Apología de Diotima (Ensayo)

Explorando la figura de Diotima, la sacerdotisa que dio vida a la idea del amor platónico, la gran poeta y crítica uruguaya Mariella Nigro explora pasajes del espíritu humano: sus oscuridades, sus preguntas y sus complejidades, sus prisas y sus pausas, sus ideales, tan imperecederos y necesarios en los días de nuestro presente.

por Carolina Zamudio



El hombre piensa, salvo cuando la mujer despierta.
Entonces desarrolla la mujer un pensamiento mejor.

Rafael Courtoisie

Diotima vive, como leve brote de invierno, y aunque rica en su espíritu propio, busca la luz.

Hölderlin

En estos tiempos de prisa, pragmatismo e inmediatez, la estructura expresiva de los Diálogos de Platón ofrece lento circunloquio, idealismo, dilación. 

Así, en El banquete, cuenta Apolodoro, preguntado por Glaucón, que le contó Aristodemo lo que dijo Sócrates que dijo Diotima sobre el amor. A la cadena de testimonios se suma Platón, que lo registra, o aun, como eventualmente podría fallar la categoría de auténticos, interpolados o apócrifos de sus escritos, aquél que hubiera atribuido la obra al discípulo de Sócrates —al vez un escolástico perdido en las brumas de la Edad Media—.

«Te digo yo –afirmó», dice. Se dice que se dirá lo que se oyó, que se repetirá lo dicho; cajas chinas, ecos de un lenguaje referencial proferido y escuchado sobre el abismo de la historia antigua. 

«Cuanto es un deber en ti dar a conocer lo que dijo tu amigo»: lo dicho debe ser testimoniado, como un procedimiento de investigación de la verdad, una forma retórica de autenticarla, entre la prescripción, la profecía y el relato.

Sobre ese palimpsesto lleno de voces, brilla la luz de Diotima de Mantinea.

En el ágape, la bebida inspira la idea y la retórica estricta, el encomio, la ironía y la mayéutica. Apartado del gineceo, el simposio, en tanto ceremonial discursivo, es una continuación del ágora de la polis, bajo un protocolo dialógico roto en El banquete por la voz de una mujer. El festín intelectual se desarrolla tal vez, en un nivel metafísico, en aquella caverna alegórica donde se proyectan unas sombras que habrán de descifrar los comensalesmediante el ejercicio de la razón y la dialéctica. Pero el prisionero de la caverna que se libera llega a conocer el mundo real a través de la preceptora de un gineceo antiguo: Sócrates dice lo que una vez le enseñó sobre el amor la sabia Diotima. Testimonio, relato y prescripción. Y cuestión de género.

No puede ignorarse que la intervención de Diotima plantea desde el inicio la desconcertante irrupción de una mujer en el espacio masculino del simposio, donde se teje una red de relaciones afectivas y epistemológicas que por principio sólo involucra a hombres, en un ejercicio a ellos reservado. Diotima rompe la ecuación sabio-discípulo, basada en los términos actividad/conocimiento-pasividad/belleza, que se articula en los diálogos simposianos. Es una voz otra que resuena por encima de los dialogantes, y aun del Maestro que la invoca, por lo que queda ungida, por ello mismo, de un aura de libertad. Diotima no está sujeta ni al maestro ni a los discípulos; tal vez sólo a Platón, que la ingresa al Diálogo; aunque, finalmente, pervive en un pliegue de la escritura, sólo la deja habitar el espacio que la sujeta a las palabras, al tiempo que le concede una existencia liberadora y autogenésica. 

Antes de que Sócrates diera su testimonio, Eriximaco, el médico, despachó a la tocadora de flauta, para poder beber y hablar tranquilos: «Que vaya a tocar para sí, y si lo prefiere, para las mujeres allá en el interior». Contrasta la reclusión de las mujeres en el gineceo con el ingreso de Diotima al escenario del simposio.

El aura de una mujer irradia luz por sobre la cabeza de Sócrates («Todo lo que sé sobre el amor, se lo debo a ella»). Por su inconsistencia histórica, podría fabularse como el antecedente precristiano de la pretendida sombra de una Magdalena en el Cenáculo… Más allá de la metáfora, se sabe que la reflexión socrática reflejó su luz en la moral cristiana y, muchos siglos después, en la ética kantiana.

Diotima pudo haber sido un ánima, o un dáimon, como el propio Eros sobre el que discurriera en El banquete con su enseñanza sobre el Amor.  

El amor es algo intermedio a lo bello y lo feo, lo mortal y lo inmortal, la sabiduría y la ignorancia. En la sabia también encarna el deseo. Como Eros, hijo del dios Poros y la mendiga Penia, la propia Diotima habita el fiel de una balanza, entre dionisíaca y titánica, entre el bien y el mal, entre la virtud y lo que le falta para acceder a la felicidad, como el Amor. Por eso mismo, más que como filósofa, se identifica a Diotima con Venus, con aura de Musa y entidad abstracta (puede más la referencia a la belleza y la gracia -la belleza en movimiento, diría Schiller-, que a su pensamiento); y, así, la utilización del mito que hace Platón echa, una vez más, un manto de inconsistencia sobre su figura. Con poca fe en su verdadera existencia, entre los autores escépticos, Octavio Paz le concede apenas una naturaleza mítica: «…se trata de una reminiscencia, precisamente en el sentido que da Platón a esta palabra: un descenso a los orígenes, al reino de las madres, lugar de las verdades primordiales».  

Diotima. Por Józef Simmler

Ciertamente, las mujeres de la Grecia socrática y sofista estaban confinadas al foro doméstico, a excepción de las hetairas, de las que las referencias bibliográficas destacan más su condición de servidoras sexuales, que su participación en las tertulias artísticas y literarias junto a los hombres; se les caracteriza antes que por el cultivo de su espíritu a través de sus estudios, por el de su apariencia física mediante afeites y abalorios. De una forma u otra, las hetairas traspasan los muros del hogar, en mérito a su cultura, su libertad y cierta independencia económica. Alguna de ellas encarna en la estatuaria clásica como sustento de una alegoría (la justicia, la libertad, el amor) sólo por la belleza de sus curvas de estuco… Friné de Tebas, la modelo de escultores, condenada por el delito de impiedad por compararse con la diosa Afrodita, se desnudó ante los jueces para que la absolvieran. Y así lo logró, más que por los alegatos de Hipérides. Tal vez fruto de un delirio, como el del Pigmalión de la Metamorfosis de Ovidio, que sintió la suavidad de la carne en la que se transformara el mármol de su bella estatua, la voz de Diotima pudo haber salido de unos labios de mármol sólo para los enamorados oídos de Sócrates, o para el registro imaginativo de su discípulo.

Diotima de Mantinea no es presentada como hetaira, sino como sabia, y hasta como profetisa. Funda su ser en el espíritu, no en el cuerpo; habita el mundo inteligible más que el sensible. Mito o testimonio, muestra un aspecto órfico, una naturaleza inhumana. Taumaturga que revirtió las secuelas de una peste, preceptora de la virtud y la meditación filosófica, adoctrinó a Sócrates sobre la belleza del cuerpo, del alma, de la ciencia, la norma de conducta y el pensamiento. 

El amor es deseo de lo bueno y de lo bello, de lo bueno y lo bello para siempre, en lo espiritual y en lo corporal (procreación de ideas y de hijos), estado que se adquiere paso a paso, de lo particular a lo general, del accidente a la esencia, hasta llegar a la contemplación de la Belleza en sí. «Esto, Fedro y demás amigos, dijo Diotima y yo quedé convencido». Así, esta vez la refutación y la mayéutica socráticas son ejercidas por Diotima. Como la partera Fenareta, madre de Sócrates, la sabia ayuda a sacar a la luz las ideas. La relación educativa es entre una mujer sabia y un hombre sabio. Del homoerotismo epistemológico al maternalismo intelectual…

Entonces, resulta vano inquirir sobre la existencia real de Diotima, aunque seduce afirmar esa posibilidad. De ahí que la investigación menos frustrante sea la que parta de la premisa de su verosimilitud literaria, de su plausibilidad testimonial, del impacto de su existencia diegética. La asignación de la ocupación de ese pliegue escritural, de ese linde entre lo dicho y la memoria de lo dicho, entre el ser y el no ser, actualiza con seducción la figura de Diotima, y otorga a su discurso una naturaleza noética, un pensar puro, fenomenológico; su idea vive por sí misma aun en el doble flujo de pensamiento de Sócrates y Platón. Finalmente, lo más atractivo de Diotima en El banquete es su presencia virtual, antes que el valor de su discurso; es la invocación de su enseñanza por parte del propio maestro, y el registro de Platón, más que el acierto de sus ideas.

No sólo en esta ocasión invoca Sócrates la enseñanza de una mujer. En el Fedro refiere a las enseñanzas de antiguos sabios de ambos sexos, como Safo. Y en el Menéxeno, se refiere a Aspasia de Mileto (esposa de Pericles), a la que señala con sarcasmo como su maestra de retórica, al evocarla como autora de un extenso discurso fúnebre nacido del pastiche y la adulación. Dos paradigmas diferentes para Diotima y Aspasia, aun ligadas por el valorado don de la palabra.

Diotima enseña sobre el amor y la vida; Aspasia discurre sobre la política y la muerte. Diotima, la auténtica sabiduría, la luz de la dialéctica; Aspasia, la retórica, la megalomanía. Diotima lo privado; Aspasia lo público. Diotima la sabia, Aspasia la hetaira.

En el discurso de Aspasia la mujer procrea porque imita a la tierra, que ennoblece con sus frutos; en el de Diotima, la procreación es resultado de buscar lo bello y la inmortalidad. Aspasia se dirige a los atenienses, a la ciudad, a los descendientes de los héroes de la guerra; Diotima a los discípulos, a los descendientes de los héroes del amor. Aspasia la oratoria, Diotima la poiesis.

El cuestionamiento de su verdad histórica se corresponde con la de otras mujeres a lo largo del tiempo. De algunas han quedado testimonios escritos, como de la filósofa y matemática neoplatónica Hipatia de Alejandría, que, por la ‘herejía’ de su pensamiento, tuvo una muerte cruel en manos de una muchedumbre de fanáticos religiosos. Tal vez la calificación de ‘anónimas’ de muchas antiguas obras literarias y plásticas conlleva el ocultamiento de una femenina autoría. Y el fuego que incendió las antiguas bibliotecas a lo largo de la historia pudo haber devorado algunas de esas labores. Hasta pudo haber encarnado una Diotima en la Justine de Sade, en la Nadja de Breton, en la Aurelia de Nerval… 

Pero Diotima es reivindicada por el autor del texto, y no muere, pervive en su propia ausencia, y garantiza su inmortalidad con su intervención desde la sombra del relato: es una presencia fantasmática imposible de borrar o matar, como sí se hizo con la pagana Hipatia.

Diotima enseña a Sócrates sobre la naturaleza del amor, Aspasia elabora retóricos discursos. Y  Friné se desnuda…  Como en la trilogía del alma de La República, Diotima el alma inteligible, Aspasia el alma irascible, Friné el alma concupiscible. 

Y tal vez como mitades de aquellos seres originales partidos en dos por Zeus,  Sócrates seducido por las razones, Pericles condenado por su pasión, Praxíteles subyugado por la belleza. 

Es una historia antigua, como el alma del mundo.


Dedico este texto a los profesores Hugo Malherbe y Nelly Goitiño, mis maestros,
In memoriam

Referencias bibliográficas

Diálogos de Platón, traducción y notas preliminares de Juan Bergua Ediciones Ibéricas, Madrid, 1941. 

www.librodot.com

http://perso.gratisweb.com/PlatonAristocles/dialogosdogmaticos/elbanqueteodelamor/index.html

Rodolfo Mondolfo: Sócrates, Eudeba, Bs. As., 2007

Rodolfo Mondolfo: Breve historia del pensamiento antiguo, Editorial Losada, Bs. As., 1953.

Octavio Paz: La llama doble. Amor y erotismo, Seix Barral-Biblioteca breve, Buenos Aires, 1996.


Mariella Nigro (Montevideo, Uruguay, 1957). Doctora en Derecho y ciencias sociales (egresada de la Udelar), poeta y ensayista. Tiene publicados nueve libros de poesía y dos de ensayos literarios. Integra varias antologías de poesía y de ensayo. Y ha colaborado en publicaciones literarias y académicas nacionales y del exterior. Obtuvo varios premios literarios nacionales y municipales, entre ellos, en los Premios Nacionales de Literatura del Ministerio de Educación y Cultura. Recibió el Premio Bartolomé Hidalgo de Poesía 2011 por «Después del nombre» otorgado por la Cámara Uruguaya del Libro, y el Premio Morosoli 2013 Categoría Poesía otorgado por la Fundación Lolita Rubial.


Carolina Zamudio. Periodista, poeta y ensayista. Master en Comunicación Institucional y Asuntos Públicos. Entre sus libros destacan, «La oscuridad de lo que brilla», edición bilingüe español/inglés, (Estados Unidos); «Rituales del azar», edición bilingüe español/francés, (Francia); «La timidez de los árboles», (Colombia); «Vértice», edición bilingüe español/italiano (Italia) y «Las certezas son del sol», (España). Premio Universitarios Siglo XXI del Diario La Nación y Corona al Poeta (Argentina). Creó y dirige la Fundación Esteros y la revista del mismo nombre, además de llevar adelante el Encuentro Esteros.