Dossier I, Ganadores Beca y Residencia Esteros 2020

Paul Brito y Liliana Pedroza resultaron ganadores de la Primera Beca para Escritores Extranjeros de Uruguay, en la convocatoria 2020, una iniciativa de la Fundación Esteros. El jurado de esta primera edición estuvo conformado por Juan Manuel Roca, Rafael Courtoisie, Tallulah Flores Prieto y Graciela Aráoz



Las vidas paralelas de los abuelos, Paul Brito

Fragmento de «Restos orgánicos de un mundo anterior», inédito por el momento, y a ser publicado por Seix Barral.

Pe conoció a sus abuelos varones solo por fotos. A Miguel Ramos, su abuelo materno, por una ampliación de su rostro en un pedazo de madera. Al momento de la foto, se encontraba en una cena de abogados, por eso quizá se le ven las mandíbulas apretadas, como si masticara algo. Y por eso Pe siempre lo ha identificado con esa silueta rígida, acartonada. En la imagen luce el pelo engominado, pegado al cráneo y peinado hacia atrás, y viste un smoking que nunca le ha permitido verlo como un abuelo cercano y doméstico.
Gregorio Brito, el abuelo paterno de Pe, fue boxeador amateur. Lo llamaban el Mosquito por sus largas extremidades y su nariz afilada. No hay fotos de cuando era joven; las únicas imágenes lo muestran ya anciano, serio, con el cabello peinado hacia atrás y pegado también al cráneo, pero no engominado. En esas fotos tiene una expresión destemplada, como si estuviera esperando el regreso de su hijo para regañarlo. En una de las imágenes, está con su esposa, la abuela Maruca Lorenzo, en un campo seco de Canarias, un paisaje tostado por el sol del verano y azotado por una brisa áspera proveniente de África.
De su abuelo materno, Pe sabe que tenía ideas políticas conservadoras, pero que aun así lo apreciaban los liberales del pueblo. Era alto y tenía unos ojos almendrados que solo heredó uno de sus nietos. Al igual que Gregorio, Miguel era de contextura delgada y fibrosa y, según cuentan en la familia, un asiduo visitante de burdeles, como muchos hombres de su época. Murió joven, cuando sus siete hijos todavía eran pequeños.
Pe supone que su abuelo Gregorio era de izquierda, pues dejó que su esposa le pusiera Lenin a su hijo mayor en plena Guerra Civil Española. Y quizá su mal humor provenía de tener que vivir en la dictadura de Franco y no ser capaz de emigrar. Esa amargura lo fue volviendo otro dictador en su casa.
Eran hombres de otro tiempo, fieles a unas cuantas convicciones, aun cuando esas ideas fuesen erradas. Su ética no consistía en la validez de sus principios sino en el grado de fidelidad a ellos. Sus convicciones eran solo una excusa para probar su coherencia interna y su lealtad con otros. Quizás en el fondo sabían que toda convicción es una deformación de la verdad.
La madre siempre le dijo a Pe que se parecía al padre de ella, y el padre de Pe siempre le dijo lo mismo en cuanto al suyo. Él mira las fotos, detalla sus caras adustas y no sabe qué pensar. Le da la impresión de que se parecen más entre ellos. Los imagina llegando a un pueblo por caminos distintos, después de cabalgar durante muchos kilómetros. Entran a un salón y se sientan en lados opuestos de la barra y piden lo mismo: un vaso de whisky. Comienzan a beber con los ojos entrecerrados debajo del ala de sus sombreros. En algún momento sus miradas se cruzan y quedan sostenidas por un peligroso lapso de tiempo. Deslizan lentamente sus manos por las caderas y acarician sus revólveres. De pronto, las hojas de la puerta se baten bruscamente y ambos aprietan con firmeza sus armas poniendo los dedos en los gatillos. Miran hacia la entrada buscando la fuente del ruido, pero no hay nadie, solo la brisa fría anunciando la cercanía de la noche.
Terminan de beber su whisky, se alisan el ala de los sombreros y pagan con exactitud lo que deben. Salen de la taberna y se encaminan hacia sus caballos. Comienzan a cabalgar a cierta distancia uno del otro, mirándose de reojo. Avanzan hacia la misma dirección: el oeste adonde cabalgan todos los forasteros, donde muere el sol y comienza la noche. Se alejan hasta parecer una sola silueta en la última claridad del ocaso.

Paul Brito es un escritor colombiano. Reside en Barranquilla. Ganador de la Beca Esteros 2020 de la Fundación Esteros.



Objetos perdidos, Liliana Pedroza

Cuento inédito, especial para Esteros Revista.

Abandonamos la carretera de Chihuahua a Aldama para entrar por un camino de terracería. Nada más girar, el carro en movimiento alzó una tolvanera alrededor nuestro y el polvo se coló al interior por las ventanas cerradas. Agité con fastidio un brazo como si espantara mosquitos mientras aguantaba la respiración y el otro lo usé de visera pues teníamos el sol de frente. Eran las once de la mañana de un martes, le había pedido a mi padre que me acompañara. Desaceleró para aplacar la nube y pequeñas piedras dejaron de saltar con fuerza por lo bajo de la carrocería. Recuperamos el silencio desde inicio de viaje. Pasé un pañuelo desechable por el cuello para quitarme el sudor y partículas de tierra. Nuestras ropas brillaban por el polvo. Unos metros más adelante vimos un Datsun blanco y al hombre que nos estaba esperando recargado en una barda resguardándose en un trozo de sombra. Se acercó cuando nos estacionamos. Arrastraba unas botas vaqueras puntiagudas como si le pesaran. Se quitó sus lentes oscuros y cambió de mano un grueso manojo de llaves para saludarnos. Luego lo seguimos. Utilizó las llaves para tocar con fuerza un portón azul de lámina oxidada. El sonido estridente restalló molesto y me puse de mal humor. Esperamos. Tocó otra vez. Escuchamos unos pasos al otro lado y vimos girar la cerradura. Al vernos, el trabajador reconociendo al otro levantó la barbilla para dar los buenos días y se hizo a un lado para abrirnos paso. El camino de tierra se extendía. Comenzamos a cruzar el patio.
No es que recordara. La memoria es tramposa. Cambia las reglas. Nos modela, aunque pensemos lo contrario. Somos nuestra propia ficción cuando nos narramos desde la distancia del tiempo. Cuando murió Laura Avendaño ni siquiera estaba en la ciudad para asistir a su funeral, por eso no puedo recordarlo. La historia del hallazgo de su cuerpo lo supe meses después con el relato de un amigo y una nota de un periódico que hablaban de dos mujeres en diferentes sitios que fueron violentadas el mismo día y encontradas muertas en su propia casa. No había fotos, sin embargo la noticia llegó para instalar la imagen de una mujer mutilada. Ni siquiera conocí su casa, pero imaginé sin saber por qué una chimenea y un sillón verde seco, una mesa de vidrio en el centro, un florero antiguo y un mantel bordado. Los fragmentos del cuerpo entre el comedor y la sala. Un brazo desmembrado, un zapato de tacón azul marino. En otras ocasiones ella se encuentra en mitad de una cocina con azulejos amarillos, el cuarto está iluminado por el sol de la tarde y una cortina que no fue bajada a tiempo (donde pudo haberla visto un vecino curioso, siempre hay uno, ver la escena, salvarla, pero esa vez no, no hubo nadie), ella tirada en el suelo, con su cuerpo entero pero con surcos como arañazos en lo alto de sus piernas, su sexo, el abdomen; sus manos atadas como si intentara un rezo o una súplica, el esmalte rojo de sus uñas descascarado. No le veo la cara porque está cubierta por su pelo largo castaño ahora revuelto. Puedo, incluso, si me detengo atenta, percibir las sombras que huyen mientras la veo ahí, indefensa. Temo irme porque si me voy pueden volver a cortarla en trozos como dice el periódico que fue encontrada.
Pensé de nuevo en Laura mientras caminábamos por un lote de carros abandonados pero su imagen no correspondía con la noticia de su muerte. Llegamos a una caseta. Media docena de moscas levantaron vuelo cuando el hombre abrió la puerta de spring. Una pequeña construcción a medio terminar. No cabíamos todos. Le entregué un papel al hombre y éste a su vez a otro sentado detrás de una mesa que se sacudió las manos quitándose unas migas de pan. Me quedé afuera mirando una Ford Lobo abandonada. Conté. Siete impactos de bala. Tres en el cristal de enfrente, cuatro en el del conductor. No estaba cerca de la troca, pero desde mi posición pude mirar las manchas de sangre en el asiento que comenzaban a parecer antiguas de estar expuestas al sol. Eché un vistazo alrededor. El resto de carros estaban en las mismas condiciones. Comencé a enumerar. No autos sino muertos. El hombre del escritorio me interrumpió con algunas preguntas de rutina, entré momentáneamente a la caseta y salí hastiada para liberarme de las voces de los hombres en el interior. Entrecerré los ojos para divisar el final del terreno. Laura apareció otra vez, ahora en el pasillo de su casa, bocabajo, con un brazo junto al cuerpo y el otro echado hacia adelante como si nadara sobre la duela de madera oscura. «Tenemos que ir al otro corralón», dijo el hombre mientras desandábamos el camino. Esperamos que arrancara su auto para seguirlo.
Con Alejandro ocurre algo distinto, recuerdo el día, la hora y lo que hacía cuando recibí la noticia. Frente a la computadora tomé distraída el teléfono, cuando supe de él miré por acto reflejo la hora en la pantalla, luego la ventana, después el filo del escritorio donde raspaba el barniz con el pulgar hasta hacerme daño. El apunte del recuerdo es casi estático, se mueve cuadro por cuadro, cuidando no perder los detalles. Pero eso es irrelevante cuando las versiones de su muerte oscilan de una boca a otra. Y todas son –pueden ser– ciertas. En el funeral busqué acercarme a la familia para escuchar de soslayo un dato, un detalle que elucidara. Cómo preguntar sin que sonara frívolo o morboso. Aunque cómo decir que uno también tiene derecho a saber sobre la versión definitiva, la de ellos, aquella con la que van a recordarlo. Saber qué ocurrió esa tarde en que lo encontraron con un camino de balas por la espalda después de abandonar su auto y correr para alcanzar, sin lograrlo, la acera de enfrente. Sólo soy capaz de reproducir el ruido de la grava con la carrerilla a pasos desiguales de Alejandro, su respiración agitada, el golpe del cuerpo en la caída, los disparos. Martes 27 de enero. 9:27 p.m.
Retomamos la carretera y avanzamos un poco para volver adentrarnos a una vereda sin asfaltar. En la puerta del corralón ya nos esperaban. Desde lo de Alejandro no he sabido dónde colocar su imagen cuando aquella vez por descuido alguien abrió la tapa del féretro. Estaba cerca. Mi mirada fue oblicua, involuntaria, pero pude registrarlo a detalle, es así como vuelve aparecer con su rostro hinchado, las bolsas de sus ojos amoratadas pese al maquillaje y sus labios cosidos con hilo negro. Ya no estoy allí, pero siento que la luz amarillenta de la funeraria vuelve tiñendo el color de mi ropa de un aspecto irreal. El hombre al que seguimos recibe indicaciones y se nos adelanta. Mi padre y yo lo seguimos por un pasillo estrecho entre carros. A lo lejos veo el mío. Un Neón color cereza. Sorteo más autos estacionados sin orden. El calor de mediodía asciende, estoy sudando y maldigo, mi cabello recién lavado huele a tierra. Saqué un juego de llaves y desactivé la alarma desde lejos. Un carro antes de llegar a destino me detuve. El hombre y mi padre me miraron. «Allí lo tiene. Puede revisarlo si quiere», me dijo con impaciencia, ya quería terminar su trabajo.
La madrugada del 5 de febrero que asesinaron a Irving, yo dormía en casa de mi madre. Eran las cuatro cuando sonó el teléfono. Me levanté de prisa sabiendo que ella había descolgado y nos encontramos en mitad del pasillo a oscuras. «Voy a acompañar a Mireya a reconocer a su hijo», reconocí el temblor de su garganta. «No vayas», le pedí, «te pueden matar a ti también», agregué turbada, temerosa, cobarde. Nos quedamos largo rato de pie escuchando la respiración pausada de mis sobrinos a quienes cuidábamos esa noche. Sin volver a decirnos nada nos sentamos juntas en el sofá de la estancia esperando, por el ventanal que da al patio, a que clareara el cielo, que se despejaran las dudas, que el insomnio estuviera allí y no en la cama; dejando sola a Mireya en mitad de la avenida Vallarta, desierta a esas horas, que ya para entonces miraba cómo los agentes levantaban el cuerpo. Vuelvo a esa historia y digo «el cuerpo» como si Irving no existiera, sin meditarlo trivializo el hecho de su muerte, no nombrarlo lo dispone en la fosa común de una estadística, aunque no sea mi intención. El escenario se instala con apenas unos datos. Un puesto callejero, unos adolescentes después de una fiesta, una discusión de palabras y empujones que termina en disparos. Tres casquillos alrededor de Irving, cerca de los amigos que miran incrédulos, de la angustia del vendedor de hamburguesas que no sabe dónde colocar su pala, su carne cocinándose en la parrilla improvisada, su venta de esa noche frente al muchacho que se desangra y que no responde mientras uno de ellos lo sacude para que reaccione y los otros ven cómo el del arma sube a su camioneta y se va sin apuro.
«Puede revisarlo», repitió el hombre. Me acerqué y abrimos el carro, cada uno una puerta casi al mismo tiempo. Estaba limpio. Había sido, incluso, para mi sorpresa, aspirado y puesto un desodorante de pino como si fuera el interior de un taxi. Recapitulé todo lo que había dejado ese día, antes del robo. Cosa por cosa como una fotografía a la que me aferro y consulto. En la parte de atrás ya no estaban mis papeles a revisar durante los próximos meses, ni el vestido de fiesta, ni el suéter amarillo que mandaría la tintorería. De eso no quedaba nada. Sin embargo, encontré en la guantera un recibo de luz y un comprobante de pago fechado días después del hurto. Me estremecí ante la cortesía que me obligaba a abandonar mi domicilio, a no vivir sola. Las uñas rojas, rotas de Laura Avendaño, otra vez. Limpio, ordenado, vacío todo, me parecieron puestos con intención una lata de cerveza en la parte trasera y una colilla de cigarro en el cenicero. Me desconcertaron las señales. El hombre tomó las llaves para echarlo andar y mi padre merodeaba alrededor buscando algún rastro de choque. «Eso es todo». El hombre me alcanzó un papel de recibido. «La cajuela», le atajé, «quiero que se abra la cajuela delante de mí». Sin dejarlo reaccionar, le quité las llaves y yo misma lo hice. No sé si temblé en el breve trayecto, pero tengo la impresión de que sí. La cajuela estaba no sólo limpia sino ordenada excepto por la falta una bandera blanca que decía «Paz para Chihuahua» de una marcha el año anterior, sin embargo tuvieron el cuidado de dejar unos análisis clínicos que me había hecho recientemente, unas radiografías. «Ya ve, no encontró ningún muerto», me retó socarronamente mientras yo miraba con insistencia el fondo, allí estaba la llanta extra, la herramienta. «No», le respondí. «Pero hay un rastro de sangre en el asiento trasero, junto a la puerta, una mancha profunda que no limpiaron.»

Son las 8:45 p.m. cuando escucho el motor. Estoy en casa de mi madre y la espero que llegue en mi auto, ha ido a un mandado. «Toma el mío, está más la mano», le he dicho. Debe ser ella pero el orden de sonidos no son los habituales. Detengo lo que estoy haciendo. Espero. Suena el timbre. Dos, cuatro golpetazos rápidos, bruscos, hacen levantarme; por las prisas tropiezo con un cable y la computadora queda en el filo del escritorio. No importa. Me recompongo y corro hacia la puerta principal. Abro y la veo detrás de la reja. Entiendo todo. «No quise mirar porque si no me mataban», dice, vacías las manos, sin llaves, sin bolso. Tiembla. Me acerco a abrazarla sabiendo que lo peor no nos pasaría a nosotras.

Liliana Pedroza es una escritora mexicana. Vive entre México, España y Estados Unidos. Ganadora de la Residencia Esteros 2020 de la Fundación Esteros.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.