Viaje a la memoria de Ricardo Piglia

Por Susana Parejas

Ya muy enfermo, el escritor argentino protagonizó el documental, “327 cuadernos”, dirigido por Andrés Di Tella. Un relato conmovedor y poético sobre los diarios que escribió durante 50 años y sobre la valentía de escribir hasta el último día.

La mitad de un segundo. Es el tiempo que tardan en aparecer 231.000 resultados, si se pone: “Ricardo Piglia videos” en Google. Su imagen recorre una especie de lista —como las que le gustaba hacer a él— en la primera página del buscador. Conversación, conferencia, clase. Con Piglia, por supuesto. Está él en todos los videos. Abre sus ojos y levanta sus cejas cuando enfatiza algo que dice, mueve sus manos con fuerza gestual y riéndose con picardía. Se intuye su humor. Está con su rostro enmarcado con poleras negras, o camisas blancas, con su lunar sobre su sien izquierda, su cabello más corto, más largo, más indomable. Bajo el sol de Cartagena, en Mar del Plata, en un estudio de la TV Pública, hablando en Madrid, y en México, con lentes con armazón de metal, o negra, o sin ellos. Piglia disertando con naturalidad, analizando sus novelas, hablando de su abuelo, su padre, madre, y hasta de su profesora de inglés de la infancia, respondiendo preguntas, dando una clase magistral sobre Borges, recibiendo un premio.

Cientos de minutos compartidos con Piglia, de una forma tan extraña, tanto como la presencia de la ausencia que dan esos videos. Ricardo Piglia murió en Buenos Aires el  viernes 6 de enero de 2017, a causa de las complicaciones generadas por la ELA (esclerosis lateral amiotrófica), una enfermedad neuromuscular progresiva. Tenía 75 años. Hacía muy pocos meses que había sido publicada la última parte de la trilogía autobiográfica Los Diarios de Emilio Renzi, álter ego de Piglia que recorrió con mayor o menor asiduidad su trabajo.

Entre todas las imágenes aparecen las del tráiler del documental 327 cuadernos; comienza con un camino, una ruta sumergida en una densa niebla. Se escucha la voz en off de Piglia:  “Domingo. Lunes 26. Voy a leer esta página. En esos días, en medio de la desbandada empecé a escribir un diario. Por supuesto, no hay nada más ridículo que la pretensión de registrar la propia vida. Sin embargo estoy convencido de que si no hubiera empezado esa tarde a escribirlo, jamás hubiera escrito otra cosa”.

La película es una coproducción argentina-chilena dirigida por el cineasta fundador del Bafici, Andrés Di Tella. De cómo surge la idea y la forma de este emotivo documental, sin solemnidades y con mucha poética, tiene que ver con una amistad de tres décadas.

La entrevista que Andrés Di Tella le había hecho a Piglia para el diario en el que trabajaba ya había terminado, cuando el escritor lo sorprendió con una pregunta: “¿Podés pasarme la transcripción de lo que conversamos?”. La charla había girado sobre guionistas y, a pesar de lo extraño del pedido, ese mismo día se la envió.

Al otro día, el escritor le devolvió un texto totalmente diferente, con forma de entrevista, de hecho después Piglia lo rescató en el libro Crítica y ficción (Anagrama). “Eso salió publicado así, pero en realidad era un texto original de él, que tenía que ver, por supuesto, con nuestra conversación. Era una síntesis mucho mejor de lo que yo había hecho. Para mí fue una gran lección sobre la forma”, remata la anécdota Di Tella.

Ésa fue la primera vez que se vieron, hace más de treinta años. Luego vinieron, otras. Muchas.

A fines de 2010, Piglia decidió jubilarse de su cargo de profesor en la Universidad de Princeton en Estados Unidos. Había estado en el país del norte unos quince años, era hora de levantar campamento. Di Tella estaba allí también, había ido otras muchas veces. En ese momento, algo los unía más allá del afecto. El director tenía ganas de hacer un diario cinematográfico puro. Piglia también quería crear algo con sus míticos diarios privados, escritos durante más de cincuenta años. Con letra despareja, a veces inteligible, siempre sobrevolando el renglón, en cuadernos Triunfo, y luego en cuadernos de tapa de hule negro marca Congreso. La idea de hacer el documental lo motivaba a cumplir su propósito. 

“Cuando volvió a Buenos Aires, juntó las distintas cajas con los cuadernos, algunas que había llevado a Princeton, otras que tenía guardadas en su estudio, otras la tenía su hermano en Mar del Plata. Juntó todas esas cajas y empezó a leerlos, lo que está registrado en la película es justamente el primer día en que él empieza a abrir esas cajas. La película es un documental sobre Piglia, pero a la vez también se puede ver como una fábula acerca de un hombre lidiando con su memoria. Un hombre que está recordando su vida y dándole un sentido. Porque ese sentido es lo que le da identidad. A él y a cualquiera”, detalla el director. 

Cuando Di Tella le preguntó cuántos cuadernos había, Piglia aproximó una cifra: 327. Y ahí quedó.

“Las cosas que uno tiene que hacer por un amigo”, dice Juan Carlos, “El Tata” Cedrón. Sin resignación, más bien con ternura, se refiere a su aparición en el documental. El Tata es un destacado músico y compositor argentino, director e intérprete de guitarra, desde los ’60 formó el Cuarteto Cedrón.

La amistad que tenía con Piglia viene de toda la vida, y su inicio se entrelaza con la mudanza que trastocó para siempre al escritor. Piglia nació el 24 de noviembre de 1941, en el sur del conurbano bonaerense, en Adrogué. En 1957, Ricardo dejó su ciudad natal y a su abuelo Emilio, y partió hacia Mar del Plata. No era algo a voluntad. Después del derrocamiento de Perón en el ’55, la cosa se había puesto difícil para su padre, un médico, peronista “clásico” que había estado preso en el ’56  “por defender al General”. Junto con la mudanza, unida a un sentimiento de destierro, Piglia empezó a escribir sus cuadernos, hábito —u obsesión— que no abandonó nunca. “Si he publicado algunos libros, y publicaré algunos más, es para justificar esos cuadernos que he escrito toda mi vida”, dijo alguna vez sobre los diarios.

El Tata también vivía en Mar del Plata, en Camet. Y allí comenzaron su amistad. Él y Piglia se habían puesto de novios con dos chicas que iban juntas al colegio secundario. “Él tenía dieciséis años, yo soy un año mayor.  Por esa época, yo tocaba folclore, y un día Ricardo me dice: ‘Pero nosotros somos urbanos, del campo no sabemos nada de nada’”, recuerda el músico.

Los nombres y los lugares van cambiando pero siempre hay algo que los une, la calle Corrientes, los cafés que se tomaron en El Comedia, el Politeama, o el Ramos; las películas que vieron en el Lorraine, “Éramos expertos en Bergman (Ingmar), por esos años, Piglia siempre andaba con un piloto color cremita con cinturón suelto atrás y la solapa levantada. Y caminaba, como lo hace él, siempre agachado para adelante, nosotros le decíamos ‘Humphrey Bogart’”, describe Cedrón.

Piglia se había mudado a La Plata para estudiar Historia en la universidad de esa localidad, pero no dejaba de visitar la capital porteña. “Es como si la ciudad de Buenos Aires hubiera sido siempre el horizonte del país. He vivido siempre ahí”, dijo el escritor alguna vez.

“Cuando vino a Buenos Aires, se fue a La Plata, luego fue a vivir a la casa de mi hermano Alberto, en un conventillo de la calle Olavarría, en La Boca. Después se fue, él lo cuenta en el libro, pero de una forma muy pudorosa. Tuvo un pequeño problema con mi hermano, que era terrible, era un extraordinario pero un paranoico total. Y, entonces, qué sé yo…, había muchos problemas, había muchas chicas que iban, había codazos…, ¿entendés?”— se ríe suspicazmente el Tata. “A mí me echó también”, acota soltando una carcajada, y aclara: “Pero, mi hermano era un alma páter para nosotros”.

“En La Boca, él y Briante (Miguel) lo volvían loco a Abelardo Castillo, con la revista que tenía (El grillo de papel), cuando estaba todo el problema de la discusión de Faulkner (William) y Rulfo (Juan), lo desmenuzaban. Y yo aprendí mucho con ellos. Escucharlos era estar en clases magistrales”, rememora el Tata de aquellos tiempos de juventud.

Esteros: —Tata, ¿si Piglia fuera una canción qué sería?

Tata: —Una milonga, responde luego de un silencio oportuno.

Al Tata le gusta hablar de su amigo, se le nota. “Cuando hizo lo de Roberto Arlt en la televisión, me pareció extraordinario. Entonces le mandé unas líneas diciéndole cómo me había gustado. Y él me escribió: ‘Sabés Tata, lo que nos enseñó a nosotros Roberto Arlt fue a no ser cursis’. Tengo muchos recuerdos, con Piglia somos hermanos. Cómo no lo voy a querer”, dice emocionado.

“Cómo no lo voy a querer”, repite.

Y esa última frase queda suspendida en la charla.

Las manos de Luisa Fernández se adivinan en la película de Di Tella. Tipean un texto dictado por Piglia. Él lee, ella escribe. El sonido de las teclas acompaña la voz del escritor. Luisa tiene treinta y cuatro años, pelo negro largo y sonrisa tímida. Nació en Puebla, a unas dos horas del DF. Es hija única en una familia con “muchas tías y muchas mamás”. Se había recibido de psicóloga y estaba estudiando su segunda carrera, Filosofía, cuando se le ocurrió hacer una maestría en la Universidad de Buenos Aires. Juntó sus ahorros y partió.

En la capital porteña conoció a Beba Eguía, la esposa de Ricardo. Largas charlas, comidas compartidas… hizo que surgiera la amistad, primero, entre las dos. Y, luego, con el escritor. Luisa se convirtió en la asistente del autor de Respiración artificial y Plata Quemada, y comenzó a trabajar transcribiendo los diarios.

El trabajo de la transcripción tomó entre nueve y diez meses. En 2015 salió a la luz Años de formación (1957-1967), el primero de Los diarios de Emilio Renzi arranca con un escritor en ciernes que tiene apenas dieciocho años. “¿Cómo se convierte alguien en escritor —o es convertido en escritor— ? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro)”, escribe en él. Se completa la trilogía con Los años felices (1968-1973)  y Un día en la vida.

Trabajaban horas y horas seguidas. “Estábamos fascinados. Trabajábamos como locos; yo llegaba a su casa a las diez de la mañana y me iba a las doce de la noche. Pero, teníamos esa necesidad de avanzar, avanzar y avanzar. Y, para él, sumergirse en esos aspectos, era a veces difícil, pero la mayoría de las veces muy divertidos. La pasábamos muy bien. Nos reíamos mucho. La alegría de la literatura estaba ahí”, afirma la ‘musa mexicana’, tal la dedicatoria de Piglia en su libro. La otra es para Beba, ‘a lectora de su vida’.

E: —¿Cómo definirías a Ricardo?

Se toma un minuto para pensar la respuesta.

Fernández: —¡Híjole!, es muy difícil. Es un amigo muy cercano para mí, hemos vivido muchas cosas juntos. Yo he aprendido muchas cosas de él, hemos transitado por un trabajo muy duro. Toda una revisión de la vida. 

En medio de la filmación de 327 cuadernos, por septiembre de 2013, algo que había empezado como un dolor en la mano izquierda de Piglia terminó en un diagnóstico sombrío: Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). “En la película faltaba mucho, sobre todo para leer en los diarios. Pero, él me llamó y me dijo: ‘Sigamos’. Él quiso seguir adelante, pero muchas de las lecturas las hizo en esa situación”, cuenta Di Tella. 

“A medida que está pasando la película, el tipo está cada vez más arruinado, pero porque se dedica a actividades que no están previstas en el guión”, bromea riéndose Piglia en una escena. Hace reír a Di Tella, sentado frente a él. Su relato sigue, fue en el gimnasio que se ‘jodió’ la mano izquierda; y por ‘cantar demasiado’ le está fallando la voz.  El ‘tipo’ es él. Pero, no es la primera vez que habla en tercera persona sobre sí mismo.

Ricardo Emilio Piglia Renzi, dividió por dos sus nombres y apellidos para crear ese álter ego, que sus lectores conocen muy bien: el escritor Emilio Renzi. Los diarios… no están contados por él, sino por Renzi. Esa “gambeta” entre realidad y ficción que tan bien manejó.

Ricardo Piglia trabajó hasta el final. Le gustaba hacerlo por las mañanas. Nunca dejó de hacerlo, aun estando “embromado”, como solía decir.  Después de la publicación de sus diarios, llegó otro libro póstumo, Los casos del comisario Croce (Anagrama), el mismo que aparece en Blanco nocturno.  Ya inmóvil por la ELA, lo escribió con un programa de detección de la mirada. En la “Nota de autor” que cierra el libro dice con su prosa inconfundible: “Compuse este libro usando el Tobii, un hardware que permite escribir con la mirada. En realidad parece una máquina telépata. El interesado lector podrá comprobar si mi estilo ha sufrido modificaciones. Mis otros libros los escribí a mano o a máquina (con una Olivetti Lettera 22 que aún conservo). A partir de 1990 usé una computadora Macintosh. Siempre me interesó saber si los instrumentos técnicos dejaban su marca en la literatura. ¿Qué cambia y cómo? Dejo abierta la cuestión”.

Piglia siguió escribiendo. Valiente, imbatible. Como siempre. Como desde que empezó su diario aquel día en 1957: “Miércoles. Nos vamos pasado mañana. Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, no al que se deja de ver”.


Ricardo Piglia. Nació en Adrogué, Buenos Aires, Argentina. Escritor, profesor y crítico literario argentino, considerado uno de los escritores más relevantes del siglo XXI. Debutó con la colección de relatos, Jaulario, en 1967, y alcanzó el éxito con la publicación de su primera novela, Respiración artificial (1980). Posteriormente publicó las novelas: La ciudad ausente (1992), Plata quemada (1997), Blanco nocturno (2010) y El camino de Ida (2013). Entre sus relatos sobresalen: La invasión (1967), Nombre falso (1975) y El pianista (2003). Piglia trabajo por más de una década en las universidades de Harvard, Princeton, California, y en Buenos Aires. Como guionista escribió Corazón iluminado (1996), El astillero (2000) y Plata quemada (2000), entre otros.


Susana Parejas. Periodista, editora, guionista y productora. Directora de la serie Creadores.

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.