Autores jóvenes de Ecuador y Colombia

Presentamos una muestra de poemas de estas jóvenes voces que, sin duda, ya resuenan en el panorama literario de la región.

Juan Suárez Proaño, Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2021

La risa

Furiosos antepasados
vienen a reprochar nuestra risa
tan débil y tan mal alimentada,
             vienen a desheredar
a esta enclenque carcajada que tenemos
hecha del mismo material de aquellos hombres
que en las noches más largas
bailan en los asilos
y sueñan siempre con sus esposas perdidas.

En nuestra defensa diremos
que dios no sabe reír. Y que tampoco ríen los caballos
aunque la luz temprana baile en sus costillas.
De dónde, entonces, podríamos aprender.

¡Exigimos explicaciones!
Cómo puede alguien reír
ahora que el viento nos arrebata los sombreros
y nos besa el rostro
el aliento terco de una tribu extinta
y en los puentes
la humedad impide encender propiamente el tabaco.
Sin embargo
nuestra risa supo hallar oportunidades,
apareció de vez en cuando
con la curva subversiva de los pechos desnudos
          como el pecho de una tal Helena que detuvo la espada,
          como el pecho de una bella lunática
          que ofrece su desnudez a la luna.
Nada impidió que nos burláramos de nuestra suerte,
nada impidió que intentáramos
hacer una risa abundante
como el olor a hierro en los hospitales.

Ante la violenta misericordia de los cardos,
ante los platos dibujados con la runa del hambre,
ante la luz que se endurece en la piel de los escorpiones,
no tuvimos más que esta escuálida carcajada:
          y fue una lámpara
          colgando frente a nuestro pecho.

Vendrán los verdugos del tiempo, harán
retumbar sus pezuñas en nuestros pasillos,
abrirán nuestras bocas
y verán que no tuvimos monedas ni para el barquero.
          Pero sabrán que nuestra risa
fue la única impura oración
que mantenía lejos a las moscas del espanto,
que nos permitía dar patadas de ahogado
y llenaba la casa de una voz que repetía:
no teman: el silencio
          y el dolor
         
        y esto de vivir
         
                 nunca fueron una cosa seria.


Una forma de la vida

Mi madre coloca flores ante sus muertos:
bajo sus pies
sospecha el movimiento de la sangre amada.

Un duende hecho de aire
baila sobre las tumbas
y salpica de polvo por igual
la piedra y los zapatos.
Acaso es la forma que tienen
de guarecerse los muertos:
un mensaje de polvareda
sobre las cosas y sus restos
para que el tiempo no pueda estropearlos.

¿Qué sepulta la arena
si no conversaciones pendientes?
¿Qué más podríamos hallar en este jardín
de rostros petrificados?

La luz se arrastra entre las tumbas
y cambia el color de aquella fotografía
que el abandono ha hecho más pequeña.
La carta que mi madre ordena entre las flores
reza la palabra inolvidable.
¿Quién podría recordar todos sus muertos, madre?
¿Quién podría llamarlos a la mesa y dejar para ellos
un espacio vacío?
¿Quién puede contarles, por ejemplo,
que la suerte es un manzanal donde solo crecen hormigas,
que ha llegado a los huesos la dádiva del desaliento
pero sigue amaneciendo todavía?

Yo he olvidado el paradero de mis muertos
          aunque yacen inmóviles.
Conozco apenas sus rostros detenidos
como para saber que no son ellos
con quienes he soñado.
Pienso en sus ojos que ya no miran de ninguna forma,
y no sé si es su voz de instrumento desgastado
la que nos susurra al oído
una receta de cocina,
una oración que nunca pudimos aprender
y que ahora usamos tímidamente
          para no sentir el silencio.

Quizás porque en la vida
también asusta el olvido
veo a mi madre inclinarse y repetir
          soy yo, he venido…,
como si acaso su llanto
pudiera ser confundido con el viento.

En el futuro,
yo también seré un muerto desconocido.
Solo el aire, en la noche,
entre los pétalos de plástico,
silbará mi nombre.
Quizás alguien coloque una carta
que dirá inolvidable
y poco después, el gotear de los días
hará profundas hendiduras
en la roca de mi recuerdo.

No me importa el olvido.
Pero me entristece que la muerte
pueda borrar de mí esta tarde
—bella entre las tumbas amarillas—
en que miro a mi madre llorar ante sus muertos
y contemplo en sus gestos
un leve resumen
de la vida.

Del veredicto del premio nacional de poesía Paralelo Cero 2021

Las cosas negadas se sostiene sobre un equilibrio difícil de lograr, en donde la poesía nombra aquello sencillo que constituye la experiencia de estar vivos y vivas con todos sus destellos y su hondura, sin alejarse de la reflexión sobre el acto mismo de escribir, de construir estéticamente mundos posibles. El lenguaje en este libro, mesurado y desprovisto de artificiosidad, gana en amplitud cuando hace de ese universo cotidiano al que se refiere, un lugar y un espacio para la emoción y el pensamiento.

Es un libro que destaca por su unidad, tanto temática como rítmica. Sus imágenes evocan un sentido humano complejo en donde habitan heridas y ausencias, pero el trabajo que hace el autor a nivel estético logra que quedemos maravillados ante esas (aparentes) sombras.

Dosificar la tensión ha sido el reto de quienes pretenden sostener un discurso sin averiar la calidad de la obra poética. El autor de Las cosas negadas ha sabido imponer una estética profundamente conmovedora sin caer en la autocomplacencia. Eso lo proyecta como un escritor al que debemos seguirle la pista para comprender la sensibilidad de quien aprendió a decir más allá de la destrucción y la barbarie.



Juan Suárez Proaño (Quito, 1993). Poeta y editor. Licenciado en Comunicación y Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador con un estudio sobre la poética de la enfermedad en la obra de Ileana Espinel. Ha publicado los poemarios Lluvia sobre los columpios (2014), Hacen falta pájaros (2016, El Ángel Editor), Nos ha crecido hierba (2018, El Ángel Editor) y El nombre del Alba (Nueva York Poetry Press, 2019). Consta en la antología Seis poetas ecuatorianos (Editorial Caletita), publicada en México; y en la Antología de Poesía Española Contemporánea Y lo demás es Silencio Vol. II, publicada en Madrid, en el 2016. Está incluido en la selección de poetas ecuatorianos Voices form the center of the world realizada y traducida por la poeta Margaret Randall. Su poemario Las cosas negadas obtuvo el Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2021.


Luisa María Gallo

Al hijo no nacido

Escrito en un día en que quería ligarme las trompas.

He jugado muchas veces a imaginarte,
a jugar contigo, a cantarte.
A ti que nunca has estado en mi vientre,
a ti que nunca has estado cerca de ser.

No sabrás tampoco del día en que lloré al pensar
que si el mundo fuera otro,
con menos odio,
con menos miedo,
ya estarías en mis brazos.

No sabes de las veces que he pensado que,
si yo fuera más valiente,
habría hecho el amor con menos temor
y quizá, fruto de ese encuentro,
con tus nacientes palabras te dirigirías a mí.

Pero ya no, amor pequeño.
¿Qué sería de mí entonces?
¿Quién sería yo ahora?

No quiero decidir con miedo que no existas.
Por eso esto es un poema de amor.
No quiero entregarte mis miedos, mis angustias.
Te libero, aunque me pierda de tu dulce amor.


To build a home

Propusiste que nos hiciéramos hogar
fuimos templo y nido
luego
polvo.

Con esa esperanza
contemplamos despertar una mañana
entre montañas y flores.

Vimos
cómo se despierta de un sueño
la devastación de esa imagen.
Asistimos la aparición de la ruina
y nos marchamos
por distintos caminos
a buscar un nuevo lugar.


Zambullido

Volver al agua
sentir que vuelo
entender que respirar no es un acto tan simple
exigirle a mi cuerpo
inhalar agitada
admitir el cansancio
patear con fuerza
recibir el sol en mi espalda
mirar hacia abajo y agradecer
notar lo maravilloso que es poder desplazarme,
justo ahí,
donde verdaderamente
todo pesa menos.


Amores corrientes

No tengo nada que decir.
No hay nada nuevo en el amor
y, sin embargo,
justifica repetirlo todo
navegar entre placeres
resquicios
tormentos.
¿Qué podré decir que no se haya dicho ya?
¿Qué de lo que he sentido al amar no se ha atisbado siquiera?
Hasta el afecto se ha vuelto patología.
No hay nada nuevo en el amor.
Y sin embargo yo
quiero escucharlo todo
adentrarme en mi memoria
cuando nuestros cuerpos se separan
vigilando la novedad
danzando sobre la repetición
abrazando los futuros recuerdos.
No puede mi amor
ofrecer nada nuevo a la literatura del amor,
porque probablemente
hasta esta falta de originalidad
ya ha sido nombrada.
Pero no importa
justifica repetirlo todo.


¿Y mi voz?

Yo que cantaba firmemente
“Si no cantara”
Y ahora no canto,
balbuceo.

No afino.
No me anima abrir la boca.
No me gusta el sonido que emito.
No sé manejar el aire.

No canto
pero río a veces.
o sea que sí hay algo adentro mío.

¿Podré cantar de nuevo?
No cantar solamente
como el acto de abrir la boca
sino cantar uniendo algo.
Yo mezzo. Yo registro medio.
Yo no encuentro mi voz.


Mudanza

Mi piel ha mudado,
mis cabellos ya no conservan los miedos de entonces,
esos que tenía ahí guardados,
se han desprendido
año tras año.

Mis dientes se han transformado,
mis uñas han caído,
mis huesos y mis músculos se han agrandado,
mis caderas son anchas ahora,
y la fuerza de mis piernas ha menguado,
ya no tienen la danza como algo inherente.

Mis senos más carnosos
me han proporcionado deleites innombrables.
En las curvas de mi cintura,
más pronunciadas,
se han deslizado.

Total, me he renovado
que es lo que mismo que marcharse,
Si de esos días en mi cuerpo ya no hay nada
¿Adónde emigró aquella que fui?


Preludio

Tuve tu rostro entre mis piernas
haciéndome cosquillas con la lengua.

A lo lejos se te veía saliendo de mi vientre
como un hijo recién parido
que aún está unido a su madre.
Pero tú no nacías de mí
era sólo cuestión de perspectiva,
pero nacíamos juntos,
a la dicha
a la explosión calma,
al suspiro contenido
a las delicias de la carne,
de las nuestras
u n i d a s.


Mutismo

Pero no tengo cuerda
ni red para salvarte
ni oración que conjure las tinieblas
o que sirva de tabla de naufragio.

Piedad Bonnett

Si hoy tuvieras voz para responder
te preguntaría qué hacer con tu silencio
en esta distancia
que no deja que se enrede en mi pelo
ni que me acune en las noches.

Quisiera tener una cuerda
una palabra
una caricia
un gesto
que te traiga a la vida.

Pero no tengo nada.

Sé que el dolor no solo tú lo padeces
me aporrean también tu tristeza y tu mutismo.


Hoy solo en el poema te hablo

No soy capaz de decirte
—aunque no me cabe en el cuerpo—
que te sigo deseando
que quisiera acompañar tu dolor
depositando en tus ojos de agua
dos besos que sean abono
para que tu tristeza florezca.

No dejo de sentirme atrevida
por quererte seguir seduciendo
cuando en tus adentros hay un aguacero.

Pero es lo que siento.

Y lo escribo
para no hacerme daño,
para no sentir que te miento.

Sigo queriendo
—ahora más que antes—
apelar a los cuerpos
y entregarte en un abrazo
y recibirte en un abrazo
toda la voluntad que nos haga falta.



Luisa María Gallo García Rionegro, Antioquia (1995). Politóloga y estudiante de Periodismo. Amante de las músicas tradicionales colombianas a las que busca ponerle su voz. Sus días los ha pasado entre Rionegro y Medellín, construyendo en esos lugares sus relatos de vida. Aprendiz de las lindas palabras que tiene el portugués y viajera a la que aún le quedan muchas rutas por caminar.


León Borja

Esta tibieza

Y aunque todavía no tengas hijos
o no vayas a tenerlos en lo absoluto
yo sé, conoces esta tibieza
que nos lleva por igual
a ti y a mí

Manuela Gómez

I
Quisiera tanto explicarte,
hablarte de esta tibieza
que me inunda todo
desde hace algún tiempo.
Decirte,
cómo y quién hizo nacer
este sentimiento
—una duda urgente—
de querer saber qué se siente
ser padre.

El día de ayer, por ejemplo,
leía un poemario sobre la maternidad
sentado en una banca de un pequeño
patio de piedra
y frente a mí, estaba un padre con su hijo:
el mismo que, minutos antes,
me dirigió una mirada y después otra a su padre,
como diciendo,
«Papá, él no se está cuidando»…

II
Quisiera tanto explicarte,
hablarte del amor que nace en mí
cuando veo la figura de un niño
—todo en él es una miniatura:
sus manos, su boca, su cabello—
al lado de la de su padre
mientras se divierten,
como si ese momento
pudiera ser eterno
y ninguno de los dos
tuviera nunca que envejecer.

Quisiera hablarte de todo eso
y mucho más, pero lo cierto
es que yo mismo no puedo describir esto
que sé, como otros sentimientos,
se irá
y regresará
y se irá.


Te contaré

Te contaré
un recuerdo
que vino a mi mente:

Era diciembre,
mamá y yo regresábamos
del centro de la ciudad,
en la noche,
y caminábamos la ruta
del autobús que nos dejaría
cerca de casa
—hoy, este no transita las mismas
calles,
y yo, a medida que fui creciendo,
tuve que aprender los recorridos nuevos—.

Mamá detuvo el largo auto
con su índice
y atravesamos —sencillamente—
el duro aparato de metal.
Llegamos a casa.

Después,
cuando le pregunté por qué
no habíamos pagado la tarifa,
mamá me contó que el conductor
era un viejo amigo,
familia de alguien conocido.

Te preguntarás,
por qué te cuento esto,
pero lo cierto es que hoy,
de pie en la cocina,
vi por el balcón
atravesar a un autobús
que me trajo el recuerdo fugaz
—¿no te he pasado?—
y pensé sobre todo en él:

¿Cuántas personas
han ido y venido
anónimamente en nuestras vidas?
El efecto mariposa
que genera cada una de ellas
sólo se llega a saber hasta mucho después
—a menudo, nunca se es incluso sabido—.
Y otra cosa, qué tal vez no compartas,
pero se es muy ingrato
al no pensar —aunque sea espontáneamente—
en la vida de ellas.

Yo quisiera saber,
y tal vez tú tengas la respuesta,
¿aún él vive?


No hay costuras

Cuánto nos lamentamos
cuando descubrimos un error
—un agujero, una abolladura, una mancha
un vacío—
en aquello que debía permanecer
intacto.

Cómo quisiéramos
regresar el tiempo
sólo un poco:
unos minutos,
unas horas,
unos días
para corregir los pasos y las acciones
que condujeron al fallo
—muchas veces sin intención—.

Y lo mucho que lloramos
—como hoy en la mañana,
cuando me percaté que había dañado
el abrigo que me regalaste, aun cuando
tu primera advertencia fue que cuidara de él,
que te acompañó durante muchos años—
al ver que no hay costuras
para enmendar —remendar—
las equivocaciones.


Sitios en que estar

En mí persiste
la ambivalencia
del deseo de los múltiples
sitios en que estar.

Como ahora,
esperando por el momento
de escuchar a la poeta,
sentando en una plaza
donde tórtolas picotean
pequeños puntos blancos
y hojas.

A mi alrededor, el mundo se mueve
Y el viento hela mis brazos.

Pienso: si espero
hasta al momento adecuado
lo encontraré a él
—aunque desearía fuese al contrario—.

Pero lo cierto
es que este otro yo
quiere estar en casa.


Haiku de la despedida

Hoy, el silencio.
La distancia presente:
somos olvido.



León Borja. Cursa el pregrado de Licenciatura en Lenguas Extranjeras en la Universidad de Antioquia. Su línea poética se trata de una más simple e intimista; por tal, son recurrentes los temas como el recuerdo, la infancia, la naturaleza, las relaciones humanas, la familia, entre otros.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.