Francisco Madariaga, El señor de los esteros

A los veinte años de la muerte del poeta correntino, celebramos su obra ofreciendo este texto exclusivo y especial para Esteros: “Ningún mapa de la poesía argentina del siglo XX estaría completo sin la inclusión de este territorio creativo, lúdico, original, de este país poético trashumante que se desarrolló bajo ese nombre”.

Por Rafael Courtoisie

Francisco Madariaga (Buenos Aires, Concepción, 1927-2000) es insoslayable en esa bisagra compleja y a veces irresoluble que supone todo fin de siglo: ningún mapa de la poesía argentina del siglo XX estaría completo sin la inclusión de este territorio creativo, lúdico, original, de este país poético trashumante que se desarrolló bajo ese nombre.

Pero es ahora, ya entrada la centuria siguiente, iniciando la tercera década, que puede afirmarse que el incipiente panorama del siglo XXI requiere la proyección de la obra de este jinete de los llanos y explorador de los esteros que murió en el 2000, para comprender la poesía de este siglo que abre otro milenio y que se cursa como una enfermedad, como una premonición desesperada.

TANGO, SURREALISMO Y DESPUÉS

La poesía de un país extenso e intenso como Argentina no avanza en forma lineal. Las cronologías se cruzan, las generaciones exhiben zonas de solapamiento en sus intervalos temporales. Y es así que Madariaga, nacido en 1927, debe vincularse necesariamente por voluntad poética y tal vez por fraternal maestrazgo al nombre de Oliverio Girondo, a pesar de que Girondo viene tan campante desde el siglo XIX, puesto que nació en 1891 (ocho años antes que Borges) y que murió en 1967.

La poesía argentina de los años 40 y 50 reside en parte considerable, con decisión, en el tango, en ciertas letras de tango que fundaron una estética sólida y profunda. La uruguaya Idea Vilariño (1920-2009) fue una ensayista prolífica acerca de este fenómeno de la poesía del tango, deteniéndose en el aspecto esencial de su sonoridad, pero también en la innovación formal, a veces radical, de sus procedimientos metafóricos, innovación que en buena parte provenía de una mal llamada “poesía culta”, pero que en sus resultados concretos fue extraordinaria.

A esa línea de la poesía del tango se adscribe en parte un nombre capital como el de Juan Gelman (1930-2014), estricto contemporáneo de Madariaga, aunque en la raíz fundacional de Gelman hay que situar ineludiblemente a la revolución gramatical y expresiva del peruano César Vallejo (1892-1938), sobre todo a partir de ese estallido cuya onda expansiva aún no se detiene que fue “Trilce” (1922).

Pero Madariaga no pertenece a este grupo urbano, mayormente bonaerense, ligado a la poesía del tango y a sus paisajes y personajes de implicancia urbana.

Madariaga, como Rodolfo Alonso (1934), como Olga Orozco (1920-1999), como Enrique Molina (1910-1997), se reúnen en torno al vector del surrealismo de origen francés, propagado en forma cuasi militante por Aldo Pellegrini (1903-1973) y también vehiculizado por figuras señeras como la de Xul Solar (1887-1963) quien no solamente como pintor, sino como una suerte de profeta esotérico, tuvo una influencia gravitante en círculos más amplios todavía que este grupo.

Podría pensarse que la Argentina agropecuaria, de pretendida vocación aristocratizante, encontró en el surrealismo venido de París y propalado por el Pope André Breton (1896-1966) una excusa perfecta para seguir mirando hacia Europa, para ignorar esas pardas presencias que van ocupando las habitaciones del cuento de Cortázar “Casa tomada”, para dar la espalda a una compleja realidad cuyos estallidos se hicieron evidentes en lo urbano, pero tuvieron sus correlatos rurales.

Pero no fue así.

Como ha sucedido en Latinoamérica durante todo el siglo XX con las vanguardias originarias de Europa, aquí más que una actitud epigonal, europeizante y afrancesada, se verificó un extraño apoderamiento vernáculo que asimiló la propuesta vanguardista con una libertad inaudita, con una libertad que se desentendía de ortodoxias y manifiestos para hundirse hasta el hueso del sueño del subconsciente, para sacarlo a relucir como una luminaria, como una luz “mala” que tal vez atemorizaría a la metrópoli.

A la condición mestiza, autóctona y extranjera, del tango como producto cultural urbano o semi urbano complejo, a la condición original de la poesía del tango donde algunos autores exhibían nombres de pila latinos o grecolatinos (Cátulo, Homero) como si de un gesto irónico y raigal de Sudamérica se tratara, se le agrega esta reinvención del surrealismo en tierra americana, en tierra argentina.

Lo que en Aldo Pellegrini fue rigurosidad y respetuoso apego a las fuentes, en Olga Orozco fue llave para abrir la puerta oculta de la oscuridad, del esoterismo y de la conexión subconsciente donde lo erótico sublimado se cubría provocativamente de piel salvaje. En Xul Solar era la lectura no racionalista, la lectura astral de la realidad y sus gestores estéticos (lectura que, según explicara Ernesto Sábato a quien esto firma, iluminaría de otro modo su “científica” estadía en el Instituto Curie); en Rodolfo Alonso fue la apertura ante el legado europeo mediante la traducción, mediante la apropiación debida que no solo abarcó el surrealismo original sino también a Pessoa. Es en ese sentido que Alonso, en su rol de traductor, tuvo un papel decisivo en la transformación vital del estímulo de esas vanguardias a la realidad y al funcionamiento no mimético, original e intransferible, de la poesía argentina.



Tembladerales de oro

In memoriam Alfredo Martínez Howard

El dolor ha abierto sus puertas al agua de oro del oro que
arde contra el oro el oro de los ocultos tembladerales
que largan el aire de oro hacia los rojos destinos
pulmonares con el acuerdo de los fantasmas de oro
coronados por los juncos de oro bebiendo los
caballos de oro los troperos de oro envueltos en los
ponchos de oro -a veces negro a veces colorado
celeste verde- y el caballero que repasa las lagunas de
los oros naturalmente populares el que se embarca
en las balsas de oro con todos los excesos de
pasajeros de oro que manejan los caballos de oro con
los rebenques de oro bebiendo en la limetilla de oro
del barro de oro de los sueños de los frescos del
oro entre la majestad de las palmeras de oro y de los
ajusticiados y degollados en las isletas de oro bajo de
yacarés de oro del oro del Amor


REHÉN DE LA COLINA

Oh candoroso embriagado entre loros,
entre isletas subiendo hasta el nivel de la colina,
canta en tu boca el canto ardiente de otra boca,
y cuando la sangre sube hasta tus ojos es
porque están quebradas todas las fulguraciones
del sollozo en tu pecho.
Canta, viejo rehén de la colina.
Arde, candoroso de alcohol negro, que con palmas
salvajes tienen hijos que retornan al viento,
al gemido del clima en el olor áspero y cruel
de las arañas del estero,
en aquel paisaje de cristal desprendido del fuego.

Asombra al mundo en un paisaje de enero,
oh demente,
oh luz de la humedad.
Ah colgado sediento de unos ojos,
duerme, duerme bajo la luz del padre al otro
extremo del poder y la delicadeza.
En tus ojos la berlina del viaje amarillo arde
helada.
Beso tras beso el pasajero toca la raya de ácido
caliente del retorno.
Sé piadoso con el otro límite de tu fragilidad,
padre aletargado por el sol,
presión de la locura de una tierra suspendida en
la tela del agua y del fuego.


Lágrimas de un mono

Yo quiero cautivar tu desesperación, oh mono
adiós.
Tiemblas tanto en tus islas negras, oh mono
adiós.
En los embarcaderos el color encendido en tus
ojos tiene tanta fe.
Oh mono, retén el equilibrio de tu asombro.
Yo ya tiemblo en tus islas, mono adiós.
Tu odio virginal es idéntico a cuando se cruza
mi alma con el mundo.

De El pequeño patíbulo (1954)


EL RIESGO DE LA VERDAD

Caes en mí como una brusca levedad del clima,
del agua,
de una oblicua y desterrada colina,
castigo delicado de un paisaje solamente hollado
por su propia demencia.
Mi desnudez asume así tu cálido cristal
y se destina más al fondo del celo
con piel sonriente candente de tu herida.
Adorada mía tapizada de rayos,
con tu colina bajando todas las aguas de la locura.
Niña mía, con la boca cargada del esplendor del
plátano, alguien, alguien tiene que depender
del canto.


Arazá-ti rincón

1
¡Pleamar de loros y de tigres
enterrados…

Algún potro alguna vez,
algún jinete
que ya tiraba lazos de salvación
invadieron esta zona sagrada.

Yo no le pedí apoyo al eucalipto
extranjero,
me co-alumbré debajo de las
palmas.

El gato montés
orinaba
verdes tecitos

sobre mi alma

Llegada del jaguar a la tranquera (1980)


EL SURREALISMO CRIOLLO

 Pero fue Francisco Madariaga, este criollo del universo, quien con desparpajo tomó el desafío surrealista y lo llevó a los esteros de Corrientes. Fue Madariaga quien desestimo de plano un folklorismo epigonal de una posible “poesía de provincia” y mediante ese extraño coraje de jinete que atraviesa palmares y bañados fundó en su Corrientes un centro del universo, un centro autóctono, firme, que conectaba con lo vernáculo sin renunciar a la construcción de un proyecto ecuménico, amplio.

Una vez, mientras cabalgábamos junto a Ángel Crespo por esos llanos venezolanos, Madariaga se detuvo a contemplar el paisaje y dijo en voz alta, ronca tal vez a causa de un vinito matinal: “si serán grandes los esteros de Corrientes que llegan hasta aquí, hasta Venezuela”.

Y no se trataba de una broma, de una boutade: era un conciso, breve, poderoso manifiesto sobre lo que había construido mediante su proyecto poético.

El mapa de las tierras poéticas de Madariaga llegaba hasta Venezuela, hasta Asunción del Paraguay, hasta los palamares de Rocha en Uruguay.

Una poesía que no quedó circunscripta a una mesopotamia de lámina escolar, sino que desde el comienzo tuvo decisión y una voz universales.

Madariaga es surrealismo, es post criollismo, es renovación absoluta del decir poético no desde la centralidad urbana de la capital, donde llegan los vientos eruditos y las ocasionales ráfagas de las modas del mundo, sino desde ese centro que es el territorio primigenio.

De algún modo, es dable mostrar cierto parentesco entre la obra de la poeta uruguaya Marosa Di Giorgio (1932-2004) quien desde Historial de las violetas (1965) y en particular desde Los papeles salvajes (1971) fundó esa centralidad interior que reside en la guerra de las chacras del Salto Oriental, en las presencias sexualizadas de las acelgas y tomates de lo que ella denominó “el jardín natal”.

Mientras Madariaga anunciaba la “llegada de un jaguar a la tranquera”, Marosa, como una taxonomista intuitiva, desarrollaba una botánica sexualizada de hortalizas, vampiros y enseres domésticos.

Ambos recorrieron un camino paralelo y deslumbrante. Ambos renunciaron al vector racional en la construcción estética, ambos se conectaron con el subconsciente de modo personal.

Pero sus obsesiones difirieron en los elementos visuales: en Marosa es el Salto natal, la chacra, lo doméstico. En Madariaga es el espacio abierto, los palmares, la elegancia precisa que tiene lo salvaje cuando expresa una pasión velada cuya fina verbalización es un desafío festivo.



ARTE POÉTICA

No podríamos sostenernos con esta piel y este polvo gemebundo, guitarrera de
[grandes desgracias.
Sólo no hay trampa para la orden de hacer fuego hasta que todo arda.
Los puentes están artillados y sólo los cruzan caballeros blancos vestidos con
[el aire de un muerto que posee la victoria final.
Totalmente entorpecidos por la belleza de su sangre.

El pequeño patíbulo, 1954.


LOS POETAS OFICIALES

¿Amoldáis vuestra esfera a lo más mínimo del porvenir?
Perros enanos entecos, tenéis a vuestro servicio
los escribientes nacionales, pajarracos de la patria.
Canasteros de los frutos del odio, no estoy
arrepentido de tener a mi servicio las joyas y los frutos del deseo.
Principitos destronados de toda sangre de composición en la naturaleza.
Eugenios, Equis, Clauditos, perritos de ceniza.

Las jaulas del sol, 1960.


NUEVA ARTE POÉTICA

No soy el espectral, ni el sangriento, ni el cautivo, ni el libre, ni el trompudo de labios de lata, ni el acordeón del mal-ayer, ni la blancura del futuro, ni el bobalicón del espacio, ni la academia de los astros, ni el planetario de las correspondencias.

Yo soy aquel que tiene los deseos del celo de la tierra.
Aquel que tiene los cabellos del lado del amor.
El peinador de los pocos retratos de desgracia.
El cacique de la boca arrojada sobre el lecho de la mujer que sangra.
¡Manantial para mis heridas!, que no son más que cosas de hadas.
¡Buen beber para mis ojos!, que no son más que sombras de desgracias,
[devueltas por el agua.
¡Loor terrestre a mis amigos y hermanas con temblores de bocas de duraznos,
[besadas por el agua!

El delito natal, 1963.


EL CANTO NO POPULAR

Yo, el rastreador que ha dormido en los
atrasos de
la luna en los atajos peninsulares, y ahora
siento
el canto del desahogo, a través del
orgulloso coraje
oh mis pequeños seres del desamparo,
canto
mi canto con un lenguaje no popular, pero
cercano
a vuestros vestidos miserables
El vestido las telas livianas de las mejillas
despintadas
el olor de los motines talados de la miseria
siempre
en la flor del fuego del pensamiento
destruido
sin nacimiento en las coloridas y
espléndidas
organizaciones de las albas lujosas de todos
los días
de todos los montones de días ligeros y
azucarados
por las cañas dulces solares irredentas
ininterrumpidas feroces vivientes de la
irrectitud
siempre anárquica del espacio siempre
moderno
y siempre solidario con los cantos de las
invisibles
deidades y de los otros personajes reales
asombrados
de la miseria de los sucios paisanos que
encienden
el clavel del esperma nocturno sifilizado y
demente
y excitado por los cerdos.
Oh, en mi escenario, de rodillas. Cocinas
conteniendo
el aliento del dormido rencor en la palidez
del alba.
Oh, gente sin viajes, que no puede fumar
en el
fuego del universo su tabaco de miel
arrollada por
el invierno, su comida de humo bañando el
ligerísimo
mosquitero de rabia del color el color que
no trajina
por las camas y que sólo saluda a la sombra
con
sombrero del Ave María en el altar de los
santos
ensordecidos por los fétidos besos.
Oh, mí, el rastreador que ha dormido tirado
entre
los yuyos, entre la ferocidad joyal de las
palmeras
en el borde del agua, y de una cocina sucia
llena
de lechos sucios y de tarros con jazmines
calentados del ex-alba.

Encuentro Esteros 2020: Conferencia “La impronta de Francisco de Madariaga en la Literatura de América latina”, conferencia a cargo de Rafael Courtoisie:
https://www.youtube.com/watch?v=d0TZqTywB0o&feature=emb_logo



Francisco Madariaga, poeta argentino, nació el 9 de septiembre de 1927 en Buenos Aires, Argentina. Sus poemas han sido publicados en importantes Antologías de Latinoamérica y Europa y traducidos al inglés, francés, alemán, sueco, portugués e italiano.

Rafael Courtoisie, docente, escritor y ensayista, miembro de la Academia de Letras de Uruguay, ganador de múltiples premios nacionales e internacionales.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.