Sonríe muerte, Alfredo Zitarrosa

Por Juan Manuel Roca

Empecemos por decir que a veces un artista que tiene el doble don de hacer poesía y música a la vez, en ese matrimonio que no siempre es bienavenido por tratarse de dos estancias estéticas que se fagocitan, termina habitando un territorio incierto. Anfibio. Que muchas veces y sin quererlo, esas urgencias expresivas entran en abierta disputa, dependiendo de la necesidad momentánea de las dos expresiones, aunque compartan una misma familia de temas.

Si fuera cierto que Mallarmé desalentó a alguien que quería musicalizarle un poema, con el argumento de que él creía que el poema ya tenía música, es posible, solamente posible, que tuviera una razón parcial, pues podría verse el asunto como el arte de ponerle otra música a un poema original. De lo cual hay grandes ejemplos. Uno de ellos es sin duda el de Alfredo Zitarrosa, que debió debatirse muchas veces ante el litigio de tomar la guitarra o el lápiz para expresarse. Pienso esto leyendo “Sonríe muerte” porque siento que hay un flujo de ideas que van desde registros muy diferentes entre las cabeceras de canción y poema, pero sobre todo porque el poeta inquietante que habita este libro no escribe con partituras ni plantillas.

Sea como fuere parece que, en términos de reconocimiento el excelente músico y compositor hubiera ganado por puntos o por nocaut al poeta, por lo menos ante un público masivo que lo sigue teniendo como uno de los más notables cantores de un continente por momentos más balcanizado y sordo que nunca.

Decía Ingeborg Bachmann, una gran autora expresionista que hemos dejado de buscar “el contenido poético” en la música y “la musicalidad de la palabra” en la poesía. Y agregaba otra preocupación más, porque siendo música y poesía dos artes en el tiempo, sin embargo, difieren en su percepción. Y cómo “la palabra, desterrada de la música”, sabe resignarse, en lo que Bachmann llama una razón que suele separarlas.

Resulta para mí curioso que un libro mítico de un autor de culto como Zitarrosa, “Explicaciones”, con el cual obtuvo el primer premio de la Intendencia Municipal de Montevideo en 1959, con un notable jurado en que destacaba Juan Carlos Onetti, nunca haya sido publicado, sin duda alguna por decisión de su autor.

Este libro que hoy llega a mis manos por un correo lento, toda vez que ni siquiera sabía de su publicación hace ocho años, me enfrenta a un poeta desconocido y sin el apoyo musical de alguien al que he celebrado como uno de los más grandes creadores de canciones en este continente al que, según parece, le iba mejor cuando el mundo era plano para el otro hemisferio.

Ahora hago, o intento, mientras leo “Sonríe muerte”, un ejercicio de distanciamiento de sus canciones, que por otra parte me han acompañado muchas veces como si fueran poemas, y no logro divorciar del todo el aspecto popular y narrativo de su obra musical, del carácter elusivo y lírico de sus versos. La tercera orilla de ese río no es más que la mirada dolida de un creador que hace de una y otra vocación una forma del pensar y no un simple repertorio de exorcismos y dolencias.

Una suerte de desdoblamiento hay sin embargo entre uno y otro creador, el músico y el poeta, un distanciamiento de su yo lírico y una forma de mirarse en su otro: “Vi entonces claramente/ que delante de mí, ya caminaba/ yo mismo, de mi propia mano asido”, expresa en uno de los poemas recogidos en “Sonríe muerte”.

La verdad, me sorprende que Alfredo Zitarrosa logre un desdoblamiento tan claro, un deslinde entre un cantar narrativo de las canciones y un cantar lírico en los poemas, que aún en su belleza expresiva están sucios de realidad, lo que no significa que sean realistas. Hablo de dos formas distintas que tienen como centro la solidaridad y el festejo de los otros.

Más que por un juego verbal y literario, me atrevería a decir que es, parodiando un libro sacro, una suerte de cantor de los cantores. Un cantor que, si bien hace yunta entre un lenguaje lírico y a la vez de saga popular y cosa hablada en sus canciones, no pierde las vecindades con el lenguaje decantado del poema. Es curiosa la inversión. En su poesía canta y en sus canciones cuenta. Y no pocas veces canta y cuenta en un mismo espacio, como recordando la premisa de Antonio Machado: “canto y cuento es la poesía, también la verdad se inventa”.

De tal manera me resulta imposible no mirar el espejo doble de sus poemas de “Sonríe muerte” y a la vez sus milongas, como dos orillas que se tocan en una sensibilidad más que orillera.

Así, voy de su “Milonga para una niña” y de su “Milonga del tartamudo”, ese hombre de los mataderos que “siempre dijo que no”, o de su “Guitarra negra”, que como muchas de sus canciones resultan auto-referenciales y dan cuenta de su trasegar geográfico y espiritual tras tener que abandonar su país militarizado, y luego paso a sus cadencias en unos poemas de una honda soledad y de una honda desazón que “es una cruel cicatriz”. Algo que le viene, como a César Vallejo, de “una falta sin fondo”, quizás de recordar en sus palabras que “no bien nacido/ he increpado a mi madre”.

Su poesía, como sus canciones, hacen coro a los derrotados, a los que siempre están a punto de salir del juego. Su canción a Mané Garrincha, a un dios cobrizo y cojo como un pajarraco de favela que devino paria, es una muestra más de su amor por los derrotados, de alguien que oye decir “usted no es nadie, ya no es usted”.

Voy, digo y repito, de sus canciones a sus poemas y no escapo ni lo intento de su dolorosa belleza que nos habla de la muerte como de una incómoda visitante de la nada, como la imagen de “un tapiz pintado en el vacío”.
Hay otros poemas en “Sonríe muerte” que tienen un acento epigramático pero que a la vez huyen de las cerradas definiciones del mundo aforístico. Es la suya una poesía esquiva y simbolista, si se quiere, que hace de una palabra desnuda su territorio.

Ese dejarnos preguntas que solamente tienen respuestas de acuerdo a los ojos de quien se asome a su palabra, es un recurso de quien se niega a la conducción de verdades unívocas, inamovibles, como tantos poetas y cantores que aman antes que nada “el mensaje”.

Un alguien a quien leí un poema suyo de solo dos versos: “Sonríe muerte. Mírame./ Mírame sonreír”, me dijo con todo desenfado que la muerte puede ataviarse de fotógrafo y recibir del retratado un gesto sonreído de tranquila despedida.

Algo así como el aserto taoísta de “no hagas nada y todo está hecho”. “Sonríe muerte”, más que una orden, es una invitación a quitarle hierro y temor a la llegada de la oscura visitante que solo una vez pregunta por nosotros.

En buena hora se pone a circular “Sonríe muerte”, una pequeña y gran obra de acentos libertarios, una “lección de abismo” sin moralejas, escrita por alguien que nos puede enseñar a volar pero no a “seguirle el vuelo”.

Poema III (Alfredo Zitarrosa)

Larga ha sido la noche.
En su círculo cada círculo era fuego,
cada uno se consumía en su propia llama.

He pensado también otros pensamientos
y he sabido apartarme del fuego devorador.

Nada se abría sino a otras salidas
toda abertura daba a algo más abierto
hasta que todo en torno era sólo circular,
mas también porque mis ojos tienen un límite
y más allá de allá nada se veía.

En el propio aire que vibraba
tocado, allá en su pie de oxígeno,
mis miradas se incendiaban
y el horizonte era un círculo de fuego a mi alrededor.
Las constelaciones derivaban hacia el mar
Y todo caía en su seno profundo
Y también la noche se hundía en él.

Alfredo Zitarrosa – La canción y el poema (1973)


Alfredo Zitarrosa. Santiago Vázquez, 1936 – Montevideo, 1989. Cantante y compositor uruguayo, considerado uno de los más reconocidos representantes de la canción popular y de protesta de Latinoamérica.

Mucho antes de que se transformara en una de las personalidades más significativas de la canción latinoamericana, desempeñó diversos oficios: fue locutor en Radio Ariel, actor teatral, periodista y poeta. En 1959, obtuvo el Premio de Poesía concedido por la Intendencia de Montevideo con su libro Explicaciones, que nunca quiso publicar.

Debutó como cantor popular junto a César Calvo y Martín Torres en 1961, iniciando una carrera artística marcada por sus numerosas variaciones de la milonga, su género preferido. Pese al carácter universalista de su compromiso político, no creía en las canciones universales, y toda su capacidad de creación se nutrió de la singularidad de su país.

Desde esta perspectiva estética, creó canciones imperecederas, como Guitarra negra, Adagio en mi país, El violín de Becho, El candombe del olvido y Canto de nadie. Sus canciones fueron prohibidas tras el golpe militar de 1973, tras el que inició su exilio, primero en España, y luego en México, donde compuso gran parte de sus obras tardías. En 1984 volvió a Montevideo, donde una multitud llenó la rambla para recibirlo. En 1988 publicó su único libro de cuentos, Por si el recuerdo.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.