Dossier II, Finalistas Beca Esteros 2020



Presentamos una muestra del trabajo de los nueve finalistas de la Primera Beca para Escritores Extranjeros de Uruguay, en la convocatoria 2020. El jurado de esta primera edición estuvo conformado por Juan Manuel Roca, Rafael Courtoisie, Tallulah Flores Prieto y Graciela Aráoz



Susana Szwarc
(Argentina, 1952)

La autora argentina ocupó el segundo lugar entre los seleccionados para esta primera edición de la Beca Esteros.

Entonces

Soltamos las hebillas (del cabello),
de a una
nos soltamos y llega,
ultra leve, desde distintos lugares,
una música que cada vez que se despliega,
abarca el punto de partida.

(El miedo cambiado por otra obsesión).

–Pájaros en la cabeza– habremos de oír,
habremos de reír, aún después de los Campos,
aún después del Matadero.
En la casa de citas.

(¿Cuántos años hacen falta
para hacer romántico un crimen?)

Un vestido rojo vuela por el aire.

Bárbaras somos
en este anonimato del murmullo.

Porque nos reconocemos, bailamos.
Entonces se olvida el frío.

Que rebalse

Te pregunto si llueve todavía.
Una pregunta tan torpe como pretender,
ahora, desde aquí,
saber
si es de día o de noche,
como si se pudiera responder
así nomás
a ciertas cosas.

Es otro continente, me decís.
¿Acaso cambia algo si sigue lloviendo?

No es lo mismo, diría
y me acerco
más
a la ventana.

–Está oscurísimo.

–No se puede pretender otra cosa
a la madrugada.

(¿De dónde viene esa voz?)

Me alejo. Alguien se puso a silbar.
Silba y sostiene con su sonido el mundo.

Susana Szwarc. Ha publicado libros de poesía y narrativa. Varios de ellos han sido traducidos al francés, italiano y alemán. Publicó recientemente «La Resolana, cuentos reunidos» (Editorial Contexto) y «El ojo de Celan» (poesía, Editorial Polibea).



Luisa Futoransky
(Argentina, 1939)

Narducho

El paisaje de mi infancia está perdido. No existe.
Nuevo trazado de calles, nuevas casas.
Es un lugar de una sola memoria y una sola emoción.
Ahí, yo sumergí un mundo: la niñez, los bichos, los parientes y vecinos. Los primeros inviernos y el juego: chapotear en la escarcha. El horno de una panadería y Narducho en el contiguo terreno baldío, que a guisa de zapatos tenía tablitas de maderas en los pies envueltas en retazos de arpillera y en la mano, para todo servicio, un jarro de hojalata. Como estampita de San Francisco. O inocente de epopeya rusa.
Loco tranquilo, loco de barrio, en Santos Lugares, que tampoco existe.

Kriti revisited

alguna yo estuvo
a treinta años luz en Heraklion en el trucho Cnosos
extasiada ante los jóvenes que como si nada seguían bailando en los frescos
con la cornamenta de los toros
y dejaban un rastro evidente pero silencioso
de jazmines del país
mientras, afanosas, las mamás cocinaban idénticas albóndigas
controlando los mares bruñidos y los crepúsculos
hasta hoy
donde aquí
cada guijarro, cada latido
negocia y obtiene
su astilla de eternidad

bajo el firmamento rutilante
¿alguien puede no amar
los parrales de Archanés?

Isla de perros y gatos
cansinos
cigarras y pajaritos
vocingleros
que saben cerca la hora aciaga
de enfundar violines:
inevitable y cierto
en el meridiano
taconea invierno

en Hania, veneciana, una única sinagoga
desafía desde hace siglos
el salitre de la muerte
con su piscina de abluciones
y su nombre
Árbol de la vida
casi intactos

crecido sin cuidado ni atención
el higo chumbo sabe defender
su prole y su dulzura

los minoicos
de ética y estética
hasta en las hierbas
de las tumbas
lo descifraron todo

Casta diva
la Callas impreca en las pantallas
¡guerra, guerra, guerra!
el vecino alemán con avanzado parkinson
comprueba en el periódico que en su no tan lejano país
los nazis pisan fuerte el parlamento
una mujer ufana presenta sus mellicitas
que van idénticas por el mundo
privadas para siempre de alteridad

Creta oculta sus complicadísimas urdimbres
de mitos
asas de ánforas
y lámparas de aceite
aprendió que cuando se vayan los depredadores
los usureros
los masticadores de variado aliento
la vendedora de gardenias
el vinoso Ponto
seguirán allí
y Ulises también

Telonera

Cada quien va por el mundo (de la escritura) con su propia cartuchera de útiles. A mí el viaje me permite asirme a cortinas y telones. Pueden estar desflecados o desteñidos y ser incluso de papel maché. Teatro rico o pobre. Pero los necesito para que la gente, aunque enmascarada, me hable de cosas ciertas. O que creo que son ciertas. Para proteger mis entradas y salidas. Para ocultar trastos, muebles desvencijados, platillos de pocillos viudos; en el centro, invitante, la concha del apuntador, falsa esperanza de que alguien te sople el argumento porque suele estar vacía pero tiene una lamparita macilenta, una escalera estrecha, la entrada de un túnel. Alguna puerta se entreabre donde nace el poema y una vez más, me pongo a salvo.

Luisa Futoransky. Escritora argentina residente en Francia. Sus últimas publicaciones son: «Cuadernos del Egeo» con la colaboración pictórica de Cristina Ruiz Guiñazú (Ediciones del Centro, 2020), Madrid, España y «Los años Argentinos» (1963-1972), con prólogo de Mariano Rolando Andrade (Editorial Leviatán, 2019), Buenos Aires, Argentina.



María Ángeles Pérez López
(España, 1967)

Un cuerpo
traslada
su ánfora rota
al cuadrángulo norte
de la sed.

Luego boca y desierto
se besarán
ardientemente
hasta que el agua irrumpa
con su inquieta mención
que encharca los atlas,
las esfinges.

Del ánfora gotea
sangrando
la alegría.

El musgo
abre
su mano
en la retícula
afilada
de lo real.
Nudo verde,
diéresis
que el agua
disemina:
espora de lenguaje
hacia lo vivo.
No urge
ningún modo
de sintaxis
o
tallo
para crecer
sobre esta línea
vertical.
Turba tan obstinada:
ligadura.

María Ángeles Pérez López. Poeta y profesora de la Universidad de Salamanca. Su obra poética ha sido editada, además de en España, en Caracas, Ciudad de México, Quito, Nueva York, Monterrey y Bogotá. También, bilingüe, en Italia y Portugal.



Zurelys López Amaya
(Cuba, 1967)

La muerte dispersa

La muerte: oveja sin hierba ni pelaje se ha ido para amueblar su sillón,
para alimentar su cuerpo maltratado.
Un poeta con su boina bolchevique recita sus derrotas y no quiere volver,
otro pasea recitando el lupus[1] de su inquietud amada.
Qué hacer para que la muerte no tome el lugar de los poetas.
Jóvenes poetas que trascienden en la noche donde sus ojos ya no están para verla.
Gran mal o pequeño mal y sus daños colaterales… Sé que la causa de mi muerte verdadera será el mal que padezco.
Una vez conocí al que declama,
el que jugaba a ser un poeta sin sentido.
Prefiero llamarle poeta de la noche,
loco poeta que se adhiere a la piel de una oveja que huye.
Compartimos un largo viaje por carretera y la arena ya sabía de su muerte,
sabía del espacio gris que deja la hojarasca.
Es el poeta el que sueña y hace temblar los cristales de cualquier restaurante cubano.
Diría que un restaurante cubano arruina el bolsillo del cubano,
que un poeta cubano que entra a un restaurante sufre de insomnio cuando ve la carne de res.
La muerte y la carne de res pueden parecerse al poeta cubano.
Los amigos que han muerto saben de lo que hablo.
Un poeta muerto ya no puede pensar en la carne de res,
ni en el restaurante que construyen cada día.
Solo han muerto,
y casi nadie los recuerda cuando pasan los años.
En Alamar me leyó sus poemas grises y el hambre que padecía,
mi casa fue su escudo en las noches de invierno,
su poesía el guardador de mi rebaño.
La idea de la muerte y sus trampas me devuelven al mismo sitio
donde mi escondite ya no está.
Yo también moriré,
tal vez hoy cuando acabe la noche,
o mañana cuando vuelva a pensar en mi país,
en aquel restaurante
y en la silla del cobrador que se sienta encima de la piel de mi oveja.

Flores en primavera / La Habana

Hay una luz en mi ventana despidiendo el espíritu, el alma tibia y buena de los campos. Hay trampa, arena, lluvia, escape, sed. Hay sombra bajo el árbol, camisa tendida en mi pupila, calor censor, abrigo, golpe y política. Isla de polvo, bárbaros. Hay música y lodo en mi falda, un peso en mi nuca que traspasa la hiedra de mi patio. Simulacro y vejez en el camino. Huérfano es una palabra triste. He temblado. He quedado sola en mi sillón, en mi banco que arrastra cuerpos huérfanos. He de llegar quizás. He de ver otra vez la madre al irse y sus ojos pidiendo alguna cosa. La muerte siempre arrastra con los tiempos. El amor, con la duda. Debo ver a mi hija saltar muros, desequilibrios, tesis, calles sucias; ver a los hombres definir en sus pétalos, flores en primavera. Yo podría marchar hacia el Tíbet, pero la isla nos detiene en su mira, nos fotocopia la sombra que nos ata. He sido el círculo, la esfera del tránsito feliz, la foto del canario amarillo y el péndulo del puente, la pólvora mezclada de azulejos. He temblado. He sido y he de ser. He de ver el país al irse y sus ojos pidiendo alguna cosa.

Miro la ciudad, ese gozo tranquilo que nos deja la sombra del pasado. Café y tabaco en sus conciertos, en su tranquilo gozo de isla buena. Dejo mi huella en la Catedral a través de sus columnas: pregón que aguarda nuestra suerte. El polvo de los ómnibus queda en las paredes de la Iglesia del Carmen. En Mijas también supe de la montaña mágica. Vi caer los cristales azules desde el cielo y a un pintor acomodar su lienzo. Viento que engulle la manzana, fruta fría que goza de duplicado asombro. Hermoso amanecer desde la cima, desde el sueño y su aura. Es La Habana mi huerto, angustia y delirio a mi regreso.

Zurelys López Amaya. Poeta, narradora y periodista. Licenciada en Comunicación Social por la Universidad de La Habana. Su obra ha sido publicada dentro y fuera de la isla.


[1] El lupus eritematoso sistémico (LES) es una enfermedad crónica, autoinmune y sistémica que puede afectar a prácticamente cualquier parte del cuerpo humano.



Susana Reyes
(El Salvador, 1971)

La literatura es siempre una expedición a la verdad.
F. Kafka.

De qué es la vida sino de palabras.
Existe el mar porque así lo llamo
y su inmensidad no es más que un sinónimo
de mi miedo.

No vale una palabra
lo que se dice
por decirse.

Es ingrato
profanar esa seda
vuelta sayal en tristes manos.
Áspera, incita a suavizarle
las venas gastadas
a venderle el amor
o negarle el odio
que martiriza sus hebras.

No vale una palabra
lo que se dice
sin sentirse.

Tiene sabor de alma
la ternura esparcida en los papeles.
Húmeda e ingrávida
roza sus sílabas lúbricas
de ojos incandescentes.

No vale una palabra
lo que se dice
para mentirse.

Limpia la mesa,
las sílabas y las venas,
se sirven inquietas
y proponen que desangre
esta tela, este alma, este mar.

Tomado de «Historia de los espejos» (DPI, 2004)

Venías con octubre en los labios
con el corazón hecho una bóveda
con el tropiezo de los días.
Te sentabas como un perro
que espera al amo ausente
a quien oye en sueños llamarlo en la llanura.
Compartías la mesa
con el gesto de los niños hambrientos
con la angustia del vagabundo.
Llorabas como llora el mar en la madrugada
Te acostumbraste a desprender una luz
(que te mata cada noche)
porque te acostumbraste a su dolor
a un incómodo resplandor en las entrañas
a su forma de amar y acomodarse
y te sabes fuerte
porque eres capaz de tragar luz y no llorar.

Intenté atrapar con la red de los sueños
aquella casa que construías cada noche
ahí te sentabas en el corredor amplio

más allá
una sábana de nubes y un volcán
el valle de cobre era solo una prolongación del sueño
la espuma de las fábricas
la nieve insólita de esta latitud
tu cansado corazón
un solitario recuerdo de la infancia en el país lejano
mi necedad de verte en la terraza
el olor de la tarde de invierno

todo ello es tu casa, la única,
la que guardo en este desordenado hangar que palpita.

Tomado de «Los solitarios amamos las ciudades» (Índole Editores, 2013)

Susana Reyes. Poeta, editora, profesora, actriz. Preside la Fundación Claribel Alegría de El Salvador. Imparte talleres de escritura creativa a jóvenes y adultos. Dirige el taller literario Palabra y Obra, y el sello independiente Índole Editores. Ha publicado: «Historia de los espejos» (DPI, 2004) y «Los solitarios amamos las ciudades» (Índole, 2013). Su obra aparece en diversas antologías nacionales e internacionales.



Emilia Conejo
(España, 1975)

Poemas

El representante sindical de los buzos habla de la necesidad de hacer del picaporte un estrecho entre nosotros y el valle del Elqui. De edificar sobre una noria de agua y rendirse al murmullo bajo los cimientos, aunque haga tiempo que el arroyo cambiara su curso. De bailar, aun en el quejido, en esta fiesta que celebramos en honor de los que siempre están llegando.

Nos debemos tal vez a las promesas que hacemos cuando esculpimos siemprevivas.

Quizá nuestra gran obra sea renovar los votos a la alegría humilde de las aromáticas.

Quizá nuestra gran obra sea renovar la fe en el más de acá.

De «De acá», Godall, 2019

Somos

Somos la voz cogiendo aire.
Somos el coro de mujeres de pueblo que escriben desde sus nalgas, desde las carnes de los senos, desde una plaza de armas con un tierno cadáver en medio.
Somos eso y un niño en un triciclo que gorjea bullicios.
Un buenos días que se echa a volar bajo las axilas.
Somos la explosión solitaria de madres de otro siglo.
Somos la generación que huele a sal.
Somos el anatema, los exlibris en la frente, la conversación en manojos.
El silbido tierno sin pedigrí.
Somos persianas que se desperezan tras las pesadillas.
El órdago a las parejas ancianas que desaparecen cada verano.
Somos llamada sin sonido.
Somos el puesto de fruta marchita junto a los melocotones que contienen nuestra alma.
Somos la banda sonora original de la sed.
Somos pueblo, muchedumbre, capital de selva.
Miel endurecida que conserva su dulzura.
Somos la mujer que arroja alterada un despacio a su hijo.
El freno ante huracanes y la pasión de futuros.
Somos los padres a los que, de hijos, ocultamos nuestro primer amor.
La euforia de la desdicha y la lujuria desamparada en el cuerpo.
Somos la plegaria atendida bajo un reloj digital.
El rap de la liturgia en la misa.
Los niños de manos en la espalda.
Somos realismo mágico sin desbastar.
Somos el estruendo de tus versos en un sótano sin compuerta.
Somos la pérdida, el saco pleno y el dolor de los impares.
Una tonadilla con vibrato de mujer en bata.
Vendavales desteñidos por el sol de agosto.
Somos las hijas de la Julia y de la Rosa que limpian por temporadas en una central nuclear.
Somos el hombre del bastón sentado en sus lustros mientras pasea por Urano.
Somos la vecina que critica por costumbre, la habladuría y su verdad.
Somos la cama deshecha en el nido de golondrinas.

De «Minuscularidades», Godall, 2015

Emilia Conejo. Licenciada en filología inglesa y máster en literatura española e hispanoamericana. Colabora con varias revistas de crítica literaria y cultural, y ha publicado hasta la fecha dos poemarios, «Minuscularidades» (Godall, 2015) y «De acá» (Godall, 2019).



Ignacio Di Tulio
(Argentina, 1982)

La nuez

Casi al ras del suelo
todos los hombres que yo no era
miraban tu nuez subir y bajar
a cada trago.
Cuando me alzabas en brazos
estudiaba el recorrido del hueso irregular
que sobresalía de tu garganta
como de la piel de un reptil.
Atrapaba la nuez con el índice y el pulgar
y me entretenía obstruyendo su trayecto
hasta que te atragantaras de risa.

Creía que el hueso
cabía en el hueco de una mano.

Soñaba que un golpe podía partir ese fruto
y en su interior, la lágrima seca que duerme
en el corazón de los duraznos.

Jardín de invierno

Por decisión de mi madre trajeron a mis abuelas a casa.
Aquellas ramas que se habían entrelazado en vida
ahora llegaban como las cenizas de dos bloques de brezo.
Las urnas quedaron disimuladas
entre las plantas del jardín de invierno.

Allí sembraron a mis abuelas.

Al pasar frente a ellas muchas veces pensé
en forzar las tapas de esos pequeños ataúdes
en hundir hasta el fondo las manos en la materia
y mezclar las cenizas en una sola caja
hasta formar un mismo polvo de abuela.

En cambio, frente a las urnas de ese jardín final
quedaba flotando en un silencio
como si mis propios huesos
se hubieran quedado mudos.

de «Famiglia», Ediciones del Dock, 2016.

Ignacio Di Tullio. Poeta, docente universitario y traductor. Publicó los libros «La música sin nombre» (Ensayo. TSE, 2016); «Famiglia» (Poesía. Ediciones del Dock, 2016) y «La materia de este mundo» (Traducción de antología de poemas de Sharon Olds. Gog y Magog, 2016).



Ingrid Valencia
(México, 1983)

Poema trece

Improvisa el tacto de las cuerdas,
la pared blanca y enmohecida
que nos lleva al interior de la mano.
Ilumina el bosque de junio
donde llueve y palpita el lodo.

Hay una sala de espera
y gente que camina en círculos.
Alivia la sed de las ramas,
al mar abierto entre escombro y acordes.

Quédate en lo cruel, lame desde allí
la mejilla del sol que se hunde
por dentro del estómago.

Reaparece en el piano,
en el aspa, en el pozo quirúrgico
de las aves cuando cantan.
Oscúrame.

Incluido en «Un círculo en otro Sol»

De la caída

No es el temblor sino la herida
la que hunde sus ojos
bajo el agua de la noche
y entrega una voz incandescente
a los suburbios de la lengua.

Son los engranes del tiempo
los que pulen nuestro paso
por una vida repleta
de ríos que se cruzan.

Es la mudez del espectáculo
una forma de hablar,
de entregar a otro los días.

No es la carne sino la destrucción,
el leve sonido de las máquinas
que forma círculos en la plaza del cuerpo.

No somos sino párpados
que se abren a la noche,
al ruido interminable
de la urgencia.

Incluido en «Oscúrame»

Ingrid Valencia. Ha participado en festivales de poesía en México, Canadá, España y Colombia, es autora de «La inacabable sombra» (2008), «De Nebra» (2013), «One Ticket» (2015), «Taxidermia» (2015), «Un círculo en otro sol» (2016), «Oscúrame» (2016), «Poemas» (2017), «Blue Holes».



Magdalena Camargo Lemieszek
(Polonia/Panamá, 1987)

Juegos de cama

Hoy he estado desnuda en la cama largo rato. Viendo tu cuerpo, desnudo también, junto al mío. Tu cuerpo que por ser tuyo ciertamente me pertenece. Y es esa certeza de posesión absoluta lo que de pronto, mientras enciendo un cigarro, me abruma.

Me da un poco de miedo ver tus senos dormidos, uno descansando sobre tu brazo, el otro sobre el otro. El pelo que te cubre los ojos cerrados, y que, aún sin verlos, sé que han de estar meciéndose frenéticamente bajo el influjo de los sueños. Temo también a tus labios, que ligeramente entreabiertos, se te van secando con las horas, y viéndolos así de quietos sé que no han de hacerme daño.

Mi miedo es la urgencia. Me urge que te quedes a mi lado. Me urge alargar este espacio, alargar tu sueño, tu inmovilidad, el pasivo y vulnerable reposo de tu cuerpo.

Una serpiente de humo se arrastra hasta tu muslo. Yo sé que has de dejarme cuando despiertes. Haz de ir a vivir en el mundo de las gentes con tus ropas, con tus máscaras y con tus odios. Me dejarás sola pensando en las cosas que he debido hacer para que te quedaras, en lo que he debido decir, y en lo que he debido quedarme callada.

Mi miedo no es otra cosa que este momento en el que dejas la divina lejanía del sueño, es la oscuridad que se aleja anunciando la mañana. Te miro y lo sé…esta es la hora en la que los cuervos me devoran los ojos, para que vuelvan a nacer y vuelvan a devorarlos, una y otra vez, eternamente.

El jardín

A mi madre

En los días en los que soy una niña todavía, la vida es un cisne nadando entre los juncos; es tu mano apretando la mía, fuerte, en un sendero de pinos altos y negros. Ahora he crecido. No soy bella, madre, es cierto. Mi voz no sirve para cantar, tampoco.

Pero yo espero, mamusia, espero aunque no hayan vuelto. Tú dijiste que todos los pericos que huyeron de mis jaulas volverían a visitarme, a contarme como es amarrarse, en listones verdes, a las nubes. Yo sigo mirando las palmeras vacías esperando su regreso. Es la misma casa, la misma caja de arena, los mismos gusanos venenosos; pero las palmeras, mecidas por el frío, aguardan vacías.

¿Cuánto tiempo, madre? ¿Diez, quince, veinte años? No sé…No importa realmente. El tiempo no transcurre en la memoria. Por eso, sentada en la misma piedra, busco la rosa en tu mano, con su cofre de sonrisas.

Magdalena Camargo Lemieszek. Educada en Panamá, cuya nacionalidad posee y donde vive y desarrolla su actividad literaria. Ha publicado hasta la fecha los libros de poemas, «Malos hábitos» y «El espejo sin imagen». Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía Joven en dos ocasiones. También administra el blog personal madziagesth.wordpress.com.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.