Juan Diego Mejía, el que confunde

A lo mejor refiriéndose a un consejo para la vida, o para la escritura, Juan Diego Mejía dijo: «Uno necesita muchas personas que lo defiendan».

Por Bryan Andrés Mosquera

Por aquellos días, no supe si Mejía me daba un consejo para la vida, o para la escritura: «Uno necesita muchas personas que lo defiendan», dijo.
De seguro eran más de las diez de la mañana, como también menos de las doce de la tarde de un sábado en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, en cuyo salón de vidrios enormes e inútiles Juan Diego Mejía comentaba nuestros escritos cuando no reñía con nuestra timidez. Los talleres de escritura se hacían los sábados y Juan Diego Mejía era el profesor del taller. Así que comentábamos los escritos; debatíamos sobre la forma, sin restarle importancia a lo perdurable, a lo poético; sobre las influencias, que nos hacen pisar el acelerador, creyendo conocer el camino hasta que aparecen barrancos ajenos; y en una de esas conversaciones, Mejía mencionó que uno necesita muchas personas que lo defiendan. Saqué mi cuaderno y escribí: personajes que defiendan la historia y a su protagonista, muchas personas que lo defiendan. Creí que hablaba de la escritura, pero conservé la duda.

Acaso en alguna entrevista, Juan Diego Mejía reconoce que, a los ojos de algunos críticos ligeros, se le ha reconocido como un autor de personajes fuertes de construcción, pero débiles de espíritu. Con lo cual parecen decir que, en efecto, los personajes de Juan Diego Mejía, desde Sebastián hasta Pável, el actor, necesitan personas a su alrededor que los defiendan. Contrario a ellos, opino que la obra de Juan Diego nos quiere decir que en las situaciones que enfrentan sus personajes, hasta el mismísimo Aquiles hubiera caído ante los agravios y las fuerzas profundas que le tuercen el destino a la vida, a los anhelos. Pero así como el pélida cobra venganza por la muerte de su Patroclo, restregando el cuerpo del victimario Héctor cerca de las murallas de Troya, los personajes de Mejía buscan, a su modo, reconciliar sus anhelos, no acallar sus instintos.

Crear para quedarse

Los personajes de Mejía buscan seguir a flote, cuando la vida del campo, de la ciudad y hasta universitaria sumerge sus voluntades. En el sentido escrito que hace Sebastián Aguilera, en A cierto lado de la sangre, que, además de una novela, parece una declaración de guerra al pasado, escribe al final: «Yo solo necesito demostrar que no he muerto». Esta es, quizá, la sentencia que mueve a ciertos personajes de la obra de Juan Diego; es el aforismo que lleva grabado Mejía, en El cine era mejor que la vida, que lo hace sobrevivir a las penurias de un emprendedor ensoñado más por su ingenuidad que por el aguardiente, o Pável, en Soñamos que vendrían por el mar, quien contra todo el pronóstico de unas lógicas seductoras y soñadoras, y hasta de su gabán interesante y oportunista que lo pone en peligro, se desvive más por el teatro, que por la toma del poder. En estas novelas, los personajes, desde el narrador hasta los protagonistas, demuestran que no han muerto moral y físicamente, gracias a cierta arma vieja, pero certera: la creación.

El pequeño narrador de El cine era mejor que la vida, parece tener un botón con el cual gradúa el nivel de ficción en su vida, según lo requiera la situación. Cuanto más delicada sea la situación, tanto más el grado de ficción; que, a Mejía, el padre, se la cae de las manos la botella de licor, y de repente su esposa tiene que auxiliarlo, es suficiente para que el pequeño cinéfilo imagine el veneno que su padre ha tomado cerca de algún arroyo, defendiendo su fuerte del enemigo; es suficiente para que el cine, hay veces, sea mejor. En ese mismo derrotero de recursos, Sebastián Aguilera cree que al escribir logra redención, y hasta alivianar su pesadumbre, sobre todo hablando de la casa que le construirá a su esposa y su hija, que se han tenido de marchar por la violencia, a la cual él le hace frente para que el caudal de sangre que uno quiso, y que regaron otros, no se desvíe. O Pável, que a la espera de unas armas que parecen rifadas en vez de ganadas, construye su propio grupo de teatro en un pueblo remoto, que lo mantiene con vida en el río de tinta roja y piedras amarillas en el cual él mismo se metió.

Pero existe una obsesión fuerte que emerge de estos intentos por narrar la vida. Es la obsesión de entender lo que fue. Sin ello, los personajes de Mejía serían simples nostálgicos, que no superarían la tertulia del café, cuando lo que se busca es conciliar el sueño. El final de Era lunes cuando cayó del cielo, parece más la trastienda del inicio de la novela que una coda para la bella Lucía. Mejía, el narrador, cuando no el escritor, va al cementerio a visitar la tumba de Lucía, y recuerda aquel lunes aciago, que sirve de contrapunteo en la estructura narrativa de la novela: la novela empieza desde que los personajes saben de la caída y retrocede según avanzan los personajes por las calles de Medellín hasta el hotel donde cayó Lucía. Así, la novela empieza por el final; es Mejía escribiendo que era lunes; es, repito, la obsesión por lo que fue. Se puede rastrear este recurso desde A cierto lado de la sangre, su primera novela. Es Sebastián quien recuerda, luego de que su esposa y su hija se marchan, mientras que él vuelve la vista atrás para entender porqué se quedó. Y será la infancia del narrador de El cine era mejor que la vida, lo que lo lleve a decir que «Por aquellos días», él y Mejía, su padre, estaban unidos por el cine, queriendo entender a su padre, sin juzgarlo luego de los años. Más que un recurso técnico, es una estrategia vital.

Hay dos novelas de Juan Diego Mejía cuya trama es atravesada por un pasado tan reciente que brega por anclar al personaje. Podría resumirse en la imagen del narrador de Camila Todoslosfuegos, sentado frente al hueco enorme donde es derrumbado el teatro Junín, y que es la víspera del edificio Coltejer. Allí va el narrador, a una silla cualquiera, a hablar, emborracharse y tomar las decisiones de su vida mientras siente que se le escapa la vida que fue: la mujer y los amigos que ama y amó. Mismo hueco enfrenta el narrador de El dedo índice de Mao, que se mete a la vaca loca de la militancia política por una mujer, pero el retraso mental de su hermano lo ancla al presente, a no soñar, lo amarra a la ciudad y no lo deja ir a hacer la revolución. Son dos novelas, cuyos personajes están al borde de un precipicio, pero antes de saltar, miran lo que dejan.

Dejar de soñar para dormir mejor

En la parte final de El cine era mejor que la vida, la consciencia infantil del narrador habla de su padre, Mejía, quien busca la sombra tutelar de una mujer, que parece una invención del niño para entender los requiebros de su padre al escuchar porros y tangos. Se llama Evalú, y le bastó una noche para que Mejía la pensara sin falta en cada borrachera de su vida. Cuando está cerquita de encontrar a Evalú, Mejía se devuelve, nos dice el narrador. «Ya no habrá nada que lo haga soñar», reflexiona el hijo de Mejía: el padre pudo saltar al vacío, pero la trama de la vida se acabaría si saltamos. No habría qué escribir. Este ir y venir, este hacer para deshacer, está presente en la obra de Juan Diego Mejía casi como el motor que mueve las vísceras narrativas de sus personajes.

El narrador de Era lunes cuando cayó del cielo, busca escribir para no recordar tanto a Lucía, su mirada referente de aquellos años convulsos, su incomprensión del porqué alguien como ella pudo suicidarse. Así que elabora ese vehículo que se llama novela, y cuenta la historia de Lucía; es un hacer para deshacer, escribir para no recordar más. Mismo sendero de vaivenes toma Sebastián, en A cierto lado de la sangre, quien busca el triunfo de su vendetta personal para descansar, para volver con su familia, y escribe para darle sentido a esos cuatro años a bordo de sí mismo. El narrador de El dedo índice de Mao, busca alejarse para decidir; se hunde con su hermano en un lugar lejano, para poder alivianarse. Y como dije antes, el personaje de El cine era mejor que la vida, decide no encontrar a Evalú, pues no tendrá nada que lo haga soñar, así que deshace su camino. Quizá el epílogo de los personajes de Mejía se encuentre en Pável, personaje y narrador de Soñamos que vendrían por el mar quien busca, como todos los personajes, triunfar para poder descansar, pero es él, contrario a Mejía, a Sebastián, y los demás, quien puede decir que, por fin, luego de recordar, luego de perseguir sus anhelos, pudo descansar. Y lo hace volándole la cabeza a su pasado, y en una obra de teatro, por supuesto.

Para confundirse más

Ahora, sé que Juan Diego hablaba de ambas cosas en el taller de escritura: de la vida y la escritura. Las decisiones de la creación literaria se parecen a las decisiones más vitales. La escritura, entre muchas cosas más, es resolver problemas, buscar soluciones a la narración. Sólo que Juan Diego Mejía, poco a poco, quiso confundir a sus lectores; narraba desde Mejía, sin ser él, y hasta en un libro advirtió que nadie se buscara. La literatura y la vida, en la obra de Juan Diego Mejía, y en las mejores obras de literatura, parecen cortejarse constantemente, hasta el punto de confundirnos, y de pronto hacer que veamos a un Mejía vendiendo en Guayaquil y preguntarnos si fue él; o un Mejía trabajando cerca de la hermosa Lucía, y preguntarnos si fue él; y basta ver una entrevista para preguntarnos si fue él o  Pável quien dejó la ciudad por la revolución, o si así como Sebastián, Mejía también fue panadero, y dejó a su hija y a su mujer a la deriva por un asunto de dignidad y tozudez. O si su hermano también tuvo un retraso mental, y estuvo tentado a irse, o se fue. Mejor dicho: leamos su obra para que no nos confunda Juan Diego.



Juan Diego Mejía (Medellín, 1952) En 1996 ganó el premio Colcultura de novela con su libro El cine era mejor que la vida, que lo proyectó como un narrador dueño de una palabra poética y un mundo que refleja la vida de seres anónimos y felices. Mejía se caracteriza por cultivar una escritura fresca y profunda que logra describir el mundo de los jóvenes que irrumpieron con sus sueños y utopías en los años 70. Ha sido productor de cine y televisión, se desempeñó como Secretario de Cultura Ciudadana de Medellín. Ha publicado Rumor de muerte (cuentos, 1982), Sobrevivientes (cuentos, 1985), A cierto lado de la sangre (1991), El cine era mejor que la vida (1997), Camila todos los fuegos (2001), El dedo índice de Mao (2003) y Soñamos que vendrían por el mar (2016).



Bryan Andrés Mosquera. Nace en Bogotá, estudia en Medellín. Escribe y escribe...

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.