Efe Gómez, La tragedia del minero

Gómez combinó la literatura con una amplia actividad como minero e ingeniero. Ha sido incluido dentro del grupo de autores costumbristas antioqueños, del cual hicieron parte también Tomás Carrasquilla y Francisco de Paula Rendón. Rescatamos este cuento de esa tradición.

Es de noche. La luz de una vela de sebo del altar de los retablos lucha con la sombra. Están terminando de rezar el rosario de la Virgen santísima. Todos se han puesto de rodillas. Doña Luz recita, con voz mojada en la emoción de todos los dolores, de todas las esperanzas, de las decepciones todas de su alma augusta crucificada por la vida, la oración que pone bajo el amparo de Jesucristo a su familia, a los viajeros, a los agonizantes, a los amigos y a los enemigos: a la humanidad entera.

Se oyen pisadas en los corredores del exterior. Se entremiran azorados. Se ponen de pies. Se abre la puerta del salón, y van entrando, descubiertos, silenciosos, Juan Gálvez, los Tabares, padre e hijo, y los dos Restrepo. Son los mineros que se fueron a veranear a las selvas de las laderas del remoto río que corre por arenales auríferos. Se han vuelto porque el invierno se entró.

—¿Y Manuel? —pregunta Doña Luz.

Silencio.

—¿Se quedó de paso en su casa?

—No, señora.

—¿Y entonces?

Silencio nuevo.

—Pero ¿qué pasa? Su mujer lo espera por instantes. Quiere —naturalmente— que esté con ella en el trance que se le acerca.

—¡Pobre Dolores! —dice Micaela—. De esta llenada de luna no pasa.

A Juan Gálvez empiezan a movérsele los bigotes de tigre: va a hablar.

—Que se cumpla la voluntad de Dios, señora —dice al fin—. Manuel no volverá.

—¿Qué hubo, pues?… Cuenta, por Dios.

—Mire, señora. Eso fue horrible. Ya casi terminaba el verano… Y ni un jumo de oro. Cuando una mañanita cateamos una cinta a la entrada de un organal… y empezamos a sacar amarillo… y la cinta a meterse por debajo del organal… La señora no sabe lo que es un organal… Son pedrones sueltos, redondeados, grandísimos… amontonados cuando el diluvio, pero pedrones. Como catedrales, como cerros… ¡Y qué montones! Con decirle que el río, que es poco menos que el Cauca, se mete por debajo de un montón de esos… Y se pierde. Se le oye mugir allá… hondo. Uno pasa por encima, de piedra en piedra. El otro día, por tantear qué tan hondo pasa el río, dejé ir por una grieta el eslabón de mi avío de sacar candela. Y empezó a caer de piedra en piedra… a caer de piedra en piedra… a chilinear: tirín, tirín… Allá estará chilineando todavía.

Por entre las junturas de las piedras íbamos arrastrándonos desnudos, de barriga, como culebras, detrás de la cinta, que era un canal angosto. Llegamos a un punto en que no cabíamos… Ni untándonos de sebo pasaba el cuerpo por aquellas estrechuras. Manuel dio con una gatera por donde le pasaba la cabeza. Y él, que era más que menudo, pasó, sobándose la espalda y la barriga. Taqueamos en seguida las piedras, como pudimos, con tacos de guayacán.

—Aquí va la cinta —dijo Manuel, ya al otro lado.

Le echamos una batea de las chiquitas: las grandes no cabían. La llenó con arena de la cinta.

—¿Qué opinás viejo? —me dijo cuando me la devolvió por el agujero, por donde había pasado, llena de material.

—Mirá: se ven, así en seco, los pedazos de oro. En este güeco está el oro pendejo. Pa educar a mis muchachos. Pa dale gusto a Dolores…

Y pegó un grito de los que él pegaba cuando estaba alegre, que retumbó en todo el organal, como un trueno encuevao.

Los compañeros salieron a lavar afuera, a bocas del socavón, la batea que Manuel acababa de alargarnos. Yo me puse a prender mi pipa y a chuparla, y a chuparla… Cuando de golpe, ¡tran! Cimbró el organal y tembló el mundo. De susto me tragué la pipa que tenía entre los dientes. La vela se me cayó, o también me la tragaría. Me quedé a oscuras… ¡Y las prendo! Tendido de barriga, corría, arrastrándome, como se me hubiera vuelto agua y rodara por una cañería abajo. No me acordé de Manuel… pa qué sino la verdá.

—¡Bendita sea la Virgen! —dijeron los que estaban afuera, lavando el oro, cuando me vieron llegar—. Creímos que no había quedado de ustedes, mano Juan, ni el pegao.

—¿Y qué fue lo que pasó?

—Es que onde hay oro, espantan mucho.

—¿Y Manuel?

—Por ai vendrá atrás.

Nos pusimos a clarear el cernidor. Era tanto el oro, que nos embelesamos más de dos horas viéndolo correr, sin reparar que Manuel no llegaba.

—¿Le pasaría algo a aquél?

—Allá estará, como nosotros, embobao con todo el amarillo que hay en ese güeco.

—Vamos a ver.

Y empezamos de nuevo a entrar, tendidos, de punta, como lombrices; pero alegres, deshojando cachos. Porque el oro emborracha. Se sube a la cabeza como un aguardiente.

Llegamos al punto en donde habíamos estado antes.

—Pero qué sustico el tuyo, Juan. Mirá donde dejaste la pipa —dijo Quin Restrepo, con una carcajada.

—¡Y la vela!

—¡Y los fósforos!

—Fíjate a ver si dejó también las orejas este viejo flojo.

—¡Y quien le oye las cañas!

—Pero ¡qué fue esto, Dios! Vengan, verán —gritó Penagos.

—¡A ver!

—Nos amontonamos en el lugar en que estaba alumbrando con la vela. ¡Qué espanto, Señor de los Milagros! Nos voltiamos a ver, unos a otros, descoloridos como difuntos. Los tacos de guayacán que sostenían las piedras que formaban el agujero por donde Manuel entró, se habían vuelto polvo. Del agujero no quedaba nada: ciego, como ajustado a garlopa.


—¡Manuel…! —grité.

—Nada.

—¡Manuel!

—Nada.

Volví a gritar, arrimando la boca a una grieta por donde cabía apenas la mano de canto:

—¡Manuel!

—¡Oooh!… —respondieron al mucho rato, por allá, desde muy hondo. Desde muy hondo…

—¿Qué hubo, hombre?

—A mí déjenme quieto.

—Pero ¿qué fue, hombre?

—Por mí no se afanen. Ya yo no soy de esta vida.

—¿Qué pasa, hombre, pues?

—Encerrado como en el sepulcro… De aquí ya no me saca nadie… Sacará Dios el alma cuando me muera… Si es que se acuerda de mí.

—Buscá, hombre, tal vez quedará alguna juntura, por onde…

—He buscado ya por todas partes… Los pedrones, juntos, apretados… ¡Y qué pedrones!… Tengo una sed…

Inventamos un popo, por onde le echábamos agua y cacaíto.

Así nos estuvimos ocho días: callaos, mano sobre mano, como en un velorio.

Si tuviéramos dinamita —pensábamos— volaríamos el pedrejón que rompió los tacos… pero como todos los pedrones están sueltos, sostenidos unos con otros, el organal se movería íntegro, se acomodaría cada vez más de manera diferente… y nos trituraría a todos… o nos dejaría encerrados…

Y lo horrible fue que se nos acabaron los víveres.

Manuel lo adivinó. ¡Con lo avispado que era!

—Váyanse muchachos… ya hay agua aquí. Con el invierno ha brotado entre las piedras… Déjenme los tabacos que puedan, fósforos y mecha, y… váyanse… ¿Qué se suplen con estarse ai…? Váyanse, les digo. Déjenme a mí el alma quieta: ya yo estoy resignao a mi suerte. Lo único que siento es no conocer el hijo que me va a nacer, o que me habrá nacido ya. ¡Pobrecito güerfano!… Me le dicen a doña Luz que ai se los dejo… a él y a Dolores. Que los cuide como propios… y no me llamen más, porque no les contesto…

¿Qué hacíamos, pues, nosotros? Venirnos. Venirnos y dejarlo: ¡Cosa más berrionda!

Y el viejo Juan, con un movimiento brusco, se puso el sombrero y se agachó el ala para taparse los ojos. Lloraba.

La puerta del exterior se abrió con estrépito.

Y entra Dolores, pálida, la piel del rostro bello pegada a los huesos, los ojos enormes, extraviados, trágicos.

—Todas son patrañas. Todo lo he oído… Me voy por Manuel. ¡Ya! ¡Cobardes, que dejan a un compañero abandonado! ¡Quien oye al viejo Juan! ¡Viejo infeliz! Traeré a Manuel. Lo que cinco hombres no pudieron, lo haré yo… ¡Y ustedes sinvergüenzas, tiren esos pantalones y pónganse unas fundas! ¡Maricos…!

Abre los brazos, da un grito y cae al suelo, retorciéndose entre los dolores del parto.

Se lanza doña Luz, severa, enérgica, bella, y hace salir a los hombres y a los niños.





Biografía de Efe Gómez

Escritor antioqueño (Fredonia, 1867 1938). Francisco Gómez Agudelo, mejor conocido como Efe Gómez, hizo su bachillerato en la Universidad de Antioquia y se graduó de ingeniero en la Escuela de Minas de Medellín. Siempre tuvo una activa participación en la vida cultural antioqueña, desde sus primeros cuentos, publicados en 1895, en La Miscelánea. Hizo parte de varios grupos culturales, colaboró en revistas literarias como El Montañés, El Repertorio, Alpha y Cirirí, y tomó parte en la activa bohemia que caracterizó los primeros 30 años de este siglo en Medellín. Combinó su dedicación a la literatura con una amplia actividad como minero e ingeniero, en especial en las minas de oro del Zancudo y en las salinas de Guaca. Efe Gómez ha sido incluido dentro del grupo de autores costumbristas antioqueños, del cual hicieron parte también Tomás Carrasquilla y Francisco de Paula Rendón. Sin embargo, sus cuentos y narraciones, más que centrarse en la descripción costumbrista de la vida regional, buscan iluminar profundos y a veces dramáticos conflictos psicológicos; su obra es, ante todo, una descripción de los horrores de la vida, del dolor, de las fuerzas que hacen inalcanzable la felicidad, del valor de la muerte y su función liberadora, del carácter inconfiable de la condición humana. La obra de Gómez se apoya en una contraposición pesimista entre vida y cultura. Esta aparece como fuerza de represión, freno a la energía humana, presión hacia el conformismo y fuente de infelicidad. Algunos de sus personajes se rebelan contra la represión cultural y social, pero en general la sociedad los derrota y los lleva a refugiarse en el alcohol o la desesperanza; otros buscan un triunfo aparente, como el poder y la riqueza, que no pueden surgir sino de la corrupción, la falsedad o el robo. Esto conduce a una visión muy crítica del proceso social que vivía Antioquia, dominada cada vez más por los valores de la riqueza y el éxito económico. La imagen que se presenta de los antioqueños se aparta del optimista elogio a la raza, tan frecuente en sus tiempos. También, tomó parte en la activa bohemia que caracterizó los primeros 30 años del siglo XX en Medellín. Nunca dejó de combinar su actividad literaria con sus labores de ingeniero y minero, en especial en las minas de oro del Zancudo y en las salinas de Guaca.

En su obra enfatiza el misterio de la muerte y su función liberadora, ese matiz no confiable del ser humano, es pesimista, dramático. Ciertos protagonistas de sus obras llegarán a expresarse como rebeldes frente a lo social, frente a lo cultural, pero terminarán derrotados por los hechos, por lo cual habrán de refugiarse en el alcohol o la tristeza desesperante. Otros buscarán un triunfo aparente, como el poder y la riqueza, que no pueden surgir sino de la corrupción, la falsedad o el robo. Esto conduce a una visión muy crítica del proceso social que vivía Antioquia.

La imagen que Efe Gómez presenta de los antioqueños se aparta del optimista elogio a la raza, tan frecuente en sus tiempos. Esta visión trágica y pesimista de la cultura y la civilización puede haberse definido a partir de sus extensas lecturas de Friedrich Nietzsche y Arthur Schopenhauer, señalados por Kurt Levy como sus maestros filosóficos. La obra de Efe Gómez no es extensa. Se ha logrado reunir en tres volúmenes de cuentos (Almas Rudas, Retorno y Guayabo Negro) y en una novela (Mi gente), que retoma muchas de sus narraciones breves. Entre sus mejores cuentos, además de los que dan título a las antologías mencionadas, deben recordarse Un Zaratustra maicero, La tragedia del minero, El paisano Álvarez Gaviria, Un héroe de la dura cerviz, Un crimen, En la selva, Eutanasia y El alcalde de Ríolimpio.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.