Hellman Pardo y la cristalización de la imagen como método de conocimiento

No sabemos si Hellman Pardo será inseminado por «los ángeles de la locura», o si morirá en medio de una lectura de alguno de sus poemas, por eso lo leemos.

Por Alejo Morales

Los físicos y los poetas pueden diferir en la disciplina,
pero ambos buscan comunicar la belleza del mundo que nos rodea
Stephen Hawking

Según la poeta estadounidense Mary Oliver, el deber de un escritor, contrario a la creencia popular, «no empieza con los sentimientos, sino con el poder de observar». A lo que yo agregaría la atención como elemento no excluyente. El poeta rumano, Paul Celan, la definió como «la oración natural del alma» y es a través de ella que el ser humano penetra en las cosas, y mediante el lenguaje que se inmuniza del desconcierto que le producen. A pesar de vivir en una constante atracción y repulsión, la poesía y la ciencia albergan en su núcleo la atención como motor de búsqueda a las preguntas que emanan del mundo. La poesía vista por la ciencia positivista como materia marginal en el pensamiento humano y la ciencia vista por un poeta como Keats dispuesta a «cortar las alas de un ángel», a disolver la belleza, a pincharla con una aguja, a disecarla y exhibirla en un museo. No obstante, estas visiones antagónicas expresadas por ambas partes, no han logrado desgastar el vínculo que las ha emparentado por milenios.

Es en la poesía —en su forma escrita— que abordamos cuestiones tales como ¿de qué está hecho el mundo y cómo llegó a ser? «El mundo descansa sobre el agua», fue la primera afirmación con propósito científico de Tales de Mileto, al observar cómo la vida brota del agua en nuestra esfera biológica. Es así como la ciencia nació en la poesía. La epopeya de Lucrecio sobre los átomos, Sobre la naturaleza de las cosas, continuó esta tradición que ha tenido en Dante, Whitman, Ernesto Cardenal o Tracy K Smith, herederos al intentar explicar las interacciones plurales del universo a través de la lucidez poética. Científicos y poetas se centran en los detalles. Ambos buscan mirar la realidad subterránea de las cosas, empujando los límites de la imaginación humana. Si, con Wittgenstein, creemos que «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo», es por medio de la poesía y la metáfora que esos límites se estiran e incluso se diluyen, siendo esta última elemento basal, tanto para el descubrimiento científico como para la lírica. Una nueva metáfora es un nuevo mapa del mundo. Incluso las matemáticas usan metáforas; y aquí es donde se unen formas más condensadas de poesía. la metáfora del cerebro fue para Hipócrates, una bomba hidráulica, transmisora de los cuatro humores (bilis negra, bilis amarilla, flema y sangre), y para Galeno, una bomba similar que transporta «Espíritus animales» que dieron lugar a temperamentos.

Fue el poeta inglés William Wordsworth quien describió a un científico como «uno que espiaría y botanizaría sobre la tumba de su madre».  En Física del estado sólido, Hellman Pardo deja una sensación parecida mediante un apetito enciclopédico, que mastica los nombres históricos a los que el autor regresa de manera temporal y fantasmática para que ejecuten su obra. El libro comienza con una cita de Poncairé: «Es por la lógica que demostramos / pero por la intuición que descubrimos». Esto suena en principio como una extensión a las palabras ya mencionadas de Mary Oliver: es por el poder de observación que el poeta y el físico descubren, y es el núcleo por el cual, mediante las experiencias imaginadas de los hombres y mujeres que pulieron las ramificaciones de las ciencias exactas, que Hellman encuentra la forma de expresar y sintetizar poéticamente, un mundo gobernado por leyes físicas. Así, logra que nos importe lo que en la escuela nos hacía bostezar o rascarnos secuencialmente la cabeza. Los números primos, los elementos de la tabla periódica, las ondas o los agujeros negros, tienen una función poética que, en cierta medida, cuestiona y reprograma nuestras respuestas instintivas y culturales a las nociones científicas. ¿Acaso poesía y ciencia no pueden confluir en un cuerpo siamés que destile en una misma lengua teoremas y metáforas? Hasta cierto punto, los poemas de Hellman nos conducen a una respuesta que socava sutilmente la lógica que apoya la exclusión de la poesía como forma de conocimiento, que la clasifica como lo «otro».

Es llamativo lo ágiles que se comportan estos poemas, a pesar de sus numerosas y densas alusiones. Ya desde la primera sección Teoría de Números, percibimos que tanto humanos como números comparten un destino solitario: «El verdadero camino hacia el purgatorio está en π porque, como el amor, / es la representación de una constante solitaria que se corrompe en el grito circular de la pérdida». En el poema π los números también representan emociones humanas, y no solo símbolos «de la gran mentira que da cuerda al mundo». Pero va más allá en el poema La soledad de los números primos al darles una corporalidad animal y una conciencia de lo que significa la pérdida real de todo contacto humano: «los números primos son aquellos moluscos / que no se tocan nunca».  Esta humanización del número también va acompañada por una escritura de los mismos como nombres propios: «treintaysiete pulgadas», «treintayunmil manubrios de bicicleta», o «cincomilsetescientosnoventa ejercicios».

Con mayor encanto, el poeta nos expone a viñetas experienciales en donde los personajes históricos se pasean por las avenidas de la ficción.  Se nos dice por ejemplo que Kant «nunca salió de Königsberg / porque el mar Báltico nacía en el invernadero fluvial de su casa»; que Virgilio dibujo los círculos del infierno ante la incapacidad de Dante de ajustar su diseño a la medida de π; que Novalis le dio un bebedizo de mercurio a su amada de trece años y ésta terminó salpicándole la cara de moscas. Del mismo modo elabora desviaciones históricas para eventos que modificaron la historia de la humanidad: como decir que Hiparco se consumió en las llamas que devoraron la Biblioteca de Alejandría o que: «El cero apareció cuando los cristianos / asesinaron a los islamistas en las cruzadas», ya que era imperativo contar las cabezas decapitadas de las facciones que defendieran el espíritu de la yihad.

Hay un sendero borgiano que el poeta colombiano pisa con la inserción de estos personajes que (como los metafísicos de Tlön) «no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro». Un asombro polinizado por la imaginación que no genera pruebas sino posibilidades. Para la historiadora Wanda Tommasi, la imaginación «Es una facultad cognoscitiva anclada en lo real» de la cual la ciencia y la historia se han impregnado para explicar los fenómenos de la naturaleza, inexpresables mediante un lenguaje normativo, o para rellenar los vacíos de archivo existentes en todo período histórico. En ciertos episodios que delinean su potencia imaginativa, Hellman aborda la física como una rama de la literatura fantástica: «Cualquier gato encerrado en una caja / es un dios que no puede multiplicar a los peces». Es por medio de este derrame imaginativo, que el autor pone las piezas faltantes del esqueleto teórico que los genios de la ciencia llegaron a modelar.

De esta manera, las líneas divisorias que separan los binomios ciencia y poesía o historia y literatura, se ven diseminadas en los dedos del autor que, en distintos pasajes, da cuenta del amplio arsenal imaginativo que posee al enunciar que «el primer / número / de la / humanidad / fue tallado por una mujer en el / peroné de un babuino hace / veinte mil / años» o equilibrar el procedimiento metodológico con la materia poética en Fisión, donde la austríaca Lisa Meitner «logró que los núcleos pesados de la materia / estallaran en un microscopio cuántico / como si fueran una escuadrilla de calamares gigantes / frente a una escuadrilla de fusileros». A su vez, en Inestable desarrolla la impermanencia de un elemento químico tan espectral como el astato «es el ornitorrinco de todos los elementos, / porque posiblemente sea un gas, un metal, un líquido / y viva en el caparazón de una ostra».


De otra parte, los poemas de Hellman habitan un tiempo psíquico y heterogéneo, dondelo posible del pasado nos lleva a pensar en lo posible del presente y el futuro, donde los nombres se deslizan como gotas de lluvia sobre el parabrisas en movimiento de la historia. Una posición ante el tiempo similar a la de Walter Benjamin en donde el pasado «ya no es tomado como punto fijo dentro de una línea temporal» sino como un flujo devenir, es decir, los acontecimientos pasados que relata Hellman de la historia científica, se vinculan entre sí y con el presente más allá de una idea de casualidad, sino por saltos y colisiones que entretejen las escenas donde los personajes se animan y desaparecen con sus descubrimientos, según la elección de la voz lírica que los dirige fuera del cuadrilátero de la página. Un ejemplo de esta visión fracturada de la temporalidad la vemos en El último teorema de Fermat: «Vamos al futuro. No a nuestro futuro. / Al futuro de Pierre de Fermat, es decir, a nuestro pasado».

Además de emanar un modelo temporal discontinuo, en cada poema gotean las representaciones pasadas de la figura del genio, que se destruye a sí mismo en el proceso de invención o descubrimiento, al olvidarse de sí mismo en función del resultado, del eureka brillante que alivie su hambre de eternidad. A eso se suma la falta de conciencia corporal en varios de los personajes, en donde solo el nombre sobrevive más como personaje de ficción que como ser humano. Ese nexo epidemiológico que infecta tanto a poetas como científicos es la soledad, que degrada los cuerpos humanos enlazados a una crueldad irónica, que hizo de sus investigaciones un puente hacia dos estados destructivos sin retorno, la muerte y la locura. Como a Marie Curie vestida de radioactividad, o Dmitry Mirimanoff que «se asfixio con su propia saliva / cuando despejaba incógnitas y bebía el vodka» o a Ignaz Semmelweiss, médico húngaro reconocido por elaborar la teoría, según la cual, con lavarse las manos basta para eliminar los microbios, y quien murió de hipotermia dentro de una clínica psiquiátrica «en la jofaina / donde los pacientes acostumbraban lavarse los pies, / [no las manos]».

Hellman juega con el lenguaje, manipulando definiciones típicas, las biografías y la estructura formal de los poemas, como lo muestra la última sección denominada Interacciones. El poeta fisura lo que hemos llegado a considerar como norma. Esto abre opciones sobre cómo elegimos vernos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. En más de una ocasión cita poetas latinoamericanos que arrojaron una definición poética de un fenómeno estudiado por la ciencia, así el colombiano Rómulo Bustos dice que «la función del hemisferio derecho del cerebro es soñar a dios» o el peruano Eduardo Chirinos detalla «el ruido es lo que el baúl asediado de polvo propaga cuando, después de años, es abierto». Las definiciones poéticas se entremezclan con la historia semificticia de los personajes científicos y literarios y con las definiciones que el mismo poeta enuncia en un poema caligramático como (#): «el número / no es / una simple / abstracción, / es el mecanismo que tiene el siglo / para fracturar la realidad», de este modo el número como entidad intangible, se fusiona con el tiempo en un híbrido eterno con la forma de numeral. Mientras en los poemas Ruido y La excitación de los electrones, un orador posiblemente autobiográfico explora brevemente su etapa escolar y universitaria como ingeniero electrónico, en la que un profesor de apellido Bonaparte expone el ruido blanco como «la voz del mundo», y esto es interpretado por el autor, como un momento en que la poesía se reveló con toda su intensidad: «El profesor… Bonaparte, sin saberlo, fundó en esa frase la poética del grito».

En Física del estado sólido la carne se manifiesta en su potencia animal: «los pulmones enfermos de las luciérnagas», «el estómago de la ballena jorobada», «la pluma arrancada del ibis», «el tórax erosionado de la libélula». Todas ellas, demostraciones de la experimentación con animales que en nuestros días ha alcanzado su punto neurálgico, con la animación del conejo Ralph y su anatomía destruida por la industria del maquillaje. También, en esta colección existe un poema que evidencia cómo el avance de la tecnología implica potencialmente un despojo de la humanidad al ser utilizada con fines bélicos. Hellman nos muestra en dos poemas la ciencia como sinónimo de extinción. En Entreguerras al físico alemán Max Planck (el hombre que diseñó la teoría cuántica) aturdido, después de examinar a su último hijo muerto. Mientras que, en Fisión, narra el detrás de cámaras de la partición del átomo, y la implicación encubierta de una figura femenina: La científica austriaca Lise Meitner, un nombre tachado por décadas del reconocimiento científico, y cuyo mayor logro ayudó a la planeación y construcción de la bomba atómica, además de ser excluida de un lugar privilegiado en las gradas de la física, al darle a su compañero de laboratorio Otto Hahn el Nobel, quien como cita el poema moriría «sin conocer la palabra átomo o la palabra uranio».

En este libro la poesía se despliega y trasgrede lo que nos es familiar, desgarra el sentido, contrario a la gramática de la física o la química, que esquematiza y evoca lo ilegible.  Al sumergirse en cada página uno queda con ese sentimiento extremadamente fuerte —a la vez somático y simbólico— por medio del cual los personajes históricos buscan comunicar sus necesidades afectivas. Hay una terrible belleza en el descubrimiento, en las demostraciones matemáticas que alimenta la teoría, una violencia disimulada procedente de la continua experimentación. Los nombres de Hipatia, Euclídes, Novalis, o Lovelace, son tejidos visibles de cuerpos que padecieron dolor, justo en espacio de autodestrucción. Parece existir una negación de la propia fisicalidad en favor de la ampliación de su mundo mental. Solo en Ruido parece haber una verdadera interacción humana entre Hellman y Carolina, cuando él insiste «Vamos al laboratorio a observar cómo se excitan los electrones». Allí el deseo no se reduce a un valor numérico sino es, más bien: «el martillo que tiene Dios en sus dedos / para atormentar a los hombres / y provocar su caída».  El deseo de compartir una emoción humana, de unión con otro ser, de completud, se trasviste en el deseo adánico de la nominación. Estos genios son los que encierran sus pasiones en una caja, y día de por medio como en El gato de Schrödinger, las miran de reojo, encontrándolas en un estado intermedio de vida y muerte.

Física del estado sólido es un híbrido entre ciencia, historia y poesía, donde se halla en el lenguaje los rasgos sintomáticos por los que estos hombres y mujeres se disuelven en su propia búsqueda-conocimiento. Esas fuerzas psíquicas que se disputan el cuerpo direccionado hacia la muerte, esa polaridad del individuo que se mueve hacia la soledad del laboratorio o de la habitación, donde dibuja las paredes poemas o teorías que de algún modo lo empujaran fuera de esa primera instancia de soledad a la que se entrega por voluntad propia, a la vez que busca desesperadamente, a través de su genio, escapar de ella. Este libro es también una rotura en el paisaje conservador de la poesía colombiana, a menudo enterrada entre la búsqueda de un silencio estéril y un cielo colorido de aves que roncan ante la voz memoriosa de los poetas con sotana. De este modo, Hellman Pardo se suma a la generación de poetas nacidos en los ochenta y noventa, que busca mediante la potencia narrativa limpiar el lirismo rosa que tanto ha nublado la mirada crítica de la poesía colombiana, a la vez que nos deja pivotando una serie de preguntas que esperamos no encuentren una respuesta inmediata en usted que piensa leer este libro o en mí, que ya lo he leído y sigo sin querer buscarlas: ¿Qué motiva a los seres humanos a perderse en su propia cabeza, a dejarlo todo por la pasión de descubrir? y ¿Dejaríamos abandonada nuestra anterior vida, como una piel muerta sobre un río, por sumergirnos en esa pasión? Hellman, como los nombres históricos que aparecen en este libro, dejó su carrera por la pasión de escribir poesía, de descubrir mediante el lenguaje realidades que completen el sentido que nos hace ser como somos.

No sabemos si el autor de este libro será inseminado por «los ángeles de la locura», o si morirá en medio de una lectura de alguno de estos poemas, haciéndose viral en YouTube. Si esto llegase a pasar, le deseamos, como en su poema Agujeros Negros, «la posibilidad de la resurrección en el sueño de las enanas rojas» y si no es así, que siga encaramado en su computadora, escribiendo desde una constante renovación de su lenguaje, con la misma vitalidad religiosa que un físico sigue ensayando ecuaciones que den brillo a una teoría sobre el origen del universo.



Hellman Pardo Bogotá. Entre sus reconocimientos se encuentran los Premio Nacionales de Poesía Casa Silva, Eduardo Cote Lamus, Festival Internacional de Poesía de Medellín y Ciudad de Bogotá (en 2020 por su libro Física del estado sólido). Sus libros más recientes: Reino de Peregrinaciones (2018), la antología He escrito todo mi desamparo (2019) y la novela Lecciones de violín para sonámbulas. Es editor de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida



Alejo Morales Bogotá, 1993. Es estudiante de Historia en la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Participó en el taller de poesía de Biblored Furia de Pájaros en 2015, en el Taller de Poesía de la Casa Silva en 2017, y en el primer semestre de 2018 participó del primer Taller Distrital de Poesía de Idartes. Censista de cabecera y lector autodidacta de poesía, ha participado en los talleres de poesía del Festival Internacional de Poesía de Medellín.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.