunció a tratar de obedecer a su madre.

Por el contrario, permitió que su largo diente le diera un aspec­to fiero, cruel, rudo. Siendo niño empujaba a los otros muchachos para hacerlos caer en el polvo del camino, y les enseñaba el diente al hacerlo. Ya hombre, mostraba el diente a los que quería subyugar. Fue natural, por tanto, que solicitase el cargo de recaudador de im­puestos en el Pueblo de Wang, e inevitable que se lo adjudicaran a él.

No se debe creer que los habitantes del Pueblo de Wang fueran tan serviles, sin embargo, como para sufrirle sin rebelión. Los chinos que habían crecido al mismo tiempo que Yang Diente Largo nunca olvidaron que les había dado patadas y empujado cuando eran pequeños, y cuando se hizo recaudador de impuestos todos sus malos recuerdos revivieron contra él.

Mas ¿quién puede luchar contra un recaudador de impuestos? Tenía los recursos de la región entera en su mano. Bastaba que un hombre redondeara un buen negocio vendiendo un cerdo, cuando ya tenía a Diente Largo a la puerta de su casa.

—Vengo a cobrar el impuesto sobre el provecho que has realizado, en bien de la nación —decía siempre con campanuda voz.

—¿Qué tiene que ver la nación con mi cerdo? —exclamaba el hombre—. El cerdo era mío, nacido de una marrana mía y cebado con las sobras de mis propias cosechas.

—El Gobierno ha mandado que se le entregue un tercio de todos los negocios que se hagan —declaraba Diente Largo—. Estoy autoriza­do a emplear la fuerza si es necesario.

La fuerza significaba que el jefe de policía del Pueblo de Wang y sus seis agentes auxiliares podían entrar en la casa y quedarse allí para ser mantenidos y alojados, y dormir en las camas y sentarse en las sillas que en ella hubiere. Esto era terrible, y si había mujeres en la casa, vergonzoso. Gruñendo y maldiciendo a los antepasa­dos de Diente Largo, el hombre arrojaba en la palma de la gruesa mano del recaudador el dinero del impuesto.

Dudamos que los ciudadanos del Pueblo de Wang hubieran hecho acopio de las fuerzas necesarias para librarse del castigo de Diente Largo a no ser por algunos acontecimientos que tuvieron lu­gar en los días siguientes, poco después de haberse terminado la re­cogida de la cosecha del arroz. Toda la región campesina se encon­traba en el paroxismo del furor porque Diente Largo había visitado casa por casa para reclamar el tercio de la cosecha en bien de la na­ción. En aquellos días las gentes odiaban con toda su alma a la nación, porque para ellas solo significaba Diente Largo.

—¿Qué nación es esa de la que siempre se está hablando? —se quejaban a gritos unos a otros—. Esa nación no hace nada por noso­tros. No alimenta a nuestros hijos ni cuida de nuestros ancianos. No ara nuestros campos ni corta nuestras gavillas. No nos construye buenos caminos ni nos protege contra los bandidos de las montañas.

Esto de los bandidos era otro motivo de enojo, ya que cuando Diente Largo se había llevado la parte de la nación, bajaban los ban­didos a reclamar la suya.

—Sería difícil distinguir quiénes son los peores bandidos, si Diente Largo y su nación, o aquel perro amarillo y los perrillos que viven en las montañas —declaraba Li el Viejo, en el Pueblo de la Fa­milia Li.

Los ciudadanos eran tan pacíficos que ni siquiera esto les hu­biera movido a obrar. Cuando se marchaba Diente Largo se senta­ban a gemir un rato, pero pronto se secaban los rostros con sus cín­gulos de algodón azul, miraban a sus mujeres y a sus hijos y, a pesar de ellos mismos, empezaban a sonreír. La vida era buena todavía.

—¿Debemos consentir que unos bribones nos suman en la mise­ria? —se preguntaban. Y consolándose, añadían—: Pero únicamente hay un solo Diente Largo, y este no puede estar en todas partes a la vez, ni vivir eternamente. Los bandidos, por el contrario, habitan en sus montañas; más, cuando se han llevado lo suyo, tardan en volver.

En el Pueblo de Wang y en el Pueblo de la Familia Li la vida seguía igual y las gentes que moraban allí imitaban el ejemplo de la es­posa de Diente Largo y volvían la cara al recaudador.

Así hubieran podido seguir las cosas durante el resto de la vida de Diente Largo si a este no se le hubiera ocurrido un día tomar una concubina. La única pena de su vida era no tener un hijo. Se hacía más rico cada día, había añadido patios a su casa, y había instalado viveros y un jardín. Comía los manjares que más le gustaban en cada comida, hasta el extremo de que un festín ya no era para él un moti­vo de placer. Tenía criados e incluso automóvil. Era una máquina vieja, es verdad, pero todavía conservaba sus cuatro ruedas y el mo­tor. Todos podían ver el motor porque no tenía tapa que lo cubriera. Cuando Diente Largo adquirió el coche, había preguntado por la tapa al vendedor, que le contestó:

—Había que estar continuamente abriendo y cerrando la tapa para alimentar el motor y echarle agua, así es que decidí, por conve­niencia, quitársela.

Esto era razonable y, por ello, Diente Largo compró el vehícu­lo. El coche extendía su radio de acción, porque ahora podía salir al campo y cobrar el impuesto a unos ciento cincuenta kilómetros de distancia alrededor de él. Ya no tenía que limitarse al autobús entre el Pueblo de Wang y el Pueblo de la Familia Li.

Pero ninguna de estas cosas podía ocupar el lugar de un hijo. Su esposa, aunque continuaba siendo bonita y gentil, también seguía siendo estéril, y ninguna regañina marital alteraba la placidez de su carácter. Hasta que un día, con la paciencia habitual, le dijo:

—Esposo mío, ¿por qué no tomas una concubina? Con tu posi­ción y tus riquezas, puedes adquirir a cualquier mujer joven de la ciu­dad, y tal vez ella pueda darte lo que no puedo darte yo.

—Dos mujeres bajo el mismo techo siempre traen trastornos.

—No en tu hogar —contestó ella dulcemente—. Te prometo reci­birla y tratarla como a una hermana.

Diente Largo enseguida hizo suya esta idea, especialmente porque ya estaba furioso y harto de que hasta las mismas chicas de los burdeles le aborrecieran porque insistía en cobrarles como im­puesto el tercio de lo que ganaban. Al recordar a todas las mucha­chas jóvenes que había visto últimamente, se dio cuenta de que ya llevaba en el pensamiento cierto hermoso rostro juvenil, y que esta cara pertenecía a la hija única de Li el Viejo, un granjero que vivía en las afueras del Pueblo de la Familia Li. Los dos, el padre y la hija, vi­vían en una casita medio en ruinas que se elevaba en una parcela de terreno situada en la parte sur del pueblo. Como no había hijos va­rones en la casa, la joven ayudaba a su padre en las labores del cam­po, y, por esto, Diente Largo había podido verla. No se había fijado en ella hasta entonces, cuyos cabellos castaños estaban quemados por el sol, hasta convertirse en la mujercita que había contemplado no hacía mucho, mientras estaba trillando el grano al lado de la caja de la trilladora. Ocurrió el día en que había ido a cobrar el impuesto.

Sentado en su jardín pensaba en el aspecto tan sano que tenía y lo coloradas que estaban sus mejillas. Era una muchacha alta, pero él también era alto y estaba cansado de mujeres bajitas y enfermizas como su esposa.

«Será difícil de gobernar, pero esto no representa nada para mí —pensó vanidosamente—, porque yo gobierno a todo el mundo».

Tales pensamientos le animaron a salir de la ciudad pocos días después, y a dirigirse a la pequeña granja de Li el Viejo. La joven es­taba sentada en un banco, a la puerta, comiendo sandía. Se llevaba una tajada de este fruto a la boca, y Diente Largo pudo observar que pertenecía a la variedad de las que tienen las pepitas de oro, más dul­ce que cualquier otra. Por encima de la tajada le miraba con sus gran­des y vivos ojos negros. Cuando lo vio se levantó prestamente y, con la fruta entre los dientes, entró en la casa. Al instante salió Li el Vie­jo, abrochándose su desteñida chaqueta azul.

—Tendrá que excusarme de que no estuviera en la puerta —dijo a Diente Largo—; en este momento acababa de volver del campo y me estaba lavando.

Diente Largo se sentó en el banco, que aún conservaba el calor del cuerpo de la joven.

—Es una sandía finísima y hace mucho tiempo que no pruebo esta fruta. Córtame una tajada —ordenó.

Li llamó a su hija enseguida.

—Trae sandía a nuestro visitante.

La voz de la joven respondió alto y claro:

—No puedo porque me he comido la última tajada que queda­ba —y, mientras ellos escuchaban esta contestación, añadió con im­prudencia—: Es la única cosa sobre la que no puede percibir impues­to, porque está dentro de mí —dijo riendo ruidosamente.

Li el Viejo se sintió sobrecogido de terror, pero Diente Largo acompañó con su risa a la joven.

—Puedo cobrar el impuesto de la misma manera —observó—. Puedo exigir a la chica.

Li probó a reírse también, y luego añadió, para cambiar el tema de conversación:

—Ha hecho un buen día hoy, ni demasiado calor ni demasiado frío.

—No me hables del tiempo. Piensa en lo que acabo de decir. Quiero a la muchacha —dijo Diente Largo.

El miedo se pintó en la cara de Li, que esbozó una mueca.

—Está usted bromeando. Está prometida.

Era una mentira, porque su hija, que se llamaba Liehsa, había tomado la firme resolución de no casarse hasta encontrar un hombre joven que cambiara su apellido por el de ella, para que su padre tu­viera un hijo. ¿Pero quién sería el hombre joven que querría ser hijo de un viudo pobre que solo poseía un campo de pocas hectáreas? En­contrar otro más pobre que ellos, que fuera también fuerte y hermo­so, inteligente y bueno, parecía una ímproba tarea.

—Está haciendo el servicio militar —mintió Li, hablando de un joven que no existía—, pero volverá de un momento a otro, y me ma­taría, y su familia me dejaría sin enterrar, si viese que no había cumplido la palabra empeñada.

—Yo arreglaré eso —dijo Diente Largo—. Tendrá miedo de mí.

—Oh, no; no teme a nadie —dijo Li con convicción—. Olvida que ha estado luchando contra los demonios japoneses, que ha visto a los pelirrojos americanos, y no ha tenido miedo de ninguno de ellos.

Diente Largo notó al instante que unos celos rabiosos le empezaban a quemar la sangre.

—Di a tu hija que salga —ordenó.

Li el Viejo la llamó con tono desfallecido.

—Liehsa, sal a ver a nuestro huésped.

Liehsa contestó graciosamente con la misma clara voz:

—Estoy ocupada. No puedo salir.

—¿Sabe quién soy yo? —preguntó Diente Largo en voz alta.

—¿Sabes quién es? —repitió Li.

—El recaudador de impuestos —respondió riendo Liehsa—; pero sobre mi persona no puede cobrar impuesto —añadió.

—Ya puede observar usted lo malcriada que está —dijo Li con vi­veza—. Es todo lo que tengo en el mundo; es perezosa, desobediente, sucia. Se pasa el tiempo comiendo y no hace nada. Reñiría con su ho­norable dama y convertiría su casa en un infierno.

—Lo que necesita es una buena paliza —declaró Diente Largo—, y yo me divertiré mucho dándosela.

El largo diente brillaba en su boca, y Li se estremeció.

—Concédame unos pocos días para acostumbrarla a la idea —rogó.

Diente Largo se puso en pie.

—La esperaré siete días a contar desde hoy —anunció, rompiendo a caminar. Al llegar al borde de la era se detuvo—. Te concederé exención de impuestos por todo el tiempo que vivas —dijo riendo burlonamente por debajo de su largo diente—. Y si existen impuestos en el otro mundo, como seguramente los habrá, hablaré en favor de ti al mismísimo rey de los demonios en el infierno.

Li trató de reír otra vez, pero no salió sonido alguno de su seca garganta; así es que tan solo saludó. Cuando hubo perdido de vista el pesado cuerpo de Diente Largo, se dejó caer en el banco y comen­zó a lamentarse de su desgracia. Liehsa salió corriendo y reprendió a su padre con ardor.

—He oído todo lo que ha dicho ese maldito bicho y lo que usted le ha contestado, padre. No sé qué piensa usted hacer, pero lo que haré yo sí que lo sé. No iré a su casa.

—Espera… —dijo el viejo Li.

—Esperaré siempre, pero no iré —sentenció ella.

—No debes olvidar que estamos indefensos —empezó a decir el anciano.

—No iré —repitió Liehsa.

—Que es el recaudador de impuestos, hombre poderoso…

—No iré —dijo de nuevo la hija.

—Que nos liberará de pagar impuestos —dijo Li suplicante.

—No iré.

Li empezó a enfadarse un poco por su propia actitud.

—Deja ya de repetir que no irás y dime cómo puedo impedido —expuso el padre con aspereza.

Liehsa le miró abriendo desmesuradamente los ojos.

—A usted no le importa eso. Yo no iré —dijo ella.

—Dijo que necesitabas una paliza y es verdad —declaró el padre.

—Nadie me puede pegar, y, menos que nadie, él —respondió la muchacha.

Después de esto, el día terminó tristemente y se fueron a sus respectivos cuartos. El pobre viejo dio cien vueltas en la cama y Lieh­sa estuvo largo tiempo sentada en su lecho meditando.

Por la mañana ninguno de los dos había llegado a una conclu­sión, excepto que debían ir a visitar a toda la gente que conocían en el Pueblo de Wang para pedir ayuda. Decidieron dirigirse allí porque a Liehsa le daba vergüenza que cualquiera de sus parientes resi­dentes en el Pueblo de la Familia Li se enterasen, siquiera, de que Diente Largo la quería por concubina. Convinieron en tomar el au­tobús tan pronto terminaran de almorzar, aunque no tenían apetito.

En el umbral de la puerta tuvieron una discusión. Liehsa se ha­bía puesto su mejor chaqueta azul, calcetines blancos de algodón y zapatos de paño nuevos. Además, lucía sus pendientes de plata, que solo llevaba el día de Año Nuevo.

—¿Has pensado bien en eso de vestirte con tus mejores galas? —le preguntó Li el Viejo, mirándola—. ¿No hubiera sido mejor mos­trarse fea para que vean lo pobre que eres?

—Pensé en ello, pero se me ocurrió que los hombres sentirán más lástima de mí si me ven bonita.

—Es verdad, es verdad —dijo el padre cuando se pusieron en camino.

¡Sí, Li el Viejo era viudo y Liehsa huérfana de madre! Si hubie­ra vivido la buena esposa y madre les hubiese dicho que no eran los hombres los que resuelven los asuntos, ni siquiera en el Pueblo de Wang, sino las mujeres. Cuando la pareja llegó a la puerta de las ca­sas de las familias que conocían y fue invitada a entrar, los hombres, al ver la cara fresca y lozana de Liehsa, sintieron una ráfaga de ira re­novada contra Diente Largo.

—Ya es demasiado —declaró cada uno a su modo—. Hemos su­frido bastante a causa de sus latrocinios sobre lo que nos pertenece, pero si va a empezar a tomar concubinas de entre nuestras mujeres mejor parecidas, es hora de que se le dé muerte.

Esto era muy reconfortante para Li el Viejo y para Liehsa, pero, desgraciadamente, las mujeres hablaban después, y lo que cada una de ellas decía, sonaba poco más o menos así:

—No veo que sea una desgracia para Liehsa ser la concubina de Diente Largo. Es rico y posee la casa más grande de la ciudad; todo el mundo sabe que su esposa tiene buen carácter. Después de todo, ¿qué es Liehsa? Nada más que una muchacha del Pueblo de la Fami­lia Li. Le podrían pasar cosas peores que ser concubina de un hom­bre en el Pueblo de Wang.

Los maridos oían a sus mujeres expresarse así; las de mala ín­dole lo decían enseguida, y las que tenían un corazón bondadoso ha­blaban con voces lastimeras a Liehsa y a Li, y esperaban a que estos se fuesen para acabar diciendo casi lo mismo. Los hombres eran pru­dentes, y además de correr el riesgo de tener que luchar contra Dien­te Largo, tenían el grave inconveniente de discutir con sus mujeres y sostener que Liehsa no les importaba nada, que ni siquiera habían reparado en que era bonita.

Al anochecer, en la mitad de las casas del Pueblo de Wang se vi­vía en un estado de irritación, porque el marido y la mujer estaban incomodados el uno con el otro, y había un intercambio de palabras malsonantes. Por ejemplo, la señora Ying, de la calle de Los Tres Fantasmas, decía al señor Ying, tumbados cada uno en el borde opuesto de su gran tálamo matrimonial:

—No entiendo por qué una persona del Pueblo de Wang debe arreglar los asuntos de alguien llamado Li, que no vive aquí y perte­nece al Pueblo de la Familia Li. ¿Por qué no se dirigen a su propio pueblo en lugar de venir a nuestra ciudad?

—Supongo que porque creerían que podemos tener más in­fluencia sobre nuestro conciudadano el recaudador de impuestos —respondió el señor Ying—. De todos modos, ya te he dicho que no tengo nada que ver con ese asunto, y desearía que me dejaras dormir.

—Pero miraste a la chica de una manera… —le imprecó la señora Ying, rompiendo a llorar.

El señor Ying saltó de la cama.

—Ya estoy harto de oírte decir eso —gritó—. No la miré. Me figuro que, como es china, tendrá los ojos y los cabellos negros. Fuera de eso no sé nada. Me voy a dormir en el fecho que hay en el cuarto prin­cipal, que es más duro que una piedra.

Escenas como la descrita hubieran podido presenciarse en mu­chos domicilios aquella noche. En cuanto a Liehsa y a Li, habían regresado en autobús y estaban sentados tristemente en su pobre ho­gar. La hija hablaba de marcharse de allí.

—¿Y adónde iríamos? —preguntó el padre.

—Yo podría incorporarme al ejército femenino —contestó Liehsa.

—Y yo tendría que tragarme un veneno —declaró Li.

Continuaron discutiendo de lo mismo hasta que, rendidos los dos, se fueron a acostar.

—Por lo menos, esperemos hasta que acabe la feria de mañana —dijo Li al separarse.

El día siguiente se celebraba la feria en el Pueblo de la Familia Li. Tenía lugar una vez al año y el pueblo entero se preparaba para ella con varios días de anticipación. Los granjeros, desde muchos ki­lómetros a la redonda, traían sus productos, sus cerdos, sus pollos, sus sandías más grandes, rábanos, los nabos más largos, las coles más verdes. Por lo general, los ciudadanos del Pueblo de Wang no acostumbraban acudir a aquel rústico encuentro; pero muchos maridos se habían sentido tan tristes la noche anterior que, por la mañana, el autobús que iba al Pueblo de la Familia Li estaba casi repleto de hombres que habían dicho a sus esposas: «Esta noche tra­bajaré hasta muy tarde». Deseaban pasar un día lejos de sus mujeres y divertirse. Toda clase de juglares y danzarines acudían a la feria. Dos o tres hombres del Pueblo de Wang querían honradamente ayu­dar a Liehsa y a Li el Viejo, e iban decididos a ver si los moradores del Pueblo de la Familia Li podían encargarse de su defensa. Había también dos o tres que lo que realmente querían era volver a ver a Liehsa.

Poco después de amanecer, apenas puesto en marcha el auto­bús, el fuerte sonido de un cuerno que los ocupantes del vehículo re­conocieron en el acto ser el de Diente Largo, les mandó detenerse. Miraron por la parte trasera del coche, que no tenía puerta, y allí es­taba el recaudador, que había sido conducido a lo largo del áspero camino a hombros de un pariente pobre.

Ya detenido el autobús, Diente Largo subió a él hecho una furia.

—Envié recado de que quería ir esta mañana al Pueblo de la Familia Li en el autobús —rugió al conductor—. Ando escaso de ga­solina.

—Yo no recibí ningún recado —replicó el chófer.

Tenía miedo de Diente Largo, pero no de mentir. Era verdad que uno de los parientes desvalidos del recaudador había dado el en­cargo a un aguador, que se descargó de su misión en un recogedor de boñigas que se dirigía por la carretera a la parada del autobús, y que el boñiguero lo había transmitido al chofer, si bien este último fingió momentánea sordera.

—Cállate y pon el motor en marcha —gritó Diente Largo con voz de trueno.

Todo el mundo se había levantado a su presencia; el recauda­dor escogió el asiento más de su agrado en la parte trasera del vehí­culo, y sin decir palabra a nadie, se sentó en un sitio desde donde po­día respirar el aire fresco.

Los pasajeros se sentaron nuevamente; cada hombre en parti­cular sentía renovado su odio a Diente Largo no solo por los im­puestos que les había cobrado en el pasado, sino porque se atrevía a poner los ojos en una muchacha hermosa para tomada como concu­bina y, sobre todo, porque era el causante de los disgustos de sus es­posas y de una noche sin pegar ojo.

Cuando los corazones están llenos de una rabia que no puede manifestarse, lo más prudente es optar por el silencio. Todos calla­ban y miraban a través de las ventanillas, cuyos cristales hacía tiem­po habían desaparecido. Era una ventaja porque, de haber cristales, estos estarían tan sucios que sería imposible contemplar los campos recién segados y las manadas de blancos gansos y de patos picotean­do los granos caídos.

Podéis dar como seguro que Diente Largo observó cada pato y cada ganso y que contó los montones de grano. Iba a la feria para su­pervisar el negocio que allí se haría y llevarse su parte. Había pla­neado también visitar a Li el Viejo antes de acabar el día, y estaba de­cidido a no admitir una contestación negativa. Dentro de siete días Liehsa viviría en su casa como concubina. Ya se lo había dicho a su mujer. Ella recibió la noticia en silencio y sin sorpresa, incluso como si no le importara, y esto enfureció a su marido.

—¿No te da vergüenza que tenga que traer otra mujer a casa? —dijo rezongando, sentado a la mesa y dando rápida cuenta del su­culento almuerzo que ella le servía.

—Soy como los dioses me han hecho —suspiró ella.

Lo que él no podía imaginarse era que, cuando se marchó, su esposa se sentó, en lo que parecía la más completa ociosidad, diri­giendo su pensamiento a la joven Liehsa, a la que no había visto en su vida. Ya sin conocerla la amaba y le estaba agradecida; al mismo tiempo sentía pena por ella. Era algo terrible estar casada con Dien­te Largo. No existían compensaciones, a menos de tener un hijo, pero ¿y si el hijo se parecía al padre? Con la turbación de tan encon­tradas ideas se sentía enferma y pensaba que su deber la obligaba a tomar una determinación. Pero ¿qué puede hacer una mujer? «Sólo rezar», pensó.

Se lavó, se cepilló el cabello, se puso una chaqueta limpia y, an­dando por calles laterales de la ciudad, acompañada de su criada, se dirigió a un templo de las afueras. Allí ascendió lentamente los tres­cientos escalones de piedra que conducían al templo, pagó al sacer­dote que le dio la bienvenida y se fue al altar de la diosa, que podía verse sentada en una pequeña cripta abierta en la sólida roca de la montaña. Le gustaba esta diosa pequeñita porque, en la semioscuri­dad, parecía acogedora y reservada, como si conociera los corazones callados y tristes de las mujeres.

Allí, a solas con la diosa, encendió dos candelas y le contó su si­tuación con palabras entrecortadas por suspiros; la diosa bajó hacia ella los ojos para mirarla entre las luces parpadeantes, pareciendo prestarle atención.

—Tú sabes, Señora, que me gustaría tener a la joven en casa —dijo la esposa de Diente Largo con afán—. Será muy agradable tener a alguien a mi lado a todas horas; podríamos comentar las cosas jun­tas. ¡Qué maravilla si tuviera un hijo! Seríamos madres las dos. Y si el niño saliera a Diente Largo… ¿No podrías evitar tú eso?

Continuó con esta conversación durante más de una hora, has­ta que se sintió consolada, y entonces regresó a casa, prometiendo a la diosa, antes de salir del templo:

—Te dejaré todo cuanto poseo.

Si la diosa la oyó o no, nunca se sabrá. Si lo hizo, no se puede decir que descendiera del lugar fijo que tenía en la cripta. Los dioses y las diosas no se comunican con los simples mortales por tales me­dios. Lo hacen con pensamientos voladores, alas en el aire, de espíri­tu a espíritu. Probablemente la brillantez de alguno de esos relámpa­gos iluminó al ser del gran dios de cara gris que guardaba la puerta del templo, ese dios que protege a los buenos y castiga a los malos. Esas cosas no se pueden saber sino cuando oran los buenos, de cuyas plegarias pueden salir beneficios extraños. Aunque no se pueda estar seguro de que lo que sucedió y se narra en esta verídica historia fue­ra debido a la intervención de la diosa, sí se puede afirmar que la es­posa de Yang Diente Largo era una mujer excelente, tanto si su visi­ta a la diosa de la cripta resultó útil como si no.

Era un día glorioso, y todos los que tenían algo que hacer en la feria del Pueblo de la Familia Li se sentían contentos. Lucía el buen tiempo; arriba, en las montañas, el viento soplaba con fuerza y los bandidos no podían estarse quietos. Jugaban en el vallecito que les servía de guarida, pinchándose los unos a los otros simulando que li­braban batallas.

—¿Por qué no bajamos a la feria del Pueblo de la Familia Li? —propuso el joven que capitaneaba la partida.

—Dejad al pueblo en paz —contestó el jefe de más edad.

Los bandidos tenían siempre dos jefes: uno, joven, para pla­near e impulsar las nuevas aventuras peligrosas; otro, viejo, para fre­narlos con la prudencia de sus consejos.

—A la feria solo concurren honrados granjeros y gente por el es­tilo —dijo el viejo bandido—. Constituye una vergüenza para unos bandidos decentes robar a los buenos más de lo que se les puede to­mar con todo derecho después de la cosecha.

—Entonces asaltemos a los viajeros del autobús —expuso el jo­ven con ardor—. Probablemente los viajeros serán especuladores, la­drones y rateros, que siempre viajan con lujo.

El anciano no tenía ya razones que oponer, pero rogó que no le hicieran ir a él, porque estaba muy cansado y prefería conservar sus fuerzas para empresas más importantes que la de asaltar un autobús. Los otros bandidos de edad eligieron quedarse con él, y por eso, solo hombres jóvenes descendieron el sendero de piedra de la montaña, dando gritos y cantando mientras bajaban. Disponían de un par de gemelos de campaña que requisaron a un alemán rico al que robaron una vez y, a través de ellos, contemplaron el autobús, que estaba aba­jo, al pie de las colinas. Los veintitantos jóvenes del grupo se pasaron los prismáticos de mano en mano y vieron el vehículo que se movía con lentitud por la carretera, a algunos kilómetros de distancia.

—Parece una cucaracha.

—Circula despacio porque va muy lleno y muy cargado. Entre charlas y bromas atravesaron los campos, marchando al mismo ritmo con sus fuertes y bronceadas piernas. La gente se es­condía al verlos pasar; era como si anduviesen por una tierra desha­bitada; esto también avivaba su excelente humor.

Todo fue sencillo como un juego. Esperaron hasta que el auto­bús llegó a una colina que había sido cortada en dos para que pasara la carretera y entonces rodearon el vehículo dando aullidos y agitan­do en el aire sus viejas escopetas. El autobús no podía hacer otra cosa que detenerse. Nadie pensaba resistir. Los bandidos eran soportados como rayos caídos del cielo y cada hombre se resignaba a lo que pa­recía un destino inevitable. Los bandidos entraron en el vehículo por las ventanillas laterales. Registraron todos los bolsillos, palparon to­das las mangas y pantalones, excepto los de las mujeres, a las que solo despojaron de los anillos.

Detrás de todos los que estaban en pie seguía sentado Diente Largo. Los bandidos no pudieron verle, porque los otros, sin querer, le tapaban, hasta que llegaron a su sitio, al final del mejor asiento.     

—Aquí hay un gordinflón —rugió un bandido—. ¡Levántate, hermano mayor!

Diente Largo no se levantó. Les enseñó su monstruoso diente.

—No pongáis las manos en mi persona —dijo con imponente majestad—. Soy el recaudador de impuestos y represento a la nación.

Mientras pronunciaba estas palabras se llevó la mano al pecho y sacó una hoja de papel doblada que desplegó delante de ellos. En ella se veía un signo, algunos nombres y un gran sello.

—Aquí están mis poderes —dijo—. Mi persona es sagrada.

Si hubieran estado allí sus jefes de más edad, los jóvenes bandidos no habrían tenido miedo de Diente Largo. Pero los jóve­nes bandidos sabían que la «nación» significaba «Gobierno», y «Gobierno» significaba soldados y quizá la destrucción de su hos­pitalario cubil. Sus mayores les estaban advirtiendo continuamen­te que no se buscaran complicaciones con las jerarquías guberna­mentales.

—Nunca se gana nada con excitar a los agentes del Gobierno —predicaban los viejos—. Sed atentos con ellos, no les robéis jamás; pagadles el dinero de buen grado para poder vivir tranquilos. Siem­pre nos queda el recurso de recuperarlo.

Siguiendo tan buen consejo, se inclinaron, reverentes, ante Diente Largo.

—Perdonadnos, señor. ¡Somos tan ignorantes! —dijo el joven jefe, y ordenó en voz alta a sus hombres que salieran del autobús.

Diente Largo se sintió más audaz que nunca con ese triunfo. Se irguió tan alto como era y contempló los asustados ojos de la despo­jada e indefensa gente del autobús. Se encaró con el joven bandido, rugiendo:

—¿Os creéis que podéis burlar la ley tan fácilmente? Te he dicho que soy el recaudador de impuestos.

Su voz superaba a la de los jóvenes que estaban en la carretera.

—¿Qué quiere usted de nosotros? —preguntó el jefe de los bandidos, temblando.

—Acabáis de hacer un negocio —dijo Diente Largo con acritud—. Es vuestro comercio y habéis obtenido un beneficio. Sobre este lucro reclamo el impuesto justo.

—¿Un impuesto? —balbuceó el joven bandolero.

—Un tercio de la ganancia —anunció Diente Largo tendiendo la mano.

Los que presenciaban la escena no podían creer lo que veían. Sin embargo, lo que veían era bien claro. Los jóvenes ban­didos sacaron precipitadamente todo el dinero que habían roba­do, lo dividieron en tres pilas que colocaron sobre la solitaria ca­rretera, y una de ellas la pusieron en las manos abiertas de Diente Largo.

El recaudador de impuestos se guardó el dinero en su inmenso bolsillo interior que colgaba como un delantal encima de su vientre.

—Informaré a la nación de que sois bandidos honrados que pagáis los impuestos.

—Gracias, hermano mayor —dijeron en voz baja los bandidos.

Diente Largo, al volver a su asiento, empujó a todos los que encontró a su paso. Detrás de él, el joven bandido miró a sus com­pañeros.

—¿Hemos sido nosotros los que le hemos robado a esa gente o ha sido ese individuo del diente largo el que nos ha robado a noso­tros? —preguntó intrigado.

Ninguno de los otros bandidos supo qué contestar. Deslumbrados los ojos, movían de un lado a otro sus cabezas; al volver a la montaña, resolvieron no contar el incidente a sus mayores, a los que solo darían cuenta del dinero del botín.

En el autobús, no obstante, los ciudadanos del Pueblo de Wang sabían perfectamente lo que había pasado. Les habían robado y una tercera parte de sus pérdidas se encontraba en el gran bolsillo de Diente Largo. Sentados, mientras el autobús proseguía su difícil ca­mino, pensaban que a todo lo que les había hecho antes se sumaba ahora ese ultraje final. Se volvieron a mirar a Diente Largo que les devolvió la mirada impúdicamente, sin decir palabra. Bajo su sucio traje de seda gris estaba el dinero de ellos; él se lo había apropiado, y la ley, como él hubiera dicho, estaba de su parte.

Cada hombre, en su interior, le daba vueltas a la cabeza, so­ñando con tomar una determinación. Delante de ellos, y nadie lo ig­noraba, se abría la Garganta del Gran Dragón, donde el precipicio descendía hasta trescientos metros, terminando en un profundo pan­tano. El chofer conducía el autobús sin volver la cabeza y las mujeres miraban al otro lado. Entre ellas y la parte trasera del vehículo, don­de Diente Largo se había sentado para no sufrir el calor, había una barrera de hombres. ¿Quién podía adivinar lo que iban a hacer? Una docena de cíngulos fueron desceñidos de las cinturas de sus pro­pietarios. Varias manos taparon la boca a Diente Largo y cerraron las ventanillas de su nariz, obligándole a bajar la cabeza. Diente Lar­go se sintió atado en menos que canta un gallo, con las rodillas en la barba, las muñecas debajo de las rodillas y colocado cabeza abajo con un grueso cíngulo de paño entre los dientes. Unas manos diestras vaciaron su hondo bolsillo. Al instante siguiente rodaba por la lade­ra de la montaña, rebotando de roca en roca como una pelota. El pantano del Gran Dragón estaba abajo, un pantano sin fondo, den­tro del cual ningún hombre se atrevía a nadar o a pescar ni siquie­ra en los días calurosos. Su cuerpo hendió las aguas y penetró en el abismo.

En el autobús los hombres recontaron su dinero. Cada uno de ellos tomó un tercio de lo que llevaba consigo y lo volvió a guardar en su bolsillo; el otro tercio se lo entregaron al chofer. El conductor no volvió la cabeza, porque el coche iba con retraso y era para él cuestión de amor propio llegar al Pueblo de la Familia Li antes del mediodía. Además, era joven y tenía siempre buen apetito.

La feria constituyó un éxito y casi todos disfrutaron de su estancia allí. Li el Viejo erraba tristemente por las calles, pero ninguno de los ciudadanos del Pueblo de Wang le dijo nada, excepto el señor Ying, que era más afable que el resto y quizás un poco más valiente.

—No vuelva a pensar más en el asunto del que hablamos ayer —dijo a Li—. Los dioses arreglan estas cosas.

Li le dio las gracias sin convicción, puesto que los dioses le ha­bían fallado demasiadas veces para que pudiera tener alguna con­fianza en su buen sentido o en su bondad.

A medida que pasaba el tiempo tuvo que reconocer que por esta vez se había equivocado. Nadie volvió a ver ni a hablar de Dien­te Largo en lo sucesivo. Después circularon rumores de que los ban­didos lo habían arrojado al precipicio; pero ¿quién osaba descender a la morada de los dragones para comprobarlo?

Su esposa le esperó fielmente un mes entero; luego vendió la casa y se hizo sacerdotisa de la pequeña diosa de la cripta, a la que conservaba brillante y pulida como si cada día fuese festivo. Liehsa se casó un año después. Lo hizo con el conductor del autobús, que le confesó la verdad de lo ocurrido a Yang Diente Largo en ocasión de estar admirando al primer hijo de su matrimonio. Se habían conoci­do de un modo harto casual. Cierto día el autobús sufrió una panne y la casa más próxima era la de Li el Viejo. Fue una pura casualidad porque el autobús siempre hacía dos o tres parones en cada viaje. Liehsa preparó el té para los pasajeros mientras el chófer arreglaba el motor; ella y el conductor se enamoraron desde el primer instante. La diosa pudo no tener nada que ver con estos amores, a no ser que oyese las plegarias de la viuda de Yang Diente Largo convertida aho­ra en una sacerdotisa llamada Pureza de Nieve, que rezaba frecuen­temente por que la joven encontrase un excelente esposo y tuviese un hijo.

El hijo llegó a los diez meses de matrimonio; mientras admira­ba sus gracias una cálida tarde de verano en que Liehsa lo bañaba arrojando chorros de agua fría sobre su gordito cuerpecillo desnudo, el joven esposo sintió la necesidad de confesar a su mujer lo que había sucedido.

Liehsa suspendió el delicioso rito que estaba practicando.

—¿Y qué fue del viejo demonio? —preguntó ella.

—No pude detener el autobús —dijo él.

—Me lo figuro —asintió ella.

Callaron para reflexionar en el final que tienen los hombres malos. Liehsa volvió a su trabajo y los dos contemplaron el resbalar del agua clara por el bello cuerpecito moreno que habían concebido.

El chiquillo, sintiendo que le caía el agua cuerpo abajo, reía, y ellos reían con él.

—Todo ha sucedido por la voluntad del cielo —dijo Liehsa cariñosamente.

—Todo —repitió el joven conductor, mirando a su hijo.



Pearl S. Buck Hillsboro, Virginia Occidental, 26 de junio de 1892-Danby, Vermont; 6 de marzo de 1973. Ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1938. Pasó la mitad de su vida en China, donde la llevaron sus padres misioneros con tres meses de edad y donde vivió unos cuarenta años a lo largo de su vida. Escribió más de ochenta y cinco libros. Su producción literaria abarca muchos géneros: relato, teatro, guion cinematográfico, poesía, literatura infantil, biografía y hasta un libro de cocina. Su estilo sencillo y directo, y su preocupación por los valores fundamentales de la vida humana tienen su origen en el estudio de la novela china. Algunas de sus publicaciones: Viento del Este, viento del Oeste (1929), El patriota (1939), La Gran Dama (1956) y El último gran amor (1972).

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.