Juan L. Ortiz, poeta de la simple hondura

Por Carolina Zamudio

Esteros busca en esta, su segunda edición, revisitar a un poeta que hizo de su vida y su obra una indagación en la búsqueda, que no en el hallazgo; un creador de deambular sereno, aunque febril y sólido; un hombre de la soledad, que no del aislamiento; un ser humano de tiempos largos, de disposición mansa para el recogimiento hacia el viaje interior.

En algunos autores, los títulos de sus libros son en sí mismos una declaración estética, un planteamiento inicial al lector sobre cómo encarar su obra, una sutil ars poética. Parece que este es el caso de Juan L. Ortiz. Si alguna certeza se puede intentar esbozar ante la creación de un hombre que se sumergió en la incertidumbre de la vida y las respuestas también inciertas de la poesía, es —ante todo, principio y fin— la comunión suya con la naturaleza. Así puede leerse en los nombres de sus libros, desde el primero de 1933, hasta el último de 1970:

El agua y la noche
El alba sube…
El ángel inclinado
La rama hacia el este
El álamo y el viento
El aire conmovido
La mano infinita
La brisa profunda
El alma y las colinas
De las raíces y del cielo
En el aura del sauce

“El paisaje va conmigo y es un hermoso habitante” dijo el poeta, también argentino, Armando Tejada Gómez. Quizá sea esta una cita adecuada para viajar por la poesía de Juan Laurentino Ortiz, hombre nacido en Puerto Ruiz, pequeña localidad de la provincia de Entre Ríos, en 1896. Contemplar, meditar, vivir… Meditar la vida contemplándola para escribir. Tal vez ese también sea el legado de Ortiz: su propia experiencia, y una obra singular y uniforme, lo que hace que “Juanele” (apodo derivado de la costumbre de algunos lugares argentinos de sumar solo la primera letra del segundo nombre a la firma) siga vigente y sea un poeta capital de la tradición poética de América latina del siglo XX; quien desde una provincia rebosante de verdes del norte del país al sur del continente habló en su tiempo hacia la eternidad y de forma universal.

Hondura: distancia entre el fondo de una cosa y un punto que se toma como referencia. Tal vez este concepto sea otra clave para entender el bosquejo de un tejido de poemas que comenzó en su primera juventud, aunque el poeta haya publicado su primer libro recién a los treinta y siete años, con toda una vida transcurrida ya, pero también un camino largo aún por andar hasta los ochenta y dos años, edad en que murió. La perfección de su lenguaje tiene raigambre en la tradición rural de su país, lejos de la elite cultural citadina con la que compartió inquietudes, pero de la que mantuvo prudente distancia para producir —quizá sin advertirlo entonces— una estética particular, descubierta y reconocida en sus últimos años de vida, y muchísimo más aún luego de su fallecimiento.

La ‘simple hondura’ en su trabajo es un acertijo para incautos o, mejor aún, una pista para quienes se acerquen a su poesía por primera vez. Aparente contradicción, juego de opuestos, casi oxímoron. Su propia figura y poética demuestran que no formó parte de quienes prefieren reposar en la simpleza de las cosas. Poeta de figura frágil y cabellos revueltos —como lo muestran las fotos y unos pocos videos de él entre árboles o en la intimidad de su hogar—, ahondó en la luz, en el aura de los seres y las cosas, en la sensibilidad ante las inequidades y el compromiso social. A decir de Hugo Gola, amigo y discípulo, “la preocupación por la injusticia se presenta en el poema no de forma panfletaria, sino como una necesidad estética de la que él mismo por su cosmovisión no puede eludir”. También posó su mirada en la delgadez de momentos de los que necesitó dejar registro; en la espiritualidad personal reflejada en cada verso; en el goce de la belleza de lo dado para crearlo —que no recrear— desde su propia visión; en la delicada sugerencia de sus propios descubrimientos, en la duda eterna…

¿Para qué leer hoy a Ortiz? Si acaso se necesitara una justificación con la poesía en tiempos, justamente, en que cada acto pareciera requerir resultados y un porqué, intentemos posibles respuestas: para reconectar con lo más puro; para sentir que no es lo mismo la levedad del rocío que el peso de la lluvia; para detenerse un instante en un relato, el relato vago (palabra del argot de ‘Juanele’) que nada tiene de impreciso en su construcción artística toda. “Oh, la infancia que era como estas hojas,/ gracia viva del aire y los reflejos/ bajo la penetrante, mansa mirada de la tarde”, escribió en Domingo, primer poema de El agua y la noche. Y la danza de las estaciones y sus ciclos que se van mezclando con la vida del poeta que también recorre con ‘mansa’ aceptación sus propios cursos vitales. Del mismo libro: “Los ángeles de Cocteau sentados en las cornisas/ miraban caer la tarde con ojos violetas (…) Es dura la vida. La vida es triste./ (…) Los ángeles bailan entre la hierba/ y sonríen con una sonrisa filosa,/ un poco lúgubre ¿cierto?/ Sí, lúgubre, y breve”.

Poeta de las dudas, comparte sus asombros y hace partícipe al lector, a la vez que ofrece sus íntimos deslumbramientos para ser digeridos y completados por los otros (nosotros) en ideas pasadas por amoroso tamiz; significantes y re significación desde los ojos de quien cierra el ciclo del poema cuando lee y registra a través de imágenes potentes y perpetuas, los delgados dibujos del ‘poeta de los ríos’. La pertinencia de su estilo se da a través de la congruencia de sus temas y obsesiones. Voz personalísima entre otros autores argentinos de su generación que, bajo un manto de aparente desnudez discursiva, construye un cuerpo intelectual complejo y de riqueza vasta. Seres etéreos son los suyos, como los que se advierten en su misticismo extasiado. Quizá sea oportuno leer en estos días a Ortiz, detenerse en la sutileza arcana de su pluma en estado de conciencia plena. Y pausa. En predisposición de lectura activa, alejada de la bulla que abruma.

Abismo, otoño, ángeles, sombras, azul… son algunas palabras de las nubes de sus inquietudes. En su lírica se puede oler el cielo, detener casi el pulso junto a él en esos momentos magnos en que el entorno contiene todo lo vívido ante nosotros. Lo paradojal es que se vive la intensidad como un modo de transitar a tientas la existencia y las emociones, al borde y junto a la naturaleza —la más incontinente de las manifestaciones en el ámbito de las certezas—: “Sí, las rosas/ y el canto de los pájaros./ Toda la hermosura del mundo,/ y la nobleza del hombre,/ y el encanto y la fuerza del espíritu”, escribe invitando a una disposición de entrega, como la que se necesita ante algo que a priori puede resultar extraño, simplísimo, esquivo, pero que una vez superada la barrera de entrada a ese universo es difícil no salir de allí otro; imposible, ojalá, abandonarlo.

Ortiz fue un hombre que vivió en congruencia con los espacios y su tiempo. Empleado público en una ciudad de provincia, jamás recibió apoyo ni becas por su trabajo poético, no dejó nunca de escribir y persiguió la búsqueda de un ritmo individual en las palabras. En los primeros tiempos, compartió sus textos con los amigos a quienes les vendía unos curiosos talonarios para poder editar de forma casera su obra y difundirla. Fui al río, poema devenido emblemática canción del folclore argentino, posiblemente haya sido el más reproducido y analizado. Hay allí toda una declaración ética ante la existencia. “… la intención de perfilar una actitud que se presenta como constante en su obra poética; se trata del sentimiento de participación cósmica, que relaciona el sujeto-amante con las cosas del mundo, e impone a la vez un cierto anonadamiento del sujeto. He pensado en reflexionar sobre esta actitud a la luz de las consideraciones de Max Scheler y María Zambrano sobre la afectividad y sus modos”, analiza Graciela Maturo en su trabajo El sentimiento de participación cósmica en la poesía de Juan L. Ortiz.

Fui al río…

Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.

Regresaba

—¿Era yo el que regresaba?—
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

¿Cómo puede calificarse, al fin, su impronta? Daniel Freidemberg, estudioso de la obra del poeta, lo expresa de esta manera: “El ajuste entre la temática, la actitud espiritual y el lenguaje es preciso e indiscernible en Ortiz, quizá más que en cualquier otro poeta argentino. Leer su poesía es oír mentalmente su música y percibir sus visiones, pero también es ingresar en un modo de ver, pensar y sentir. Se podría hablar de una filosofía ‘orticiana’, encarnada en los poemas y a veces expuesta en ellos. Se trata, en todo caso —y Ortiz declaró en diversas entrevistas— de un pensamiento extremadamente elaborado en el que tienen cabida desde Bergson y las religiones orientales hasta los mitos de los indios americanos, los anarquistas, Heidegger, Rilke, el marxismo y la física cuántica”.

Quien se disponga a leer a Juan L. Ortiz quizá pueda plantearse eso de ‘volver a las fuentes’. Apropiarse de la explosión de los verdes luego de la lluvia, del canto de los pájaros que también increpan; pero más aún del viento que siempre es melodía de las imágenes que arrastra, de la muerte eludida del verano y la intensidad lánguida del otoño. Del río, que lleva siempre al espíritu hacia alguna parte. Y saber, finalmente, que el silencio interior que logra atesorar la belleza es un estado del alma, como así también lo es la poesía.

El pueblo bajo las nubes

Duerme el pueblo. ¿Es ello cierto bajo esta luz
casi nevada de un jardín algodonoso
que flota, se abre, y ciérrase sobre las calles solas
en una fantasía toda infantil de pura?
Yo sé, oh, que las cosas, sólo las cosas, sólo
se iluminan en esta irradiación alada
y cándida—Grandes cisnes efímeros
sobre un sueño de cal y de follajes?

Deja las letras…

Deja las letras y deja la ciudad…
Vamos a buscar, amigo, a la virgen del aire…
Yo sé que nos espera tras de aquellas colinas
en la azucena del azul…
Yo quiero ser, amigo,
uno, el más mínimo, de sus sentimientos de cristal…
o mejor, uno, el más ligero, de sus latidos de perfume…
No estás tú también
un poco sucio de letras y un poco sucio de ciudad?
Sigue, sigue, por entre la bencina, sobre la lisa pesadilla
de las calles extremas, hacia la gracia de las huellas…
Ay, la ternura de Octubre, a las nueve,
ya hace, por aquí, flotar a la pesadilla
en celeste de agua…
Pero derivemos rápido, del lado de los caminos del rocío,
invisible, casi, lo adivino, en el seno mismo de la luz…
Sentémonos, mi amigo, entre estas niñas rubias
que suben y bajan, altas, por unas orillas de jardín,
apoyadas, contra los cercos, sobre un rumor de enredaderas…
El sol ha bebido sus propias perlas
y hay apenas de ellas una memoria por secarse…
No temas, no temas, y mira, mira hasta las islas…
Viste alguna vez la melodía de los brillos?
La viste ondular, todavía de gasa,
desde tus pies al cielo, sobre el río?
Oh, la misma ciudad, a lo lejos, es una música blanca
con unos silencios amatistas…
Y ahora, ahora, torna la vista alrededor…
Saluda como un aura a estas humildes gracias de miel,
capaces, sin embargo, de atraer hacia sí
a las abejas todas del día
y de volver de margaritas a la melancolía más flotante…
No las sientes curvarse bajo un amor transparente
en un hálito de alas?
O es sólo la cortesía más misteriosa
entre esa que inclina, alternadamente, a los otros finos tallos,
ante algo que al parecer es la respiración de un dios?
Saluda, también, a sus vecinas menos subidas y más pálidas:
qué delicadísimo sueño de amapolillas más pálidas,
sobre un rastreo de tases, serpentino?
Y a las apenas malvas, medio escondidas entre las espiguitas:
pétalos de alba, a su pesar, con sus secretos amarillos…
Y a las apenas níveas, por bordadas, del país de Liliput,
pero que visten, igual que a una novia, a toda la gramilla…
Y ah, a las más sin nombre que se van
con los alambres libres
en una fuga preciosa de piedritas…
Y al trébol de allí, loco de verde, y miniado de sol,
increiblemente miniado de sol en primores casi íntimos
pero que extenúan a la brisa…
Y a las verbenillas, por cierto, de aquí:
oh, la más dulce sangre labrada por los misterios
para los misterios de las hierbas.. .
Y a estos emblemas de llama, perdidos de los trigos
mas que blasonan, del mismo modo, todo el aire…
Y a esos recuerdos de la luna,
aparecidos de seda, ay, en una vigilia de espejo
que se busca, a su vez, en su infinito todavía…
Pero no olvidemos, mi amigo,
a las esbeltas criaturas que arden el azul, allá,
delante no se sabe qué sacramento etéreo:
no olvidemos, mi amigo, a las criaturas de los cardos…
Ni olvidemos a aquéllas que ya parecen abisales
con su “pasión” de cielo sobre el susurro trepador:
rêveries de qué abismo hacia otro abismo las de mburucuyá?
Y no habremos comprendido, es cierto, a todas. ..
Cómo abrazar, mi amigo, a estas miríadas del beso
que van estrellando, se diría, todos los minutos
con todos los pétalos y todos los fuegos del suspiro?
Y si nos corriéramos hasta el arroyito del otro lado de la loma?
Allí, lo veo, las redes hondas sin bautizo
con su penumbra colgada y su casi vía láctea de jazmines
sobre una huida de vidrios, poco menos que nocturna,
con las navecillas de cita. ..
Y los laberintos de los taludes, aún con su sin fin
de pequeñísimas miradas en los iris más inéditos,
dando no sé qué números de no sé qué otra noche
o qué mareo de gemas entre unos miedos de crepúsculo…
Mas no oyes al silencio, ahora, mi amigo?
Qué ave de diamante, di, sobre la línea del sueño,
se deshace dulcemente?
O qué llamado para el sacrificio, di
de campanillas de humo?
Oh, todo dorado de misivas sobre las alas del azar
es el mismo amor que no teme perderse
como la propia gracia ya, libre, sobre su propio cielo de
corolas…
Y no oyes en este momento, di, al silencio o al amor más allá
de las lianas que tejiera para vencer su abismo,
asumiendo justamente la muerte con los modos de un espíritu?
Sí, en los amantes invisibles está asimismo la otra flor
o el otro lado de esa flor,
llama, serena llama, que viviría de su sombra…
Dónde, entonces, aquí, nuestras debilidades hechas dioses?
Aquí, lo que llamamos “horror”, o lo que llamamos
“amenaza”,
sonriendo desde la semilla, se diría,
o equilibrando a las mariposas, si quieres,
con un frío que nos duele, es cierto, en lo uno de la sangre…
Pero aquí también enfrentando a lo innombrable,
algo como los honores de un ángel…
Mas es en nosotros, mi amigo, que la agonía es dividida,
terriblemente dividida, y expedida a la ventura…
Y aquella música blanca con unos silencios de jacarandaes?
Allí y aquí, a la vez, la condena “de la rueda”,
desde las madres del río y desde las madres de las zanjas…
Y aquí, ay, asimismo, lo que vinimos a buscar..
Si el lirio da a los precipicios, qué le vamos a hacer?
Hay que perder a veces “la ciudad” y hay que perder a veces
“las letras”
para reencontrarlas sobre el vértigo, más puras
en las relaciones de los orígenes…
O más ligeras, si prefieres, como en ese domingo
y en esa fantasía que serán…
Hay que perder los vestidos y hay que perder la misma identidad
para que el poema, deseablemente anónimo,
siga a la florecilla que no firma, no, su perfección
en la armonía que la excede…
O para ser el arpa de Lungmen
eligiendo ella sola los temas de su música,
lejos de los tañedores que se cantan a sí mismos
o que no oyen con los suyos a los recuerdos de las ramas
ni lo que dice el viento…
ni menos ven lo que el viento, por ahí, pone de pie. ..
Y aquí, además, las rimas entre los escalofríos de las briznas,
con los hilos temblando, siempre más allá de nuestra luz..
Y el rostro de Ella no escrito,
oh, recién nacido, con unos signos por hallar
y que serán, oh amigo, los que han de llevarte hasta su esencia
como las mismas, las mismas letras de tu alma…
Pero la viste a Ella,
amaneciendo aquí, Ella, de la espuma de las matas,
Venus de las colinas. Ella, sobre un flujo de jardín,
virgen profunda ésta toda aún de cabellos?

Dulce es estar tendido…

Dulce es estar tendido
fundido en el espíritu del cielo
a través de la ventana
abierta
sobre los soplos oscuros…

Dulce, dulce…
El pensamiento amarillo de allá
es nuestro mismo silencio casi póstumo
libre
sobre los abismos…

Dulce, dulce haber en alguna manera muerto
hasta el primer jazmín de arriba
que titila de súbito
en la misma brisa del poema que leemos…

Dulce, dulce…
¿Pero has olvidado, alma, has olvidado?
Dulce, dulce, bajo el vértigo
de las enredaderas celestes
estar solo con Keats,
bajo Keats, mejor bajo otra liana eterna…

Oh melancolía, oh melancolía que se enciende como un jardín
sobre la terraza que flota en una luz pequeña…

¿En qué urnas etéreas, alma,
olvidaste tu tiempo y tu piedad?

Bajo la breve dicha algo en el aire:
las ramas de la angustia, alma, que llaman…

Una angustia que quiere dejar de ser en todas partes,
en todos, en todos los grados de la soledad…
desde la piedra, acaso, alma,
hasta el ángel que se contrae herido…
La vida quiere unirse, alma, de nuevo, por encima de los
suplicios…
¿No oyes los gritos profundos del edén que quiere ser
con la lucecita desvelada, sí pero tierna, sin el fruto de la
muerte
y libre al fin de sí misma?

Alma, dulce es el sueño,
pero no se roba ahora, ahora, a la memoria del amor?

Ay, el amor, ahora, con los ojos abiertos sobre el infierno,
sin poder alzarlos, serenos, hacia el cielo de todos,
o bajarlos, serenos, hacia su cielo íntimo para más puramente
devolver…

Es Otoño, muchachos…

Es Otoño, muchachos. Salid a caminar.
Otoño en su momento inicial, más hermoso.
No os engañará este azul casi alegre?
¿Alegre?
¿La profundidad tiene alguna vez alegría?
¿No os engañará este verde joyante por momentos?
¿O esta invitación alada de la tarde?
No, una honda presencia deshace las azules sombras
y apaga la alegría del campo
—un luminoso, puro sueño que tiembla.
¿Cómo, y la tarde no se corona de flores
como de un fuego quieto de ángeles guardianes?
Ya está el viento, muchachos, el viento del otoño, del otoño,
violento o suave casi como un suspiro,
una enfermiza alma
de qué oscuros reinos?
que revela en las cosas
un herido pensamiento
de sorprendidas criaturas.
El viento,
niño fúnebre que juega con las últimas ilusiones del cielo
hasta darle una aguda limpieza de extraña agua final.
El viento, muchachos, el viento infinito.

Ah, esta tarde encendida…

Ah, esta tarde encendida, amigos, esta tarde,
de un oro vegetal iluminada toda
y toda penetrada de la gracia celeste
qué dulce, ah, qué dulce! entre el follaje frágil:
lluvia pálida o fluido casi primaveral
con una muy secreta y fragante nostalgia
de alma. Luz celeste y sensible mirando
entre la irradiación de la muerte suntuosa.
…Fue en Abril, sí, en Abril, en los primeros días
en que empieza a reinar un orden aún tierno
en las cosas. Venía distraído. De pronto
al volver de una esquina suburbana aquel árbol
me sorprendió con una presencia tan perfecta,
tan acabada, que, en un milagro hube
de creer. Parecía destacado con un
equilibrio, un ritmo, del todo musical,
en la plenitud grave y frágil de sus formas.
Y todo al punto se ordenó en torno de él
en una paz que hubiera madurado el sensible
pensamiento latente ya del mediodía.


Juan L. Ortiz. Poeta argentino, conocido como Juanele. Se lo considera una de las figuras fundamentales de su país, en el mismo plano singular y secreto en el que se ubica la influencia de Macedonio Fernández u O. Girondo.

Vivió su infancia en el medio rural de la Mesopotamia argentina y residió de joven en Buenos Aires, donde se vinculó a los ambientes políticos e intelectuales del anarquismo. Vuelto a su provincia natal de Entre Ríos, trabajó como empleado público y llevó una vida retirada que no le impidió ejercer una notable influencia estilística sobre las jóvenes generaciones.

Se inició bajo la influencia de la poesía intimista posterior al modernismo para después evolucionar hacia acentos más personales, entre los que destaca un sentimiento cósmico del paisaje y un humanitarismo solidario. Apartado de los círculos literarios, su obra tuvo escasa difusión y se publicó de manera dispersa en varios poemarios (El agua y la noche, El alba sube, El ángel inclinado, La rama hacia el Este, El álamo y el viento, El aire conmovido, La mano infinita y La brisa profunda) que en 1971 se reunieron en tres volúmenes bajo el título En el aura del sauce.

En 1969 compartió con R. González Tuñón el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía. Completan su obra El Gualeguay y La orilla que se abisma (ambos de 1971). En 1996 la Universidad Nacional del Litoral editó su Obra completa, a la que agregó poemas, ensayos y artículos inéditos. Su poesía fue influida por la estética de S. Mallarmé en el sentido espacial del verso.


Carolina Zamudio. Periodista y poeta. Directora de Esteros, Fundación cultural y Revista literaria. Publicó Seguir al viento, La oscuridad de lo que brilla, Las certezas son del sol, Rituales del azar y La timidez de los árboles.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.