Editorial

¿Oyes el sonido del arroyo?

“…que nadie confunda la poesía con los estados poéticos de la mente. Instantes de emoción poética —porque se los dan ya hechos la luz y el aire y, sobre todo, el claro de luna— hasta un pobre can suele tenerlos. Como verdadera creación, la poesía está fuera de su creador. Y viene a ser la otra creación, la que fue delegada en la persona de Adán, cuando puso nombres a las cosas. La poesía: ente posterior a la palabra. Una anécdota de Mallarmé y Degas viene a punto. Degas tenía su violín de Ingres; cuando dejaba el pincel, se empeñaba en hacer sonetos. De ellos acabó unos veinticinco, a fuerza de fatigas. «En todo un día no he podido dar término a este —se quejaba con Mallarmé—, y, sin embargo, ideas no me faltan». «Pero, Degas —le contestaba el Maestro con dulzura—, ¡los versos no se hacen con ideas, sino con palabras!»…”[1]

El poema, resultado del viaje interior, es el tesoro que traemos de vuelta al mundo y que se puede manifestar en palabras. Quiéralo o no, el poeta va, recoge y vuelve. Lo recogido, la dádiva que ofrece, es el poema.

Si cruzas a través del umbral del cuerpo en el que vives hacia adentro, el viaje emprendido no tiene las características de un caminar por un sendero en el paisaje físico, pues el paisaje que allí nos rodea carece de las formas y no obedece a la sustancia material. Es un paisaje, sí, y tu camino recorre un inusitado territorio que no conoce las coordenadas de espacio y tiempo. El espacio allí es ilímite y el tiempo se desliza en el presente infinito: en un mismo instante puedes estar en el borde de la galaxia y en un rincón apartado de la historia. El paisaje que recorres hacia el interior no es objetivo, solo es la idea de paisaje, constituida por todo lo que eres y serás.

Con el simple acto de cerrar los ojos, puedes entrar y, en un instante, encontrarte en el remoto origen. Mira desde allí, desde donde todavía no eres, cómo se ocasiona una explosión de amor de dos seres cuya conjunción ocasiona lo que tú has de ser.

En tu interior ve hasta el umbral del ser. Ubicado allí, encuentra un paraje, una puerta que te permita esta contemplación: del otro lado está la nada; de este, tú. Ese umbral permite el paso de la nada al ser. Si imaginas cruzarlo en sentido contrario, aunque no lo hagas todavía, se iluminará en tu conciencia la noción de lo que eres y, como si hubieras subido a la montaña, hallarás el manantial en donde brota el agua de la comprensión. El hilillo de savia que surge de ese venero se ajusta a las palabras para que ellas expresen lo que es, lo que eres, lo que somos.

No es posible la emanación directa, la visión cruda; por lo tanto, una metáfora es el vaso que comporta el sentido. Es por esto por lo que, al decir, también oculta. Y solo aquel que ha logrado despertar el oído del oído, puede penetrar en el significado.

El oído del oído está facultado para escuchar el latido del mundo, un arroyo siempre naciente comporta el fluir de lo que somos, el hilillo de savia que emerge del cuenco de la nada y, al brotar, de energía se convierte en cosa.

Es el oído del oído el que escucha lo que el oído oye.

Luis Fernando Macías

En esta edición: Juan L. Ortiz,  Jorge Paolantonio, María Teresa Andruetto, Rémy Durand, Felipe García Quintero, Alda Merini, João Luís Barreto Guimarães, Beatriz Vanegas Athías, Ricardo Piglia, Fernando Pessoa, Emilio Alberto Restrepo, Luis Fernando Macías, Catalina Calle Arango, Jacobo Ortiz, Gisela Galimi, Ketty Blanco, Lizette Espinosa, Miguel Barreto Henriques.


[1] Alfonso Reyes.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.