Entrevista a Gäel Faye

Por Susana Reinoso

Parque Nacional de los Volcanes, Ruanda.

“Ser mestizo como yo es un dolor de identidad”.

“Cuando se abandona un lugar se dedica un tiempo para decirle adiós a la gente, a las cosas, a los sitios que uno ama. Pero yo no abandoné el país, huí de él. Dejé la puerta abierta de par en par detrás de mí y partí sin mirar atrás. Recuerdo simplemente la mano pequeña de papá que se agitaba en la galería del aeropuerto de Buyumbura”…. Este es el momento en que Gabriel, el protagonista de “Pequeño país” (Salamandra), comprende a la corta edad de 10 años que ha perdido para siempre el territorio de la infancia, y que nada volverá a ser igual en su vida.

Premiada con el prestigioso Goncourt des Lycéens, la ópera prima del escritor y músico franco-ruandés Gäel Faye se convirtió rápidamente en un suceso literario en Francia, donde actualmente vive con su familia, tras residir los dos últimos años de su vida en Kigali, la capital de Ruanda. A su país materno vuelve de vacaciones.

La historia de ese niño nacido en Burundi, hijo de un francés y de una ruandesa, se parece mucho a la suya. Gabriel es el alter ego de Faye.

Pero detrás de ese pequeño país de la infancia que pierde brutalmente por la guerra civil en Burundi a la que se agrega el genocidio en Ruanda, país donde vive toda su familia materna, hay un deseo de no olvidar, de pertenecer a la tierra de la que huyó. Por eso, a pesar de los años que demora en regresar, conserva esa página que la señora Economopoulos, una vecina del callejón, arranca de un libro y le regala, al tiempo que le aconseja velar por sus jardines secretos y nunca olvidar de dónde viene. Es un poema del escritor haitiano Jacques Roumain que dice: “Si se es de un país, si se ha nacido allí, si se es como quien dice nativo-natural, uno lo lleva en los ojos, en la piel, en las manos, con la cabellera de sus árboles, la carne de su tierra, los huesos de sus piedras, la sangre de sus ríos, su cielo, su sabor, sus hombres y sus mujeres…”

La vida de Gabriel y su hermana es tan banal como la de cualquier niño, con las travesuras propias de su edad, pero cuando esa pequeña patria construida con los amigos se resquebraja, por impacto de los acontecimientos violentos que le son ajenos al niño y su familia, se vuelve fundamental atesorar todos los instantes.

Es una preciosa novela de reencuentro de un adulto con el niño que fue y perdió. Y como adulto trata de entender lo que en su vida infantil vivió como una repentina película de horror sin la dimensión exacta de la violencia desatada a su alrededor.

En Buenos Aires, Gäel Faye resultó exótico por su cultura ruandesa. Pocos occidentales conocen lo que ocurrió en su bellísimo país materno en 1994. De abril a junio, exactamente durante cien días, fueron masacradas en el llamado país de las mil colinas casi un millón de personas: mujeres, hombres y niños tutsis, una de las dos etnias mayoritarias de Ruanda. Murieron a manos de los hutus, la otra etnia, que históricamente había sido privada de los mismos derechos que los tutsis, por los colonizadores primero y luego por los sucesivos gobiernos que repitieron el modelo.

El genocidio se perpetró con la colaboración de todos. Nadie que haya sobrevivido a la masacre y que viva hoy en Ruanda puede decir que no fue víctima o victimario. Este año, Ruanda conmemora cada vez con más fuerza los 25 años de aquella masacre y fortalece su cultura para la paz.

En diálogo con Esteros, Faye dijo que solo aspira a ser un “autor” porque eso le da posibilidad de trasegar tanto el campo de la música como la poesía o la narrativa.

Para quien ha conocido Ruanda y a su gente la primera pregunta sobre el genocidio era insoslayable.


Esteros: André Malraux se preguntaba si hay una región crucial en el alma humana que se opone a la fraternidad dando origen a la crueldad.

Gäel Faye: No he leído a Malraux, pero recuerdo que en la biblioteca de mi padre había un libro suyo. Era “La condición humana”. Creo que es la gran pregunta incluso hoy: por qué? A fuerza de trabajo, de lecturas y conversaciones puedo entender cómo llegamos hasta allí, los mecanismos que se pusieron en marcha, pero no entiendo el por qué. En Ruanda mataron a mucha gente, pero por qué hemos tenido que sufrir tanto, por qué tanto refinamiento en el horror, por qué el vecino mató a su vecino. Este origen de la crueldad permanece como una pregunta para la que no he podido encontrar una respuesta.

E: En Ruanda conocí a Simon Bikindi, un cantante muy popular que modificó las letras de sus canciones invitando a matar tutsis. Es todo lo contrario a lo que uno espera del arte y los artistas.

GF: Hoy en día, en Ruanda, el status de periodistas y artistas es muy difícil de llevar, porque unos y otros incitaron a la muerte hace 25 años. Hay que entender que matar a los tutsis en 1994 era un acto de salud. Un buen ciudadano hutu tenía que matar tutsis. Un buen compositor, un buen artista tenían que incitar a la muerte. Cambiaron todos los códigos de la moral. Y estoy seguro de que los genocidas que pudiste conocer no están arrepentidos, simplemente piensan que fueron buenos ciudadanos. Y lo que es muy difícil de sobrellevar en Ruanda es que estos antiguos burócratas que han purgado penas en prisión no entienden por qué tuvieron que pasarlo. Ruanda es un país muy organizado con un culto muy fuerte al jefe. Incluso los colonizadores desde el vamos tuvieron esa impresión. Y la gente es muy obediente. La figura del rebelde es execrable para la sociedad ruandesa. Yo estoy en una situación difícil. Los franceses adoran a los rebeldes, pero los ruandeses no. En Ruanda gusta el que se funde con el grupo. De ahí nace la Interahamwe (grupos paramilitares que violaban y asesinaban en grupo y con machetes) que en lengua kinyarwanda quiere decir “los que trabajan juntos”. Por eso se obedeció la orden de matar a los tutsis. Lo que hay que interrogarse en nuestra cultura ruandesa es la predisposición a aceptar la orden. No hay muchos pueblos que lleguen tan rápidamente al genocidio. Hay un demógrafo francés -Emmanuele Todd- que hizo un estudio comparativo entre Ruanda, Alemania y Japón. Es muy interesante cuando analiza la relación con el jefe y el lugar. No es posible saber el por qué del genocidio. Siempre habrá quien se oponga a un punto de vista. Pero en Ruanda hubo quienes dijeron no: los hutus moderados. O sea que siempre hay una cuota de libertad, aunque ellos también fueron masacrados.

E: ¿Cómo articula sus dos culturas teniendo en cuenta que su padre es francés y su madre ruandesa?

GF: Son dos culturas que se pueden armonizar. No tiene que haber jerarquías. En la pareja de mis padres no fue así. En su pareja había un desbalance aunque no se hablaba. Se consideraba que lo francés era más importante que lo ruandés. La cultura francesa tenía una dimensión más noble, según esa perspectiva. Ser mestizo como yo es un dolor de identidad.

E: Francia se involucró del lado equivocado en el genocidio. Los tutsis siempre esperaron un pedido de perdón de Francia que no ha llegado hasta hoy, como sí hizo Estados Unidos.

GF: Es legítimo ese reclamo, porque hay dirigentes que han tenido una responsabilidad fuerte en lo que pasó en Ruanda. Un ejército profesional que sostiene a un ejercito genocida antes, durante y después. Muchos países presentaron sus excusas. Pero Francia no. Mientras esto no ocurra va a hacer difícil recrear un diálogo. Yo soy el receptáculo de esta historia en mi corazón. Lo que me pasa a mí es lo mismo que a Gabriel en la novela. Se le dan situaciones en las que tiene que responder por los actos de los franceses frente a los tutsis, y de las acciones de los tutsis ante los franceses.

E: Desde el pequeño país de su infancia que fue Burundi, hasta el pequeño país de su madre que es Ruanda, qué se encuentra al volver de adulto?

GF: La gran desgracia de todos los adultos es estar exiliados del pequeño país de la infancia. Burundi y Ruanda van dentro de mí igual que Francia. Y es algo que repito en forma constante. Para mí no hay fronteras entre estos tres territorios. Yo los he fusionado. No vivo de un lado u otro de la frontera, sino que me pongo sobre las fronteras. No es una postura. Es mi realidad luego de haber constatado que hay grandes diferencias entre los tres países. Y en cuanto a Burundi, su actual situación me rompe el corazón.

E: ¿Cómo fue el momento exacto en que sintió que tenía que escribir una novela viniendo de otra disciplina del arte como es la música?

GF: Extrañamente no hay un momento exacto en que nace la novela. Escribo todos los días. Voy con una libreta, abro caminos, los cierro, los transformo… “Pequeño país” es la continuación de una canción que no se así, sino que podría traducirse como “El tedio”. Pero sí tengo otra canción titulada “Pe queño país” que no tiene nada que ver. Bauticé así a la novela porque la canción me dio muchas satisfacciones. Para mí la creación es como un solapamiento permanente. Por ejemplo, empecé a escribir la historia de un niño cuyos padres se divorcian, sin mención al genocidio. De repente ocurre el atentado a Charlie Hebdo. Y ese atentado me retrotrajo a una situación 20 años atrás, cuando era niño. Ahí fue donde decidí incorporar la violencia a la historia. Escribir es para mí como una canilla abierta en forma permanente, porque terminamos por dejarnos absorber por el ambiente.

E: ¿Y qué significado le atribuye a la escritura?

GF: Lo más mágico de la escritura es cuando yo tenía 11 años, en Burundi, y estalló la guerra, me calmaba mucho escribir. Es el único momento preciso de escritura que puede recordar. El resto del tiempo todo es una continuidad que se transforma. De hecho, cuando la editora vio mi libro no había escrito más que 30 páginas y no tenía idea de hacia dónde quería ir. Al escribir es que se va creando la historia. No consigo hacer un plan. El fin del libro se me impuso; no lo había pensado. Yo sabía que Gabriel quería reencontrar a su madre, pero no sabía qué le diría el personaje una vez que lo hiciera. Y cuando se ven y ella lo llama Christian, como su primo asesinado en el genocidio, la palabra me buscó a mí. No lo pensé. Quizá busco que se exprese el inconsciente. Luego retrospectivamente uno puede verlo mejor.

E: Reencontrar a su madre era para Gabriel recobrar algo del pequeño país de la infancia.

GF: Sí, pero la historia no podía detenerse en el exilio. Y eso era muy importante. Me entristece mucho ver esas historias del continente africano donde los héroes siempre se van. En muchas películas sobre Africa ocurre eso. Y eso transmite la idea de que Africa es un continente que hay que dejar. Y yo quiero reencontrar ese lugar y recrear todo lo que se ha perdido. Para mí era importante que Gabriel pudiera regresar y ocuparse de su madre. Porque la guerra y la violencia son accidentes de la historia. Pero lo le da sentido a la vida es la familia, el amor, la amistad.

E: ¿Con qué frecuencia vuelve a Ruanda?

GF: Desde hace un año me instalé de nuevo en Paris con mi mujer y mis hijos. Vivíamos en forma permanente en Kigali, la capital de Ruanda. Y los niños iban a la escuela allí. Estuvimos dos años completos. Ahora vamos de vacaciones. Mi esposa nació en Francia pero es de cultura ruandesa.

E: ¿Cómo continúa su presente?

GF: Hay una palabra en francés que me gusta mucho: autor. Porque tanto se puede ser autor de música como de novelas. De modo que aspiro a ser un autor.


Gaël Faye. Compositor y rapero.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.