Hay libros que nacen de la urgencia, de la necesidad, casi siempre del deseo; y otros que nacen de la conciencia de estar viviendo un momento histórico. Carolina Zamudio nos aproxima al libro Escrito sobre la peste, del escritor Rafael Courtoisie, texto poético-ensayístico que nos enfrenta a nuestro presente y a nuestra encarnada e insondable vulnerabilidad.
por Carolina Zamudio
El contagio de un lenguaje
La literatura puede ser considerada testimonio de época, en cuanto producto de un lenguaje y circunstancias comunes a las que el escritor se adhiere para abrevar en esa coyuntura, ya sea por acuerdo u oposición. Hay libros que nacen de la urgencia, de la necesidad, casi siempre del deseo; y otros que nacen de la conciencia de estar viviendo un momento histórico.
Escrito sobre la peste, de Rafael Courtoisie (Huerga y Fierro, España, 2025), incluido en la colección La rama dorada, dedicada al ensayo, pertenece a esa zona donde ambas condiciones se superponen: la escritura como reacción inmediata al mundo y, al mismo tiempo, como reflexión sobre la fragilidad del lenguaje cuando la realidad se vuelve extrema. No es exactamente un ensayo, ni una crónica, ni un libro de poemas en prosa. Es, más bien, una meditación literaria sobre la peste contemporánea —la del 2020— que dialoga con una larga tradición de textos escritos bajo el signo de la enfermedad colectiva.
Y es un ejercicio de reflexión su lectura hoy, justo seis años después de que el mundo se paralizara para reformular sus propias reglas —un nuevo lenguaje— , y después de que los países y las personas escribieran sus nuevas reglas con la torpeza que da la zozobra. Y también con sus mínimos aciertos.
Desde las primeras páginas, Courtoisie instala el problema central: la pandemia no altera solamente los cuerpos sino también el significado de las palabras. «Las palabras se comen con los oídos, pero el virus se come el sentido de las palabras», escribe. Esa inversión semántica —casi una metáfora biológica del lenguaje— se despliega en una serie de escenas donde los objetos cotidianos cambian de estatuto: «los pasamanos, las barandas de las escaleras, los picaportes de las puertas… se han vuelto instrumentos propicios para contraer el mal». El mundo doméstico, de pronto, se vuelve sospechoso. Los gestos elementales de la convivencia —tocar, beber, besar— quedan bajo vigilancia.
La poesía de Courtoisie siempre ha trabajado con esa tensión entre lo mínimo y lo inquietante. En libros como Tiranos temblad o Todo es poco, el poeta uruguayo convirtió el detalle cotidiano en un detonador metafísico. La crítica ha insistido muchas veces en ese rasgo. Desde hace algunos años he seguido de cerca la obra de Courtoisie, y comenté en esta misma revista, Esteros, que su escritura posee la capacidad de «ver lo doméstico con mirada extraordinaria», una forma de observación que convierte lo mínimo en revelación. Esa misma operación aparece aquí, aunque atravesada por el clima de amenaza que la pandemia impuso a la vida cotidiana.
En Escrito sobre la peste el gesto poético se vuelve casi microscópico. El virus —ese organismo diminuto— se convierte en una metáfora de escala. El mundo entero parece reducirse a una superficie de contacto, a una trama invisible de contagios posibles. «Antes se besaba, ahora se desinfecta», resume el autor con una frase que condensa la experiencia emocional del confinamiento global.
Pero el libro también dialoga, de manera implícita, con una genealogía literaria muy antigua. Las epidemias produjeron obras intensas de la literatura occidental. El Decamerón, de Giovanni Boccaccio, con la peste negra del siglo XIV, o La peste, de Albert Camus, donde la enfermedad funciona como alegoría moral y política del mal que atraviesa a las sociedades modernas, solo por nombrar dos.
Courtoisie conoce esa tradición y escribe dentro de ella, pero su apuesta es muy original, como lo suele ser su obra toda. No le interesa reconstruir la historia de la epidemia ni construir una alegoría moral. Su preocupación es el lenguaje. Cómo hablar cuando la realidad parece haber desbordado las palabras: muy dentro de su búsqueda primordial, el lenguaje. Cómo narrar un mundo en el que el contacto humano —el gesto más elemental de la vida social— se vuelve peligroso. Courtoisie vuelve aquí, en este personalísimo ensayo compuesto de textos independientes pero de pertinente cohesión, a la materia primaria de su literatura: las palabras.
Y allí aparece uno de los hallazgos del texto: la peste no solo enferma a las personas, también «adelgaza» el lenguaje. Las palabras —dice el autor— se vuelven repetición, rumor, eco. Algo se vacía en ellas.

La tradición literaria de la peste
Las epidemias han sido siempre momentos de revelación narrativa. Cuando el orden cotidiano se rompe, la literatura encuentra una zona de intensidad donde mirar al ser humano sin mediaciones. Desde el siglo XIV hasta hoy, la peste ha funcionado como una metáfora radical del límite. El autor uruguayo lo sabe y contribuye desde su tiempo a ello. También en Ensayo sobre la ceguera, del portugués José Saramago, la epidemia imaginaria revelaba la fragilidad moral de la sociedad. Courtoisie se inscribe en ese linaje, pero desplaza el foco hacia un territorio más íntimo: el modo en que la pandemia altera nuestra percepción del mundo.
Por momentos, su escritura adopta la forma de pequeñas iluminaciones. Los objetos cotidianos —un vaso, una cuchara, una puerta— se convierten en signos de peligro. La materia doméstica se vuelve extraña. El mundo se reorganiza alrededor de la posibilidad del contagio. Y son en estos gestos mínimos donde el autor posa la mirada para iluminarla de hallazgos. Ese procedimiento se inscribe en una de las características más potentes de la poesía de Courtoisie: lo mínimo adquiere un espesor inesperado.
También he señalado en reseñas anteriores que la poesía de Courtoisie funciona como un dispositivo de ampliación de lo cotidiano. Sus textos operan como «pequeños artefactos de pensamiento», piezas breves capaces de abrir una reflexión inesperada. Escrito sobre la peste lleva esa lógica al terreno de la experiencia histórica: el virus como detonador filosófico.
Hay, además, una dimensión ética en el libro. No se trata de una ética explícita, ni de un discurso moralizante. Es más bien una conciencia del límite. La pandemia obliga a reconsiderar los gestos más simples de la vida humana. «Antes la sed llamaba al agua. / Ahora la sed y el agua se separaron para siempre». La frase parece exagerada —quizás lo sea—, pero captura algo esencial del momento histórico que el texto intenta fijar. Durante los meses más duros de la pandemia, el mundo entero vivió bajo la sospecha del contacto. El lenguaje mismo se llenó de palabras nuevas: cuarentena, distanciamiento, protocolo, curva epidemiológica.
La literatura, sin embargo, tiene otra tarea. No describir el fenómeno, sino revelar su dimensión humana. En ese sentido, Escrito sobre la peste funciona como una cápsula poética de su tiempo. No pretende explicar la pandemia, ni ofrecer respuestas. Su apuesta es más modesta y más ambiciosa a la vez: registrar el modo en que una crisis global altera la relación entre las palabras y el mundo.
Quizás por eso el libro termina funcionando como una suerte de espejo literario de un momento colectivo, algo a lo que acaso aspire la más exquisita literatura. Y también —como en los grandes libros sobre epidemias que lo preceden— una forma de preguntarnos qué queda de lo humano cuando el miedo se vuelve cotidiano.
Porque, como sugiere Courtoisie a lo largo de estas páginas, cada peste deja algo más que muertos y estadísticas: deja un vocabulario nuevo para nombrar el mundo.
Y también, inevitablemente, un silencio.
Textos de Escritos sobre la peste
X
El pensamiento de la enfermedad es un pensamiento oblicuo, no directo, se inclina. Pensar la enfermedad es manipular la idea de la muerte, la idea del sufrimiento. La enfermedad es una incorrección que supone una desviación, un apartamiento de la línea recta. La enfermedad tuerce, desvía la cadena silogística, curva el razonamiento, desfonda el sentido común y altera las líneas de fuerza que antes sostenían la estructura de lo cotidiano en una ilusión de normalidad.
La normalidad es una ilusión, un equilibrio inestable. El mito de Sísifo auxilia mediante una escena didáctica: cada vez que se lleva la pesada roca a su cima, se alcanza la normalidad, pero la roca vuelve a caer hacia un lado, hacia otro y, para alcanzar la normalidad de nuevo, la roca debe empujarse hacia arriba. Es un trabajo inútil, pero necesario. Y aquí se presenta una de las grandes paradojas de la enfermedad: es inevitable, el resultado, al final, es la victoria de la enfermedad, de esta o de otra enfermedad, de alguna enfermedad concreta o más vagamente de la enfermedad del tiempo, de la inevitable llegada del deterioro, del triunfo entrópico.
XX
El dolor se difumina, es una niebla indeterminada en el cuerpo social, la enfermedad no mutila ni extirpa, entumece.
Se produce una especie de suspenso, la sensación de una atrofia en los órganos de la emoción.
Nadie se enamora en medio del estremecimiento de la enfermedad, nadie puede en verdad elaborar el duelo de lo que no ha sido amputado. Lo que se pierde continúa flotando alrededor, fantasmático. No está dentro ni fuera, permanece al alcance pero no puede tocarse ni poseerse. No desaparece, se eclipsa.
El impulso libidinal mengua o se amortigua. Los disfraces de la enfermedad cambian la apariencia de lo tanático: los columpios, los juegos de niños inmóviles de la plaza, la lencería erótica de una vidriera, invierten la carga simbólica de la prueba, comienzan a expresar un torcimiento en la dirección del sentido.
En la noche, decenas de miles abrazan la almohada como si fuera un cuerpo, la entibian con el aliento.
Todo lo que es piel tiende a cubrirse.
Las manos al tocar se desdicen.

Rafael Courtoisie es un poeta, narrador y ensayista nacido en Montevideo, Uruguay, en 1958. Miembro de número de la Academia Nacional de Letras. En poesía ha recibido, entre otros, el Premio Fundación Loewe de Poesía (España), el Premio Plural (México), el Premio de Poesía del Ministerio de Cultura del Uruguay, el Premio Nacional de Narrativa, el Premio de la Crítica de Narrativa, el Premio Internacional Jaime Sabines (México), el Premio Blas de Otero (España), el Premio Internacional de Poesía José Lezama Lima (Cuba) por su libro Tiranos temblad y el Premio Casa de América (España) por su obra Parranda (Visor, 2014). En novela ha publicado Vida de perro (1997), Tajos (1999), Caras Extrañas (2001) y Santo Remedio (2006).

Carolina Zamudio. Periodista, poeta y ensayista. Master en Comunicación Institucional y Asuntos Públicos. Entre sus libros destacan, «La oscuridad de lo que brilla», edición bilingüe español/inglés, (Estados Unidos); «Rituales del azar», edición bilingüe español/francés, (Francia); «La timidez de los árboles», (Colombia); «Vértice», edición bilingüe español/italiano (Italia) y «Las certezas son del sol», (España). Premio Universitarios Siglo XXI del Diario La Nación y Corona al Poeta (Argentina). Creó y dirige la Fundación Esteros y la revista del mismo nombre, además de llevar adelante el Encuentro Esteros.
