Cristina Peri Rossi, La balsa de las palabras y otros textos


Publicamos algunos poemas inéditos, especiales para Esteros Revista, de la poeta uruguaya residente en España, más otros poemas y cuentos de los libros «Arqueología amorosa» (Estuario editora) y «Los amores equivocados» (Editorial HUM)

Su novela «La insumisa» fue publicada a fines de mayo en Uruguay por la Editorial HUM

La balsa de las palabras

Fui tu Scherazade.
En delicadas noches de pasión
por retenerte
desgranaba historias ebrias de palabras
convocadas por el miedo y el deseo
que nacen del mismo embrión
el embrión del amor
y tú las escuchabas con los ojos cerrados
para imaginar mejor
las criaturas que yo convocaba
la perla húmeda del clítoris
que se tragó un pez peregrino
los faros de los senos enhiestos de Alejandría
la barca de las palabras que trasladaba
criaturas enfermas, las palabras,
a nuestro lecho,
para que mi voz sedosa y lánguida de deseo
las restaurara
y en tus oídos hicieran residencia.
Fui tu Scherazade
y en amaneceres rojos de deseo
salvé el amor solo para que tú lo despeñaras
por el precipicio de la fugacidad
mi sultana
y yo aprendiera a sobrevivir sola
en la barca de las palabras
que mecen mi soledad
animalitas tiernas o severas
dulces o imperiosas
tan huidizas como tú
y que atrapo con el cepo de la memoria.

Camello

Dicen los poetas árabes
que el destino es el vagar de un camello ciego

Como un camello ciego
he recorrido ciudades anchas como océanos

como un camello ciego
me he perdido en ciudades estrechas como lupanares

como un camello ciego
aprendí lenguas que no eran las mías

y supe su sabor su dulzura su rudeza
su esplendor y su opacidad

como un camello ciego
enfermé hasta morir
y sobreviví hasta renacer

como un camello ciego creí
tuve ideas
tuve sentimientos
y los cambié por otros
los abandoné

Pero ahora
mi camello ya no es ciego
conoce su destino:

las playas húmedas de tus muslos
la arena de tus labios
la seda de tu vientre
el agua dulce del cántaro de tu boca
y el salitre de tu concha marina
entre las piernas.




Reflejos (inédito)

Escribo poemas
converso
cuento cuentos
veo películas
Ah el poema de León Felipe
«en Auswichtz en la soledad de un niño muerto de frío rumbo al matadero
igual que un pollo pelado
se callan todos los violines»
Escribo poemas
converso
veo películas
qué bella y melancólica Mónica Vitti
paseándose en la inmensa soledad de una enorme nave industrial
llena de máquinas
donde no se escucha más que el ruido de motores
(desierto, rojo, Antonioni)
qué estremecedora belleza
la de ese hombre solitario
de espaldas frente a la inmensidad
(Caspar David Friederich)
pero ayer un hombre acechó a una niña de trece años
en el rellano de la escalera del edificio donde vivían.
La acechó la atrapó la violó y la mató
mientras su padre la esperaba abajo
solo a veinte metros de su casa
y su madre
la del asesino
moría de cáncer en un hospital.
Él también tiene una hija
una hija de la misma edad (trece años)
y aquí que se calle papá Freud
que se calle el abuelo Jung
y mamá Kristeva
Aquí que se calle Borges
y Cristina Peri Rossi
que prefieren el reflejo de la vida en el arte
que la vida misma,
porque en el arte se sufre con belleza
y no sé qué belleza pudo percibir
la niña de trece años empalada crucificada por un matón.
En la vida, en cambio, se sufre con mugre, quebrantahuesos, trapos sucios, gritos, muros que caen, sangre por los pasillos, cuerpos desgonzados y miembros rotos.
Eh, ten cuidado
no pises un útero descuajado por el suelo ni una cabeza cortada
pisa este poema o todos los de este mundo y se sufrirá menos
muchísimo menos
nadie sufrirá.
Y si el origen de tanto dolor está
en el cromosoma Y que hace hombres a los hombres
diferentes a las mujeres
Por favor
fabriquen robots sin cromosomas Y
entonces
quizás
podremos amar algo más
que el reflejo de la vida.




Cifras

Cada vida es una cifra
en el concierto universal

cifra del misterio y de la duda

de la pasión

pero no hay partitura
no hay batuta

−Stephen Hawking lo sabe−

solo cifras
que se mezclan
de manera torpe y aleatoria

allí va una fusa
allá una corchea

la pausa es la muerte
y carece de compás
y de com-pasión.

Género (inédito)

Hay días en que me despierto muy hombre
Y te miro con deseos de posesión
y no me importa si te resistes
me excita mucho más
y te haría un hijo
como Cumbres borrascosas
y después te abandonaría ufano
silbando fuerte
y mi ego se hincharía
como el pecho de un urogallo macho
presumiendo de mi fuerza y de mi poder
y no escucharía tus quejas ni demandas
soberbio, ebrio de mí mismo
como Narciso mirándose en el espejo.

Pero hay días en que me despierto
muy mujer
y te miro dormir ensimismada
y te contemplo como una reliquia antigua
de gran valor
como un cántaro romano en el fondo del océano
y te acaricio suavemente
tan suavemente que no lo sientes
(«Ay de ti, que duermes navegando»)
Y a tu lado espero con deseo y con ternura
que despiertes
bella y ronroneante como una gata persa.
Y te alabo y cuido tu sueño
y sé que sería tu escudo invulnerable
ante cualquier catástrofe.
Y jamás te dañaría
enamorada como una mujer enamorada.
Entonces despiertas
me sonríes y preguntas qué hago
«Velo armas» te digo y te beso.




De noche, la lluvia

Cuando abandonó la Casa de la Traducción era de noche y llovía torrencialmente. Había empezado a oír el repiqueteo del agua desde la cuarta planta —la última— como si se tratara de los saltitos de decenas de palomas que picoteaban, iban y venían, balanceándose sobre las patas rojas llenas de parásitos. El ruido del agua, entonces, le pareció agradable, un estímulo, una compañía, en la soledad limpia y aséptica de la planta, sentada frente al ordenador. Hacía muchos meses que no llovía y seguramente todos se beneficiaban del agua: especialmente los pantanos, que estaban en su límite más bajo. Había trabajado desde la mañana sin interrupción, concentradamente; se trataba de un documento muy extenso, de las Naciones Unidas, y se propuso terminarlo antes de la noche para volver a la ciudad. Era jueves y podría, entonces, tomarse el fin de semana libre. Hacía quince días que no veía a Roberto, ocupado en organizar un congreso de pediatras; si todo iba bien, podrían juntarse el sábado o el domingo. Vivían en los extremos opuestos de la ciudad, grande, amorfa, había que atravesar calles y avenidas, puentes y túneles para encontrarse, no era ese el menor de los encantos de vivir separados.
La lluvia arreciaba. Se dirigió a buscar su auto al estacionamiento de la Casa de la Traducción sintiendo cómo el agua caía en forma de espesas cortinas que dificultaban la visión, la sacudían, la empapaban, jugaban con ella como si fuera una hoja. Las dos palmeras al costado del aparcamiento se inclinaban de un lado a otro, desmelenadas. El ruido del viento era intimidante, como todo sonido cuyo origen es desconocido. ¿Venía de las olas del mar distante, de un bosque lejano, de los techos de zinc de las casas de los emigrantes pobres o del repiqueteo del agua en las tuberías? El viento bramaba. Crujía. Sacudió la cabeza como un cachorro mojado y el agua le empapó la cara. Se apresuró a abrir el auto y se introdujo en el vehículo con una sensación ambigua, placer por el agua que había tardado tantos meses en caer y un poco de temor porque al observar la carretera se dio cuenta de que la oscuridad y la densa lluvia impedían la visión. El sitio estaba mal iluminado y tuvo que encender los focos largos. Debía conducir dos horas hasta la ciudad, pero supuso que la tormenta iba a retrasarla. Hacia el frente, no distinguía ningún auto; hacia atrás, tampoco. Seguramente su madre diría que era una temeridad conducir en esas condiciones, pero, por suerte, no estaba ahí para advertirla. Roberto, tampoco. Su manera de ser hombre frente a ella era la intención de protegerla.
Recorrió varios kilómetros en la oscuridad, apoyada en los focos largos, absteniéndose de escuchar música porque tenía miedo de no oír algún sonido que delatara peligro.
Se aproximaba una curva, de modo que encendió los faros cortos. Ahora veía un pequeño tramo de la carretera secundaria, barrida por el agua. La visión era escasa. Pero entonces, al borde del camino, a la derecha, divisó una figura alta, delgada, que conservaba difícilmente el equilibrio, empujada por el agua y por el viento. Se dio cuenta de que se trataba de una mujer, y muy joven. Estaba haciendo gestos desesperados para detener a cualquier auto que osara pasar por allí. Posiblemente hacía tiempo que esperaba, porque esa carretera era poco transitada. ¿De dónde había salido? Empapada, con la cabellera al viento, inspiraba un sentimiento de desolación y coraje, a la vez, que le pareció enternecedor.
La enfocó y detuvo el auto, al tiempo que abría la puerta (un pequeño diluvio se dio prisa por entrar, como si se tratara del arca de Noé), sin palabras, con gesto decidido.
La muchacha subió con una agilidad digna de sus veinte años, si los tenía. No había apagado el motor, de modo que reinició la marcha encendiendo ahora los focos largos.
—Gracias —dijo la chica, sentándose a la derecha. Estaba empapada. Tenía una falda corta, negra, de cuero, le pareció, las medias de nylon caladas estaban rotas, la blusa roja podría escurrirse, los cabellos largos mojados se habían juntado en haces improvisados que le caían por debajo de los hombros.
—Qué nochecita —le dijo ella—. Menos mal que te vi. Podrías haberte quedado toda la noche ahí, empapada, sin nadie que te recogiera.
—Ufff, se me ha estropeado el móvil. Estos cacharros se mojan y olvídate de ellos. No saben nadar. No flotan. Se emborrachan y mueren —respondió.
A pesar de estar completamente mojada, olía a algo, no sabía bien a qué. A hachís, posiblemente, y a alcohol, o a cualquier otra porquería de esas.
Miraba concentradamente hacia adelante, pero ahora conducía a menor velocidad, porque quería evitar cualquier accidente: se había hecho responsable de la muchacha.
—¿Adónde vas? —le preguntó. No pensaba hacerle más que esa pregunta; conocía lo suficiente a esta generación como para saber que no les gustaba ser controlados, se sentían perseguidos y detestaban la comunicación personal. Preferían la virtual.
—¿Adónde vas tú? —le respondió la chica.
La clásica inversión, pensó ella: a quien pregunta, se le responde con la misma pregunta. No en vano había dado clases en un instituto, durante un tiempo, hasta preferir la cuarta planta aséptica de la Casa de la Traducción, donde solo debía luchar con lenguas y diferencias de léxico.
—Voy a la ciudad, naturalmente —contestó ella.
—Yo también —dijo la muchacha, por toda explicación.
—Entonces te llevaré —respondió con ironía—. ¿Por qué no te secas un poco con los pañuelos de papel que hay en la guantera? —le propuso—. Estás chorreando.
—¿Crees que pillaré un resfriado? —preguntó de pronto la chica, muy interesada en el tema.
—Sería milagroso que no lo pillaras —dijo ella—. Hay unas pastillas para la garganta en la guantera. Coge una y chúpala —ordenó.
La chica revolvió la guantera. Pero de pronto su interés pareció concentrarse en las cosas que había en la guantera, no en la búsqueda de las pastillas.
—¿Tienes alguna otra cosa para ponerte? —preguntó.
Tardó dos minutos en comprender.
—Si te refieres a popper, éxtasis o algo así, es inútil —respondió.
La muchacha pareció decepcionada. Era lo que faltaba: la había recogido completamente empapada en una carretera periférica sin circulación, le había mojado el coche, le iba a contagiar un resfriado… pero se sentía decepcionada porque no tenía una condenada cosa para meterse por la nariz, el culo o por donde fuera.
En cambio, encontró un CD. Lo miró con desconfianza. Lo alzó a la altura de sus ojos.
—«Concierto para piano N.º 1 de Litz» —leyó—. ¿Te gusta Litz?
—Sí —respondió.
—A mí también, pero ahora me gustaría algo más movidito. ¿No tienes rap o algo así?
—No —dijo ella—. No uso. (¿Por qué se sentía enojada? ¿Por qué estaba irritándose por momentos?)
La chica revolvió en el bolsillo de su chupa.
—Casi siempre llevo mi MP3 —dijo—, pero lo debo haber dejado en alguna parte. O lo perdí en la carretera.
Ahora había empezado a secarse la cara con los pañuelos de papel. Tenía un rostro afilado, era delgada, alta, de cabellos largos. Una figura espigada y muy ágil, pero de esas que parecen quebrarse con ciertos movimientos.
—He tenido suerte —reconoció—. Podía haberme pasado la puta noche ahí tirada sin que nadie viniera a buscarme.
—Hubieras podido llamar a alguien por el móvil —contestó ella.
—No creo. ¿Sabes una cosa? No tenía saldo. Quizás no es que se haya suicidado tirándose al agua. Es que el mío es de tarjeta y no tenía más.
—¿Y qué hacías tú ahí en medio de la noche más lluviosa del año, sin saldo en el móvil ni paraguas ni una chaqueta decente?
Ella se rió.
—Pareces mi madre —dijo.
—Tengo edad para serlo —respondió con cierta acritud. Quería mantener las distancias.
—Fui a un concierto con mi novio, nos peleamos a la mitad y me largué —dijo—. No sabía bien dónde estaba, empezó a llover y pensé que algún puto conductor pararía, pero te juro que en media hora que llevaba no vi ni un solo coche.
No creía que hubiera algún concierto por la zona.
—¿Y qué se hizo de él? —le preguntó.
—¿Y yo cómo voy a saberlo? Estará emborrachándose por ahí, en la carretera, o se habrá ido con otra tía. No creas que es un tipo muy duro, no, yo no lo aguantaría, pero cuando le da al porro a veces se pone un poco bestia y nos enfadamos. No quiero verlo más en mi vida.
Parecía convencida. Aunque los convencimientos, a su edad, duran poco.
—¿Y tú qué hacías en la carretera a esa hora, conduciendo con esa lluvia? —preguntó la chica, a su vez.
—Trabajo en la Casa de la Traducción —se limitó a responder.
La chica miró hacia delante, aunque ella dudaba un poco de que pudiera ver alguna cosa. Todo estaba negro y mojado.
Parecía reflexionar.
—Lindo nombre —dijo—. La Casa de la Traducción. ¿Es tu hogar o algo así?
—Bueno —dijo ella, aprovechando la oportunidad para lucirse—. Creo que es el hogar de las palabras.
—Putaquelasparió —dijo la chica, riéndose—. Las putas tienen un hogar y yo no… —protestó—. ¿Sabes que soy medio poeta?
No era raro, todos los jóvenes se creían brillantes cantautores o poetas geniales. Ahora bien, redactaban con faltas de ortografía, tenían Facebook y un blog para escribir tonterías.
—¿Y la otra mitad, ¿qué eres? — le preguntó a su vez.
Soltó una carcajada.
—Es inteligente, la tía —comentó, como si hablara con algún colega—. A la otra mitad no le gusta mucho lo que escribe ni lo que escriben otros, ni el mundo como es ni las cosas como son, pero no se lo va a contar a nadie —declaró.
—Te agradezco la confianza —comentó.
—Pareces una tía legal —dijo.
Supuso que era el mayor elogio que podía salir de su boca.
—¿Y de qué lengua traduces? —preguntó.
—Del inglés y del francés —respondió.
—A mí se me daban bien las lenguas cuando iba al instituto —comentó.
—¿Ya lo has dejado?
—Sí, lo dejé —apuntó la chica.
Pensó que era mejor no seguir por ese camino. Vio que la expresión de la chica era de pocos amigos.
—¿Puedo quedarme esta noche en tu casa? —preguntó de pronto.
La pregunta la sorprendió a tal punto que dio un giro al volante.
—¿Y por qué quieres quedarte en mi casa? —interrogó.
—No es que quiera —dijo—. No sé adónde ir y no tengo dinero para un hotel. Mañana, desde una cabina, llamo a mis amigas. Alguna de ellas me dejará estar en su cuarto.
—Llama a alguna de tus amigas desde mi móvil —le ofreció—. O de tus amigos, lo mismo me da.
La chica dudó.
—No responderán —dijo.
—¿No son tus amigas? —preguntó, desconfiada.
—¿Y tú crees que alguna de mis amigas va a contestar la llamada de un número que no conoce? Aprovechan que coges la llamada y te meten un chorizo de publicidad, y luego captan tu número y lo usan para sus negocios…
—Cuando lleguemos a la ciudad, te doy unas monedas y llamas desde una cabina —dijo ella.
—Está bien —respondió—. Entiendo que no quieres que pase la noche en tu casa. No me conoces, debes de pensar que no soy una tía legal. Que te robaré un cuadro, las bragas o la caja de leche de la nevera
—protestó.
—No es eso —explicó—. Tengo una cita esta noche, en mi casa.
—¿Tienes un tío? —preguntó la chica.
—Lo espero esta noche —respondió.
—Si es por eso, no molestaré. ¿No tienes otro cuarto?
—Escucha —dijo ella—: hace quince días que no nos vemos, me gustaría tener un poco de intimidad, ¿entiendes?
La chica dijo que sí con la cabeza.
Condujo un rato en silencio. Ahora se arrepentía de haberla metido en el auto. Aunque si no la hubiera hecho subir, el arrepentimiento habría sido peor. Había encendido la calefacción y la ropa de la chica se secaba lentamente. Por delante, nada. Por detrás, nada. Solo oscuridad y agua.
—No te lo tomes a mal —le pidió.
—Te entiendo —concedió ella—. Es que me peleé con ese cretino y no pienso volver a verlo en mi vida. ¿No tendrás una de esas pastillas del día siguiente?
Lo que faltaba, pensó: ahora me dirá que folló sin condón y que teme estar embarazada.
—No tengo —dijo—. ¿No te cuidas al hacer el amor?
Bien, pensó la chica. Es de las antiguas. De las hacer el amor y no la guerra. La historia había demostrado que se podían hacer ambas cosas a la vez, es más: había demostrado que las guerras son un buen estímulo para follar. Para follar a las mujeres de los vencidos porque fueron vencidos y para follar con las mujeres de los vencedores porque hemos vencido. Como cuando juega el equipo de fútbol del distrito. Si pierde, se folla porque pierde. Y si gana, porque ha ganado.
—Es que el condón a veces se rompe.
La conocida excusa del condón. Si se rompieran tantos condones como dicen los jóvenes, la industria condonística hacía tiempo que habría quebrado.
—¿Se te rompió? —preguntó asustada. Lo que le faltaba: haber recogido a una adolescente toda mojada, a punto de pillar un resfriado y posiblemente embarazada. Su madre tenía razón. No se puede ser generosa en esta vida. Ni en la otra.
—Esta vez no —dijo ella—. No llegamos a follar. ¿No te dije que discutimos?
—Creo que a veces se hacen ambas cosas al mismo tiempo.
Se sorprendió de su respuesta. Si algo no la estimulaba a hacer el amor, era tener una disputa antes o después. Pero ella era una antigua.
—Solo te pregunté si tenías una pastilla del día siguiente porque si me tengo que quedar en la calle, me tiraré a cualquier tío que tenga una habitación disponible —dijo.
La estaba chantajeando.
Sonó su móvil. No dejó de conducir, puso el altavoz.
—Cariño, ¿cómo estás? —preguntó Roberto.
«En medio de una carretera secundaria, a oscuras, bajo una lluvia torrencial y con una adolescente vagabunda en mi auto», tuvo ganas de decirle, pero le pareció prudente dejar las malas noticias para después.
—En medio de la carretera. Llueve muchísimo. ¿Y tú?
—Estoy en un atasco —gritó Roberto—. Y me estoy quedando sin batería. Creo que no podré salir de la autopista hasta dentro de tres o cuatro horas. Hubo un accidente en cadena o algo así. Sobrevuelan helicópteros, pero el mal tiempo no deja ver bien. Hay muertos y heridos. Pero no te asustes, estoy bien. Lo único que quiero es llegar a mi casa, darme una ducha caliente, tomar una sopa y echarme a dormir. Lo siento de veras. ¿Lo dejamos para mañana a la noche?
¿Y qué podía hacer ella? ¿Ir a buscarlo en avioneta?
—De acuerdo. Llámame cuando llegues —le dijo—. Aunque esté dormida.
—OK —dijo él y cortó.
Ahora no tenía pretexto para no alojar a la muchacha.
—Puedes quedarte, en otra habitación, y sin oír música, bailar, esnifar o alguna de las cosas que se te puedan ocurrir.
—No iré —respondió sorpresivamente la chica.
—Pero, ¿qué dices ahora? —chilló ella.
El auto había saltado en un bache. Menos mal que había hecho revisar los amortiguadores el mes pasado.
—No iré —insistió.
—Como quieras —respondió—, pero fuiste tú quien me pidió venir a casa.
—Me estás tratando como si fuera un monstruo de feria —dijo ella—. Piensas que pondré la música alta, que bailaré a solas o esnifaré sobre tus bonitas mantas. No haría nada de eso, aunque no lo creas, soy una persona sensible y tengo una educación.
Le pareció que la chica lagrimeaba o era el efecto del retrovisor mojado. La había herido. ¿Tenía que pedirle disculpas, ahora?
—Simplifiquemos —propuso, molesta—. Vienes a mi casa, te das una ducha caliente, cenamos algo y luego, a dormir hasta mañana. Ambas lo necesitamos. Estamos un poco nerviosas.
—Yo soy muy nerviosa —concedió la chica.
—Yo también —confesó ella.
—Pues no lo pareces. Pareces muy equilibrada.
—Pura pinta —desmintió—. Es solo apariencia.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó la chica.
—Treinta y ocho —dijo ella—. ¿Y tú?
—Veinte —dijo.
—Creo que te estás adjudicando alguno de más —observó.
La chica se rió, relajada.
—Solo funciona con los chicos —dijo—. Las mujeres siempre se dan cuenta cuando miento.
—¿Mientes mucho?
Se alzó de hombros.
—Lo hago para protegerme —dijo.
—¿De qué? —preguntó.
—La información es poder. ¿Leíste a McLuhan? Era de tu época —le informó la muchacha.
—¿Cuál crees que era mi época? —preguntó, fastidiada.
—La de Foucault, Roland Barthes, Derrida y todos esos.
—Me dijiste que no fuiste a la universidad.
—Pero los he leído. Por arriba, es verdad, pero los leí. Me gusta leer. Aunque no los entienda. Hablan demasiado, ¿no crees? Quiero decir: le dan demasiadas vueltas a las cosas. ¿O es que son franceses?
—Creo que se debe a eso —rió ella.
—Como el cine francés —dijo—. Nunca pasa nada. Son muy lentos. Dan pasos lentos, no abren la boca, no dicen nada, tampoco los ojos expresan mucho… ¿creen que eso es la profundidad?
—¿Y tú qué crees que es la profundidad? —la desafió.
La chica hizo un silencio. Intentó mirar hacia delante, pero estaba demasiado oscuro.
La miró a los ojos. De pronto, la chica la miró a los ojos nítida, francamente. Apoyó una de sus manos en la mano que conducía el volante. La apretó suavemente. Estaba cálida, a pesar de la humedad y del frío.
—Esto es la profundidad —le dijo mirándola intensamente.
Se turbó. Se sintió turbada. No supo qué hacer ni qué decir.
La chica oprimió más la mano que conducía el volante. Le dio un beso cálido en la mejilla.
—La noche. La lluvia. Tu voz. El goteo del agua. La música que no escuchamos. El viento. El ruido de las ruedas en el pavimento. Los tramos iridiscentes de las vallas. Mi piel mojada. Marianne Faithfull cantando «Solitude». Tus recuerdos diferentes de los míos. Treinta y ocho años. Veinte, no, mentira. Diecinueve. «En mi soledad, tú me tiendes la mano», cantaba Marianne Faithfull, antes, en el pub. ¿Sabes? Y él como si nada. Como si ella no hubiera vivido todos esos años para que él la estuviera escuchando en ese maldito tugurio lleno de tías estúpidas y tíos borrachos. Ella es mucho más vieja que tú… Sabe que los días se van. Yo también lo sé, aunque solo tengo diecinueve. Hay noches así. Y eso es la profundidad. O la intensidad —agregó—. Lo dejé. Lo dejé, pedazo de estúpido, no sabe que Marianne Faithfull cantaba para él, para mí, medio asfixiada por el humo, por el dolor, por la soledad. Creo que esto es la profundidad —dijo, y la volvió a besar.
De pronto, sintió un ardor y una alegría. Un ardor y una alegría. El ardor parecía en el cerebro, pero posiblemente estaba también en otras vísceras, en el hígado, en el corazón, en la vesícula biliar… y la alegría era la noche húmeda, la lluvia, los besos de la muchacha, mi madre siempre me dijo que no hiciera nunca autostop, y a mí la mía me dijo que nunca recogiera a una vagabunda… Bonita palabra, fíjate, querida: vagar por el mundo, vagar el mundo. ¿Así que traduces? ¿A poetas también? No, la poesía no se puede traducir. Cómo que no. Marianne Faitfhfull dice «la soledad es triste», pero esta noche ni tú ni yo estaremos solas, te lo prometo, me lo prometes, estaremos juntas.



Cristina Peri Rossi. Montevideo, 1941. Escritora, traductora y activista política uruguaya exiliada en España desde 1972, y residente en Barcelona, donde ha desarrollado la mayor parte de su carrera literaria. Ganó múltiples premios y reconocimientos, como la Beca Guggenheim, el Premio Loewe y el José Donoso, entre muchos otros.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.