Miguel Falquez-Certain, La fugacidad del instante

La novela de cuando fuimos niños. Falquez-Certain hace una viaje a la vida de la infancia y de la magia, si es que no son lo mismo cuando ya somos adultos.

La fugacidad del instante: el polvo mágico de suceder

Por Juan de Dios Sánchez Jurado

Sobrevivir. ¿Qué significa sobrevivir a una pandemia? ¿Qué significa para un hombre homosexual nacido en el Caribe colombiano en la década de los cuarenta el estar vivo y coleando en el 2021? ¿Qué significa sobrevivir a una pandemia? Haber sobrevivido a tantas y tantos que ya no están y cuya historia de vida y tono de voz jamás escucharemos porque se los llevó el pandémico ángel del exterminio. ¿Cómo podría aquel hombre nacido ocho meses después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, que creció en una moralista, racista y aristócrata Barranquilla, que terminó de hacerse adulto en Nueva York, que presenció la manifestación de Stonewall, que pasó por los campos del Woodstock del ’69, que tiene una relación con la palabra que va de la poesía, al cuento, a la dramaturgia, a la traducción, disponerse a escribir una novela que condense lo vivido y lo leído, lo revolucionado? ¿Bastaría narrar los hechos tal cual ocurrieron para arrebatárselos al tiempo ya ocurrido, al instante fugado?

En La fugacidad del instante, el escritor Miguel Falquez-Certain, barranquillero radicado en Nueva York, nos presenta su primera novela, un volumen de 682 páginas que, desde el inicio, pone de frente un manifiesto: esto no es una autobiografía. Esto es ficción y los personajes, excepto las figuras públicas, son producto de la imaginación. El epígrafe de la novela, autoría de Poe, reza: no hay nada que la mente de un hombre pueda imaginar que antes no haya existido realmente. Y entonces, el protagonista de la novela, el niño que nace medio muerto, asfixiado por el cordón umbilical enredado en el cuello, no será Miguel Falquez, será Carlos Alberto Rivadeneira Laurent, bautizado así en honor al médico que lo devolvió a la vida, sumergiéndolo en agua helada. Tres gemidos casi imperceptibles le bastaron a la criatura Carlos Alberto para confirmarse en el mundo de los vivos. Sobrevivir. Librar una batalla contra la muerte desde el mero instante del nacimiento. La visión de la seductora cara del actor Tyrone Power sirve también para que Carlos desee quedarse: ante el asedio de la muerte, el deseo como arma para oponérsele.

Y es que en La fugacidad del instante se trata de sobrevivir. Son veinticuatro capítulos de intensa escritura, detalladas descripciones, pormenorizados personajes y escenarios, con los que el autor nos confirma, en cada línea, que la manera de oponerse al asedio de la muerte, a la angustia por la muerte, es el deseo. En la vida tanto de Miguel como de su criatura Carlos Alberto, el deseo se manifiesta de dos formas: la magia y la palabra.

La portada de la novela es una foto sonriente de Miguel Falquez en sus tiempos de niño mago. En la novela es Carlos Alberto el que se convierte en mago porque desea intensamente la atención devota de su padre, ese hombre que, según intuye sin poder expresarlo en palabras, algún día ya no estará. Yo quiero aprender, papá, le pide un Carlos Alberto de cinco años a su padre, luego de ver cómo éste fue el centro de atracción de la familia y de sus invitados a una fiesta cuando hizo desaparecer un cigarrillo encendido luego de ocultarlo en un pañuelo. Y el padre le dice que no al niño consentido de la madre, de las tías, de las mujeres que trabajan en su casa, la niña de los ojos de propios y allegados a esa casa, al niño cuyos primeros años de vida han quedado registrados en películas filmadas por el padre. Ese niño recibe un no cuando le pide al padre que le revele el secreto de la magia. Al niño que no lloró ni siquiera al nacer, se le llenan los ojos de lágrimas a punto de desbordarse. Con un calor dentro del cuerpo que aún no tiene edad para nombrar como deseo, le promete al padre que trabajará día y noche para aprender la magia y no desencantarse después, para ser el hijo mago deseado por su padre, el hijo que no lo decepcionó.


A partir de la fundación del deseo en el cuerpo del niño Carlos Alberto, por la magia y por el padre, inician sus aventuras como celebridad de su región y también en el extranjero. En Nueva York se presenta en el programa de Ed Sullivan la misma noche que Los Beatles. Es el mago más joven del mundo. Después vendrá la adolescencia y la proyección de ese mismo deseo ya no hacia la magia del padre sino hacia otros hombres, la deseada ingle contra la cual golpearse y también acurrucarse.

A Carlos ese calor del cuerpo que lo anima como un ánima lo hace aferrarse a la magia y sobrevivir. La muerte, tantos tipos de muerte, el amor y el desamor, lo rondan desde el nacimiento, la conciencia de la fatalidad lo asedia desde temprano. A los diecisiete años, mientras camina del brazo de su madre a recibir el diploma de bachiller, decide que es el momento de contar su historia. Carlos decide contar para desafiar a la muerte, la fugacidad del instante que en cada momento hace perecer y germinar los momentos que sumados llamamos una vida. Un cúmulo de páginas pasajeras que de no escribirse se esfumarían consumidas por las llamas del olvido. Páginas caníbales y proteicas, la vida que se consume a sí misma con la misma boca que le sirve para parirse.

Ante el aire frío tan frío gélido de la muerte, el calor de los cuerpos que desean para contrarrestar la fugacidad del existir, abrigo de ingle caliente para derramar en cada instante el polvo mágico de suceder. La escritura como doble mecanismo para reconocer la fatalidad de cada segundo y, al mismo tiempo, oponerse a su desaparición. Lo escrito (por Miguel y por Carlos Alberto) es la vida que sobrevive, la confirmación de un pasado del que sin escritura no quedaría ni el humo. Miguel y Carlos Alberto escriben porque desean entregarnos el calor de sus cuerpos para sostener su historia en la ilusión de la eternidad. La vida del autor, el peso de tanta época pasada y gozada, entregada al truco de la escritura, para revivirla en Carlos Alberto, para quitarle el cordón umbilical del cuello a los instantes y dejar que el oxígeno les penetre en el cuerpo para declararlos vivos. La sustancia vital que al mismo tiempo los hace envejecer. Desgastarse con cada bocanada de aire y al mismo tiempo usar ese aire para sostener el cuerpo deseoso que escribe la vida de otro cuerpo deseoso que también escribe. Miguel Falquez nos lleva de la mano de su ficción, a veces poética, a veces periodística, por las aventuras de Carlos Alberto que sobrevive para que, al leer su trasegar, revivamos su formación como mago, escritor, hombre homosexual, colombiano de Barranquilla con una vida también en Nueva York.

Carlos Alberto, la criatura de Miguel Falquez, el avatar que le sirve para volver a suceder, para que la infancia y la adolescencia, el origen del deseo, no sean simplemente alimento para las fieras del olvido. Para confirmar que el pasado es un cadáver que, como decía Walter Benjamin, siempre podrá dar el salto a la salud, al milagro, a la vida, esta vez por arte de magia y palabra. Abracadabra para convertir un pañuelo en paloma, la vida que vuela su instante en lo existido que, como dijo Poe, es la fuente de la imaginación. Aunque pareciéndolo, este libro no sea una autobiografía, Miguel Falquez, el autor, revive en cada página para que, igual que su avatar, pueda sostener un diálogo con su propia imagen, logrando la épica de esta voluminosa novela que es también una carta para el futuro. Una larga e intensa epístola para que homosexuales como yo, nacidos en el Caribe colombiano en los ochenta, podamos dialogar con las imágenes de una época importante de nuestra historia. La proyección detallista de un filme para ver las cosas con los ojos que las vio Carlos Alberto, la criatura de Miguel, para reconocernos en esa historia y confirmar que somos porque otros fueron antes que nosotros.

Al final del libro, y esto no es un spoiler, la muerte vuelve a ocurrir, pues la muerte ocurre muchas veces a lo largo del libro. Carlos Alberto, siempre desde el instante de su ceremonia de grado nos cuenta, con la admirable y fresca longitud de su aliento, lo que ha sido la suma de sus diecisiete años fugaces. Aferrado al brazo de su madre, imagina tener toda la vida por delante sin que por ello no tenga asimismo plena conciencia de las persecuciones de la muerte: resignado acaecer natural y a la vez angustioso presentimiento. Sin embargo, tiene su magia y su palabra para sostener lo vivido en la ilusión de lo eterno, para llevarnos desde la primera hasta la última línea de esta novela a persistir en la afanosa faena de la supervivencia.



Miguel Falquez-Certain. Nació en Barranquilla, Colombia. Ha publicado cuentos, poemas, obras de teatro, ensayos, traducciones y teatro, libro, y críticas de cine en Europa, América Latina y los EE.UU.



Juan de Dios Sánchez Jurado (1984). Estudió leyes en la universidad pública del Claustro de San Agustín. Se graduó de la maestría de Escritura creativa en español en el Yankee Stadium de El Bronx, donde también ha sido profesor de español para Heritage Spanish Speakers. Desde 2006 dirige la revista www.cabezadegato.com.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.