Una Antología de América, por Carlos Ernesto García

García nos presenta en esta selección diecinueve poetas de diferentes países de América en un abanico rico y heterogéneo, de registros y edades.

ANTOLOGÍA POESÍA LATINOAMERICANA

Selección de
Carlos Ernesto García

HUGO FRANCISCO RIVELLA (ARGENTINA)

CARTA DE UN MORIBUNDO SIN ESTRELLAS
por Rilke y sus fantasmas

Poeta, escribe,
no tengas miedo al fracaso, vomita junto a Bukowski o tiende tus flores rotas con
Enrique Molina,
únete a la deriva de Olga Orozco y bebe del putrefacto vino de Bustriazo.
No temas, no te alteres, no mendigues. No gimas como Cristo.
Escupe como Judas.
Sal a beber el mar con sus astillas, las ballenas azules de Jonás,
las palmeras, los dulces bananales, la isla con sus pájaros exóticos.
Bébelo como Shilley cuando las tempestades
o húndete en la sombra de Alfonsina desnuda.

Párate frente al mar hasta que tiemble su corazón de pájaro.

Poeta no esperes al poema en el altillo,
salid a buscarlo por todos los rincones, no lo dejes huir ni sollozar, tómalo de la primera
letra que te ofrezca, exprímele los sesos.
No lo esperes sentado como se espera a una mujer lejana.
Amigo, escribe con todo el Universo bajo el pie,
que chillen las luciérnagas y los tigres no puedan sostenerte la mirada,
que el crítico de estilo emigre a otros planetas,
y tu lengua, húmeda y secreta, lama el cuerpo del amado y sus rosas.

Escribe hasta que la eternidad te pida perdón de rodillas.

De: ENDENTRO DE MÍ y el poema posible


CELEBRACIÓN DE LA POESÍA

Su destino es seguir sin detenerse a espiar el calendario
en el que los muertos celebran sus derrotas.
Seguir entre magnolias y caballos, al galope, tal vez, desenfrenado,
orillando el abismo y las estrellas, el salto al infinito y la galaxia abierta como un ojo.
Seguir a ras del piso lo mismo que un ciempiés,
pisarse los talones de tal forma que el que persigue termina perseguido.
Subir a los balcones con agua amanecida,
perfumar las terrazas donde el sol se desploma.
Traspasar la frontera de los reyes y el tiempo, las ojeras dolientes del avaro,
los párpados cerrados de la niña y el temblor de sus labios.

Su destino es seguir sin detenerse

Cruzar toda la tierra cruzar los durazneros cruzar la luz deshecha del hombre y su
esqueleto,
el misil que se ensaña con la mujer desnuda.
Su destino es seguir a cuatro patas a zancadas a flor a rienda suelta,
cavar el occipucio del traidor y quemarse en la rosa que despena los días.
Su destino es seguir sin detenerse
Rezar en el infierno y blasfemar su orilla, gritar las sinrazones del calvario y la llama.
Socavar los cimientos de todas las iglesias y andar embravecida como un perro sagrado.
Seguir siempre adelante aunque no tenga fuerzas,
a jirones, con las uñas clavadas en dios o en sus halcones,
seguir herida errante
sin rumbo cierto acaso
agónica
vencida.

Su destino es seguir siempre adelante

Inédito


POEMA IX

Lluviarme la cabeza donde luzco ociosamente mi gentil sombrero
los zarcillos de plata en los que canta el cincel más sonoro del platero
la cabeza del ruin del unicornio que escapó de Perrault y el laberinto
la cabeza más simple del notario que llevaba las cuentas del infierno
que anotaba la fecha la cosecha el aluvión de cobre por el río
el caracol la flor de los maizales de la espiga del trigo y la mazorca como un niño dormido
en San la Muerte
la cabeza que piensa la injusticia la de Hegel de Marx del Che Guevara
de Hugo Chávez Fidel Flora Tristán y todas las mujeres libertarias
la cabeza en el pie de Maradona para meterle un gol a los ingleses y el arcoiris parezca tan
pequeño porque aunque suene el poema estrafalario
al mismo dios han puesto de portero
la cabeza del Chacho Peñaloza en la pica más cruel del unitario que en la plaza de Olta anda
sonriendo anda lo más oronda respirando
la cabeza de ciento de mujeres que en el Alto Perú dejaron todo
la de Juana de Arco y de María que tienen lágrimas con sabor a miedo
la cabeza que toma por asalto el cuartel de Moncada y con Ariadna supieron del oscuro
laberinto la de Sor Juana Eva Juanamanuela Alfonsina con Plath
y la palabra tirada en un espejo
la cabeza rumiando cada noche el verso que le falta a la ternura
las hendijas que cuenta el presidiario las del cura que cuentas las del cielo
la cabeza que rueda mientras piensa.

De ORACIÓN POR MI CUERPO y sus ladridos, Premio Leonor, España


HAROLD ALVA (PERÚ)

Filosofía de un puente

De un momento a otro
El mundo es la calle donde observas
Cómo cae el agua de los techos
El parque de la nostalgia
Que empieza a sitiarte con sus bancas
Para que tu sombra se reduzca
A una vieja cuadra
A los pasos que se anuncian
En la edad del último poema
En su encabalgamiento
Preocupado por la respiración
Por la tos de un verbo
Que enfrentado a su silencio
Detiene la brisa del malecón
El tedio de un árbol
Que copia la rutina de los ciclistas
La ansiedad de los runners
En un símil que nada tiene que ver
Con mi voluntad de corsario
La maldición de un puente
Que se rebela contra el vacío
Y la tarde mordiéndonos
Con la voracidad de un animal
Como quien interpreta una tocata
Un himno marcial
Una bandera de resistencia.


Declaración de agua

Un hombre se acerca a su reflejo
Le pregunta por sus manos
Por el agua de su infancia
Observa el cielo
La cordillera
Sobre la que detiene sus palabras
El aguacero de metal
Los túneles donde ha perdido
Las luces del crepúsculo.

Un hombre otea
La iracunda forma de su abismo
Los síntomas del vértigo
A quien se entrega
Con las agallas de un pájaro marino.


Nocturno

Se detiene
Frente a la última banca
Del parque de su cuadra
Observa su perfil
Y huye
Evita el estallido
De la presión
El aleteo de murciélagos
Que regresan a sus ojos
Como quien se pone de pie
Sobre una antorcha
Que dialoga con su flama
Oculta su nombre
Mira el cielo
Captura su inmensidad
La desesperación
Que lo hace temblar
Dibuja en el aire
La cabellera de su padre
Le acerca la nostalgia
Y lo escucha atento
Sobre la última banca
Del parque de su cuadra
Toca la forma
De su sombra
Retira los pies
Para no ensuciarla
Corre hacia el lado más ruin
De la tiniebla
Escribe los nombres
Y apellidos
De todos sus fantasmas
El tipo de su sangre
Sus marcas que brillan
Como tatuajes
Las pastillas que calman
Su ansiedad
Los ataques de pánico
Y vuelve la cabeza
Hacia su jaula
Como quien se detiene
A respirar
Con aquel cadáver
Que escribe
Sobre la última banca
Del parque de su cuadra.


PAURA RODRÍGUEZ (BOLIVIA)

Del agua

No sé cuál será mi estado natural
tal vez
el barro.

Ahora,
cuando estamos en el mismo tren
la misma olvidada camisa
será camisa papel
camisa de nada.

¿Qué puede haber tras las paredes?
¿Tras los rostros indecisos
de las sombras
de la tarde
cargada de nombres?
Que todo sea
como las olas lo sembraron.
No sé si soy yo.

Palpo mis pies rozando el empedrado.
Tuvimos que callar
contar hasta el fin
volver.

Materia mía
no estás en mí
sino en el aire
óvalo de vida
razón sin epitafio
baile de sombras que escriben sombras.
Busco algo de mí
para hilvanar esta tierra,
digo y desdigo mi muerte,
cada momento sospecho mi silencio.

El andar de mi piel
lleva todavía los restos de algún latido,
de alguna hoja muerta.

La sangre quiere añadirse a las horas
al tiempo horadado por rumores
de sombras maquilladas.
La sangre guarda en su lecho
un poco de flores.

Y una voz
repite nuestras voces en un eco remoto
que no habla
pero afirma el secreto de los días.
No esperaré mi voz
no confundiré mi espacio con las nubes
por ahora,
las palabras llegaron al punto de partida.

(Del libro Ritos de viaje)


Pez de piedra tres (fragmentos)

Busco algo que ocultan mis manos:
una pequeña pieza de relojería
anterior a nuestros huesos
que ahora sólo existe en el paladar,
como alguna melodía,
como voz providencial.

Una luz lejana invade los retratos de mis muertos,
me acongoja el paladar,
me florece la triste sílaba que no alumbra mi cabello,
me digo a mí misma estas cosas
que no son siempre las mismas,
y son casi siempre el agua.
Cosas,
con las que voy a caminar por alguna calle reciente en
mi memoria.

(Del libro Pez de piedra)


6

Cruje como madera seca el alma.
Se arruga como un pañuelo.
Pinta su rostro de otro rostro.
Miente el alma.
Finge una voz inexistente.
Revienta como un volcán.
Huye.


8

Habrá que arrancarle una locura
a este mudo atardecer de plaza ajena:
troncos lanzados al cielo,
está ese mendigo loco que escribe números:
harapos trapos desechos.
Tus ojos pacientes,
mi ojo pertinaz,
la tozudez,
el desvelo:
tu muerte ha estado ahí,
siempre.


14

Cómplice es mi boca
que cierra la ventana con su silencio
y enmudece la luz
de las flores amarillas que tanto quiero.
Pestañeo intermitentemente
sin llegar al tren de la tarde,
sin siquiera saber de los vagones oxidados.
Cómplice del olvido es esta boca hermética
que no sabe del patio sembrado de losetas y grama.
Allí crecía pasto en la piedra y en el zinc.
(Casa de fantasmas deshabitada).
Letra a letra
copiaré tu rostro,
desdibujaré los guiños.
Nunca atardece
del mismo modo
en que avanzan tus dedos hacia el interruptor.
Un poema podría ser el mejor refugio para tus huesos,
para tu fémur olvidado.

(Del libro Como monedas viejas sobre la tierra)


8

El cielo
tiene un aullido
de lobo,
nos lame
larga y anchamente
con ternura de vaca.
Nos doma
en tarde rosada
que casi sangra,
vacía de silencios.
Acontece
entonces el tiempo:
ralo,
escueto,
digamos que corroído por el uso.
Insurrecto
resbala entre los dedos:
es nada.


10

Quizá mordiste demasiadas veces la tristeza.
Te sangró la palabra.
Por el ojo de la ceguera
te manó el olvido.
Te salvaste.
Arropaste tus huesos.
Puliste tu alambique.
Con el corazón abierto,
latiste.

(Del libro Pequeñas mudanzas)


LUCÍA ESTRADA (COLOMBIA)

Del tiempo de este reino

Siempre habrá paredes detrás de las paredes, y más allá, otros muros escalando su altura. Siempre habrá falsas historias, lecciones, oscuros presagios, señales que limiten tu natural inclinación a huir antes de que la jauría te dé alcance. Pero sólo allí, en ese laberinto seco y mezquino, advertirás el solitario tránsito de lo que pudo ser una ceremonia compartida.
Tantos cuerpos vacíos buscando un norte; tantas manos incapaces de palpar nada nuevo bajo el sol.
Sin rostro, sabes que bastará un pequeño argumento de la muerte.
Más solitarias que tus pasos, las hojas de hierba crecen hacia la nube de polvo. Más desvaídas que tus gestos, las piedras rehacen una y otra vez el camino.
Cada cosa parece dispuesta para ser arrebatada, entorpecida, humillada. Cada cosa, sin embargo, está siempre a la altura de tus ojos, y de los ojos que resistan esperando del mundo sus absurdas apariciones.
Nada respira contradiciendo el tiempo de este reino, que sigue en línea recta hacia adelante, hacia el abismo. Pero la noche, más generosa que tus manos, y mucho más honda que el pozo sediento de tu corazón, apacigua el deseo de levantar nuevos muros en torno a fantasmas sin nombre.
Allí donde todo sucumbe, algo o alguien – acaso- logre saltar el impedimento; alguien o algo avance por fin contra la corriente.


De luna y tenebrario

“Tú duermes. Y tu aureola se enciende como nunca y me incluye como si yo también tuviese aureola”.
Marosa Di Giorgio

A mi madre

Toda la noche lidiamos con las aguas. Yo sostenía de este lado las paredes y los techos, tú preservabas el oro de los tigres. Ningún abismo se interponía entre nosotras, envueltas como estábamos en la misma crisálida de invierno. Pero tú parecías más fuerte. Al tiempo en que restablecías el rostro deshecho de tus hijos, tejías gasas y delicados mantos de seda que cubrían todo el paisaje. Más allá del sueño, más allá de mi propio y estrecho laberinto. Al menor soplo del viento, oficiabas pequeñas ceremonias para alejar la tormenta. Yo te miraba desde mi estatua de sal, incapaz de mover los labios, devorada por la sombra desde el vientre hasta los ojos, enferma, como el destino que no acaba de cumplirse. Atenta a los designios de un dios tan solitario como las aguas que empiezan a retirarse, conjuras una vez más el árbol que se extiende desde tu corazón hasta mi boca y aguarda otro día, otra noche en el jardín ¿Acaso las viejas canciones de cuna conducían a este momento? ¿Acaso eran fórmulas para acercar la vida, envueltas en la misma crisálida, tú y yo, absortas en lo que vendría después, como dos hermanas unidas tibiamente por el silencio?


Peldaño III

(Para Luis Fernando Estrada Zapata, en memoria…)

La luz rueda silenciosa sobre la piedra y alcanza una ventana. En ella funda su reino, sin importar quién, desde algún rincón, pueda celebrar su epifanía. Dentro, alguien intenta una fórmula, una aritmética de lo que apenas intuye, y obliga a su cuerpo a corresponder ese abrazo de arcilla inquietante. Nada de lo que ocurre en el secreto de las cosas podría ser invocado por el azar. Así las acepta y las ofrece al ritmo vertiginoso del tiempo.
Bajo el techo que ningún cielo sostiene, todo transcurre de otra manera. Un río subterráneo de formas voluptuosas, un río que apenas sí se advierte en la penumbra. Cuanto resplandece adentro, cal y arena, suaves curvas que acogen como un vientre el sueño y los misterios de la carne, alimenta el rabioso mediodía de las terrazas; el mar rutilante que va y vuelve allí abajo, las constantes e invisibles precipitaciones del afuera. Dentro, seguirán hasta el fin las mediciones, las largas esperas entre números y pequeños dioses chispeantes.
Los ojos no han perdido de vista ni un instante los cambios geométricos de la luz, como el cazador a su presa, como el zahorí el llamado insistente del agua. Así, oscuramente, como la noche, como el oído atento. La luz es apenas un fantasma en la rugosidad del muro. Pronto se llevará la ventana, la redondez de un vaso, el ángulo exacto de la mesa. Quedará el mar, su música galopando en el espacio negro. Un mar imaginario como las cosas que empiezan a desaparecer, como el brillo opaco del compás, como las manos… Sí, al final sólo quedan las manos, su quietud de hueso como prueba de que hubo algo, ni grande ni pequeño, abriéndose a la noche, sucediendo sin testigos, sucediendo –sencillamente- como la luz, o como el peldaño que no continúa la escalera, y que muere, perfecto y distante, ante tus ojos que se apagan.


JORGE PALMA (URUGUAY)

MIRANDO PASAR LOS BARCOS

Vengo a ver
la resurrección de la luna.

A mis espaldas, la ciudad
agoniza en su falsa intimidad.
No cuenten conmigo hoy
para velar a sus muertos.
He venido a ver
la resurrección de la luna.

Un barco, inmenso y negro
como la muerte, pasa
empujando el día.
Hay zozobra en la ciudad
y quedan, todavía en llamas,
gritos atravesando el viento.

Vengo a ver la resurrección
de la luna.

Mientras miro pasar los barcos,
la humedad hace nidos
y la carcoma anuncia
una nueva devastación.
Crugen las casas
de los olvidados de la tierra
y yo vengo a ver
la resurrección de la luna.

Los barcos abren el agua
y yo me pregunto de qué
hablarán en las cubiertas
en los camarotes
si alguno siente crujir
en sus dedos
el olor de la humedad
de los olvidados de la tierra,
cada vez que juegan
con un trozo de pan.
A mis espaldas
la ciudad corre, se infarta,
devora trozos de cielo, mientras
reparte lluvia en viejos canastos.

Señor, vengo a ver
la resurrección de la luna,
y sólo veo barcos, enormes
y negros como la muerte.
¿Dónde está la luna, Padre?
Esto empieza a congelarse
y oscurece.
La ciudad corre, se infarta,
mientras reparte lluvia
en viejos canastos.

Pero no llueve sobre mi rostro.
Pero no llueve sobre mis manos.

Llueve en las casas húmedas.
Llueve en los patios sin luna
donde la ropa tendida
no se termina nunca de secar.

¿Por qué les siguen pagando
con sal, a los más solos
de la tierra?
¿Hay algo que no he
comprendido realmente?
¿Alguien puede explicármelo
de una buena vez?
Traigan sus ábacos
y pizarrones.
La luna tarda en salir
y un gemido de parto
atraviesa esta tierra.

Yo he venido a ver
la resurrección de la luna.
Y lo único que veo
son barcos enormes, negros
como la muerte,
entrando y saliendo
de la ciudad.


ROBOS

Hay quien roba pedacitos de cielo
porque ya no tiene con qué darle
de comer al corazón.
O le roba la falda y los pechos
al frutero, al farmacéutico,
al dueño del circo, y se queda
entonces con la mujer del trapecio.
Hay quien roba pedacitos de cielo.

Hay quien roba sonrisas, tiempo
en los relojes
sueños de mampostería
ropa de los alambres
o agua pura de los manantiales.

Hay quien roba miradas, órganos,
vacas y terneros, y se contenta
del magnífico vilipendio.

Hay quien roba trompos
de los escaparates,
y pelucas
o máquinas de hacer risa
o bombas de alquitran
o bolsas de harina
de las puertas de las panaderías.

Hay quien roba aire besos suspiros,
labios para otros
cuerpos para los que llegan
de madrugada.

Hay quien roba relojes lámparas,
aviones y faroles de las plazas
y páginas de la historia
y paraguas
y años de los almanaques
y el legítimo derecho de elegir
y ser otro,
de tener una casa un árbol
un libro que no sea de arena
ni hambre en los bolsillos
ni los párpados llenos de droga
ni alcohol en las venas
y en la mirada
ni furia contenida por generaciones
ni hogares de lata
fabricados por la avaricia
y el desinterés.

Hay quién roba pedacitos de cielo
porque ya no tiene con que darle
de comer al corazón.
Porque no tiene con qué darle
de comer a tanta rabia.


INTEMPERIE

Camas.
Camas en las veredas
del mundo.
Camas
en las esquinas del cielo.

Camas en las ramas
de los árboles.
Camas en las raíces
de la lluvia.
Camas en los racimos
del llanto.
Lluvia en las manos
del hombre solo
que pasa con una cama
colgada de su omóplato
haciendo malabares
con un montón de palos
trozos de algo
que fue un armario
un comedor
un guarda bultos
en la abultada colección
de la señora piel de diamante.
Camas solitarias
en las veredas del mundo.
Camas mojadas por la lluvia
en las esquinas del cielo.

Y más camas que se replican
debajo del sueño de los otros.
Debajo de las catedrales
y las escuelas
debajo de los restoranes
y los días de lluvia
debajo de las fábricas
de ataúdes.

Camas camas y más camas
debajo de la risa idiota
de un coleccionista de pájaros.

Intemperie, señor mío.
Intemperie.

Al árbol, lo que es
del árbol.
Al cielo,
lo que es del cielo.

Nombremos las cosas por su nombre:
clavo, herradura, sentencia, malparido,
deshonesto, mago o hechicero.

Los niños de los suburbios
son vendidos en las fronteras
y un bosque entero se incendia
cada vez que un hijo del cielo
cae en las aguas revueltas
del río turbio.

Intemperie,
señoras y señores.
¡Intemperie!

Dolor en los huesos.
Tristeza infinita.
Inaceptable
acumulación del sinsabor.

¿Dónde, en qué lugar del desierto,
sepultaron los 37.000 volúmenes
de la historia Universal?

La desidia teje trampas.
Construye capullos de miedo
en los abismos del alma
y duele más que el llanto
el ronco amanecer del invierno.

¿Quién se está comiendo a sus hijos
en el centro del bosque?

Alguien ha dicho, rascándose
con una uña, la comisura de los labios:
“Con los huesos harán palos, para tocar
sus viejos tambores, hasta que desaparezca
el firmamento”

Y no quede piedra sobre piedra.
Y no quede
ni el más mínimo rastro
de lo que fueron
los pobres de la tierra.


CARTA AL VENDEDOR DE PÁJAROS

Acuérdate de los niños del barrio
cuando se haya marchado
el último pájaro,
cuando sólo quede en el aire
el olor acre de la fricción,
del arranque intempestivo,
quemando combustible, sangre,
la vida misma.

Acuérdate de los niños del barrio
cuando no queden pájaros
en el cielo,
cuando los últimos salgan
como un temporal de los balcones,
de las salas velatorias
de los campanarios
de los bolsillos de los médicos
del cabello anaranjado de las mujeres
de la vida
de las faldas de las modistas
de los pizarrones de las escuelas
de las pensiones
de las casas de citas
de los cementerios…
Acuérdate de los niños del barrio
cuando no queden pájaros
en el cielo
y no queden pájaros
en tus jaulas
y no queden sonidos
en los bosques
y no rían los niños
en las escuelas
y nadie cante cuando amanezca
y ningún sonido corte la tarde
y nada suene en el aire
cuando arranque a nacer la primavera.

Acuérdate de los niños del barrio
cuando no queden pájaros,
cuando nadie sepa cómo latía
su alegre corazón errante,
cómo era cuando su cuerpo tibio
curaba todas las heridas,
antes, mucho antes,
que la tierra fuera opaca,
el cielo frío,
y los días
interminables y sin sonido.


MIGUEL HUEZO MIXCO (EL SALVADOR)

EL TESORO DE MACEDONIA

Yo era un melancólico capitán
detrás de un tesoro fabuloso
enfrentaba mercenarios
bandidos
la estúpida ley

Mis desgraciados amigos
muchos
se pudrieron en cárceles
o en fosas comunes

Llegué a Rodas
mataban poetas en Armenia
en los Balcanes resonaban sables
Desde la costa dálmata
se sentía el olor a carroña
Azrail ángel de la muerte orinaba en la cabeza
de los bosnios
El tesoro parecía incalculable

Fumando opio
tuve la visión
de una mujer
infinitamente aburrida entre las cuatro paredes
de vidrio de un banco en Atenas

Ella tenía tatuado en su vientre
el plano del tesoro

Y me quedaba con la mujer
y con el mapa


LA TRIBU

Una mañana envolví mi calavera entre los periódicos del día
y corrí al desierto donde el sol adormece y abrasa
en busca de mis huesos

Mi terca tibia el galante occipital tan amado por su médula
el ufano esfenoides
la mugre de mis uñas y la luna de mi sien
eran la viva estampa de mi tribu

–Este no eres tú
tú eres otro–
me decía mirándome en los fríos charcos en las calles de Sonoma
Un gordo muñeco de nieve herido por la ventisca
Un cubo de nieve se forma arañando la escarcha del refrigerador
cuando ya no queda nada en su interior

Viajé anduve nadé
hasta ingresar a las ciudades donde vive un dios impaciente
Es un administrador implacable
Las muertes que dispensa suelen ser muy meditadas

Veo mis huesos azules reflejados en los cristales de los rascacielos
colgando de un andamio como mono de otro planeta
Pregunta mi barba de dónde la llovizna esta tristeza
El viento es un puñal que me sacude
Pero sé que mi cuerpo sigue en alguna parte
a menudo lo persigo entre sueños
Noche tras noche a la hora de comer
desempaco mi calavera de su cuna de periódicos la beso
mi aliento a soda y caries parece disgustarle

Toda vida todo abismo todo dique
todo árbol todo clavo toda sangre
El hombre y la mujer que yo contengo
son la viva estampa de mi tribu


LA GRAN GUERRA
                           A María

Fui a la gran guerra con mi corazón
alerta
Hendí la niebla con mis uñas negras
Alguna vez perdí también el sueño
Pensé nunca alcanzaré la otra orilla
moriré
Mi corazón sangrante
sabrá que es la hora final del hígado y la linfa
Se preparan hogueras inmensas
puedo verlo

Pero mírame aquí
otra vez
comiendo la agria y dulce corteza de la vida
A veces no sé si morder
o escupir

Ocurre que me nace una suerte de olvido
dónde sujetarme pregunto
dónde recostarme susurro
a dónde mirar
ando a tientas

Es el viento
obsceno y hermoso con una cólera inaudita
y entonces
vuelvo a la gran guerra

Me asalta en los atardeceres
El cielo
y los tejados de Santa Elena
los stops de los automóviles
los semáforos del bulevar
la cabeza de los fósforos
todo se vuelve rojo
como un año de gruñidos

Me creerías si te dijera
en la gran guerra llevé mi casa a cuestas
la sostuve con mis dedos
escarbé mi madriguera
con garras fuertes y curvadas
fumaba con la lumbre del cigarro
escondida debajo del sombrero

En enero la niebla
En marzo las conspiraciones
En junio mi desesperación
En agosto los desechos
En octubre la sed
En diciembre yo mismo
los doce meses
buscando un hombre que no conozco
Tiene mis manos
y pensamientos parecidos

Las granadas se colgaban de árboles
tan gruesos como siete personas
y los hacían trizas
El acre tufo de la pólvora esparcido
Las sombras de las aspas
despeinando el monte
Pero no te cansaré otra vez con esa historia

Fui a la gran guerra con el corazón
acelerado
Un colibrí libando la flor diría un poeta antiguo
Recuerdo los versos de un viejo libro sufí
pero ahora tengo una idea distinta
del valle de la privación y la muerte

El rayo de sol cae sobre mi hombro como una nota
de polvo
alimenta mi memoria
Tienes una sonrisa de la aurora tras el cristal del camino

Las batallas no hablan con fuerza del amor
Un muerto no es un cuerpo fulgurante
sino un material
tieso machacado contra la tierra
No hay idioma capaz de interpretarlo
No hay pez en la luna que soporte ese frío

Por eso cuando te digan
cuando comiences a contar mis faltas
los lunares
el vello hirsuto de mis orejas
la muela como un huésped ingrato
y creas que te traiciona mi respiración
que el hombre está agotado su morada vacía
ni lengua
ni lagrimas
ni puños
deja que meta mis dedos entre tu pelo

En fila india como enloquecidos elefantes
Desplegados como hambrientos lobos en el bosque

Escucha conmigo la voz del cerro herido por el trueno
La pandereta del agua lluvia
sumergiéndose en el lodo

En el borde de ese río
pensé una
pensé otra vez
con estos pesados fierros jamás voy a alcanzar la orilla



DAISY ZAMORA (NICARAGUA)

Linaje

Pregunto por las mujeres de mi casa.

Desde niña supe la historia del bisabuelo:
Científico, diplomático, liberal, político,
padre de prole numerosa y distinguida.

¿Y doña Isolina Reyes, casada con él desde
los quince años hasta su muerte, ¿cuál fue su historia?

Mi abuelo materno se graduó Cum Laude
en la Universidad de Lehigh, Filadelfia,
y aún se conserva su tesis, fechada en 1900.
Dirigió la construcción de kilómetros de vía férrea
y sólo la muerte repentina truncó su sueño
de extender el ferrocarril hasta la costa Atlántica.
Nueve hijos e hijas lo lloraron.

¿Y su esposa Rudecinda, que parió esos hijos,
los cuidó y amamantó, ¿qué sé de ella?

Pregunto por las mujeres de mi casa.

Mi otro abuelo era un patriarca
cuya sombra amparaba a la familia entera
(incluidos cuñados, primos, parientes lejanos, amigos,
conocidos, y hasta enemigos).
Empeñó su vida en ampliar un patrimonio
que todos dilapidaron después de su muerte.

¿Y a mi abuela Ilse, ya viuda y despojada
que le quedó, sino morirse?

Pregunto por mí, por ellas, por las mujeres de mi casa.


Arrurrú para una muerta recién nacida

¿Cómo hubiera sido tu sonrisa?
¿Qué habrías aprendido a decir primero?
¡Tanta esperanza para nada!
Tuve que secar mis pechos que te esperaban.

Una fotografía apresurada
insinúa tu limpio perfil,
la breve boca.
Pero no puedo recordar cómo eras,
cómo habrías sido.

Tan viva te sentí, dándote vueltas
protegida en mi vientre.
Ahora me despierto estremecida
en medio de la noche
—hueco el vientre—
y me aferro a un impreciso primer llanto
que escuché, anestesiada
en el quirófano.


A una dama que lamenta la dureza de mis versos

Sucede que cuando salgo, lo primero que veo
es un vagabundo que hurga en la basura.
A veces, una loca sombrea su miseria
frente a mi casa. Y el vacío de sus ojos insomnes
entenebrece la luz de la mañana.

Esquinas y semáforos invadidos por gentes
que venden cualquier cosa. . . enjambres de niños
se precipitan a limpiar automóviles
a cambio de un peso, un insulto, un golpe.
Adolescentes ofertan el único bien: sus cuerpos.
Mendigos, limosneros, drogadictos: la ciudad entera
es una mano famélica y suplicante.

Usted vive un mundo hermoso: frondosas arboledas
canchas de tenis, piscinas donde retozan
bellos adolescentes. Por las tardes
niñeras uniformadas pasean en cochecitos
a rubios serafines.
Su marido es funcionario importante.
Usted y su familia vacacionan en Nueva York o París
y en este país están sólo de paso.

Lamenta mis visiones ásperas. Las quisiera suaves,
gratas como los pasteles y bombones que usted come.
Siento no complacerla. Aquí, comemos piedras.


Muerte extranjera
                               A Francisco Zamora Gámez
                               y Rogelio Ramírez Mercado

¿Qué paisajes de luz, qué aguas, qué verdores,
qué cometa suelto volando a contra sol
en el ámbito azul de una mañana?

¿Qué furioso aguacero, qué remoto verano
deslumbrante de olas y salitre,
qué alamedas sombrías, qué íntimo frescor
de algún jardín, qué atardeceres?

¿Cuál luna entre tantas lunas,
cuál noche del amor definitivo
bajo el esplendor de las estrellas?

¿Qué voces, qué rumor de risas y de pasos,
qué rostros ya lejanos, qué calles familiares,
qué amanecer dichoso en la penumbra de un cuarto,
qué libros, qué canciones?

¿Qué nostalgia final,
qué última visión animó tus pupilas
cuando la muerte te bajó los párpados
en esa tierra extraña?


MARÍA DE LOS ÁNGELES CAMACHO RIVAS (PUERTO RICO)

Presos

Huiste.
Cual cobarde
miraste por el rabillo hombro
si tus huellas
se duplicaban, se triplicaban.

Se te olvidó dejar
los ecos de tu cabeza.
Lo intentaste con una melodía
que ardió tu sien.

Escupiste, maldijiste.
Echaste a volar
un cometa de furia.

Pero seguiste
como los monstruos
que se escaparon
mientras la curiosidad
le restregó a Pandora
su trofeo en el rostro.

Llegaste a los confines.

Cuando te aseguraste
que por fin estabas solo
te sentaste a fumar
y sonó tu celular.


La altura de cielo

En la altura de mi barrio
era capaz de soñar
con la muerte de la neblina.

Recuerdo que en aquellos días
los campos eran tan verdes
que no permitían entrar
el dolor de algunos nombres:
Pinochet, Noriega, Duvalier.

De vez en cuando
a alguien se le zafaba
algo así como ¨yanqui¨.
No sé por qué nunca
pregunté qué rayos era
aquella palabra que sonaba como
un estridente hipo en la garganta.
Tal vez porque imaginé
a un animal raro
que debía mantenerse alejado.

Confieso
que lo único que ocupaba mi tiempo
era soñar con el futuro
y preocuparme con el asunto
de la inmensidad de los árboles.
Me preguntaba:
¿seguirán creciendo?
¿hasta dónde llegarán sus frutos?

El asunto de la lluvia
también me absorbía;
esa violenta delicadeza
con la que era hacedora de lo nuevo
-un enigma que aún vuela mi seño-.

Le tenía miedo a los extraños
y al rasgar de las ramas sobre el zinc.

Pero mi mayor temor era crecer
y perder la altura del cielo;
por eso me quedé pequeña.


Gajes de la araña

¿Quién pisó en donde ahora piso?
Pisé su red y la araña me lo dijo.

Su labor se hizo sal y agua.
No gritó
pero el quejido de su lamento
escaló hasta mi pecho.

Lloré.
También he sido araña
que queda con las manos saqueadas
con un grito sordo
ignorando cómo recomenzar.


ROBERTO ARIZMENDI (MÉXICO)

Desafío contra el olvido
                                   Para Michel

Cuando llegue el invierno
mis pasos no dejarán huella en la nieve
ni una sonrisa acariciará las tardes junto al Tíber
Seremos prófugos,
buscadores eternos por el universo.

Estaré seguramente en Roma, recordando.
Habré aprendido lo fugaz que es el tiempo,
cómo los campos de trigo iluminaron la fiesta,
lo efímero del amor en sus cuatro estaciones
y el terso roce de la piel sobre mi asombro.

Pero este es otro río y otro mar
ya no hay gaviotas dibujando el horizonte,
ni gritos de alerta para doblegar el miedo
que se esconde en el requiebro de los días,
desde que la memoria nos anima a un nuevo paso.

Habrá remembranza de una luz radiante,
las voces inquietas sin temor alguno,
el horizonte abierto, el sueño imprescindible,
pero he partido ya y el calendario no puede
devolver el tiempo ni negar la historia.

Muy cerca de esas voces ante el sol agonizante
aprendí a deletrear de nuevo las sílabas perdidas.
Nada me ató ni nada me detiene ante la eventualidad
y los prejuicios que invaden sin recato este pedazo de siglo,
aunque quise quedarme como testigo silencioso.

He sabido aprender a deletrear la vida
para encontrar la luz aún en las tinieblas
o sentir el viento en la carrera fugaz de un tiempo eterno
y en silencio acudiré a la cita, puntual, si así es preciso,
para no doblegarme ni sentir hastío.

Cuando la lluvia escampe
La Habana sabrá de mis sonrisas
porque hasta ahí yo iré para saciar mi sed
a pesar de las sombras que nos niegan
y se tornan eterno desafío contra el olvido.

Acudiré puntual a la cita imprescindible
convocada con voz de gozo y de nostalgia.
Nadie sabrá por qué ni cómo
aprendí a deletrear de nuevo el tiempo
para hacer realidad los sueños y construir la historia.


Confesión

Confieso que las noches
siempre me parecen cortas,
cada día debiera tener más de veinticuatro horas
para tener tiempo de construir los sueños.
La vida no alcanza para tanto anhelo.

Algunas veces he querido dejar la ciudad
y sin maleta irme al mar,
sin ropa ni equipaje;
el hombre no debería programar
horas, encuentros y destinos,
tampoco su tiempo de amor
menos su vida,
porque andar sin destino
es por antonomasia la búsqueda perpetua.

Una vez encontré a una dama
en una ciudad apenas conocida;
hicimos el amor
y cada quien retornó a su camino,
a su signo y a sus luces;
estoy seguro que, como yo, ella
-sólo ella porque nunca conocí su nombre-
recuerda la manera como descubrimos la luz de las estrellas
en una alcoba, de un antiguo edificio,
con enormes vidrieras en dirección al poniente,
y sonríe, sólo sonríe cuando recuerda;
ese día vimos cómo el cielo
se iba colmando de fuego y nostalgia, con el gozo transmitido
en íntima confesión por su voz dulce y tenue,
y luego descubrimos la luna a través de los cristales.

En otra ocasión, en el puerto,
una joven me ofreció sus lágrimas
y vi cómo el dolor se iba quedando impregnado
sobre la mesa, primero, y luego en las sábanas casuales
mientras surgía la luz en su rostro,
cada minuto más bello
conforme se iba borrando su desdicha.

Y así,
un día,
otro,
mis pasos me han llevado a percibir aromas sin medida
sin necesidad de nombres y apellidos,
de contratos y rutinas; sin haber programado
la cita con hora, lugar y protocolo.
Así he conocido la forma de inventar la lluvia
y he descubierto la luz con sus colores y matices,
el tiempo equinoccial y el tránsito infinito.

Sólo el horizonte abierto
para la luz que se inventa
con el color del sueño.
Sólo una sonrisa y el tacto sin medida,
el aroma del cuerpo y el clima de los días,
la lluvia, el mar,
la luna, el infinito.


Cuando escampe sabré de verdad tu nombre

No supe sino hasta horas después, con precisión,
que tu voz era mi luz de asombro, indubitable
y que el tiempo había detenido su carrera
para inventar de nuevo cada color del horizonte.

Hubo una nube de sorpresas.
Luz de asombro, dije; interrogantes
y ganas de descubrir los signos de la historia
sin más limitación que el tacto o la distancia.

Sólo sabemos las certidumbres de un anhelo
acunado desde las horas infantiles.
Esa es la certeza
lo demás es sólo insinuación ante la vida,
la búsqueda perpetua.

Recorreremos el mar, inventaremos colores
para el horizonte nuevo y las incertidumbres.
Nadie recorre el mundo sin temores
y cada instante es una vacilación en el signo de los pasos.

Aprenderemos a construir de nuevo todo
casa, certezas, afecto y hasta desesperanzas
para no entorpecer destinos ni prefiguraciones,
a dejar que el viento diluya todo fardo de soledad y hastío.

Inventaremos de nuevo el alba, la luz, el arco iris.
Los senderos son siempre una cruel interrogante.
Cuando escampe, sabré de verdad tu nombre, el mío,
la acepción precisa de cada palabra que se anticipe a la memoria.


FRANCISCO VÉJAR (CHILE)

ARTE POÉTICA

Mi padre está en su huerta,
rodeado de albahacas,
abriendo surcos en la tierra,
regando semillas a través de los meses,
nutriéndome de poesía.


CAMPOSANTO

Allí duerme mi padre
sobre polvo y más polvo
Solo existe el silencio
de los que fueron voces.

El viento desordena el entorno.

Camino sobre pétalos resecos
que se unen a la tierra,
sobre labios de ceniza
que se juntaban para amarse.

Pero no hay respuesta.

Hay pasos que oyen,
hay ojos disueltos que observan
el destello de la nada.

Allí duerme mi padre,
frío y delicado como la nieve.


JAZMINES

Desde la ventana de su cuarto,
solo veía los jazmines
movidos por el viento.
Anhelaba ver una vez más
el rostro que aparecía
y desaparecía
en medio de los pétalos.

¿Se puede vivir sin ese rostro?

Alguien escucha a Jaco Pastorius
y se toma un café, una copa de vino,
y ansiosamente
mira por la ventana
los jazmines movidos por el viento.


ALEJANDRA SOLÓRZANO (GUATEMALA)

Cartografías

I
Tu espalda
es una representación

acuden a ella
           caminos
           mareas, árboles
           y la arena de los desiertos
con el único propósito
de hundir ahí mi rostro
y soñar
aves, helechos
y tribus de amanitas.

Por la noche
fiera pequeña, hambrienta,
vuelvo de lejos
con ojos dilatados

Acudo feliz
para seguir con mis dedos y mi olfato
su relieve que respira.
Vuelvo de mi ayuno
a la fiesta nocturna.

Hundo en ella mi rostro, mis garras.
Poseo la tierra.

Soy un animal
Sobre tu espalda miro la noche. Me elevo.

Soy un animal
que ha venido para morder la tierra.

II
Antes de irse
lavó sus manos con mi cabello

En el barco
que recorre su columna vertebral
mi nombre es una marca
bajo el sextante,
la mujer que sacrificó
para llegar a salvo frente al espejo
y dejar en orden
al menos una parte de la noche.

Recordó.

Navega en vano.

Para poder zarpar
quebró su corazón sobre la proa.

III
Tu espalda es un documento.
recuerdos ocultos
que el dolor en su éxodo trae consigo.
Un dorso de coordenadas,
fechas cuidadosamente escritas,
pequeñas agujas invisibles y cómplices
que señalan
caminos errados que me alejan de las tardes
en que fuiste un hombre feliz.

El viento erosionó las rutas.

Con sabiduría de piedra espero
con la fe del niño que juega a las escondidas
a que esas rutas me encuentren.
Estaré frente a su contorno
aislado por una fortaleza que hospeda un
cordel de nombres,
un linaje sucesivo de ternura
y las ruinas de un plan que no funcionó.

Esperaré frente a las dunas
junto a un reloj que guardaré con mi paso
hasta que el rayo saque el agua de la tierra
y no quede más.

No gires por favor.
No me conduzcas al fondo dela tierra
y de los mares.


Pole Dance

I
Soy la manzana y el gusano de Wheeler
el agujero, la línea recta
carne de espacio-tiempo

Tuerzo su extensión de plata
Dibujo a través de su cuerpo
ángulos suspendidos con mis piernas,
estrellas fijas que guardan posibilidades
teóricas
para cuerpos que hacen el amor sin tocarse

Franqueada de dolor
Me aferro a su única garganta
suspendida en suaves elípticas me muevo
recito a ojos cerrados
nuevas fórmulas para llorar.

II
Soy un cuerpo de polvo,
pequeñas rocas y hielo
al que me ataron tus ojos
este recuerdo que soy y se desintegra
a medida que el tiempo huye.

La manzana y el gusano de Wheeler.
No importa la precisión con que gire alrededor
de su cuello.
                                  (Los sueños aspas que se rompen)

La redoma atada a mi cabello
tu mirada,
la palabra que te dije a mitad de la noche
me devora junto al tiempo.


GABRIELA PONCE (ECUADOR)

RELOJES DE ARENA

Es ahora,
que lo sostengo
medidor del tiempo anterior, a este tiempo
receptáculo de arena
irremediable y antojadizo,
titánico Cronos
puñado de tormenta

Miro,
sus minúsculas partículas que caóticas se ordenan
Pienso,
qué maniático es el universo.

Pego la nariz,
al frágil cristal del viejo reloj de arena
con el impulso interno de dejarlo caer.
El big bang, para una niña traviesa,
que quiere ver como se consolida el caos del universo
en el centro de la antigua biblioteca.

(Poema inédito. Septiembre 2020)


BIG BANG

Afloran precipicios, en el despertar de los espejos
Alicia cosecha instantes
tras una procesión de corsarios de mar
avatares, que transponen metáforas.

Mañanas silenciosas, con espejos rotos
que pasan a ser un reducto de sílice,
en el borde de los instantes
cuando el corazón se triza
y las manos se vacían.

Alicia busca su sombra
en una minúscula partícula de arena,
que contiene,
su corazón roto
y toda la historia de la humanidad.

(Poema inédito. Septiembre 2020)


POSTALES

“…Quise esconder mi alma
pero se me ve.
Ya no hay misterio,
ya el misterio
se me fue…”
Noel Nicola, Son Oscuro

Era el día de Saquiel, el elegido para invocar recuerdos en sorbos de café,
de eso queda,
la evocación del sepia
matices de mis pasos por tu calle.
Quedan, además,
los poemas leídos en voz alta
como reto intelectual, las noches de acordes improvisados
sobre todo en los días de lluvia
y los armónicos de tu vieja guitarra, para acompañar mis vuelos.
También queda,
como una postal en la pared
el aroma de la cocina de la casa de hacienda
contraste con esa estrepitosa cuidad que padecía complejo de metrópoli,
ese espacio de adobe y madera
que nos salvaba del monstruo cotidiano y rutinario
que se lo come todo.
En blanco y negro descansa la cafetera, el pastel de manzana con nuez
las horas con mucho que contar y dos vidas en fuga.
Como un recuerdo a colores,
guardo la esquina que me atesoraba,
la botella del coñac -el más antiguo del mundo-
lo brindamos, el día de Saquiel
cuando conjuramos nuestra despedida
y cerramos con aldabas el corazón.

(Poema inédito. Septiembre 2020)


WALDO LEYVA (CUBA)

MIRANDO EL GUADALFEO

He leído un diario de l796. En la página donde el viajero dejó constancia de una tarde de junio en la que el río bajaba incontenible «como un brazo de mar», una mano femenina había dibujado —con meticulosa angustia— el rostro de un ángel del destierro. No sé qué curiosa analogía hay entre el perfil del ángel y una foto extraviada de mi padre. ¿Acaso ese viajero del siglo XVIII estaba detenido en el mismo cerro desde el que ahora intento descubrir, en la breve corriente del arroyo, la violencia de un río de otra edad? Los árboles frondosos sólo existen en las páginas del diario, y la lluvia que está cayendo ahora viene también del sur, pero no trae ningún «rumor del viento» ni está mojando la larga cabellera de una muchacha que dejó de esperar en la otra orilla. ¿Ese hilo quebradizo fue alguna vez torrente incontenible? ¿Dónde está el cauce que aprisionó las «hondas aguas»? ¿Qué buscaba el viajero? ¿Estoy leyendo la memoria del pasado o soy el testigo excepcional del origen del río?


EL ORIGEN DE LA SABIDURÍA

He vuelto desde un sitio en el que nunca estuve. Traigo la memoria de los hombres que me acompañaron. El Amedrentado, el Miedoso, me propuso como líder de la caravana. Todos se empeñaron en seguir mi huella por la arena, pero yo no era nadie, desconocía el mapa de las rutas. Me dieron la palabra y hablé. Como no tenía destino mi discurso era proliferante y difuso. Los que me eligieron alababan mis palabras como el origen de la sabiduría. Pasé cerca de los mejores oasis: solo yo fui incapaz de descubrirlos. Los que me seguían aplaudieron mi torpeza. Sin saberlo, llegué al borde del desierto, al origen de las Tierras Verdes. El Cobarde, el que se escondía a mis espaldas, supo que él, y no yo ni algún otro, había nacido para rey, y se hizo construir un palacio donde se reúnen, y hacen fiestas, y se ríen de mis antiguos discursos. Ahora intento salvar el jardín del avance incontenible del desierto, no para conservar las Tierras Verdes sino para que no vuelvan a elegirme; para no guiar las nuevas caravanas.


EL SITIO DONDE ME DETUVE

Si abro esta puerta, saldré al patio trasero de otra casa. Si traspaso el umbral, regresaré a una noche de 1948, y seré de nuevo el niño que se interna desnudo por la ruta sin norte de la sombra, descubriendo la caída de una estrella. Si decido salir, mi madre volverá a desmayarse cuando vea mi cuerpo quemando las oscuras parcelas del lindero. Sé que, con sólo adelantar el pie, va el aire a desesperar las hojas de yagruma, caerá de rodillas otra vez mi abuelo y quedará estéril para siempre el sitio donde me detuve. La leyenda dirá que allí está el oro. Que el incendio del cuerpo al detenerme indicaba el lugar de las botijas, pero dirá también que el hueco del tesoro es la tumba del niño. Si me decido a trasponer la puerta ¿qué buscaré en esa noche perdida de la infancia? ¿El susto de mi abuelo? ¿La pequeña y falsa muerte de mi madre? ¿Los ocultos centenes? ¿La herida inevitable de la tierra o esa cinta de luz cruzando el cielo?


ARMANDO MALDONADO (HONDURAS)

MAÑA POÉTICA

Un par de lenguas se desangran en los pórticos
y las muchachas
desnudan a sus camaleones antes de dormir.
La ciudad calla mientras llueve.
La noche es un negro útero que envuelve las avenidas.
Alguien escribe.

(De Coloquio de la tempestad, 2019)


FRUTO DE LA TEMPESTAD

El que come del fruto de las tempestades
es el único
que conoce la muerte de los pájaros
que están aprendiendo a volar.
¿Quién podrá soplar
la ocarina luminosa de la madrugada
con un punto de pus en los labios?

(De Coloquio de la tempestad, 2019)


LACRIMOSA (Premonición del jardinero)

Dicen que no existe el día de la resurrección
para los que se han arrancado
de las huellas de la caravana,
el que se negó todas las primaveras futuras,
el que vendó sus ojos y se desterró a un lugar
donde solo se escucha la música
que hace crujir a la devastación.
El que naufragó voluntariamente en una isla,
en un isla desierta de óxido y cal viva.
El que dicen que no resurgirá del polvo,
el que se juzgó en la guillotina lánguida de la superstición.
Ese, que posiblemente ahora lee a Dostoievski
y siembra girasoles de la mano de un niño
de ojos miel.

(De Misa de los suicidas, 2020)


SHIRLEY VILLALBA (PARAGUAY)

Sabiduría de cántaro

Arcillo mi sed
y me desnudo de agua
y me refresco de luz
y me sediento de bocas
y me bebo.


Contra-contemplación

no me siento triste
                 no me siento mal
¡no me siento dije!
             como quién no está


Aguacero de luna

cuando sus manos mojan mi sombra
la humedad me traspasa
y escribe en mi sangre
un camino de luz
que se hace noche en mis venas
y me bautizo por fuera
y me baño por dentro
y me aguacero de luna


Una vez una rambla

aquí estoy
viviendo en el encuentro de tus ojos
intentando ya no besarte
en el regazo de este gozo
lamiéndote las manos
las comisuras de tus dedos
hasta los codos
yo sé que el mar es un sentimiento de arena
y que el amor está inflado de viento
pero si te digo que me sabe a poco este tiempo
y que el mar es un alma que vive en ti
no, no miento
por eso apriétame de nuevo
contra tu noche
y mójame de bocas
y abandóname en la sal de tu sexo
y abandónate a esto
es el amor encerrándonos en su huella
¿qué son esas rocas mirando nuestro vuelo, sino gaviotas?
¿sabes? no es sólo el mar él que has dejado en mí
ni eres sólo una marea
en la que esta noche me aviento
¿sientes?
nos han pasado tantas olas
pero nos ha pasado una sola
ahora, anda despierta que nada es sueño
que soñar después de ti es poca cosa


Cuento largo

mirarte
mirarte ir
-irme- no sé a dónde
pero envejecer sin vos, es lo que no me perdono


Bofetada

en este espacio acabado, de ego derrumbado
en este espacio inútil, de inútil noche
en este espacio detestable
                                  detesto extrañarte


MARIANELLA SÁENZ MORA (COSTA RICA)

1

Inicio este recuento simbólico
paso del tiempo
representación de este camino interno
desde donde pretendo
transgredir la luz
y exponer los restos
de los vencidos en batalla.

A ratos me pierdo
y siento que sólo soy
(a modo de advertencia)
un manto cubierto de sangre
sobre un puente
que los demás ignoran
por carecer de significado
hasta que Margolles
le borda con oro sus orillas
y entonces lo macabro
se convierte de pronto
también en arte.

Es en ese momento
que recurro precisa a la palabra
mimetizada, simbiótica, exponencial
desprovista de soberbia y de color
para rememorar
cada estación de este mi propio éxodo,
sin perturbar
la paz de los malditos,
segura de que mi voz
al ser pintada como el grito
carece de la fuerza
para comunicar,
lo ahora adscrito también sobre mi tacto
donde mi lado desprovisto de luz,
cohabita
en el más puro estado de expresionismo.

Allí
desnuda,
escarificada,
reconozco mi propia esencia
y desfragmento la iconología heredada
para dar paso al advenimiento
de mi reconstrucción.

Alusión a Teresa Margolles y Edvard Munch artistas plásticos


10

Hacer que se rinda
el blanco inmaculado de la hoja
expiar, exorcizar
liberar en la tinta al colibrí oscuro
aprisionado
en los fragmentos insanos
de esta poética confesión
que me desnuda.

Saltar al margen
desde la clara redención
de una ventana de papel
donde enigmas y contradicciones
asalten el tono inmaculado
en que se desenvuelve esta epifanía
esta pascua redentora
y personal
donde mi naturaleza
desmenuza desde la palabra germinal
su filigrana.

Entonces
dejarla cantar la medicina
vibración y sonido
que restaure e incremente
salud, autoconocimiento
comprensión y paz
desde mi interior
hacia todos los recodos de este globo
de rotaciones imperfectas
donde habito contenida en límites de piel.

Así
dejarse envolver por el sonido
encontrar la vibración correcta
que conecte infinito, silencio y hercios
para autogestarse bardo del milagro
y recomenzar perpetuamente fortalecida
gracias a esta suerte de oficio.


16

Soy tal vez una mujer
de discreto entusiasmo,
una Morella de leve melancolía
que camina en pos
de algún gato negro que triunfante
desde la pared,
decida vencer también al silencio.

Soy la mujer de ojos grandes
y muy negros
de labios subversivos como los de Chavela
que no devuelve los besos ya dados
mucho menos los muy ricos o muy buenos.

Soy y no me desdigo entonces
nada,
una mujer insolada, siempre nueva,
la que trata de escribir sus mejores páginas
a la vuelta de la esquina
una que quisiera tener la elegancia espiritual
de la madre de Carmen
y un ápice de bondad
que fuera fácil de ver para los otros.

*Alude textos de E. Allan Poe, a Chavela Vargas y el texto de Carmen Laforet


MARÍA YRENE SANTOS (REPÚBLICA DOMINICANA)

Y YA NADA SERÁ COMO ANTES

El silencio es agudo en esta recién nacida primavera
acuchillada por el aire de unas semanas nunca imaginadas
por la humanidad de un siglo.
En la cocina, las amigas inventan recetas con lo que queda en sus refrigeradores y despensas,
con sus bocas cerradas, conversan sobre los ingredientes que se deben usar para descubrir nuevos sabores.
Cada una experimenta un nuevo silencio,
y el silencio mismo se escucha, llora y se atemoriza.
Y yo, en la quietud de mi casa y en el silencio mío, me visitan los que se han mudado,
la niña que fui y los que crecieron conmigo.
Hacemos un recuento de aquel entonces y caemos en cuenta
de que la palabra virus no existía en nuestras conversaciones.
Ahora, en la cocina, me ayudan a sazonar, no solo el almuerzo que he ido creando,
sino a ver también, esta nueva realidad que llora intermitentemente
porque llegó con nombre y apellido y ya nada será como antes.


LA MUJER

Hoy he visto a una mujer llorándole los huesos
en ellos los recuerdos se aposentan
entretejen su sueño tan estropeado como sus pies
sus manos, sus senderos de carne
mientras cabizbaja, sus ojos cerrados se deslizan a la tierra
su espalda semi desnuda piensa rumores de los años vividos
las memorias se pierden con el hambre
el hambre catapulta cualquier gesto de alegría
Hoy he visto a una mujer envuelta en un rosado
hasta donde comienzan sus dos rumbos
con la cabeza cansada y su pelo de una pulgada
tocando su vientre ancho y las rodillas
en un escalón cualquiera de una estación del tren.
Muchos pies menos, a esta hora arrastran la fatiga de un día largo
menos y menos dedos afincan la ternura que instantes atrás
rozaron brazos, muslos, vientres o se geometrizaron
en algún sofá tibio, una cama caliente o un suelo fresco
Y a esa mujer, hoy en mi cartera me la he traído
para mantenerla viva, digna, plena, en una habitación de mis libreros.


EN DÍAS PASADOS

En días pasados
Empecé a reinventar la canción del amor
Miles de horas pasé flotando en la inseguridad
Pesadillas enormes me volvieron nómada en la cama
Cada día un corazón distinto conversaba conmigo
y el abismo creció
Se volvió horizonte lleno de jardines increíbles
Sombras agasajando mis pasos
Un amanecer se posó en mi ventana donde mi imagen se enterneció.
(y ese amanecer con forma de ángel traspasó el cristal
me envolvió con cuidado y me llevó con él)
No me trajo de vuelta
hasta cuando yo sólo era
un punto agarrado al cordón umbilical.


MARIANA LIBERTAD (VENEZUELA)

RECLUSIÓN

Hay un hoyo en el zócalo desusado del inframundo, por el que dicen que se fugaba la mirada de Namtar.

Por esa abertura pequeñísima,
busco mi esfera,
al hombre que, sudado, llega a casa,
el olor de las carnes al carbón,
el sonido del puerto,
el ladrido de asombro,
los dieciséis piecitos diminutos.

Hay un halo de luz que entra y penetra cruzando el agujero.

Por la insignificante ranurita,
me alcanza, inextinguible,
el croar sempiterno de las ranas
que me atraviesa en todos los sentidos,
me envuelve en su membrana
                                                  ya me sé.


EL ÚLTIMO CATACLISMO

Opongo resistencia, permanezco erguida,
elijo conservar:

la imagen diminuta de la mácula,
la tersura que recubre tus contundencias,
la parábola de sales inorgánicas que se desvía
hasta mis cejas.

Tu sonrisa de sorna (o quizás de amor)
al ver mi rostro
empapado con los hedores de tu historia íntima

El temblor
El temblor de los muslos contraídos
El temblor de los muslos contraídos que atestiguan
tu acrisolada presencia
en el más umbroso de mis precipicios.


RESIDENTE DE LA VERDAD

A Sojourner Truth
(abolicionista estadounidense)

Sí,
sí eres una mujer,
sí que lo eres.

Te he visto cultivar infinitas hectáreas
de alimentos ajenos y criar animales
para que otros los masticaran con sus muelas frente a tu cara.
Te he visto parir trece veces
veintiséis pies quedos,
veintiséis manos que labrarían reciamente los dominios del patrón.
Doscientos sesenta dedos para dejar sus huellas
en el suelo arenoso de una tierra
que jamás les podrá pertenecer.

Te vi limpiar las heces de los hijos de extraños,
nunca las de los tuyos;
te vi cruzar millares de zanjas sin pedir ayuda
y, al final, usaste las leyes de los blancos en su contra,
aunque pocos pudieran comprenderlo.

Sí,
sí eres una mujer,
sí que lo eres.

Una mujer que supo llegar
a la hierática comarca donde naceríamos
las descendientes de las esclavas,
un siglo después de tu muerte.

Te vi avanzar, residente de la verdad,
te vi callosa, agotada, endurecida. Y nunca dudé,
ni por un breve instante,
de que podías no ser
una mujer.


ALCIDES FUENTES (PANAMÁ)

BRISA
(El libro blanco)

Te hiciste brisa
y te llevaste todas mis mañanas en la yema de tus dedos.
La mansedumbre de mi voz que surcaba cada sábado.

Te hiciste brisa
en el altar del invierno: nido, manos y vientre de Venus.
El resplandor argentado de la luna copulando en mis pupilas.

Te hiciste brisa
y moviste mis velas justo antes de tocar el naufragio.
Se escurrió por mi costado todo tu olor y la sed de tu boca.

Te hiciste brisa,
sueño nuevo y lluvia cómplice; un beso en las horas.
Colgamos la tristeza de los edificios y de las calles rotas.

Te hiciste brisa.
Te hiciste brisa.
Te
           hiciste
                             brisa…


REQUIEM PARA UN GENIO
De Los Acertijos de Sofía.

La frágil vida y la dura muerte
mutila y devora a los osados
porque las luces de la caverna
ningún mortal puede revelarlas.

El castigo para el enviado
que parte de tajo la ignorancia
es ser raíz del sol
en el momento íntimo.
Creación que mana respuestas.

La eternidad es una llama
con un barquero de tiempo exacto
y flores de loto blancas.


PROFECÍA 20

El olor a encierro
nos sobrevive,
tiene la manía de extrañar
y manipular amaneceres.

Afuera,
siguen floreciendo los girasoles;
el agua bendita aún surca los techos.

Todo sigue sin nosotros.
El moho echa a andar
su costra
contra las paredes
este invierno.

Y el orate levanta su voz
por las calles.
Con su atavío futurista
predica, autoritario,
el fin del mundo.

Sobrevive todo sin nosotros.
Nos encontramos:
             la mente,
el cuerpo,
             el alma,
el espíritu.

Llevamos colgado en el tiempo
el olor del último abrazo.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.