María Mercedes Carranza, Quién lo creyera y otros textos


Recientemente, la poeta colombiana hubiera cumplido setenta y cinco años, por lo que desde Esteros Revista, buscamos rendir este homenaje a su vida y a su obra, con estos poemas suyos

Selección por Beatriz Vanegas Athías


Quién lo creyera

Crece una bestia por dentro,
por fuera la más dulce sonrisa.
Las garras se estiran
en uñas rosadas y manos muy suaves.
Crece una bestia por dentro
y esta voz es sólo un gemido.
Si le fuera posible hablar
diría encantada de conocerlo
o cosas por el estilo.

De: «Vainas y otros poemas» (1968-1972)

Tengo miedo

Todo desaparece ante el miedo. El miedo, Cesonia;
ese bello sentimiento, sin aleación, puro y desinteresado;
uno de los pocos que saca su nobleza del vientre.
                                        Albert Camus («Calígula»)

Miradme: en mí habita el miedo.
Tras estos ojos serenos, en este cuerpo que ama: el miedo.
El miedo al amanecer porque inevitable el sol saldrá
                  y he de verlo,
cuando atardece porque puede no salir mañana.
Vigilo los ruidos misteriosos de esta casa que se derrumba,
ya los fantasmas, las sombras me cercan y tengo miedo.
Procuro dormir con la luz encendida
y me hago como puedo a lanzas, corazas, ilusiones.
Pero basta quizás sólo una mancha en el mantel
para que de nuevo se adueñe de mí el espanto.
Nada me calma ni sosiega:
ni esta palabra inútil, ni esta pasión de amor,
ni el espejo donde veo ya mi rostro muerto.
Oídme bien, lo digo a gritos: tengo miedo.

De «Tengo miedo» (1976-1982)




Maldición

Te perseguiré por los siglos de los siglos.
No dejaré piedra sin remover
Ni mis ojos horizonte sin mirar.

Dondequiera que mi voz hable
Llegará sin perdón a tu oído
Y mis pasos estarán siempre
Dentro del laberinto que tracen los tuyos.

Se sucederán millones de amaneceres y de ocasos,
Resucitarán los muertos y volverán a morir
Y allí donde tú estés:
Polvo, luna, nada, te he de encontrar.

De «Hola, soledad» (1985-1987)


18 DE AGOSTO de 1989

Vi estallar en los cielos el relámpago, el nombre
que divide la tarde, las resacas airadas,
el alba como un pueblo de palomas borradas
y acaso vi en todo esto lo que cree ver el hombre.
Arthur Rimbaud

Este hombre va a morir
hoy es el último día de sus años.
Amanece tras los cerros un sol frío:
el amanecer nunca más alumbrará su carne.
Como siempre, entre sus cuatro paredes
desayuna, conversa, viste su traje;
no piensa en el pasado, aún liviano y todo víspera,
en los gestos, hechos y palabras de su vida
que mañana serán distintos en el bronce y en los himnos,
porque este hombre no sabe que hoy va a morir.

En su corazón de piedra
el asesino afila los cuchillos.

Este hombre va a morir,
hoy es la última mañana de sus horas.

Por sus ojos de fría carne azul
sólo pasan idiomas y horizontes
para ciertas cosas que los otros sueñan:
la urgencia del pan y de la sal,
la flor abierta del abrazo, la sangre
invisible y contenida en su caracol de venas.
Ahora conversa por teléfono, escribe un discurso.
En el libro de apuntes lo atropellan
con letra afanada y resbalosa
los nombres y las citas de ese día
porque este hombre no sabe que hoy va a morir.

El asesino esconde la cara siempre
para que el sol no le escupa sus gargajos de fuego.

Este hombre va a morir,
hoy es el último mediodía de sus años.
Con la frente en el abismo sin saberlo
estrecha manos, almuerza, pregunta la hora.
Sus pasos que ha dirigido otras veces al amor
y a asuntos más rutinarios como el olvido
o la toalla azul después del baño,
que lo han llevado a conocer la gloria
en la algarabía elemental de las multitudes,
sus pasos pueden ser contados ya
porque este hombre camina hacia la muerte.

El asesino: humores de momia, hiel de alacrán,
heces de ahorcado, sangre de Satán.

Este hombre va a morir,
hoy es la última tarde de sus días.
Se prepara sin saberlo para el ritual:

con la voz fingida en la memoria,
que casi oye ya entre las caras como olas,
repasa las palabras de la arenga:
pan y verde, lagos de luz, verde y labios.
Frente al espejo rehace el nudo de la corbata,
cepilla otra vez sus dientes
y con los dedos recorre las alas amarillas del bigote.
Entonces las banderas y las manos y las voces,
la lluvia roja de papel picado,
la hora y el minuto y el segundo.

El asesino danza la Danza de la Muerte:
un paso adelante, una bala al corazón,
un paso atrás, una bala en el estómago.

Cae el cuerpo, cae la sangre, caen los sueños.
Acaso este hombre entrevé como en duermevela
que se ha desviado el curso de sus días,
los azares, las batallas, las páginas que no fueron,
acaso en un horizonte imposible recuerda
una cara o voz o música.

Todas las lenguas de la tierra maldicen al asesino.

18 de agosto de 1989 (1990)




Elegía

Caminaba mirando al cielo
Y me fui de narices.
Ahora echo sangre por todas partes:
Las rodillas, el aire, los recuerdos,
Mi falda se desgarró
Y perdí los aretes, la razón.

¿No hay en el alma
Una manera otra
De vivir un desamor?

«Maneras del desamor» (1990-1992)

Canto 2

Mapiripán

Quieto el viento,
         El tiempo.
Mapiripán es ya
          Una fecha.

Canto 4

Dabeiba

El río es dulce aquí
           En Dabeiba
y lleva rosas rojas
esparcidas en las aguas.
            no son rosas,
            es la sangre
que toma otros caminos.

Canto 13

Uribia

Cae un cuerpo
             Y otro cuerpo.
Toda la tierra
Sobre ellos pesa.

De «El canto de las moscas, Versión de los acontecimientos» (1997)



Beatriz Vanegas Athías, escritora, docente y editora de Majagual, Sucre, Colombia. Columnista de El Espectador.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.