Ramón Cote Baraibar (Colombia)

Tenemos el gusto de publicar esta selección del sólido poeta, narrador, antólogo y ensayista colombiano, quien incluye en estos acertado poemas algunos inéditos especiales para Esteros.

ORCHHA
A Santiago Gamboa

Escucha viajero cómo resuena
la noche en la oculta ciudad
de Orchha. Las cigarras y los jazmines
giran en el aire igual que los tambores
veloces y las ligeras voces lejanas.

Ya cuentas con los dedos de las manos
las horas que te quedan en la India
y después de todo lo que has visto
y que jamás podrás enumerar
sin que te falte la respiración,
sólo te resta detenerte un momento
para empezar a agradecerle a esta tierra
todo lo que te ha ofrecido en abundancia.

                     Agradécele entonces,
si puedes con hermosas palabras, el tácito fulgor
de su luna y sus diamantes en el agua, su generosidad
por haberte permitido ver tantos templos,
tantas águilas tenues sobrevolando las cúpulas
de los palacios, el firme terracota de sus fuertes
y la frescura de los mármoles blancos
para el pie descalzo del peregrino.

El viajero que se ha detenido en la oculta ciudad
de Orchha debe escribir un poema
en el aire por todo lo cumplido,
porque le ha llegado el momento de cerrar los ojos
y soñar hacia adentro donde en un pozo profundo
irán cayendo como monedas de plata
esa multitud de imágenes que más tarde serán
la imagen imborrable de su propia vida,
el dibujo certero que ya nadie
podrá quitarle, por más que la muerte
o el olvido se la quiera arrebatar.

Antes de que empieces a saber
que todo viaje es una suma de asombros
y renuncias que van dejando su ceniza en los dedos
y un polvo dorado en la memoria,
escucha detrás de las celosías
a las cigarras susurrar entre jazmines.

              Entonces
vacía tus bolsillos en las estrechas calles
de Orchha en esta, tu última noche
en la India, y baja al amanecer hasta la orilla
del río Betwa y despídete de los palacios
que apenas surgen en la niebla como envueltos
por el vaho de un dios,
con sus chattris en lo alto que parecen campanas
que pronto resonarán con el primer rayo de luz.

Los pasos que de ahora en adelante
des por el mundo llevarán a donde vayas
este encantamiento, porque quien una vez ha sido
deslumbrado por la belleza será para siempre
el más fiel y devoto de sus emisarios.


MIS CONTEMPORÁNEOS (O CRISIS DE IDENTIDAD TARDÍA)

Mirando la cara de mis contemporáneos
me extraña que yo aún no tenga
la cara de mis contemporáneos.
Me explico: cuando los veo en las fotografías
que aparecen en los periódicos o en las revistas
veo en ellos ya una resolución facial,
una contextura ósea, un aplomo, un cráneo definido,
pero cuando me miro no me veo así de ajustado,
de propicio, de sereno y seguro como los tiempos mandan.

Pero al parecer este nunca va a ser mi caso
pues inevitablemente siempre salgo en las fotografías
con cara de perro perdido en una autopista,
con cara de decir adiós a lo perdido,
con cara de turista extraviado en Madrás,
con cara de llamarme Patricio, Bonifacio, Agustín,
Benigno, Arturo, Carlos Mario, Ismael, si no os importa.
Nunca como mis contemporáneos.

Envidio que sus fotos se repitan y se vean
iguales o parecidos a la edad y oficio que tienen. Yo solo veo
en mí lo que no es de mí. Es más, para ahondar en el error
no me reconozco ni a los veinte ni a los treinta ni a los cuarenta,
porque solo advierto el extravío, la carencia
o la equivocación y todos los que aparecen allí,
sobre ese pedazo de papel esmaltado, son tan distintos
que parece que se las hubieran tomado
a otra persona, a un desconocido, a Nadie.

Sé que todos se aproximan a los cincuenta y ya es hora,
me digo, de adquirir cierta rotundidad o estremecimiento,
pero no lo veo en mí fácilmente. Algo se me oculta
en el que me dice que soy. Siempre me hace falta la foto
definitiva en la que al fin pueda decirme a mí mismo
que ese soy yo, uno de mis contemporáneos,
pero tal parece que existe una conspiración
para que eso no suceda. Una fotografía, una máscara
al menos, por favor. Y pensar que ni siquiera
he podido a lo largo de estos años hacerme un retrato
con mis propias palabras pues estas, al revelarlas,
siempre salen borrosas. Eso nunca les pasa
a mis contemporáneos.


ÁRBOL EN CUATRO TIEMPOS

1. EL ÁRBOL DEL DESEO

Cruzan por encima, ligerísimas, bordadoras, y mi hija no sabe si esas bandadas de garzas son flechas disparadas desde una batalla remota o una extraviada promesa de ángel. Pero las señala, una a una, y las despide.

Después de recorrer todo el valle y anunciar como emisarios el final del día, a cierta distancia de su destino aminoran su marcha, se demoran en el aire. En espera de otras bandadas rezagadas giran alrededor del árbol hospitalario y planeando eligen, como si se tratase de un cortejo, su rama.

Reunidas en blancura, incapaces de contener por más tiempo su impulso, en su desordenado descenso dibujan aleteando al revés un árbol inmenso delante del árbol verdadero, un árbol tan desbordante como su espejismo. En plena confusión de plumajes, ya cayendo, son en el aire el árbol que traían desde lejos palpitante, antes de cantar victoria entre las hojas.

2. EL ÁRBOL MUSICAL

Un canto sacude cada rama. Manchas blancas aturden la calma del atardecer. Como tijeras, sus picos van cortando el calor acumulado del día. De un extremo a otro se celebran los encuentros y corre por el valle una brisa sonora como si alguien sacudiera un bosque de bambúes.

Ya canta el árbol de las garzas, como un campanario de madera. Su algarabía incendia la primera estrella y las chicharras se contagian de azufre hasta el final de la noche.

3. EL ÁRBOL DE LA PÉRDIDA

Por solitaria, en la última rama, en la más alta de todas, una garza domina. Y es soberbia. Así lo proclama la doble curvatura de su cuello, vigilante de su ejército.

Al menor ruido, al detectar cualquier intruso, el árbol en estampida se muda con urgencia al aire y se disgrega toda jerarquía. Por todo el valle se escucha una blanca detonación bajo el cielo, como una ventana muda hecha pedazos, como una escafandra explotando bajo el agua. Dominado el desconcierto inicial, en un consenso misterioso, una parte de las garzas vuela hacia la izquierda y la otra se dirige en dirección contraria. Rodeando al árbol, en el silencio de su círculo, sagrado y blanco, se cruzan sucesivas, se entrelazan y repiten a ráfagas una y otra vez otro árbol, ese que nunca es suficiente, ese que se fuga de los ojos, ese que cantan todas las fábulas.

4. EL SUEÑO DEL ÁRBOL

Abrió los ojos el árbol, el árbol apartado que nunca esperó ningún reconocimiento y en lugar de tímidas flores en sus ramas vio garzas culminantes, delgadísimas como doncellas sonámbulas. Después, al cerrar los párpados, su sueño transcurrió en el centro de un jardín escuchando el canto de una fuente viendo girar reflejos blancos en el agua.


(UN MILAGRO MENOS)

Este año, María Antonia, no hubo blancas garzas planeando
por el valle, ni tampoco pudimos encontrar ese árbol generoso
que alargaba sus ramas a la espera de recibir,
como si fuera el arca del diluvio, su último aleteo.

Este año no vimos el cielo surcado de vuelos
ni el atardecer fue el mismo sin su formación
afilada, de flecha, y a las noches les faltaron
ese estremecimiento de pájaros al fondo,
ni tampoco pudimos escuchar la queja de sus picos
alternándose en el silencio, entre chicharras,
que repetían cada uno a su modo
el desobediente palpitar de las estrellas.

Este año no hubo nada que celebrar por el aire,
migración magnífica, oleaje de alas, motivo alguno.

Este año, hija mía, el mundo tiene un milagro menos.


CEREZAS & GRANIZO
A María Baranda

Todo sucedió en la primera semana de marzo
cuando por fin cayeron las cerezas.

Y no cayeron por maduras, por redondas, por rotundas,
cayeron por culpa del granizo y su inexplicable cólera.

Después de la tormenta, sobre la compacta blancura del parque,
empezaron a brotar, aquí y allá,

mínimas manchas de color púrpura,
como si fuera el vestido nupcial de una novia apuñalada.

Fue tanta la prohibición de febrero y la excesiva codicia
entre las altas ramas las que provocaron esa avalancha de niños

a quienes no les importó cortarse los labios con esa nieve de vidrio
con tal de poder reventar su piel entre los dientes.

Cuando pasados los años alguien les pregunte
por el definitivo sabor que los devuelve a la infancia,

no dudarán en decir que el sabor de las cerezas,
el sabor a venganza que tenían esas cerezas heladas,

y enseguida añadirán que todo sucedió un lejano marzo,
en su primera semana, después de una tormenta,

cuando el granizo del parque se fue tiñendo de rojo,
como después su vaho, como las puntas de sus dedos,

como también su memoria, desangrándose, ahora al recordarlo.


LA CIUDAD DE LOS PUENTES AMARILLOS

Cuando llegas a tu casa por la noche
tienes por costumbre buscar esas monedas
que se han ido acumulando al fondo de los bolsillos
para armar con ellas mínimas torres
o altas columnas, según el día.
Quien desde la ventana de enfrente te vea
podría decir que pareces un mendigo
o un vulgar avaro que reúne con codicia
sus posesiones, aunque este no sea tu caso
y aunque a primera vista lo parezca.

Pero esas monedas de distintos tamaños y variadas
denominaciones son restos, gastados
testimonios que entregas y recibes diariamente,
y sin que tú mismo lo sepas alguien los va anotando
en su enorme libro de contabilidad,
para saber exactamente el precio que pagas
por cruzar esa ciudad de los puentes amarillos.


LOS OJOS SUICIDAS
Un salto y sería la muerte
Carlos Drummond de Andrade

Un balcón con vistas a cualquier
parte, un inocente cuchillo
guardado en el cajón de la cocina,
una plácida almohada de plumas,
una avenida por donde pasan
carros a gran velocidad
y buses de vez en cuando.

O también
el fuego de la estufa,
el amplio ventanal de un cuarto piso,
esa corbata verde que cuelga al fondo
del armario, una vacía botella de cerveza,
una medicina con fecha de vencimiento
caducada.

Es suficiente un mínimo desajuste,
un mal día, la noticia de una enfermedad
terminal, un adiós definitivo, unas cuentas
imposibles de pagar,
para que todo lo que nos rodea
cambie de signo y nos señale
su parte oscura, nos muestre su porción peligrosa,
para que veamos el revés del ángel,
en su caída, para que a nuestro alrededor
todo se convierta en una invitación al exterminio.

Unas tijeras, un par de cordones,
un interruptor, un cilindro de gas,
una bolsa plástica del supermercado,
un martillo.
Y así sucesivamente.

La lista es interminable
para los ojos suicidas.


VANITY FAIR
Para Juan y Constanza

Qué haces esta noche apoyado en la baranda de una terraza
mirando a lo lejos las luces de los barcos, descifrando

las palabras que murmuran las palmeras en el viento,
esforzándote por diferenciar, sin saber muy bien por qué,

el sonido que hacen las olas en la orilla oscura,
entre las que llegan y las que mansamente se retiran,

mientras fumas un cigarrillo solitario a las dos de la mañana
con un gesto ausente, como si fueras la foto fallida

de un director de cine injustamente olvidado
que nunca salió en la portada de una Vanity Fair.

Quizás pienses en lo que te espera cuando terminen
las vacaciones y tengas que enfrentarte a todos los fantasmas

que allá te aguardan, que allá con sus cuchillos afilados
te quieren dar la más cordial de las bienvenidas.

Por eso aprovechas esas últimas horas que te quedan
para disfrutar con tu camisa a cuadros y con el viento en la cara,

allá en las alturas donde te sientes intocable,
esa mínima pero inmensa libertad de estar ausente.

Qué haces a esta hora de la noche
mirando el mar, con cierto ademán suicida en la terraza

deteniéndote en todo lo que sucede en el hotel,
como si filmaras una película que inicia la primera toma

con un lento barrido que va desde los quioscos de la playa
hasta enfocar las luces apagadas de las habitaciones,

pasando por las palmeras que agitan sus manos
abiertas en el aire como suplicándote

que te vayas a dormir de una vez por todas,
antes de que sea demasiado tarde.

Qué haces qué pides qué respuestas buscas desde el piso catorce
mientras la brisa borra la huella de tu cigarrillo como la estela de las olas,

ahora que sabes lo fácil que es desaparecer para siempre
y llevarte a la tumba los secretos de tu obra maestra,

ahora que sabes que nunca aparecerás en una portada
de una Vanity Fair.

(INÉDITO)


LOS SOLITARIOS

Parece que nuestras vidas sean un recuerdo
que alguna vez tuvimos en algún lugar
Charles Wright

Los solitarios caminan por sus apartamentos
hasta altas horas de la noche y sus ventanas
son las últimas en apagarse en toda la ciudad.
Allá en lo alto se preguntan por sus vidas,
repasan las infinitas posibilidades perdidas
de ser feliz, reconstruyen el rompecabezas de sus equivocaciones
y con el mayor sigilo y sin hacer el menor ruido
como ladrones nocturnos revisan los cajones,
miran viejos álbumes de fotografías,
abren varios libros y leen renglones subrayados a lápiz
que ya nada les dicen, y dedicatorias que no comprenden,
y hunden sus manos en lo profundo
de los bolsillos de las chaquetas buscando algo
que les dé razón de su extravío. Así suceden sus días
y sus noches comprobando con amargura
que la vida se les perdió de vista en algún lugar
y que hasta ahora nadie da cuenta de su paradero.

Después de su acostumbrada ronda de pesquisas
que no arrojará ningún resultado,
en la soledad de sus cuartos a oscuras
se preguntarán por la vida que alguna vez tuvieron
y se seguirán mortificando por la que quisieron tener.

(INÉDITO)




Ramón Cote Baraibar. (Colombia, 1963). Historiador del arte de la Universidad Complutense de Madrid y escritor. Ha publicado los libros de poesía Poemas para una fosa común (1984), Informe sobre el estado de los trenes en la antigua estación de delicias (1991), El confuso trazado de las fundaciones (1992), Botella papel (1999) Colección privada (2003), III premio de poesía de la Casa de América, No todo es tuyo, Olvido, antología (2007), Los fuegos obligados (2009), XXXIII premio de poesía UNICAJA, Como quien dice adiós a lo perdido (2014), Hábito del tiempo, antología (2015), y Milagros comunes, antología (2019).

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.