Juan Carlos Bustriazo Ortiz, De la tradición a la vanguardia

Con una obra que el autor denominó Canto Quetral e incluye cerca de ochenta títulos, la mayoría inéditos, su trazo poético dejó una huella de particular presencia en el decurso de la poesía argentina. Publicamos este ensayo a los diez años del fallecimiento del autor

Por Carlos Dariel

Poeta errante, baqueano de caminos y autodidacta, Juan Carlos Bustriazo Ortiz es, muy posiblemente, una de las voces poéticas más singulares y, a la vez, de menor difusión de la poesía argentina. Con una extensa obra que el mismo autor denominó Canto Quetral y que incluye cerca de ochenta títulos, la mayoría inéditos ya que sólo se publicaron cinco, su trazo poético ha dejado una huella de particular presencia en el decurso de la poesía argentina.

Obra impar que desde lo regional trasciende a lo universal, en lo temático, y de la tradición a la ruptura, en el tratamiento del lenguaje, a tal punto que al profesor Ricardo Nervi le ha hecho preguntarse «¿podría constituirse Bustriazo Ortiz en una de las voces más íntegras, auténticas y originales de la Argentina?» y al poeta Cristian Aliaga decir de su poética: «Su relación de hondura metafísica con el paisaje, su empatía con los habitantes del campo y los arrabales —y en definitiva su precisión verbal para revelar realidades profundas a través de un lenguaje de efecto chamánico o encantatorio—, sitúan su obra en un lugar impar dentro de la de sus contemporáneos».[i]

Bustriazo Ortiz nació en Santa Rosa, provincia de La Pampa, en 1929. Su padre era oficial de policía y como lo destinaban con frecuencia a distintos pueblos, la familia entera se trasladaba y vivía en variopintos lugares de la región. Esto tal vez signó el carácter itinerante que iba a colorear la vida posterior del poeta.

A los diecinueve años se incorpora a la Policía del Territorio como radiotelegrafista y lo hace durante once años, al término de los cuales renuncia para realizar diferentes oficios: es aprendiz de tipógrafo y linotipista en el diario Arena de Santa Rosa, y más tarde corrector de pruebas, en ese mismo diario y en el diario Río Negro. Fue también minero e integró grupos de trabajo en campamentos durante labores topográficas. Por esa misma época abrazó la vocación arqueológica y recorría los médanos de Santa Rosa buscando restos indígenas, piedras y elementos de alfarería utilizados por los nativos en otros tiempos.

Entre tanto escribe poemas, va a peñas y conoce artistas, muchos de los cuales musicalizan varias de sus composiciones. Bustriazo Ortiz se hace peregrino nocturno y ese peregrinaje lo lleva a conocer muchos de los personajes e historias que formarían gran parte del material de su obra. Él mismo lo dice así: «Recuerdo que andaba yo por la noche, recorriendo las peñas. Y después me iba solo por ahí a buscar inspiración. Y ahí nacían los libros… La inspiración bajaba del cielo… Era algo que me venía de arriba, como si Dios me la mandara. Yo sentía que me dictaba los poemas. Venía todo en orden perfecto: título del libro y los poemas.»[ii]

Elegías de la piedra que canta

Sus primeros escritos datan de mediados de los 50. Además de los libros publicados: Elegías de la piedra que canta (1969), Aura del estilo (1970), Unca Bermeja (1984), Los poemas puelches y quetrales (1991) y El libro del  Ghempin (2004), muchos de sus poemas fueron reunidos en dos volúmenes diferentes.

A mediados de 2008, Ediciones en danza publica «Herejía Bermeja»que reúne textos de sus libros publicados y también inéditos como Las Yescas. Canciones del enterrado, Canción rupestre, Caja amarilla, etc. Por su parte, la editorial Amerindia se propone iniciar la edición sistemática de su obra completa, tal cual ha sido definida y ordenada por el autor. Así, a fines de 2008 aparece el tomo I de Canto Quetral que reúne los primeros seis volúmenes de su obra.

Durante el tiempo que Bustriazo Ortiz estuvo internado en un hospital psiquiátrico su obra estuvo custodiada por la doctora en letras Dora Battistón. Al tiempo de salir del hospital el poeta se casa con Lidia Hernández y se suceden varios años de litigio sobre los derechos de su obra que finalmente recaen en su esposa después de la muerte del poeta, ocurrida en 2010. Solucionado el litigio, en 2017 se publica el segundo tomo que reúne otros cinco poemarios y dos años más tarde el tercer tomo que incluye otros seis poemarios, ambos editados por la Secretaría de Cultura del Gobierno de La Pampa. Es esperable que en los años que sigan todo Canto Quetral esté publicado para el goce de todos nosotros.

El mundo poético de Bustriazo Ortiz se construye como una cosmovisión en torno a un territorio central en el que las cosas y los seres establecen una comunicación vital que los entrelaza y los reúne bajo un mismo aliento sagrado. Ese territorio es La Pampa, la vasta llanura que el autor recorrió buscando historias y paisajes que le proveyeran el material de sus poemas. Todo un conjunto compuesto de piedras, plantas, animales, astros, vientos, nieblas, hombres y mujeres que el poeta invoca para que encarnen su mundo poético. Así, a lo largo de su obra son convocados diferentes elementos como la ‘pifulca’, instrumento musical hecho de hueso, piedra o madera o el chamal, antigua prenda mapuche, plantas y arbustos propios de la región como el tamarisco y la chilca, animales como el jote —ave similar al cuervo— o el puma, el más grande de los carnívoros de la región y por supuesto el humano, no el humano abstracto, el humano conceptual; lo que la voz poética de Bustriazo Ortiz presenta es la mujer y el hombre con nombre y apellido, a través de pequeñas historias que los sitúan en su vida cotidiana, personal, para revelarnos sus goces y sufrimientos, sus misterios y humillaciones. No faltarán tampoco, el compañero de peña, el músico amigo, la mujer amada y el machi, autoridad religiosa entre los mapuches, cuyo concepto es equivalente al de brujo o chamán.

Esta constelación de seres y cosas configuran el contenido material del mundo poético que supo forjar la voz de Bustriazo Ortiz. Pero para que esto fuera posible el poeta necesitó construir un lenguaje propio, provisto de una vitalidad tal capaz de dotar de ser a lo que nombra. Un lenguaje que se nos revela, entonces, como el componente formal de ese mundo.

Así, la poética de Bustriazo Ortiz avanza por un camino que comporta un creciente y profundo trabajo de recreación idiomática, en donde lo semántico, lo sonoro, lo simbólico se relacionan y fusionan para refundar un sistema de singular significación.  Toda una variedad de tratamiento lúdico de la palabra se manifiesta en novedosas formas mediante neologismos, condensación de vocablos, yuxtaposiciones, entre otros. Aquí se adjetiva un sustantivo, allá un adjetivo se verbaliza. Pero ninguno de estos recursos para operar en la lengua es gratuito ni vano juego verbal.  La novedad y la refundación del lenguaje están al servicio de la revelación del sentido último de lo que en el poema se presenta. Bustriazo Ortiz es mago, no prestidigitador. No manipula, más bien invoca lo sagrado desde de su rol de machi de la palabra.

Este lenguaje de ruptura va a hacer aparición con máximo fulgor a partir de Elegías de la piedra que canta, no obstante, ya en sus primeros poemarios, como Últimas zambas del Piedra Juan o Canciones del campamento, donde se manifiestan de pleno composiciones poéticas que guardan formas tradicionales del lenguaje asociadas a ritmos y técnicas propias del folclore popular y cercanas a la canción, también vamos a encontrar las primeras manifestaciones de ese ‘otro’ lenguaje que haría eclosión en obras posteriores.




El regreso[iii]

Para Ulloa y Monsálvez, peleando con
La pala bajo el solazo bárbaro.

I

Allá vienen regresando
hacia la sombra y el pan;
el agua ya se desnuda
para poderlos calmar.

Las carpas verdes verdean
y el humo quiere contar
el aroma que lo envuelve
con su azul diafanidad.

Hay ojos que los esperan
por costumbre de esperar.
Pero yo me digo cuándo
será el día de llegar?

II

El toldo del tamarisco
se entretiene en perfumar;
ellos vienen regresando,
pero qué lejos están!

Ya no sé cuál es la mano
y el cabo del hacha, cuál:
son de una misma madera,
una misma eternidad.

Hay ojos que los esperan
por costumbre de esperar.
Pero yo me digo cuándo
será el día de llegar?

Vemos que esta composición guarda la forma tradicional. En rigor es una copla compuesta de dos partes, y en ambas se repite la última estrofa a modo de estribillo.  Este tipo de composición es el empleado por Bustriazo Ortiz en sus primeras obras, como Canciones del campamento, Zambas del Piedra Juan o Últimas zambas del Piedra Juan, donde también abundan voces mapuches: puelche (gente del Este), quetral (fuego), aucache (gente rebelde), etc., y elementos, plantas y animales propios de la región como jagüel (abrevadero), quincha (reparo de cañas o de ramas), jume (arbusto de suelos salinos), paico (planta herbácea de uso medicinal), jote (ave parecida al cuervo), tricao (loro), etc.

Sin embargo, una lectura atenta no tardará en encontrar un tratamiento de las palabras que trastoca o subvierte la función gramatical de las mismas. Por ejemplo el sustantivo puelche, que en mapuche significa «gente del Este» y así eran llamados los indios argentinos por parte de sus pares chilenos, en Bustriazo Ortiz es empleado usualmente como adjetivo, como por ejemplo en este fragmento:

Ahí viene don Benavídez
del rancho del bajo verde;
la nochecita lo encuentra
pensando en el agua puelche.[iv]

o

Hilacha del cielo puelche,
arena loca,
la copla se me hace de agua
cuando te nombra.[v]

Pero también este sustantivo es utilizado, simbólicamente, como nombre propio, tal como aparece en el siguiente estribillo:

Ay, Rosa Puelches, perdida,
tajamar de mi canción!
El agua canta y no tengo,
ay, Rosa, tu corazón![vi]

Esta utilización de un sustantivo como nombre propio se observa también en algunos títulos de las obras del autor como en Zambas del Piedra Juan y Ultimas zambas del Piedra Juan. Pero el autor sorprende más aún cuando de un adjetivo crea una forma verbal:

Caminito bayo,
greda, vieja flor…
Overea el cuero
de tu corazón…

Aquí, overea es la forma verbal que el autor emplea, derivada del adjetivo overo (color parecido al del melocotón que aparece en algunos caballos). Y por último una forma singular de adjetivación mediante el uso de sustantivos en oposición:

Las miradas de mi copla
tocan tu tiempo mojado,
y un viento puma te ronda
por los adobes amargos[vii]

Esta construcción, viento puma, que carga la significación o el acento regional, y determina el valor de la expresión, es muy utilizada por el autor y ejemplos de ello abundan en sus primeras obras: soles mahuidas (sierras), luna huinca (extranjero), tarde pifulca (instrumento musical), cielo machi (brujo, chamán).

Todas estas novedosas apariciones del lenguaje en sus primeras obras son el anticipo de ese «otro lenguaje» que, como ya dijimos, hará eclosión a partir de Elegías de la piedra que canta, publicado en 1969 y donde se reunirán lo ancestral y la vanguardia, lo sagrado y lo encantantorio dando forma a una poética inaugural que se irá consolidando y acrecentando en las obras posteriores, hasta alcanzar su máximo punto de ruptura en El libro del Ghempin, en 2004. Veamos dos ejemplos:

Tan huesolita que te ibas

tan envidiada de qué sombras la tierra ardía huesolita
la siesta ardía melodiosa tan como ibas tu sonrisa era
una piedra arrobadora y era otra piedra mi costilla
dulcequeamarga solasola cuajada de alta pedrería eran
tus voces tan palomas eran tus manos piedras finas
guitarra tan azuladiosa eras la piedra que acaricia piedra
te ibas quién te roba última brisa de la brisa o
flauta mía o leja y rota tan huesolita que te ibas tan
de la gracia mucha y poca si cuando vuelvas ves mis
días oh piedra llena llaga

                                                           hermosa![viii]

En este poema las diferencias con el anterior (El regreso) son más que evidentes: el verso libre reemplaza a la métrica formal de la copla, se prescinde de la puntuación y del uso de la mayúscula, éste sólo reservado para el título. Irrumpe la yuxtaposición de vocablos: dulcequeamarga, solasola, azuladiosa; la adjetivación de un sustantivo: eran tus voces tan palomas y aparece también un neologismo creado por condensación y fusión de un sustantivo con un adjetivo: huesolita. El mismo autor nos cuenta sobre esta necesidad de crear palabras: «He inventado muchas palabras, sí. Lo hice porque yo quería decir alguna cosa y no podía con las otras palabras existentes y tenía que inventar una palabra para poder decir correctamente lo que quería decir, y por eso empecé a inventar tantas palabras.»[ix]

De este relato de Bustriazo Ortiz se desprende que su necesidad de una nueva palabra estaba al servicio del decir y no al de la mera búsqueda de efecto. El punto máximo de ruptura con el tratamiento tradicional del lenguaje se observa en El libro del Ghempin. Aquí, además de los recursos ya descriptos y de los neologismos, aparecen otros tratamientos diferenciales: en algunos poemas se emplea la mayúscula al final de las palabras o de los versos, en otros las palabras no están separadas por un espacio o están escritos todo en mayúscula y en otros se enlazan varias palabras mediante guiones, semejando a cuentas enlazadas de un collar que forma un producto de significación.

Cuadragésima Tercera Palabra

Adónde vas, poeta nochernícola,
de austera sal, de halo melancólico?
Y el primo amor, o bien, el tu penúltimo?
Y el vaso azul? Erótico y arqueólogo,
te sientes bien, mi vate, muy católico?
Eres o  no el juglar, el archimítico,
el facedor maniático, elegíaco
de tu canción? O estrilas de neurótico
talante, o vas de túnica, de báculo
por la vastura de la noche eólica?
Ay semoviente, austral humano mágico,
nómade Juan, desnudo en lo fonético!

 (Ruta 5, divagando bajo el pánfilo viento).[x]

Todos estos recursos son modos de adentrarse en un decir que, paradójicamente, va más allá de lo formal y apuesta, mediante la fusión del sentido con lo fónico, a alcanzar la hondura de lo mágico y sagrado. Singular decir que hace de Juan Carlos Bustriazo Ortiz, juglar noctámbulo, arqueólogo de la palabra futura, el hacedor de una poética fundacional.


Carlos Dariel, poeta argentino.


[i] De «Juan Carlos Bustriazo Ortiz», por Cristian Aliaga, en «Herejía Bermeja», Ediciones en danza, 2008.

[ii] De «Bustriazo Ortiz en primera persona» por Andrés Cursaro, «Herejía Bermeja», Ediciones en danza.

[iii] De «Canciones del campamento», en «Canto Quetral tomo I, Ediciones Amerindia.

[iv] De «Últimas zambas del Piedra Juan», en obra citada.

[v] De «Zambas del Piedra Juan», en obra citada.

[vi] De «Aires de cobre y sal», en obra citada.

[vii] De «Últimas zambas del Piedra Juan»

[viii] De «Elegías de la piedra que canta», en «Herejía Bermeja», Ediciones en danza.

[ix] «Bustriazo Ortiz en primera persona» por Andrés Cursaro, en obra citada

[x] De «El libro del Ghempin», en obra citada.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.