Nancy Morejón (Poesía)

Nuestro colaborador Javier Alvarado nos presenta una muestra de poemas de Nancy Morejón: una de las voces más potentes de la lengua española. Sus poemas, cargados de preguntas en torno a la negritud, la feminidad, el pasado, las genealogías, los dioses perdidos, la violencia y las herencias, nos enfrentan a la bella incomodidad de las raíces que se expanden en los territorios de América y guían las luces de nuestra identidad.


por Javier Alvarado


La silla dorada

Soy una mujercita sin rostro
sentada en la punta de una roca,
hacia la parte inferior de un paisaje
donde se encuentran un río y dos mares.
No puedo dejar de contemplarlos:
un río para dos mares, dos mares para un río;
hasta que el grito del alcatraz,
más allá de las nubes, los despierta.
No sé hablar ni tengo manos.
Un látigo inmemorial las fue cortando poco a poco.
Y apenas reconozco las nuevas palabras aprendidas.
Apenas tengo lengua para los buenos días
y las buenas noches.
Todo es inmensidad a mi alrededor.
Todo es inmenso come mi pelo de ciclón
y la bestialidad de mis abuelos:

Mi abuela Brígida, ahogada en la tinta de los notarios,
pero invencible, rumorosa y pequeña;
tatuada en la memoria de las codornices,
allá en Ciego de Ávila;
fija en la furia de las turbinas
donde anidara Felipe Morejón Noyola;
fija en la memoria de Aida Santana, con su hacha de miel;
fija en mi propio corazón.

Mi abuela Ángela, vapuleada y cantando,
diezmada por veinticuatro partos,
echada a los solares con su triste canción
echada a los perros,
echada a la muerte precoz e inmerecida,
como todas las muertes precoces,
pero cantando una canción sin nombre
en una comadrita, junto a María Teresa,
«con sus trovas fascinantes que me las quiero aprender».

Muertes de mis abuelas
que nunca conocí.
Muertes de mis abuelos depredadores
que nunca tampoco conocí.

El follaje de los sauces calma mi inquietud.
Los pájaros están piando.
Sentada ante esta espuma,
salpican los recuerdos del Colegio Academia Laplace:
La mejor alumna de cuarto grado
representa a un travieso pollito negro
cuyos hermanos eran todos pollitos amarillos
pero el pollito negro era el desobediente,
el transgresor, quizás el real culpable.
Aquella misma alumna
—imposibilitada de estudiar en La Sorbona
gracias a algunos criterios adversos, sabiamente escondidos
y, sobre todo, gracias a la trampa de diversos tiñosos,
interesados en probar la inconveniencia
de que un pollito negro pudiera osar pisar París—
nunca pudo dejar de ser,
nunca dejó de ser aquel pollito negro.

Soy una mujercita sin rostro.
      Vino el viento de julio.
Me habían predestinado una escoba muy vieja y un sartén,
el último puesto en la fila,
el tapabocas y la más inconciente sumisión.
Me dieron fuerte.
A mí también me dieron con un palo.
Benditos la escoba vieja y el sartén,
el último puesto en la fila,
el tapabocas y la aparente sumisión.
Soy una mujercita sin rostro
sentada en la punta de una roca
y aúllan los güijes en la noche
estremecidos por el viento de julio.
Soy quien soy sobre una silla dorada.

Mujer negra

Todavía huelo la espuma del mar que me hicieron atravesar.

La noche, no puedo recordarla.

Ni el mismo océano podría recordarla.

Pero no olvido el primer alcatraz que divisé.

Altas, las nubes, como inocentes testigos presenciales.

Acaso no he olvidado ni mi costa perdida, ni mi lengua ancestral
.
Me dejaron aquí y aquí he vivido.

Y porque trabajé como una bestia,

aquí volví a nacer.

A cuanta epopeya mandinga intenté recurrir.
                        Me rebelé.

Su Merced me compró en una plaza.

Bordé la casaca de su Merced y un hijo macho le parí.

Mi hijo no tuvo nombre.

Y su Merced murió a manos de un impecable lord inglés.
                        Anduve.

Esta es la tierra donde padecí bocabajos y azotes.

Bogué a lo largo de todos sus ríos.

Bajo su sol sembré, recolecté y las cosechas no comí.

Por casa tuve un barracón.

Yo misma traje piedras para edificarlo,

pero canté al natural compás de los pájaros nacionales.
                        Me sublevé.

En esta tierra toqué la sangre húmeda

y los huesos podridos de muchos otros,

traídos a ella, o no, igual que yo.

Ya nunca más imaginé el camino a Guinea.

¿Era a Guinea? ¿A Benín? ¿Era a

Madagascar? ¿O a Cabo Verde?

Trabajé mucho más.

Fundé mejor mi canto milenario y mi esperanza.

Aquí construí mi mundo.
                        Me fui al monte.

Mi real independencia fue el palenque

y cabalgué entre las tropas de Maceo.

Sólo un siglo más tarde,

junto a mis descendientes,

desde una azul montaña.
                        Bajé de la Sierra

Para acabar con capitales y usureros,

con generales y burgueses.

Ahora soy: sólo hoy tenemos y creamos.

Nada nos es ajeno.

Nuestra la tierra.

Nuestros el mar y el cielo.

Nuestras la magia y la quimera.

Iguales míos, aquí los veo bailar

alrededor del árbol que plantamos para el comunismo.

Su pródiga madera ya resuena.

Madre

Mi madre no tuvo jardín

sino islas acantiladas

flotando, bajo el sol,

en sus corales delicados.

No hubo una rama limpia

en su pupila sino muchos garrotes.

Qué tiempo aquel cuando corría, descalza,

sobre la cal de los orfelinatos
y no sabía reir

y podía siquiera mirar el horizonte.

Ella no tuvo el aposento del marfil,

ni la sala de mimbre,

ni el vitral silencioso del trópico.

Mi madre tuvo el canto y el pañuelo

para acunar la fe de mis entrañas,

para alzar su cabeza de reina desoída

y dejarnos sus manos, como piedras preciosas,

frente a los restos fríos de enemigo.

Oyá

Cuando el viento atraviesa con furia los cementerios, bajo un sol implacable o una lluvia tranquila, estamos en el reino de Oyá, uno de los orishas más respetados y temidos de la mitología afrocubana. Su sola presencia indica un innegable tránsito entre dos mundos: el de la tierra y el del cielo. Ella los junta y, por eso, consiguió relacionarlos y ponerlos a vivir como un matrimonio ejemplar, de esos que llegan a sus bodas de oro por decisión propia.

Oyá sacude al viento en cualquier estación y levanta, en el viento, su inconfundible iruque como señal de paz. Gane o pierda la batalla, Oyá apuesta por su paisaje natural —formado por tumbas irregulares, blancas o grises, o sin color apenas— poblado por muertos, cruces, epitafios, bóvedas y sus correspondientes habitantes, es decir, espíritus recién llegados sin identidad todavía o seres transitando campeando los aires de la noche que es la hora favorita de la diosa.

Los viejos guardieros de los ingenios, en la quietud de los cañaverales, hablaban entre sí, en voz baja, de los egguns viajando por los aires, en silencio, mientras deambulaban por valles y montañas y arroyos sin nombre y, sobre todo, sin permiso de Oyá que se hacía de la vista gorda con el fin de ampararlos de cualquier peligro en acecho, de cualquier injusticia, concediéndoles un espacio entre los vivos y un bestiario inclasificable.

Ese reino de Oyá desde hace años se encuentra, porque allí respira, en numerosos óleos y esculturas realizados por Manuel Mendive gracias a quien conocí fuentes de sus sabias acciones. Su presencia sobrevolaba los cielos, o la tierra firme de las profundidades. En alguna esquina de la composición, asoma su hocico Ikú, traviesa, comiendo de la mano de su reina: Oyá. Entonces el espectador queda atrapado en el misterioso encanto de la muerte. Como faunos del cielo, brotando de una música rara, los egguns han bailado una danza sin par entre las hojas volanderas y la armonía de los aires, otra vez, alrededor del cementerio chino que el ojo del pintor contempla.

Lunas, peces y algas

Camino sobre el río.

La luz del sol alumbra suavemente.

Mecida por un haz de extrañas flores,

lianas, peces y algas, voy bogando.

Una fuerza me empuja y no lo sé.

Un marino de cobre me contempla desnudo.

Mecido por un haz de extrañas flores,

voy bogando entre peces, lianas y algas.

Estamos, lado a lado,

mirando hacia la orilla.

Unas mujeres hablan. Otras mujeres cantan.

Tú y yo, marino, nos dejamos llevar,

nos dejamos llevar.

Camino sobre el río. Caminas sobre el río.

Aquellos ojos nos señalan,

sus pupilas desprenden el fuego más profundo.

Una fuerza me empuja y no lo sé.

Una fuerza del agua nos arrastra.

Allá vamos hundidos,

allá vamos hundiéndonos,

allá vamos, hermosos,

entre las dulces aguas del río.


Nancy Morejón (La Habana, Cuba, 1941). A los dieciocho años publicó su primer libro de versos, Mutismos. Trabajó como traductora para el Ministerio del Interior y militó entre 1963 y 1965 en el Comité de Base de la Unión de Jóvenes Comunistas de la Escuela de Letras.
Se licenció en lengua y literatura francesas por la Universidad de la Habana (1966) y se doctoró con una tesis sobre el poeta martiniqueño Aimé Césaire. Entre 1986 y 1993 fue directora del Centro de Estudios del Caribe de Casa de las Américas, labor que reasumió en 2000. Desde 1991 es Miembro de la Academia de Ciencias de Cuba.
Elaboró una Recopilación de textos sobre Nicolás Guillén (La Habana, Ediciones Casa de las Américas, 1974) y se ha dedicado principalmente a la traducción simultánea en eventos y congresos. Ha recibido numerosos premios entre ellos la Corona de Oro del Festival de Struga 2006.


Javier Alvarado, miembro de las Academias Panameña y Hondureña de la Lengua, y ganador de importantes premios nacionales e internacionales como el Ricardo Miró, el Rubén Darío de Nicaragua, Sor Juana Inés de la Cruz (México) y Fuente Vaqueros – Casa natal de Federico García Lorca (España), Mención Casa de las Américas de Cuba, Mención Premio Mundial de Poesia Mística Fernando Rielo y Rey David de poesía bíblica iberoamericana. Por su vida y obra recibió el premio Dámaso Alonso.