Editorial

Hay un silencio desolado
cada trozo de la casa gime,
más adentro aún se guarece
el aliento en su propio espanto.


Quizá, finalmente sea cierto que debamos volver a abrazarnos de palabras. Otras formas de nombrar este, ya otro tiempo. Y regresar a la tierra, al aire, a lo pequeño, lo cierto. ¿Cómo nombrar, acaso, nuevamente al tiempo cuando las horas se han poblado de silencio y ausencias? Y la mudez es un carro que empujamos cuando no sabemos aún cómo —rumbo a ser otros— comprendernos. Hay noches blancas y momentos que nos inician, si queremos hacerlo, en eso de retornar y hablar. O romper las normas viniendo al centro de las cosas, aunque sin saber todavía cómo.

El poeta elige decir, gritar, rumiar. O, simplemente, observa la música de un submundo —otro mundo— en el que el miedo y el misterio se parecen a las oscuridades primeras. Pero, el devenir de la poesía sabe de ciclos largos, de alterar las formas, salirse de todo esquema, sembrar la casa e instaurar los anhelos como pañuelos de una tregua. Quizá busquemos vaciarnos de ideas, deponer las defensas, ser cuerpo que se dispone a ir hacia dentro en un paréntesis para huir de la realidad de ensueño, sin profanar con los ojos de hoy los años que vendrán. Si el arte es otra realidad, la de los artistas es una postura (o impostura) que nace de las circunstancias. ¿Qué ves desde tu balcón, en tu jardín, desde tu ventana con tu puñado de sueños? Crear es vivir más allá de las fronteras del cuerpo, de la casa que se habita en él.

Esto venimos a pedir, acaso a ofrecer, con un enorme manojo de palabras que quieren aprender a reconocerse en una sola voz. Ahogo, puño, sopa, disparo, jaula… todo mezclado en la forma atroz de este año de nuestras vidas. Vamos a reconstruir las paredes para volver a erigir un mundo. Salir de los pixeles de la pantalla y retomar la costumbre de los espejos que miran hacia el interior. Instaurar el juego como alguna vez el fuego. Dejar de domesticarnos como compromiso para la creación. Vislumbrar las sombras largas del otoño escudriñando lo que queda y lo que resta. Avanzar, volver a mirar atrás, compendiar el pequeño universo personal y sus colores, sus rituales vivos. Llorar hasta purificarse, tanto como invitar a los fantasmas a tomar el té y oír sus cuentos.

El mundo está sobre nuestras cabezas y cargamos un peso muerto, pero también existe la contemplación humilde de la tierra y el sonido del viento, podemos escoger las semillas de lo que habremos de ser. Hallar lo inconmensurable en un solo día de todos los vividos, elegir refugio en el camino profuso del sufrimiento y goce en la búsqueda del poema. Hay nuevos símbolos que crecen junto a la hecatombe de las horas. Y las flores —¡tantas!—, cada segundo y rincón siguen creciendo. Con ellas elegimos renacer. Necesitamos sentir su aroma y entender su lenguaje. Esta vez, sí, hallar el tiempo y no dejarlo, porque hay paisajes interiores y el fluir de la conciencia siempre, una y otra vez, sorprendente sigue su curso.

Carolina Zamudio

Montevideo, 4 de junio de 2020.




Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.