Fundación Esteros, tercer aniversario


Celebración a la Fundación Esteros

Celebrar a la Fundación Esteros significa también reconocer –y estrechar en abrazo de gratitud y complicidad– a los poetas, críticos y gestores de distintos rincones de nuestro mundo que se sumaron, apoyaron y fortalecieron al proyecto cultural y al ideal que representa la Fundación Esteros. Queremos hacerlos parte de estos tres años y del camino que está por venir celebrando su valiosa poesía: aquí tenemos doce voces que se unen a nuestro aniversario.


Por Carolina Zamudio


Rafael Courtoisie (Uruguay)

Crueles   

Una mujer deja cebos envenenados en los árboles inmediatos a su casa, para que los gatos que de noche la despiertan con sus maullidos de amor y las gatas servidas no la mortifiquen con sus gritos de goce gatuno y le recuerden, de madrugada, su propia falta de placer.

Minuciosa, vierte leche con estricnina en pequeños platos, deja bolitas de avena con oxalato de calcio, albóndigas con un carozo negro dentro, con un carozo donde está la muerte pura y pequeña, llena de frío absoluto. Los gatos comen y beben, y al otro día los cadáveres aparecen en los jardines. Son cadáveres aéreos, voladores, puesto que muchos de ellos murieron en el momento del salto, o en el salto mucho mayor del apareamiento, de la cópula. Muchos, atontados por el trago de veneno, se levantan de su primera muerte e inician la cuenta regresiva: la muerte les acarició los lomos, pero las otras vidas se les despiertan dentro dejándoles otra posibilidad de vagabundeo, de maullido y amor que contrariará la Perfidia de Umbría.



Berta Lucía Estrada (Colombia)

Ruleta rusa

Vivo en el claroscuro
oprimido bajo el vestiglo del océano.
juego a la ruleta rusa
con mi amigo suicida,
camino una vez más
sobre la cuerda floja.

Olvido la pértiga
necesaria al equilibrio,
alguien ha quitado
la red de protección.
Los seres de ultratumba,
esperan mi pronta caída.

Celebro así
el Día de los Muertos.
En vez de vara,
para no caer al vacío,
llevo en las manos
una botella de tequila
y otra de mezcal.

Los abucheadores
se enardecen
a cada uno de mis pasos.
A lo lejos
las flamas
cierran un círculo nefasto.

Funámbulo-sonámbulo
avanzo lento
e ineluctable
hacia la otra orilla.

La ebriedad,
eterna cómplice
de mi agonía.



Xavier Oquendo Troncoso (Ecuador)

DE AQUELLO QUE ES LO VIVIDO
Y OTRAS CIRCUNSTANCIAS

No sé si vuelva a ver toda la impresión de las imágenes azules,
si el olfato me reconozca en medio del tumulto del sentido
o el corazón siga latiendo como el faro viejo
de algún muelle enmohecido.

No sé si el gusto vuelva a sentir el sabor claro y profundo
de aquello incomible e imbebible que todos amamos
y el tacto se atreva a regalarme su aorta enorme,
su vista gigantesca, su gran armonía para tocar las cosas,
para sentir las asperezas que bifurcan el sentido del alma.
No sé si volvamos a encontrar el sonido de aquellas
aguas petrificadas, convertidas en profundas estalactitas
mediante el rumor perturbador del tiempo.

Pero esto, que he logrado coleccionar en los sentidos.
Esto que ahora habita en la plaza de mis conocimientos
y que se ha formado como un collar de perlas preciosas
en las minas marinas del pasado, solo serán
otra forma de ser y de serme
y de estarme.

Y de darme al mundo.



Juan Suárez Proaño (Ecuador/España)

LA SOMBRA

Verano.

Solo una nube conserva

la forma de los ríos.

El sol es un dios terrible

para quien lee la carta de un amigo muerto.

Sabia es la vieja costumbre

de enterrar a los perdidos,

                salvarlos de la luz

                y las sucias navajas del día

que tallan la letra del desgaste en la piel

y alumbran las células inertes

hasta que se hacen polvo de la vergüenza.

Dónde estarás ahora, reventándote bajo el sol,

tú que dabas las gracias a las tórtolas

o a la forma oscura de un árbol

cuando se interponían entre la luz y tus ojos.

Uno está a salvo contados días de la vida:

como los potros

que se tienden bajo la sombra de yeguas maternales.

Ahora solo están seguras las criaturas

que las madres esconden

bajo la sombra de sus pechos crecidos contra el hambre,

ahora solo están seguros esos críos

ocultos a los ojos de los altísimos

llorando tranquilamente

sin tener que avergonzarse.

Dios debió darnos el alma como sutil castigo

para que al morir vaguemos sin hacer sombra

sin poder refrescar ni al perro

que padece el juicio del sol.

Soy devoto de las cosas que hacen sombra:

de estos muros, que nos atrincheran contra las balas de luz,

del niño audaz

que aguarda inmóvil el retorno de la mascota perdida

y riega su sombra como un país sobre la calle,

de la mano que se gana su cuota de santidad

cuando se posa sobre el ceño

para que los ojos

puedan reconocer en la distancia la morada.

Ahora que el mundo parece una moneda

arrojada con desdén en la fragua,

ahora que alguien no puede sostener

la carta del desaparecido

donde pesa la claridad con un peso de siglos,

                agradezco por el cuerpo

que permanece de pie junto a mí,

y riega sobre la tierra y mis zapatos

la modesta ofrenda

de su sombra.



Mariano Rolando Andrade (Argentina/Francia)


El entierro de Stevenson

De pie ante tu tumba blanca,
veo el océano que te trajo
y la jungla que te amparó,
las montañas que quizás
te llevaron a Escocia.

Veo a los jefes samoanos
recibir la noticia
“Ha muerto Tusitala”,
que partió de la casa en Vailima
una noche de diciembre.

De pie ante tu tumba blanca,
comprendo tus dos deseos:
ser enterrado en lo alto
de la montaña Vaea
y llevar las botas puestas.

Pocos son los palagi
que han merecido lágrimas
en estas islas y mares
saqueados sin descanso
por las plagas de Occidente.

De pie ante tu tumba blanca,
gran Tusitala del norte,
veo las antorchas y escucho
los brazos de doscientos
surcando la tierra cuesta arriba.

El resto de Samoa se pregunta
“qué desgracia nos ha caído”,
y en la morada de Vailima
alguien prepara tu mortaja
y viste tus pies desnudos.

Llega la temida mañana ya,
tus anfitriones te acompañan
y los más fuertes cargan
el ataúd hasta lo alto de Vaea,
la cima de la tumba blanca.



Mariluz Escribano
(incluimos un poema de esta fundamental poeta española cuya albacea es María Remedios Sánchez)

Cuando me vaya

Dejaré un silencio en el recuerdo,
sonidos de una voz que fue muy joven,
y un aroma de sándalo y cipreses
para que no me olvides.

Y ahora, cuando el sol desaparece,
y hay promesa de una noche clara,
las estrellas se esconden
y están muertas de tanta nívea luz.

Dejaré abierta la ventana.
Un gorrión divulgará mi huida,
y un frescor de mañana
anunciará mi marcha,
con trémula voz para llamarte.

Cuando me vaya
perderé las praderas,
los bosques encendidos de noviembre,
el verde del jardín en primavera,
la tenue luz de los planetas,
la sonrisa de un niño,
el calor de un amigo,
lágrimas de dolor por los caminos
que transité tan alta,
la caricia de un perro
que dio fuego a mis manos.

Cuando me vaya
habré perdido tantas cosas,
que creceré en trigal
por no morirme.



Gustavo Osorio De Ita (México)

II
[LINAJE]

Carezco de un dios padre
y de una madre compasiva.
Los restos de los padres de mis
padres y sus ancestros
yacen bajo la violenta tierra
de mi nacimiento.
No cargo con un escudo de armas.
A mi nombre puerta alguna ha de abrirse.
Mi suerte
pertenecía a los campos de Córcega,
al amor de una campesina
y al pastoreo de cabras.

Pero ha de haber errado algún oráculo,
algo debió cambiar
para que me encontrara otro camino.

Y mi sangre
– la que nada vale y corre por corrientes venas –
será real;
incluso la derramaré para probarlo.



Andrea Rivas (México)

Monsieur Martin

“aquí había alguien que estaba y estaba
que de repente se fue
e insistentemente no está”
Wislawa Szymborska

y esos días en los que no entiendo a la muerte
su andar fijo por la casa
midiendo probando todo lo que es suyo
su misteriosa manera de abrir portales y llevarnos un día
y dejarnos otros días como hoy
abrir la boca para llamar a M y recordar que no vendrá
que sus patas no aparecerán en el pasillo
que el tazón seguirá intacto con el agua impávida esperando ser derramada
y preguntarnos porqué no vendrá
si yo aún lo veo claramente
si siento en las noches su cuerpo
abriéndose paso en mi cama
desde los rincones y desde la repisa más alta
los insistentes ojos verdes juzgando
yo los vi cuando miraban rotundos
y no entiendo porqué no supe cuando se contagiaron de muerte
si ayer me miraban yo los vi me miraban
y se vaciaron los vi cuando estaban recorriendo los terrenos
rastreando el recorrido
entre los cuervos y el hueco bajo el arbusto
donde perdí a su cuerpo frente a la muerte
vi sus ojos que estaban y estaban y vi la tierra
la vi caer la vi y supe que él no estaba que no enterraba
nada huesos pero qué se enrosca
entonces sobre mi pecho y me quita el aire y los ojos
que me juzgan de quién
y a dónde entonces
se fue toda esa luz?



Gabriel Chávez Casazola (Bolivia)

Alivios

Aliviaba cierto dolor de la infancia atesorando
piedras de cuarzo
recogidas en las calles de tierra
piedras
comunes pero tocadas por alguna veta mágica
que las había transfigurado
transmutado
guijarros ocres elevados hacia el mármol.

Las reunía en el patio trasero de la infancia
y se las enseñaba a algún vecino pobre alguna tarde pobre
a otro niño cualquiera como él que
sorprendido
las pesaba y admiraba entre sus manos
maravillado
por la existencia de una belleza que no había entrevisto antes
guijarro ocre también él
y desde entonces surcado por una contemplación secreta
por una veta
que elevaba sus ojos al destello del mármol.

¿Qué habrá sido, me pregunto en esta tarde pobre de febrero,
de ese vecino y aquel patio trasero y la colección de cuarzos?
¿Y qué habrá sido del coleccionista?
En cuanto a él,
abrigo algunas sospechas sobre su paradero.

De hecho
yo mismo alivio ciertos dolores de la madurez recorriendo
las calles de tierra o de cemento de la tierra
buscando piedras
comunes
-palabras-
surcadas por alguna veta mágica
secreta
que permita transmutarlas hacia el mármol
con solo saber escuchar
-caracolas calladas-
lo que podrían decir
reunidas
en un patio trasero.
Las recojo, las reúno, las atesoro,
me maravillo
de su belleza oculta
guijarro ocre
las transcribo
y se las muestro alguna tarde a algún vecino.

A veces pienso que no sirven de nada
y una voz en el sueño me dice que no alcanzan,
que no alcanzan.
Es verdad que la colección de cuarzos no logró borrar el dolor que desfiguraba la infancia
del coleccionista,
sacar de la pobreza a su vecino ni mejorar la calle o el traspatio
mas su solo estar ahí bastaba
para aliviar el mundo,
para transfigurarlo
para poner en los ojos un destello
y así elevar la piedra y aproximar el mármol
haciendo al mundo ligeramente más bello
y acaso
también
menos
cruel.



Verónica Aranda (España)

Febrero

Febrero a las afueras; los aljibes,
un camino de granjas,
tapias de buganvillas. El amor
se hace más sabio por la madrugada,
como escribió un poeta. El vientre liso
de las ensoñaciones,
un gusto a regaliz y la paciencia
de recorrer un cuerpo, con sus miedos,
sus bambudales al amanecer,
los alveolos oníricos a orillas
de algún río con juncos y rituales.
Febrero: frágil flor de la canela.
Besarnos en los ojos asumiendo el temblor.



Sergio Marentes (Colombia)

cosas sin alma pareciendo ser alguien con alma

si lo que vemos lo ven los otros
y los que dicen que lo vieron antes
podríamos pensar que lo verán los de luego
mientras lo estamos viendo
o porque lo estamos viendo

y
sin importar si lo decimos
o lo creemos
o lo sabemos
las cosas que vimos
las que vemos
y las que veremos
serán
aunque sus dueños digan que no
y crean saber que estamos equivocados
porque sus ojos son lo único que les sirve para ver



Lauren Mendinueta (Colombia)

Algunos recuerdos de la casa

Recuerdo la ventana verde espiando al mundo,
muy discreta y silenciosa
abierta o cerrada como un corazón.
Recuerdo la cocina y sus ritos crueles,
el pescuezo de una gallina en las manos de mi madre,
los cuchillos custodiando la mesa.
Recuerdo que entonces nada me unía a la casa
ni un golpe demoledor
ni una alegría memorable,
nada.
¿Será por eso que hoy no puedo abandonarla?
En las fotos de esa época parezco muy joven y lo soy,
no sabía que la mano del mundo ya me había alcanzado
—sólo se es joven mientras podemos ignorarlo—.
Recuerdo la ventana verde
discreta y silenciosa.
El resto de la casa
habitaciones blancas repletas de gritos.




Carolina Zamudio
 (Argentina, 1973). Poeta y ensayista. Publicó: «Seguir al viento», Ediciones Último Reino, 2013 (Argentina); «La oscuridad de lo que brilla», edición bilingüe español/inglés, Artepoética press, 2015 (Estados Unidos) con traducción de Miguel Falquez-Certain; la antología «Doble fondo XII», Musgonia Colección, 2016 (Colombia); «Rituales del azar», edición bilingüe español/francés, Éditions Villa-Cisneros, 2017 (Francia) con traducción de Rémy Durand; «Teoría sobre la belleza», Imaginante, 2017 (Argentina); «La timidez de los árboles», Hilo de Plata Editores, 2018 (Colombia); «El propio río», Colección Lima Lee, 2020 (Perú), «Vértice», Raffaelli Editore, 2020, edición bilingüe español/italiano (Italia), con traducción de Emilio Coco y «Las certezas son del sol», Valparaíso Ediciones, 2021 (España). Magíster en Comunicación Institucional y Asuntos Públicos, y Periodista. Creó y dirige la Fundación Esteros, y la Revista Esteros (www.esteros.org). Premio Universitario Siglo XXI del diario La Nación de Argentina y la Corona del Poeta en el Eisteddfod.
 
www.carolinazamudio.org

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.