
Programación









Poetas internacionales invitados al VI Encuentro Esteros

Hugo Mujica (Argentina)
Estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Su obra abarca la filosofía, la antropología y la mística. Entre sus principales libros de ensayos se cuentan «Kyrie Eleison» (1991), «Kénosis» (1992), «La palabra inicial» (1995), «Flecha en la niebla» (1997), «Poéticas del vacío» (2002), «Lo naciente» (2007), «La casa y otros ensayos» (2008) y «La pasión según Georg Trakl» (2009). «Solemne y mesurado» (1990) y «Bajo toda la lluvia del mundo» (2008), son sus dos libros de cuentos.
Su poesía se ha publicado en Argentina, España, Italia, Francia, México, Estados Unidos, Chile, Eslovenia y Bulgaria. En 2005 Seix Barral la publicó en Poesía completa. 1983-2004. Su poesía está marcada profundamente por un voto de silencio de 7 años que hizo en tres monasterios de la orden trapense. En 2013 recibió el premio Casa de América en España por su obra Cuando todo calla. Vaso Roto Ediciones publicó la obra Del crear y lo creado, que abarca su Poesía completa 1983-2011.
I
Cae tan en silencio la nieve
que en cada copo
resuena.
No para nombrar
lo que en la vida calla,
para escucharlo
es que escribo.
II
Saber del viento
solo sabe la piel
cuando pasa y la roza.
Solo desnudo
de uno mismo
puede saberse
de otros.
III
Vi una paloma
cruzar mi ventana,
pensé que era vuelo
pero estaba
cayendo
creí ver la vida
y miraba la muerte.
IV
Nada de lo que se va
se lleva todo
ni en lo que regresa
vuelve lo perdido.
Es siempre entre pedazos
que palpamos la vida,
es solo entre resquicios
que la inmensidad
se asoma.
V
Como un vórtice
de polvo o el centro
de un remolino,
soy el abrazo
que me abarca,
soy los otros que en mí
se nacen.
VI
Anochece
bajamar,
algún graznido,
restos que el mar abandona
en la arena
y esta soledad de ser
solo a medias.
Es la hora
de la melancolía,
la de la ausencia
de lo que nunca estuvo
y sentimos más propio:
lo que todavía de nosotros
no dimos a luz
en la vida.
VII
Se acuesta el sol
y todo parece en vilo
como para anunciar
un secreto.
No basta con cerrar
los labios,
al silencio hay que escucharlo,
dejar que nos diga él
lo que de nosotros
callamos.
VIII
Hacia lo alto, hacia la luz
se distancian las ramas,
en lo hondo,
en la oscura tierra,
las raíces se encuentran,
la sed las entrelaza.
XIX
Hay ramas
que se secan
sin desprenderse
y estrellas
de las que aún
vemos su luz
pero ya no laten tras ella:
es que la muerte
no es al final,
es vivir sin estar
naciendo.

Mihaela Moscaliuc (Rumania / Estados Unidos)
Nació y creció en Rumania. Ha publicado los poemarios «Heartmoor» (2026), «Cemetery Ink» (2021), «Immigrant Model» (2015) y «Father Dirt» (2010); tradujo «Clay and Star» de Liliana Ursu (2019) y «The Hiss of the Viper» de Carmelia Leonte (2014); es la editora de «Insane Devotion: On the Writing of Gerald Stern» (2016), y coeditora de «Border Lines: Poems of Migration» (2020). Recibió la beca Guggenheim y el premio Pushcart; además, ha recibido varias becas de residencia. Actualmente dirige el Programa de Maestría en Inglés en la Universidad de Monmouth (Nueva Jersey), donde enseña escritura creativa y literatura. https://www.mmoscaliuc.com/
Cómo pedir mi mano en la tumba de mi abuela
“Qué desperdicio de espacio”, susurras y el tren rompe
un cementerio del que descansan sus mitades como alas soñolientas
entre dos bosques de pino, después “qué espanto” mientras vuelan cerca de nuestra ventana
rostros que sonríen en platos de porcelana pegados a las cruces.
Has cruzado el océano para casarte conmigo, así que no puedo decir
⠀⠀⠀⠀Que solo conocía a uno de ellos, pero todos son míos,
⠀⠀⠀⠀estos muertos convertidos en strigoi que no volverán
⠀⠀⠀⠀a sus cuerpos porque la tierra es demasiado ruidosa
⠀⠀⠀⠀y el pueblo los ha traicionado.
Pero debo advertirte —
⠀⠀⠀⠀Llevamos cementerios en nuestras cabezas,
⠀⠀⠀⠀en nuestros vientres, alrededor de nuestros tobillos,
⠀⠀⠀⠀los llevamos al trabajo
⠀⠀⠀⠀y los llevamos a dormir
⠀⠀⠀⠀y cuando hacemos el amor
⠀⠀⠀⠀ellos gimen, ellos se agitan, ellos cantan.
⠀⠀⠀⠀Cuando nuestras columnas comienzan a hundirse, escupimos
⠀⠀⠀⠀y maldecimos y bailamos el dolor.
Cuando te lleve a la tumba de la abuela,
detrás de la fortaleza de Dacia, ella estará armada
con preguntas: cuán fuerte es tu amor, cuán suaves son tus dedos,
y a tus muertos, ¿cómo los consientes?
“Después de juntar tus manos para recoger el alma”,
ella querrá saber, «¿cómo la liberas?»
No le hables de cenizas lanzadas al viento, no le digas
que nunca has derramado vino tinto sobre la tierra
para saciar la sed de tu padre, o que nunca le leíste
el periódico del domingo. No le digas que lo amas
aunque nunca has visto su tumba. Traduciré tu silencio
y extenderé un paño blanco bajo la pérgola de rosas. Ofreceremos
panes de nuez y cotilleos, y ella nos perdonará y bendecirá,
para luego regresarme al otro lado del océano con una alforja llena de fantasmas.
Yo como cabra en un árbol
Nueve cabras trepan
al enredado árbol de erguén y lo pastan por completo.
Engullen entera la fruta arrugada,
aunque solamente es la pulpa amarga
la que despierta su apetito por más.
Saciadas, miran al horizonte
hasta que las ramas se debilitan y caen.
Los agricultores cultivan el excremento de las cabras
para extraer la semilla rica en granos de aceite.
No has deseado tú también ser una cabra
yacer aturdida en un árbol de tilo,
indiferente al oro que podrías defecar,
que podría servir tanto al hambre como a la codicia.
Acaso no te ha provocado
equilibrarte un poco más,
masticar algunos olores fugitivos,
olvidar la fosa que es la tierra.
Ars Poetica
Estos calcetines fueron tejidos por alguien
que ha dejado de amar la prosodia y se unió a
una comuna de alpacas.
Leo en alguna parte que llevar calcetines en la cama
alivia la amígdala y la corteza prefrontal,
mejorando el orgasmo, la asonancia del cuerpo,
pero intuyo que es la herida de devoción
del artesano, las rimas internas de la lana,
chasquido entretejido chasquido que crea nuestra música
que es más como un balido que gemidos sagrados
más como el khoomei de una pastora perdida
o el silbido del viento a través de las tumbas entreabiertas de Cernăuți
Sobre la promesa de comprar solo ropa de segunda mano
Dame precisión, aunque sea para la más mínima tarea,
la misión más superficial: poder vestir cada pieza de tienda de segunda mano,
cada prenda de mercadillo como una segunda piel,
hasta escuchar el aliento sobre cada puntada, qué
aceleró el corazón en la rueca, qué
nubló el pulmón, qué captó el zumbido
de la máquina, quién encontró en sí la fuerza para cantar.
¿Acaso se formaron callos en sus dedos con la costura
hasta borrar sus espirales, como los de la señora Wong?
Cuando llegó el momento de “naturalizarse”, sus dedos no tenían huellas
para demostrar quién era. Algodón plateado, cáñamo, tencel, lino,
petróleo y su ejército de polímeros alimentan mi codicia
los fantasmas de cada hilo, suaves y arsenicales.
En alabanza a los hongos
Mientras estemos aquí, cosamos nuestras vidas con hilos
empapados en extractos de melena de león y reishi, propaguemos
solo esporas que no nos resten vitalidad mientras estemos en la tierra,
aprovechemos el consejo de los muertos y hagamos de esto una nueva forma de amor.
Buscaremos manjares que florecen en los residuos,
nacidos de la destrucción—morillas de fuego en los cráteres
cenicientos de los robles, cordyceps que brotan
de los cuerpos de orugas de polilla fantasma.
Aprenderé la mejor manera de cocinar cada especie
para que su sabor arda en cada papila de nuestras lenguas.
Si más allá de la fecha de mi defunción, reconoces el hongo
que brota donde mi abdomen alguna vez vibró
de placer, de hambre o por el murmullo amniótico de nuestro hijo,
no dejes constancia para la posteridad. Toca sus láminas y llámalo
simplemente hongo, este fugaz, poroso y lujurioso
estallido sobre la tierra.
Mosquito
Ella absorberá sangre
tres veces el peso de su cuerpo
luego aterrizará en el puesto más cercano
para extraer y evacuar su agua.
Bastante ágil ahora para volar
apresurará el jugo prensado en frío
para nutrir sus huevos.
Olvida el origen de la sangre.
Enfócate en la madre,
las cuchillas dentadas y las jeringas
trabajan coordinadas,
como un equipo de eminentes cirujanos,
luego el latido del pánico
cuando presiente que no llegará a casa.
Intenso trabajo y devoción
echado a perder con una manotada casual—
Cuando te llevé a elegir un vestido
pero no accesorios
para la boda, la de tu padre y la mía,
tú soltaste: “Ni siquiera eres mi madre”.
Eras una niña y yo apenas dejaba de
serlo. Vaciada, resurgí
como madre sin hija.
Olvida el origen de la sangre.
No me hubiera sacrificado
tanto como un mosquito
para nutrir los huevos, verlos incubar, no lo hice
—pero habría afilado,
afilaría cada cuchilla necesaria para protegerte.

Xavier Oquendo (Ecuador)
Periodista y Magíster en Escritura Creativa. Ha publicado doce libros de poesía, sus últimos títulos son «Esto fuimos en la felicidad» (Finalista Premio Jorge Carrera Andrade, 2009), «Solos» (2011), «Lo que aire es» (2014), «Manual para el que espera» (2015), «Compañías limitadas» (Finalista del Premio Pilar Fernández Labrador, 2018; Premio Universidad Central del Ecuador, 2020), «Tiempo abierto» (2022) y una veintena de libros recopilatorios de su obra poética publicados en varios países de América Latina y Europa. Ha incursionado en la narrativa corta y la literatura infantil y juvenil. Su obra figura en muchas de las más importantes antologías de la poesía contemporánea de la lengua española. Organizador del Encuentro internacional de poetas «Poesía en paralelo cero», uno de los más importantes festivales de poesía de América latina, director y editor de la firma editorial El Ángel Editor, en donde ha publicado alrededor de 500 libros de poesía de autores ecuatorianos y del mundo.
Primer deseo
Allí, que puede ser cualquier Allí o cualquier dedo que señala o cualquier tiempo que se ha quedado insólito, como figura de totem, con la boca abierta y la mandíbula asustada. Allí conocí el sexo por primera vez. Vi el truco del deseo moverse por entre las aguas de un tiempo que no se mueve y que parece como si otro tiempo tuviera un calendario paralelo que lo asumiera.
Allí, recostados en las orillas de una cama hecha para una persona, estábamos dos, alienando las sábanas y las mantas y el colchón onanista. Personalísimos, los dos, no nos veíamos, bajo la luz de algún electrodoméstico urbano que señalaba un color sobre la alfombra eficaz de los deseos. Fue Allí, cuando entré en el amor[1] desde la teoría de su no existencia, cuando supe que el deseo está sobre la realidad y que Cernuda era más que un poeta, el filósofo de ese momento en el que dos ocupábamos el espacio cerrado de uno y que solo teníamos la intención de controlar el deseo. Pero la realidad era el televisor encendido y la cama estrecha y la noche en el silencio y el miedo y el cuerpo en forma de fiebre material y los monosílabos sin concepto, apenas con una interjección que era una queja más y era una muestra para que el deseo agrandara la cama, apagara el electrodoméstico de colores, cobijara al otro cuerpo con el cuerpo mío y viera el sol, luego de despertar en la incomodidad más bella de la vida.
Datos inexactos
No sé si ese fue un buen año para las cosechas. Tampoco si en esa época pasaron cometas, extraterrestres, pájaros grandes. No tengo idea si en aquel tiempo surgió alguna teoría sobre la inmortalidad de la humanidad o sobre la bomba más letal de la existencia o si hubo un eclipse perturbador. Tampoco sé si en esos años se remasterizó algún álbum viejo de los Beatles, si volvieron a ser famosos los cerquillos y los copetes de las niñas pop o si santa claus se mintió a sí mismo. No sé qué país desapareció, qué reino llegó a ser nación productiva. No tengo idea si hubo que cuidar la luz, si debimos picotear el cielo, si las plazas azules fueron hechas para los cisnes o si alguien ya llegó a la otra luna de la luna. Tal vez se haya inventado, en esos días, nuevamente al cromañón y se hayan fabricado tulipanes en probetas. Estoy seguro de que fue un año en el que estaban pensando cambiar la polarización del mundo. En aquel momento debieron pensar en matar al rey de Dinamarca y en hacer alguna autopista a las estrellas.
No sé si en ese tiempo el poeta lojano Carlos Eduardo Jaramillo ya habría escrito uno de sus poemas de amor,[2] rodeado de la incertidumbre de la vida conyugal.
No recuerdo año, mes, día. No tengo idea del momento ni de la intensidad del alba ni del formato que aprendí para vivir en lo establecido. Pero fue ese día, ese momento, en esa fecha en que te conocí y entonces aprendí a rajatabla cómo se vive en el centro de la tierra. Y cómo la felicidad tiene un nombre que ya no está en tu memoria ni en la mía. Lo recuerdan algunas mariposas que viven unas horas. ¡Maldita sea!
Amor constante más allá de mi constancia
Yo tuve un libro de Jardiel Poncela. Un libro de aventuras norteamericanas. Uno con dibujos en dos colores. Otro sin pasta y con el hilo al aire. Tuve un libro de Faulkner que no leí. Uno con rayas de crayón que eran mis marcas de niñez con motricidad atrofiada. Un libro de recetas que olía a humedad. Una guía telefónica que me hizo feliz. Una biblioteca con el libro Ficciones de Borges. Tuve unos libros de poetas ecuatorianos que todos se mataron. Unas navidades de libros. Un intercambio de día de Reyes entre ropa o libros. Compré libros y discos a amigos que compraron más libros y discos a otros amigos. No robé libros por falta de motricidad gruesa y fina. Hice una mesa con libros viejos que me obsequió un sacerdote. Improvisé una escalera para que mis hijos suban al cielo con lomos cosidos y pastas encoladas. Decoré una habitación con libros y luego los tomos se iban cambiando de estantería. Coloqué a mis discos y a mis libros sobre los espejos y los cristos. Adapté a mis libros para arrimar las paredes. Los junté como adornos en los sitios solemnes. Llevé libros de regalo de cumpleaños y la gente dijo que los leería –e incluso sé de alguien que los leyó–. Adapté mis libros como escenario para tomarme una foto. Usé mis libros como arma para matar mosquitos medievales. Me puse más alto sobre mis libros y me peiné feliz con posición de Elvis. Hice equilibrio con los libros en mi cabeza. Alcé libros en mochilas y mis bíceps crecieron. Usé libros en mis piernas y jugué a ser un robot. Tengo libros por ojeras. Cito libros por números. Vomito libros y no conejos. Huelo los libros y luego los paso por mi cachete y veo si son suaves. He besado libros. He dormido con libros. Me he dejado seducir por ellos. He roto libros por frío, por malos asesores de corazón, por dolor de alma. Yo quiero que a mí me entierren como a mis futuros bisnietos, en la mitad de un pesado libro, en el fondo de algún discurso, en la cercanía de algún universo que tenga páginas, placeres, demonios y lacras editoriales, y que sea mi tumba un libro de pasta blanda y bond de 75 gramos y formato A5. Y que no sea eso la libertad, sino algún eterno castigo divino y bibliográfico.
Del no amor
Que no el amor/ que a lo mejor el viento
¿que quién? / que tal vez esas mañanas con montañas como panes
que quizá/ a veces/ la lluvia desde mi ventana imaginaria
que tal vez el árbol de un verano que se niega a pasar de estación.
Que no el amor, pero tal vez esa cigüeña de catedral y ese brillo de rocío
y esa estancia donde toman café los poetas
y esa madrugada de baile y de plumas frías
y esa danza de los gatos cuando la guitarra se hace leña en su madera.
Que no el amor, pero tal vez la noche
y tal vez las mandarinas y sus jugos
y puede ser que hasta/ tal vez/ el caos del infinito
la costura del páramo/ el almuerzo carroñero del cuervo.
Que no a veces el amor/ quizá tu risa y sus manzanas/
quizá tus formas exudando mis manos y preñando maletas
para el más allá de ti/ para el adentro de ti/
para el inquilinato contigo.
Que tal vez un poco de amor/ pero de buen plazo
pero haciendo espasmos/ pero de cuotas y en cucharadas
despacito/ como cuando se va la espuma de la línea del mar cuando se enoja,
haciendo ejercicios de matemática con el cero y el uno.
Que no el amor/ pero tal vez tu boca
-alguna más roja que la plaza de Moscú
alguna vez más frondosa que un satélite de esponja
alguna vez de frío, con frío, en nombre del frío-.
Que tu boca/ quizá/ para mis caminos sin voz
que tu boca/ quién sabe/ para mis angustias de azúcar
que tu boca y algunos dedos de tu mano derecha
quién sabe/ a lo mejor/ para que jueguen en la extensión de mi deseo.
Pero que no el amor
porque no hay luna como la de antes
y tampoco hay naranjas en el frigorífico
y ya no tengo el frío exacto para que la calentura se relama en mí.
Que no el amor/ pero tal vez tú tienes algo que hacer en esta noche
en que ya no hay nada que hacer
porque las noches ya no se hacen como antes:
ha bajado la calidad de las noches,
se van tan solas a buscar el sol.
[1] No decía palabras,/ acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,/ porque ignoraba que el deseo es una pregunta/ cuya respuesta no existe,/una hoja cuya rama no existe,/ un mundo cuyo cielo no existe.// La angustia se abre paso entre los huesos,/ remonta por las venas/hasta abrirse en la piel,/ surtidores de sueño/hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.// Un roce al paso,/ una mirada fugaz entre las sombras,/ bastan para que el cuerpo se abra en dos,/ ávido de recibir en sí mismo/ otro cuerpo que sueñe;/ mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,/ iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo./ Aunque sólo sea una esperanza/ porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe. (Luis Cernuda).
[2] Sé los nombres secretos de todas las mujeres/ que giran en la galaxia de mis poemas/ quien entró en ella nunca sale/ aunque no resplandezca/ sea una flor de piedra/ y niebla/ sin peso ya/ para hacerme daño. / Galaxia mía/ cuando yo ya no esté/ no te oscurezcas/ deja que mis mujeres sigan cantando/ su canción. (hay por ahí en el aire una canción, Carlos Eduardo Jaramillo).

Marisa Martínez Pérsico (Argentina / Italia)
Poeta, narradora, traductora y crítica literaria argentina. Doctora en Literatura Española e Hispanoamericana. En 2010 se radicó en Italia. Ha publicado nueve libros de poesía: «Las voces de las hojas», «Poética ambulante», «Los pliegos obtusos», «La única puerta era la tuya», «El cielo entre paréntesis», «Finlandia», «Principios y continuaciones», «Las cosas que compramos en los viajes» (XXIV Premio Latinoamericano de Poesía Ciro Mendía, Colombia, 2022) y «Los parques interiores» (XLVIII Premio Nacional de Poesía Rafael Morales, España, 2023 – finalista XXXV Premio Loewe). Como narradora publicó: «Las manos en la madre»; «Animales blancos» (Finalista del XXXV Premio Ana María Matute de relato). Ha merecido varios premios por sus obras e investigaciones sobre literatura. Desde el año 2017 es investigadora correspondiente del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la República Argentina) y coordinó la Comisión de Humanidades de la RCAI.
Anutka y los búhos
Ha muerto la vecina de la planta baja.
Desde el balcón observo
el camión de la mudanza. Oigo
a sus hijos dando asépticas
órdenes a los empleados.
Ha muerto así, serenamente,
sin morteros, ni túneles, ni mujeres violadas.
«Qué envidia morir sin enterarse»
opinan mis vecinos del grupo de los vivos.
Pero yo la escuché que cantaba hacia adentro,
arrullando un dolor convertido en necrosis.
Coleccionaba enanos de jardín
y yo bajaba a verlos, cuando vine a esta casa.
Un día me leyó «Anutka y los búhos»,
un cuento imprevisible
con lobitos y canarios jugando a las canicas.
¿Reverbera su ausencia en algún borde de mí?
medito mientras busco
objetos familiares
en las cajas abiertas que suben al camión.
Me turba
un sentimiento de normalidad,
la sensación de luto razonable
si se está de regreso.
Un día, en la farmacia,
frente a la máquina expendedora de turnos,
un letrero decía: «ritirare il biglietto dalla feritoia».
Feritoia, «ranura», pero yo entendí «herida».
«Retirar el numerito de la herida».
Quizás tengan razón nuestros vecinos
y en este gran mercado irremediable y confuso
la suya sea la forma
más bella –y ordenada– de morir.
Undécima elegía
Frente a la torre
del castillo de Duino dos turistas
hablan en alemán
mientras la hiedra antigua cubre
la piedra estremecida de calor y silencio.
Van con viseras de tela y las mejillas
mojadas y encendidas.
Miro el paisaje
y pienso en los ángeles de Rilke.
Las almenas que miran al Adriático
son reptiles atribulados por un dios inclemente.
Cada gaviota tiene su cetro en una cúpula
de asientos previsibles (pero no numerados)
y el agave,
que tarda una vida en florecer,
parece una criatura lunar.
A lo lejos las islas
son damas que quieren estar solas.
Piedras y árboles
irradian una sabiduría secular
pero no han oído nada
de nosotros:
las instrucciones para domesticar un caracol,
las migas que arrojamos de los barcos para alimentar a las sirenas,
una hija que se llamaría Svetlana,
las cosas que dijimos mientras caminábamos
como esos alemanes que comparten
la botella de agua mineral.
Por entonces mis viajes
solían coincidir con el presente
y los mirlos cantaban como oráculos
mostrándonos la única
dirección del suceder.
¿Sabías que los mirlos
desarrollan su propia melodía
y, al acabar, repiten
esa misma canción hasta morir?
Quizás un día vuelva a creer en lo que dura.
Pero aún me distrae
la belleza.
Peces de ojos tristes
«Nunca compres pescado de ojos tristes»
me decía mi madre, al volver del mercado.
«La mirada sin brillo te advierte que son viejos»
«Que se han muerto hace mucho».
Desde entonces,
en las pescaderías y los bares
cuando miro otros ojos
me detengo
en las córneas hundidas
y en los iris gastados.
«Que no te engañen vendiéndote ojos tristes»
repetía mi madre.
Confieso
que en más de una ocasión
–y aunque sabía–
yo elegí comprarlos.
Boletín blanco
De día, en el trabajo,
en el rumor feliz de una cafetería,
mientras suenan cascabeles en la calle,
tacones, collares, estornudos,
casi nada perturba el corazón
o eso parece,
todo marcha en la luz.
Hay hombres
que usurpan mi aliento
cuando pasan.
Los dejo indagar en mi mirada
esas sucias palabras
que me trepan tan limpias
por la boca.
Y si me quedo a oscuras con mi espejo
en el dedal vacío de mi cuarto
no hay guarida,
no hay ombligo ni abrazo
flor de metal más honda que estar lejos,
saber que vas cambiando
sin que yo sea testigo.
La estación envejece sus coronas.
El pedregoso ovillo de tu pelo
prueba un paso de danza en el pasillo,
esos gestos ambiguos de empezar a vestirme
para hacerte más largo transitar el deseo
que me arroje a la brecha
de otro olvido.
El futuro no es tiempo
que pueda llevarnos de la mano
y aun así el espíritu se aferra
a quien le dio de latir.
He crecido contigo.
Hemos saltado juntos a otro lado,
del que no se regresa.
Francotiradores de Sarajevo
¿Por qué no vamos
de vacaciones a Bosnia?
Ha sido tu pregunta
de estos años.
Hojeabas la revista Bell’Europa
y andabas por la casa
con un cuadro
del antiguo cementerio judío.
En la foto de la tienda
que reza Cvjecara
las flores germinan en la roca
a través de los impactos
de mortero.
Hay orquídeas en venta,
para los amantes
y los muertos, me decías.
¿Por qué no organizar
un viaje a Herzegovina,
este verano?
Estabas triste a destiempo.
Por entonces
eras solo un muchacho
de familia opulenta
que franqueaba el confín
de los Balcanes
por tumbarse en las playas
sin bombas del Egeo.
Pero es fácil ser lírico
con la tragedia ajena.
Pavonearse entre los símbolos
con temas prestados
sin usar las rodillas
como patas de perro
por burlar a los maquis
del Bulevar Selimovica.
¿Por qué no vamos a Mostar,
aunque sea unos días?
Yo tenía trece años.
El padre de mi amiga
amanecía pegado
a una emisora europea
para oír del asedio,
de su hermano en Markale,
de esa Miss Universo
coronada en un sótano.
Yo escuchaba The Cult
en la otra sala.
La pureza no duele
cuando el mal no nos toca.
Después de Sarajevo
no es posible mirar una criatura
sin vendarse los ojos.
No volviste a insistir.
La llevarás, ahora, de la mano
al osario de tórtolas
del cuadro.
Y todo está en su sitio,
amor,
no te disculpes.
Yo tendré otras montañas.

Michael Waters (Estados Unidos)
Sus libros incluyen el próximo «Pagan Sky: New & Selected Poems 2000-2025» (BOA Editions, 2026), «Sinnerman» (Etruscan, 2023), «Caw» (BOA, 2020), «The Dean of Discipline» (University of Pittsburgh Press, 2018), «The Bicycle and the Soul: Prose on Poetry» (Tiger Bark, 2024) y las antologías coeditadas (junto con Mihaela Moscaliuc) «Fruits of the Earth» (Knopf, 2025) y «Border Lines: Poems of Migration» (Knopf, 2020). «Darling Vulgarity» (BOA, 2006) fue finalista del Los Angeles Times Book Prize. Sus poemas han aparecido en varias ediciones de The Pushcart Prize y en Best American Poetry. Ha recibido becas de la Guggenheim Foundation, el National Endowment for the Arts, la Fulbright Foundation y el NJ State Council on the Arts. Vive sin teléfono celular en Ocean, Nueva Jersey.
Fresno verde, arce rojo, gomero negro
Cuántas veces me consolaron los nombres de los árboles,
cómo repetía para mí mismo fresno verde
mientras el matrimonio se consumía en el no-hablarse,
arce rojo cuando la ternura era cualquier cosa menos eso,
luego gomero negro, gomero negro mientras yacía junto a ti
en el no-dormir, en el no-hacer-el-amor.
Esos días recorría el pantano de la reserva,
antiguos fresnos dibujaban sombras sobre los charcos,
las pocas almas invernales que merodeaban por los muelles abandonados.
En mi cuaderno copiaba inscripciones
fijadas en la corteza de los árboles, dibujando la escisión de los troncos,
un Audubon menor que cargaba la soledad como una mochila.
¿Y los árboles asumieron un hondo silencio?
¿Su gravedad y nudo y siglos de vieja paciencia
dignificaron este país, nuestra pena?
Así que mientras yacía allí, el techo repleto de ramas invisibles,
la oscuridad duplicándose en su sombra,
las acusaciones convirtiéndose en verdades en el no-amar,
fresno verde, arce rojo, gomero negro, rezaba yo,
en el nunca-he-sido-fiel, en el no-me-toques,
en el ya-no-lo-soporto-más,
gomero negro, gomero negro, gomero negro.
Monopolio
La soledad de dos personas
juntas, lanzando dados
como si su suerte pudiera cambiar,
llega con la brisa
de polillas que asedian la pantalla de una lámpara,
casualmente, sin voz –
así la radio sigue su recital de
esas sílabas con el corazón partido
que caen por la ventana
abierta sobre la calle mojada.
Cuando alzo la mirada, puedo ver
a la mujer bailando, sola,
mientras su esposo intercambia propiedades,
dirige una miniatura,
un carro plateado de carreras por Boardwalk
o, peor aún, arrastra un zapato viejo
hacia la avenida Baltic, pasando a ver
espectáculos donde las parejas simulan sexo
en pantallas salpicadas de mugre.
A ella este juego le parece una locura
ya que solo reprime el aburrimiento
unos pocos minutos, porque
nadie puede poseer la noche.
Su esposo piensa que ella es ridícula,
así que doblan el tablero,
el dinero se apila por colores,
y el agua corre en la ducha
durante mucho tiempo. Pero, en la cama,
se acercan el uno al otro,
¿y por qué no? – cada uno arrastra
al otro como bulto de basura,
esperando convertirse en algo más
valioso, no en bancarrota,
antes de la lenta ironía del amanecer,
antes de la próxima fase lunar.
Juntos, en su habitación amarilla,
ponen al día sus cuentas:
un pequeño movimiento que podría parecer
un viaje, un abrumador
deseo de ganar sin tener suerte.
Recuerda, cuerpo…
Después de leer a Cavafis
Recuerda, cuerpo, cómo brillabas como lámina,
Envuelto con luffa y mirra, y confitado con talco,
Enamorabas al espejo mientras deslizabas la camisa
De su percha de madera para cubrir con seda
El serpentino músculo de los brazos extendidos
Y el yugo de bueyes de tus hombros, su cola
Entregada como la hija del granjero de la fábula
Mientras palmeabas la parte baja de los vaqueros negros.
Ahora, tu espina dorsal se curva como el gancho de esa percha
Y tus hombros se encogen como la bajamar.
Tus gemelas, compactas y elegantes nalgas
Sobre las que tu amante podría rebotar una moneda
Cuelgan y se contraen como las quijadas de un mastín.
Recuerda, cuerpo, tus crímenes sensuales,
¿Convocados ahora por los pulgares de los masajistas?
Alguna vez fuiste tan musculoso. Alguna vez fuiste todo brillo.
Posdata para Recuerda, Cuerpo…
Recuerda, vieja lengua, cómo te encanta mentir.
Nunca fui musculoso,
Y emitía menos brillo que una luciérnaga.

María Ángeles Pérez López (España)
Es poeta y profesora de la Universidad de Salamanca, donde trabaja sobre poesía contemporánea en español. Como poeta ha recibido varios premios, entre los que destacan el Nacional de la Crítica por «Incendio mineral», que ha aparecido bilingüe en Estados Unidos (Mineral Fire) y los premios de la Fundación José Hierro y Meléndez Valdés por «Libro mediterráneo de los muertos». Ha publicado antologías en Caracas, Ciudad de México, Quito, Nueva York, Monterrey, Bogotá, Lima, Buenos Aires y Honduras. También, de modo bilingüe, en Italia y Portugal. «Carnalidad del frío» ha sido publicado en edición bilingüe en Brasil y Estados Unidos, donde recibió Mención de honor en International Latino Book Awards. Forma parte desde su fundación de la Asociación «Genialogías», volcada en reconocer el legado de las poetas. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y ha sido elegida honoraria de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Es miembro de la Academia de Juglares de Fontiveros e hija adoptiva del pueblo natal de San Juan de la Cruz. Por su trayectoria ha recibido en Lima la Medalla Vicente Huidobro.
[Piedra]
Yo era una hermosa piedra para el aire.
Espesa, rotunda, y con un ojo alerta
para alcanzar al águila en el pecho,
con la marca de la sangre del azor
-otra forma de decir mi propia historia-
o de un pájaro cualquiera para el caso,
con la marca de las plumas del azor
o del águila también, o la serpiente,
con la marca de la tinta del azor
con que escribir los nombres perseguidos,
la nómina esencial del corazón.
[Canción de acero]
El hacha silba su canción de acero
y amputa la memoria, el silabario,
la mano en que se escriben las palabras.
Caen los dedos como vocales de aire
y deja de girar la bicicleta
en que pedaleó el afilador
su canto de hojalata empobrecida.
Cae la mano como un árbol cortado
y el resplandor ardiente del metal
empapa en sosa cáustica las hojas,
las alas mutiladas de las aves,
el mineral untuoso del grafito
que estalla al golpearse contra el suelo.
El hacha silba su canción de agravio
y detiene los trenes, los rotores,
las ruedas impacientes de la bici
en que canturreaba el panadero
su entrega –melodía y cereal,
amor más absoluto que el del trigo–.
Contra el filo cortante, contra el tajo
opone el alfabeto sus alfiles,
sus veintisiete piezas extenuadas,
resecas como hollejos que pisaron
los pies de la vendimia y la belleza,
y en los que aún se destila la alegría.
con Juan Carlos Mestre
[En el aire, la piedra]
En el aire, la piedra ya no duele.
Cuando rueda, recorre con violencia
la edad que se camina hasta ser bronce
y transforma en herida cada lasca.
Limadura, fracción con que el lenguaje
despedaza la piedra en sus dos sílabas
como vocablo hendido y estilete
que afila la humildad de la derrota
para ofrecer la dádiva del miedo,
la floración solar del sacrificio.
Piedra cuchillo, caracola de aire
que encierra los sonidos de la tribu
en el tambor solemne de la guerra,
en la angustia y pezuña de animal,
en la desesperada turbación
con la que Gaza sangra por sus cifras.
Sin embargo, la piedra se resiste.
No está dispuesta a ser domesticada.
Hay en su corazón un alto pájaro.
Hay en ella arrecifes, elefantes,
caminos y escaleras, soliloquios,
las circunvoluciones, el destino,
el álgebra, la luz de las estrellas,
el abrazo de Abel y de Caín.
Hay en su corazón un alto pájaro.
Cuando vuela en el aire, ya no duele.
[Sobre el eczema del asfalto]
Sobre el eczema del asfalto corre una hilera de hormigas laboriosas. Ellas conocen el poema de Pound y no le temen a la palabra usura porque en el territorio del hambre no resulta posible imaginarla. Artrópodos de las inmediaciones del lenguaje.
Escarban bajo tierra por si hubiese otras acepciones más nutricias. No necesitan decir hoja o decir savia para sentir la felicidad extrema de los dientes. No necesitan que yo ponga en su boca nada más que una miga desenvuelta. Pueden hacer suya la ciudad porque la hemos abandonado a su intemperie y ellas pertenecen también al mismo reino de lo invisible que las mendigas rumanas junto al supermercado.
Cuando están muy cansadas y se duermen sobre los carros vacíos de la compra, los insectos penetran en su sueño. Al fondo del agua más oscura, donde han quedado quietas brevemente, comparten con las piedras su inmovilidad.
Nada ocurre en la superficie que se irisa con el viento pero en el lodo profundo las larvas se agitan. Mientras el agua duerme, ellas reclaman alimento a los adultos, que les entregan materia líquida regurgitada.
Entonces recuerdo de golpe que yo también he crecido con palabras que otros lamieron y han masticado hasta la extenuación, como esos chicles rosa con los que termina doliendo respirar. Las han deglutido y vuelto a deglutir dejándolas resecas en su hollejo, pero yo lo chupaba con fruición por si aún soltasen alguna perlita de sabor en mi boca. Las han peinado con morosa severidad o desinfectado cuando sangraba la piel en las rodillas de la infancia. Las han abrigado, vestido de uniforme, desnudado en los hoteles. Las han poseído.
En el sueño las larvas (las palabras) crecen veloces y avanzan disciplinadamente como niñas enlutadas que llevaran una tela de pañal en la cabeza, madres de otra plaza circular cuyo oscuro grito no termina de agotarse. Cuando el sueño se rasga, la luz primeriza del amanecer descubre a algunas de ellas hilando seda.
¿Son las moiras? ¿Las ilegibles fulguraciones de la noche que muere? ¿Las que transformaron el cordón umbilical en hilo destrenzado y deglutido?
También está genéticamente determinado su sexo, y se dividen según sus cromosomas. ¿Las palabras? No, los insectos (e insectas).
Me sobrecoge sentirme tan cerca de su lado, en lo invisible y verdadero que es la piel enfermiza en la ciudad sobre la que caminan sin temor.
Los científicos las llaman hormigas del pavimento, y cuando las nombran tan objetiva y presuntuosamente, creen cancelar cualquier duda que se hubiese abierto debajo de sus patas, pero lo cierto es que al correr por la piel enrojecida del asfalto, traen la luz y verdad de lo inasible. Son apelaciones radicales de la sombra.
Las mendigas y yo también lo somos.
con Aníbal Núñez
[Todo lo recubre piel humana]
Todo lo recubre piel humana.
Como una moqueta despellejada y sola; como si nombres propios y comunes uniesen sus órganos, su temperamento desigual; como si lo heterogéneo pudiese estar contenido en lo homogéneo, todo lo recubre piel humana: puentes que unen sin mampostería las tres letras de la palabra río, lujosas viviendas desocupadas en las ciudades que muerden el extrarradio de su necesidad, maltrechos ascensores que siempre huelen a lejía, piscinas públicas y esas catedrales que albergan, bajo la vehemencia sorprendida de sus bóvedas, tendón y ligamentos de quienes las pusieron en pie sobre los hombros.
Cuando giran los cuerpos en sus piedras molares entregan la proporción áurea de su propio agotamiento, las toxinas que enfermaron en los bronquios, la dermis desgastada a causa de ese tránsito: el que va de lo orgánico a lo mineral, el que envía a través de las venas una tumultuosa proliferación de eritrocitos para que en el espesor calcáreo se abran cauces de sangre liberada.
Como si hubiese conductos escondidos, corredores de sombra que nunca aparecen en los planos pero comunican entre sí, furtivamente, la maquinaria exactísima de los huesos radio y cúbito con el magro caudal de la pobreza.
Compás que oprime la musculatura del brazo en sus tardes desesperadas para que la piel sea tegumento y protección, cápsula de aire que todo lo envuelve sobre su propia precariedad y lo protege del desalojo de vivir.
Muy cerca tiembla el trueno de la tilde en el grisú y bajo las redecillas para el pelo de las cocineras quedan atrapadas las declaraciones de libertad, igualdad y fraternidad. La comuna de París está tan lejos que es solo una línea imaginaria, un brevísimo apunte descarado que no termina de desaparecer de los manuales.
Pero también en los barrios de Madrid o Palencia es piel humana la primera que arde y se estremece. No importa que parezca lo contrario.
Luego caerán los días o las bombas pero justo antes de ese estallido que todo lo compete, será piel la que entrega su nombre hasta morir. No importa que parezca lo contrario.
Piedras, pasajes, porterías de fútbol. Todo lo recubre piel humana.
Por eso las manos de mi padre, ahora que envejece, se atormentan. Van agarrotándose hasta quedar inmovilizados los tendones.
Mientras lo miro caer hacia otro tiempo él va volviéndose un bloque desnudo de hormigón. Las casas que ha levantado, el tiempo que ha levantado, los enseres y caminos que ha levantado serán más duraderos que él mismo porque ha entregado su corazón a esa tarea inflexible y pertinaz. Ha donado su luz, su consistencia.
Nada se ha quedado para sí. Ninguna monedita de fulgor ha quedado olvidada en sus bolsillos.
La piedra, a cambio, le regalará su inmovilidad, el noble territorio de lo ausente.
Por eso sé –no importa que parezca lo contrario– que cuando sus manos rotas, incompletas y bellísimas sean tan solo sillares para el aire, formarán argamasa y trabazón. Índice en que el oxígeno se asienta.
Piedra padre que todo lo ha fundado. Geología y canción de los nudillos.

César Bisso (Argentina)
Ha publicado, entre otros: «Isla adentro» (1999); «Las trazas del agua» (antología,2005); «De lluvias y regresos» (2006); «Coronda» (antología, 2007); «Permanencia» (2009); «Cabeza de Medusa» (2014); «Un niño en la orilla» (2016 y reeditado en 2018); «Andares» (2019 y reditado en 2023 y 2024); «La Jornada» (2020); «De abajo mira el cielo» (2019 y reeditado en 2022); «Haikus felinos» (2022). En ensayo: «Memorial de los abismos» (2024) y «La maldición de los carbones» (2024), libros digitales escritos en forma conjunta con el poeta brasileño Floriano Martins. Fue invitado a participar en diferentes ediciones de ferias de libros, festivales de poesía y encuentros literarios. Sus textos poéticos han sido incluidos en diversas antologías nacionales y del extranjero, como así también traducidos a otros idiomas. Obtuvo el primer premio de poesía José Pedroni, otorgado por la provincia de Santa Fe; el segundo premio municipal de la Ciudad de Buenos Aires; y el tercer premio nacional de la Fundación Argentina para la Poesía.
Mi Otro
Nada concluye, menos la locura.
Guardas la lluvia en tus manos. Encadenado,
alzas el pan y lo trozas en partículas de odio.
Multiplicas la sinrazón, asumes la rutina del hospicio,
la prisión de quien no quiere oír,
mendigo del espanto, gota de niebla que cae
por peldaños de olvido. Así transcurre la vida.
Y detrás del muro, yo, anestesiado, ciego.
¿Puedes acaso regresar? ¿Puedo regresarte,
hacerte feliz, comprender tu deseo de amar,
explicar que alguna vez volverás a cruzar el muro
y nadar en el río de la sensatez?
No te das cuenta. Resulta imposible alcanzar la luz.
Me cuesta decir que lo bestial también gobierna.
Y que la libertad es un atributo de la muerte.
La misión
Te has llamado a cuidar al poeta, enfermo de amor.
No es un bello oficio. No tienes posibilidad de salvarlo,
tampoco lo intentes. Sostén su designio.
Líbralo como al río que lleva la luz, sin regreso.
Déjalo fluir entre sueños tardíos, acaricia la mano temblorosa.
Podrás imaginar trigales y caballos de la infancia,
trasbordos incesantes, avatares de la fe,
la canción que aún adormece a la princesa de hielo.
También conocerás el secreto del pequeño trono de madera,
los tigres del estío, los viejos magos grabados en papel de arroz.
Todo pertenece a ese hombre que te mira con ojos cerrados.
Y tú, allí, aferrada a su hechizo, esperas despertar, ya sin él.
Talampaya
Camino detrás del silencio.
Los pasos son cortos, pesados.
En medio de una naturaleza extraña, inmóvil,
el sol cobija mi desamparo.
No intuyo el rumbo. Todo es turbio.
Levanto una piedra, se deshace en mis manos.
Sorbo un trago de agua, se vuelve sal en la boca.
Siento que la vida se extingue, que no hay futuro.
Recuerdo a mi madre, el vaticinio de aquella pitonisa.
El milagro está sujeto a los pies.
Ahora entiendo. Lo único que me salva es el camino.
Ir siempre por él, a contraviento de la desgracia.
Algún día llegaré a la ciudad que no existe.
(del libro Andares)
Pescador del Carancho Triste
El pescador huele a silencio.
Al alba tiende las redes en el anchuroso cauce.
Rema con mansedumbre hacia la otra orilla,
inclina el torso a un costado de la canoa
y recoge desde la hondura los frutos sagrados.
El filo del cuchillo apresura la muerte,
dedos carcomidos hurgan entre anzuelos.
Al mediodía, del aro de metal descuelga la carne
y una olla con grasa caliente la vuelve fritura.
La siesta traspasa la marisma, adormece al sauce.
En el rancho el hombre friega la oscura corteza,
dispersa escamas por encima de su compañera.
Fornica como si alzara con regocijo un dorado.
Después regresa al oficio de tallar en el agua.
El pescador nada pide y poco tiene.
En la pobreza reside su donación a la vida.
Atizado por el vino, alardea con el nombre del paraje:
aquí la gente come hasta las tripas de lo ganado.
El carancho vigila, tristísimo, sobre la rama.
Zarpazos
Tras cada golpe de espuma
un puño de gorriones
atrapa al sol en sus pequeñas alas.
Fosforecen las escamas de los peces
en la blandura del cauce,
donde las redes no acechan
y la luz se ahoga entre zarpazos de agua.
El río es otro sol que alumbra desde abajo.
(del libro De abajo mira el cielo)
Aleteos
Siempre vuelan pájaros solitarios.
Del patio al río,
de la tierra al agua,
con leve aleteo llevan y traen
el polvo de la existencia.
Alean contra el viento,
fuertes como la piedra,
frágiles como hojas.
Agitan al mundo con sus élitros
y suenan trinos como cencerros
en las cornisas y en los muros,
los cables tendidos al cielo,
las ramas desnudas.
Allí están,
libres y exultantes,
donde la mañana pulsa en el aire
sin nosotros.

Frances Simán (Honduras)
(San Pedro Sula, 1984). Es miembro correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua y miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua. Fundadora de la editorial Los Amorosos y parte del consejo editorial de Cisne Negro en Honduras. Ha traducido varios libros de poesía entre ellos «¿Qué es poesía?» de Lawrence Ferlinghetti, «Exhausto en la cruz» de Najwan Darwish, «Algunos poemas fugitivos» de Mihaela Moscaliuc y «Poemas ascendentes» de Michael Waters. Recibió el Premio Inca Garcilaso de la Vega 2023 por sus aportes a la traducción y edición en Honduras, y el Premio Equinoccial 2023, homenaje en el Festival de Poesía Paralelo Cero, Ecuador.
Poemas de Michael Waters
Traducción de Frances Simán
Magdalena
Donatello, 1453
La madera parece llorar,
El álamo blanco todavía vive.
El pelo suelto sujeta el vestido
Harapiento en la cintura y tiras rotas
Cubren las llagas de los muslos.
Junta las manos hacia la oración,
Aunque las palmas nunca se tocan.
Ojos cavernosos y labios resecos
Expresan su angustia—
Después de haber sido testigo de que su hombre
Saliera de la inmensa tumba
Solo para desvanecerse y dejarla atrás,
Ella sabe que su fe no necesita
Más profundidad, pero al igual que su carne
Debe petrificarse. Tú y yo
Vacilamos ante esta estatua de metro ochenta y ocho
Ignorados por la pecadora,
Nosotros, los que no importamos.
Su mirada no es al cielo, es al infinito,
Y si nos volteamos podremos vislumbrar
El mundo que seguirá existiendo
Cuando uno de nosotros se haya ido.
para Mihaela
Poemas de Mihaela Moscaliuc
Traducción de Frances Simán
Marginales: Sobretodo
Solo soy una persona / pero tengo boca / pero no dije nada.
— «El sonido de la bofetada,»
Judith Vollmer
Con los hombros caídos, el cuello que sobrepasaba su cuerpo
se arrastró hacia el fondo del vagón,
hasta el casillero del encargado, abrió su ala de metal
y medio desapareció en el angosto rincón.
Conocía la parada, la estación en ruinas,
las mujeres que se subían en busca de calor o de cambio
hasta ser echadas—los pañuelos cabizbajos, las faldas largas,
los cuerpos encorvados, imposible adivinar su edad.
También el casillero me era familiar: escoba, balde, pan,
licor barato asomando desde un abrigo.
Adolescentes con Doc Martens y AirPods
alzaban sus carnés de estudiante y sus pases gratuitos.
La revisora apenas levantaba la vista, indiferente,
como si no le importara nada que no pudiera perforar.
Un vaho cítrico desvió su mirada.
Al ver a la mujer, se abalanzó,
la arrancó, le golpeó
la cabeza con fuerza, una y otra vez.
Antes de que el tren se detuviera por completo,
la echó a empujones.
La puerta del casillero se abrió de golpe: hélices de naranja,
cada una extraída de la pulpa en un solo giro,
orbitaban la escoba de sorgo, ese lento difusor.
Un signo de interrogación se deslizó por la tierra virgen.
En ese instante, pensé que jamás me permitiría
otra naranja. Cuando volví a escupir sus semillas,
juré no permitirme nunca un poema
sobre una mujer que extrae esferas luminosas
de los bolsillos del abrigo de otro,
una mujer de piel aceitunada con cicatrices
y un hambre silenciosa mientras revienta
cada gajo, traga semillas,
recibe cada golpe en silencio,
una mujer que pasó junto a mí, no una,
sino dos veces, protegida por nadie, querida por nadie, desaparecida.
Insomnio
Noche tras noche, enredas tus piernas con las mías
y cabalgamos la oscuridad juntos pero en pistas distintas,
mi mente adormecida, la tuya corriendo hacia el desastre.
¿Cómo puedes hacer esto sin resentir cómo te abandono?
Con los ojos abiertos y dolorida con una costilla magullada, apenas resisto
despertarte. Por una vez, duermes
como si hubieras corrido un triatlón. Un leve espasmo aquí y allá
anunciando una pesadilla. Espanto a la bestia,
te abrazo fuerte. Mi pierna, dormida en el abrazo de tus muslos
despierta y libera nuestro calor. Amor,
puedo asegurar que no estoy tallada de una costilla,
(y que, a diferencia de una costilla, no soy irreparable).
Quizá desde el báculo, ese hueso sexual que al perderse
clama a la vez victoria evolutiva y burla.
Con el primer temblor de luz asoma su fantasma
para anular cada terror, grande o minúsculo.

Mario Bojórquez (México)
Poeta, ensayista y traductor. Realizó estudios de Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM. Sus libros han sido reunidos en «El rayo y la memoria» (2012), «Aquí todo es memoria» (2016), «Memoria de lo vivido» (2019), «El fuego es mi nombre exacto» (2020) y «El amor y la furia» (2025). Obtuvo, entre otros, los Premios Bellas Artes de Literatura, Nacional de Poesía Aguascalientes (2007) y Nacional de Ensayo Literario José Revueltas (2010), el Premio Alhambra de Poesía Americana en Granada, España (2012), la Distinción Príncipe y Poeta Tecayehuatzin de Huexotzinco(2012), la Presea Ignacio Rodríguez Galván (2015), el Premiul Literature Fārā Frontiere de Transilvania, Rumania (2016), la Medalla Klísthenes del Demos Aigaleo de Atenas, Grecia (2017), la Presea Cardenal (2019), el Premio Letras de Sinaloa a la Trayectoria Literaria (2023), el Premio de Poesía Ciudad de Burgos ‘Antonio L. Bouza’ (2024) y la Medalla Vicente Huidobro a la Trayectoria en Lengua Española (2025). Es editor de la revista electrónica www.circulodepoesia.com
SIMILICADENCIA
Pero cómo decirme, decirte, decirles,
que tengo, tienes, tienen, los ojos entornados,
si al final de los ojos, guardo, guardas, guardan,
la almendra de los días y los rotos veranos.
Pero cómo callarme, callarte, callarles,
estos silencios suyos, tuyos, míos,
si en mis, tus, sus, ojos, hay palomas abiertas
sobre campos de sangre, que yo, tú, ellos,
miran,
miras,
El pie, es maquinaria
negros clavos activan
sus perfiles falanges
el pie, es maquinaria
negros clavos activan
sus cartílagos huesos
el pie, es maquinaria
negros clavos activan
sus goznes uñas dedos
el pie, es maquinaria
negros clavos activan
sus tobillos talones
el pie, es maquinaria
negros clavos activan
hormas empeines vellos
el pie, es maquinaria
negros clavos activan.
GACELA DEL CORAZÓN BIZARRO
Si de aspereza han
tus ojos plenos
con verme; aunque bizarro
mi corazón explore
lamento y llanto
alrededor de tu
luz preciosísima
en que el aire se enarca
y trema grácil
gacela de hermosura
el salto el vuelo.
¡Ay aguijón injerto,
ay tu pezuña!
ahora estarás tirada bocabajo en la cama
leyendo una novela española
mientras tus pantorrillas se elevan sobre el dibujo de las sábanas
hay algo en tu cintura que se enciende con el roce del elástico
y piensas
todos pensamos en un momento del día
en aquel fuego que nos quemó y ansiamos
volver ahí al borde de ese incendio
pierdes la línea y lees sin leer
y luego te cuesta trabajo regresar a la escena
que el novelista español fraguó en horas de delirio
te obligas a volver y lees con cuidado lo que ya no
entiendes y te volteas bocarriba y ves las fotos
de tu librero y te quedas colgada de aquellos tus sueños
tan queridos
qué cerca has estado de ellos y qué lejos
qué opresiva atmósfera se ha vuelto el ancho mundo
qué ganas de patear una religión un país un idioma
y todo vuelva a respirarse a ritmo de pulmón
pero nada de eso te preocupa ahora
te preocupa el futuro el detonador del mañana
la almendra más allá de la cáscara la pepita brillante
y llena de aceite te dices qué calor
y sabes que el aire frío golpea las ventanas
qué ganas a veces de extender la mano
y que el placer rodee tu cintura
puedo ser yo u otro nadie el que en su abrazo
envuelva tu cuerpo aligerado ya de la carga del mundo
y que te lleve lejos más allá de las costas
mar adentro
donde solo exista el sonido de la sangre
que corre en su rumor de bestia florecida
vuelves al cuarto de donde no has salido
para decirte que es mejor así que nada importa
que nunca habrá ni un cómo un dónde para
la perfecta la redonda la exacta
felicidad

Amel Bachiri (Argelia).
Novelista y periodista, ejerció en el periodismo árabe y occidental. Conferenciante en la universidad y coach/ entrenadora certificada. Tiene un certificado de directora de cine de la Escuela Árabe de Cine y Televisión de Egipto. Escribe poesía en francés. Sus publicaciones: «Mi Argelia rota», «Una sabiduría y mil locuras», «El Capítulo de los errores», «La sedición del agua», «El mundo está mal», «Las últimas palabras», «No creas lo que se dice», entre otros libros de poesía y narrativa. Ha dirigido cine y ha participado en algunas actividades y festivales en todo el mundo.
Como de costumbre
Cada mañana, mi madre cuenta su hastío habitual,
mientras mi padre perpetúa su aspereza crónica y repite:
la tolerancia es el oficio del amor,
¡y la traición es la pereza del corazón!
Cada mañana, recibimos al sol con ojos cerrados,
para que no nos lleve a deslumbrarnos del pecado,
aquel pecado con el que comenzó la vida de todo ser humano.
Cada mañana, en medio del bullicio de los vendedores,
ya no escuchamos el cacareo del gallo,
ni sentimos el viento del sur en medio del cemento.
Y si me preguntas lo que pasa afuera,
te responderé con certeza:
que descendientes de toros que allí giran
en la noria de la ilusión de la riqueza
y de un mañana brillante que conlleva a la locura.
Cada mañana, suenan las campanas de las escuelas vacías
de toda inteligencia,
para que se multipliquen en ellas las causas de la estupidez.
Cada mañana, se acurruca el gato callejero
en la cama de aquella anciana
que viaja hacia un recuerdo con destino
a no volver a su soledad.
Cada mañana crece el alboroto sobre las guerras,
sobre las hambrunas,
y sobre la cantidad de cirugías estéticas,
sobre la crisis del agua y el clima,
sobre la moda por millonadas,
y el número de adictos a las drogas,
y a pesar de todo…
Cada mañana escuchamos el himno nacional,
¡que no se avergüenza!
Y si intentas escapar de la foto de familia
de cada mañana,
tu sombra seguirá atrapada en ella,
y tú sonriendo con frustración,
y quizás con sarcasmo por lo de siempre,
o con tanta esperanza de que todo esto sea…
solo una pesadilla
y aún no llegó el momento de la alegría,
¡como cada mañana!
Traducción: Anas Fathouni.
Por el alba
Siete marineros bucearon…
Son veteranos pescadores
y borracheros…
De una vez,
bucearon
en mi cabeza
cargados de anzuelas de hierro,
hilos de plástico
y redes manchadas de sal.
Nada encontraron excepto algunos
peces muertos por mi tristeza.
Repugnaron los peces muertos
huyeron… dejaron sus anzuelos clavados
en el alma,
su patera llena de mapas de tesoros,
desde la era del Big bang,
manuscritos de Da Vinci
que les indicaban los crímenes
que cometió el corazón,
la opulencia de la ilusión…
Por el crepúsculo
Volvieron a bucear en mi mente…
Bucearon más allá de mi inocencia
hacia las dunas de flagrante blancura
Nada encontraron…
excepto algunas tonterías.
Bucearon más…
Entre los pliegues de mi memoria.
Abrieron los baúles del tiempo.
Vaciaron las maletas del dolor.
Tampoco encontraron nada…
excepto una honda y antigua herida.
Era fresco en el pasado
se revolvía de vida…
Una valiosa herida cual el cráter.
La imaginaron inactiva…
falsa…
tonta…
fútil que no merecía pescarla.
Traducción: Mezouar EL IDRISSI
Imaginemos al estilo de John Lennon:
Imaginemos entonces que el mundo no hubiera conocido el Coronavirus,
y que los muertos que creyeron la mentira
regresaron una noche de sus tumbas abiertas.
Imaginemos que Vladimir Putin aún es un niño huérfano,
un joven aterrorizado por los horrores de la Segunda Gran Guerra,
y que Stalin olvidó perseguir al «Trotski» escondido
en el regazo de «Frida Kahlo».
Imaginemos que la broma tiene sabor de infancia,
que Ibn Taymiyyah no nació,
Y que las espadas no se desenvainaron.
Imaginemos con ironía que ese triste empleado
comprendió el valor de la vida y sonrió al vacío
E imaginemos, lejos de la ilusión,
que los indígenas son los dueños del mundo,
y que la mujer no se quitó su sujetador protestando
por la crueldad de su existencia,
y que los trabajadores del mundo se dispersaron sin arrepentimiento.
Imaginemos con gran entusiasmo que cada uno de nosotros
puede esperar al cartero cada mañana en el umbral de la soledad,
que el vacuno nos agradece no haberle contaminado su carne,
y que el gallo cacarea cuando comemos el primer huevo.
Imaginemos aunque sea de broma
que el dinero no importa,
que la moral es de lo que presumen las naciones,
y que, sin importar cuánto nos mintamos a nosotros mismos,
en el momento de la muerte seguiremos siendo sinceros.
Traducción: Anas Fathouni.

Sara Palacios (Ecuador)
Artista ecuatoriana, combina las formas de expresión de la escultura con la poesía, el dibujo y el videoarte. Su trabajo se vincula desde hace más de veinte años con la interestética, la Quitología y la lectura de imágenes. A partir de 1980 realiza exposiciones individuales y colectivas dentro y fuera del país. Estudió comunicación social en la Universidad Central del Ecuador, cerámica en el CREA y se preparó en el Laboratorio de la Imagen y la Palabra con el poeta Ulises Estrella.
GENERACIONES
Hábito la madre que habló para mi
como yo hablo para mi hija
Habito la madre que hay en mi
con eternas preguntas
silenciosas certezas
Habito la madre que no entendí
por qué las madres y las hijas
no se entienden
se repiten
VELORIO
Sentémonos a llorar delante
de nuestras madres muertas
pensando en nuestros íntimos temores
cada madre dentro de la mujer que somos
Sentémonos a llorar mientras
nuestras madres muertas
acuden al entierro de la mujer
que no fuimos.
SENSACIONES
Siento los dedos de mi madre
recorriendo mi cabeza
¡Pero, No!
son los tuyos acariciando mis sueños
Espera …
Tengo que escribir esto antes
de que se acabe la noche
… mañana la infancia
tendrá nuevas cosas que contar
HERENCIA
La fórmula compasiva
de mi madre muerta
pobrecitea todos los errores
se compadece del loco,
del ladrón, del desgraciado
transforma la ira en interrogación
la culpa de culpar es un estado de conciencia
Intenta olvidos y perdones Incongruentes
Talvez lo entendí bien y lo repita
con graves consecuencias

Sara Vanégas Coveña (Ecuador)
Embajadora Universal de la Paz (París/Ginebra); PhD en Filología Germánica (Múnich); Máster en Docencia Universitaria y Prof. de Lengua y Literatura Española. Miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Investigadora de la Universidad del Azuay. Dos veces Premio Nacional de Poesía J. Carrera Andrade. Condecoración Matilde Hidalgo de Prócel al Mérito Cultural, Asamblea Nacional del Ecuador. Presidió el I Encuentro Internacional de Literatura de Cuenca. Publicaciones: 14 poemarios, 9 antologías literarias, una novelita para niños, un diccionario de autores ecuatorianos. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, alemán, portugués, italiano, francés y rumano.
tu voz ya es una con las roncas voces del océano
lejos muy lejos lo que fue tu agonía y tu
placer. te vas. firme y voluptuosa
y leve. ya otra. ya tú misma
ya solo deseo y agua
divina sombra:
ya olvido
SUEÑO
I
han vuelto los caballos oscuros a tu río
(ojos de brasa y sangre/ hocico de tinieblas)
tú te ocultas tras el último sauce derramado
tiritando desnuda hacia mis brazos ausentes
y regarás con tu sombra el rictus de mi boca
II
blanca daga sobre mi pecho oscuro
llegas como de espaldas a algún sueño triste
lames mi sangre entre las rocas
y te precipitas al mar …
RETORNO
los pájaros han vuelto a mi ventana
oscuros libres ajenos
queman el aire cantan
pero no anidan
cruzan el desierto de mi nombre
beben de mi sed
los pájaros tardíos
mi casa es un enjambre de alas que se fueron
ASTILLAS
A Jorge Luis
llamas que no cesan
oraciones y ritos sacrificiales
altar de oscura piedra
astillas de luz que crecen hacia tu centro
-fuego sagrado que devora tus entrañas-/
sabes que no despertarás
que el ara el sacrificio la hoguera
eres tú misma
la mujer que sueña y lo soñado
ALUCINADA
A Alejandra
cómo acallar las voces que me habitan cómo
ignorar la insólita presencia de pájaros muertos
en mis manos cómo desmantelar la tienda de la
locura y volver a la sencillez desnuda de mi
nombre…
LA FARAONA
fantasmal
la borrada de la historia y la memoria
Hatshepsut
ronda su antiguo paraíso
con una flor de arena perpetua entre las manos
tan cerca del Nilo sagrado
de su templo y de su tumba/
sepultada por siglos de arena y tiempo
DESTINO
¿y si un día amanecieran las calles todas con candado?
¿y si los árboles no cesaran de crecer contra un cielo verde?
¿y si mi corazón se mudara al pecho de un canario?

Freddy Peñafiel (Ecuador)
Profesor de literatura, periodista. Tiene un programa de radio en formato digital http://www.radiolacalle.com, mantiene un blog personal, http://www.rompecabezas.ec y una cuenta en X @rompecabezas24. Ha publicado ocho libros de poesía, pero siempre está buscando escribir el poema siguiente, que está convencido siempre será el oportuno. Por unos años se dedicó a trabajar como servidor público, llegando a ser Ministro de Educación. Su vida es buscar que la ternura cambie al mundo…y eso se puede con mucha más certeza desde las aulas, desde las miradas de los niños, desde la sonrisa. Es un firme convencido que «la poesía hace el milagro…»
Vidas de gato
abres el bolsillo donde guardas tus vidas
las vidas gato que has ido acumulando jugando a loterías, y robando
debajo de los puentes de las almas perdidas,
miras las que has gastado
las que viviste jugando a ser político desde niño
las que perdiste en canchas de fútbol donde siempre eras el peor,
pero por lo menos hacías los mejores chistes, y en primer grado
eras el dueño de la pelota;
las que perdiste al no atreverte a tomar el mundo de los shamanes
y te quedaste en la orilla, urbano, vestido con jean y chompa de tela
gruesa, agotado por pasar noches alrededor de hogueras,
miras la vida que perdiste por un problema de circulación de la
sangre dentro de ti mismo y dentro de las venas, por eso, quizás
el amor te era tan difícil, la sangre no circulaba por todo el cuerpo.
La vida que perdiste cuando empezaste a creer y descreer en el
amor al mismo tiempo que en la muerte
las vidas que se te cayeron en las aulas de clases, como oyente y
como profe,
enamorado de las letras
de la poesía
del sonido de tu propia voz retumbando en las paredes y el techo
las que perdiste sentado solo, horas de horas, frente a un micrófono,
compartiendo la voz, la poesía, la “mejor música de nuestro planeta
natal”, vidas dejas a cambio de nada más que el saber que el tiempo
no se pierde y que más de diez años después, alguien te reconozca y
diga que extraña esas vidas perdidas rompiendo cabezas,
ves las vidas dejadas de lado por pereza, por desidia, por ceguera
las vidas enamoradas que perdiste al no darte cuenta
las vidas que empezaste a acumular pensando que eran las últimas
vidas y que si no resucitabas de esa no ibas a resucitar nunca más y
pensando que quizás sea bonito, que si ya no se resucita, alguien se
encargue de las flores y de poner en orden los manuscritos
las vidas perdidas en oficinas públicas, con bonita vista, con las
mejores intenciones y con la clara necesidad de transformar de una
vez y para siempre el mundo de los otros otros
hoy miras el bolsillo donde cargabas tus vidas, las que has ido
perdiendo.
Se cayeron
las viviste
las regalaste
las perdiste
solo se fueron, algunas de tu vidas solo se fueron, como se van los
gatos, sin regresar a ver y sin sentir compasión por lo que queda
tengo una vida para ti.
Debajo de ella en la bolsa, solo veo el vacío.
Te la entrego.
No tengo más, tú harás con ella lo que quieras/puedas
mi bolsillo de vidas se queda vacío
espero tener suerte, esta vez.
Epitafios
¿qué decir de uno después de la muerte?
fue una buena persona, dirán quienes no te conocieron y solo
oyeron de ti.
era un desastre, dirán quienes te pidieron favores, que no pudiste
cumplir.
era un poeta, dirán tus editores, imprimiendo tus textos póstumos.
era un señor que saludaba, dirán quienes trabajaron contigo.
a veces hacía reír a todos, dirán quienes nunca se rieron contigo.
era una buena persona, dirá tu familia ( o casi toda tu familia).
sabía amar, olvidar y amar dirían en los callejones sin salida.
pero nadie dirá que tenía un buen corazón,
que a veces, (solo a veces),
se ponía intenso y amenazaba con estallar dentro del pecho…
ese corazón que nos lleva cada segundo a la vida
y puede llevarnos de la vida
hará una linda sombra en el parque, dirán el sol
las semillas
y los pájaros.
Gato
a veces un gato se llama gato
y es ciego
y blanco
a veces no se puede creer más en la buena fortuna
que un gato blanco
que sea ciego
y se llame gato
se duerma
y ronronee debajo de la piel
no deje de mirar fijamente los rincones
y sonría
es un gato ciego
es blanco y se llama gato
lástima que este gato blanco ciego
no pueda todavía dar marcha atrás los relojes
ni regresar del sueño
donde mira las sombras
los ayeres
los futuros
y sonríe
porque nada más puede ver
en medio de la noche y las sábanas
no se ve
es un gato
y es ciego
y blanco
se llama gato
¿qué sentido tiene despertar al
amanecer con el canto de los pájaros del barrio?
creo que ese es el sentido
el canto
de los pájaros
del
barrio
quirófano
brazos abiertos
crucificado
una luz que enceguece
gente corriendo por todas partes
organizando vendas, algodones, gasas
un anestesista sonrientete pregunta
a qué te dedicas
burócrata piensas responder,
pero le dices poeta…
él se sonríe
mira la aguja
y mejor te duerme…
dibujo
una letra dejada en la pared
me llama
me lanza sus tentáculos para que la complete
el sonido de la bolita dentro del tarro de pintura en spray
las palabras
los dibujos
la letra patoja
y las paredes en blanco que me llaman
sé que tendré que responderles algún día
para contarles de nuevo que el color del amor
es el amarillo azulado
amar y yo a su lado…

Siomara España (Ecuador)
Poeta, ensayista, docente y crítica de arte y literatura. Doctora en Literatura. Es autora de más de doce libros de poesía, además de obras de investigación; ensayos de arte y literatura; cortometrajes sobre Oralidad montuvia, violencia de género y migración. Ha sido invitada a importantes Ferias y Congresos literarios en: Perú, Bolivia, Chile, Colombia, Argentina, México, Nicaragua, Puerto Rico, Cuba, Egipto, España, Francia, EE, UU, Marruecos, Taiwán, etc. Se le han otorgado premios nacionales e internacionales como el premio: Dama de Baza 2023, otorgado por su trayectoria poética, en Granada, España. Parte de su obra está traducida al inglés, ruso, portugués, francés, árabe, mandarín y japonés.
Esperanza
Las barbaries nos asolan
pero queda la esperanza
la tregua de espejismos
para continuar el canto
la poesía conjugada en el inmundo verbo de la muerte de
las calles consagradas a protervas circunstancias
donde nos bebemos el olvido
donde nos bebemos el mal hasta saciarnos
y seguimos siendo justos
aún sin merecerlo
Las barbaries nos asolan
pero queda la esperanza
La esperanza sobrevive en el corazón del poeta
La esperanza supervive en el corazón del poeta
La esperanza sobrevive al corazón del poeta
escribir es hablar con los ausentes
MÍA
Mía me llaman mis madres ancestrales
Mía grita el otro lado del espejo
la doble y única mujer que me habita dice mía y
yo celebro el canto
Fui mía desde el resplandor
desde la oscuridad marina del vientre incertidumbre
desde el pequeño pie a la masa cerebral de los dilemas
que me siguen circundando
No soy de nadie
no llevo un apellido compuesto de otro
que me ate a una cama o un estambre
Mía me lo recuerda el tránsito
el pasito lento al cruzar la acera
la serpiente original del castigo oscurantismo
la puerta del trabajo y los empeños sin reproches
Porque mía es la polifónica bandera
Mías las hermanas tantas
mío el dolor cuando todos nos golpean
Soy mía
de-construida
sin modelos ni recetas
es mío mi cuerpo en su ruta fragmentaria
Soy mía
vivo en mi sin cisne o cuarto propio
en mi eterna incertidumbre
en la prolongada fuerza
de mi todo
MUJERES
Me gustan las mujeres … ¡y qué! las que gritan se explayan vociferan las que ahogan con su instinto
aquellas perspicaces penetrantes y profundas las que ríen y se ríen
que se arrancan hasta el alma aquellas que subyugan,
me subyugan
Me gustan las mujeres enjundiosas las terribles, catastróficas
la que me enseñó el amor en la cama de su histeria y me enseñó a amar el amor de indecisiones
La que parió incesante en cada parto las nostalgias y me dio seis compañeras como espadas
Me gustan las mujeres
las que acosan que me acosan y sublevan las que llaman
las que lloran
las que cogen sin descanso que recogen
que seducen que se elevan
las que parten y reparten con su aroma las señales y me besan
y me estrujan y se callan
y me callan con un beso
Me gustan las mujeres cibernéticas sin sonrisas de portadas
sin voces de miel o edulcorante sin pestañas de gatita o silicona
Me gustan las mujeres
no de arroz, de azucena o chocolate
me gustan las neuróticas menopáusicas cinéticas que me endulzan y envenenan
que me odian y acarician
que me abren sus alitas matinales
o me clavan en la noche más tremenda su puñal
de amapola y de cerezo
CONFESIÓN
Que no se diga jamás se lo intentó
que no rodé por el camino
que no tropecé y caí mientras dormía
Que no se diga locura transitoria para decir amor
sexo para pasión
furia para celo y a la distancia olvido
Que no se diga aquí no se fraguo el fuego
el delito consumado sabanas mojadas
mentiras escabrosas lucidez y miedo
Que no se diga de esta agua no bebí
en esta tierra no viví
en esta cama no soplaron huracanes y volaron como cartas los espejos
Que no se superlativise el beso
y no se conjugue el verbo amar
y que se diga beso en la exacta dimensión de la palabra
Que se fusione cada silaba en su acento
como un cuento interminable
como un desplegar de leves alas
Que cada consonante caiga ante el deseo de las palabras
sea grave el sonido en los abrazos
y leves los fonemas con su luz difuminada
Que no se diga siempre equivocada estaba
su cuerpo acurrucó contra su espalda
que no arrancó gemidos de su boca
que no luchó contra su pecho
que no mintió que no digirió
una a una sus palabras
Que no se diga probó de mil venenos
que no se diga atroz para decir ternura
y no se diga jamás tormenta y fuego
y entre fuego besos y entre besos celo
Porque fui nieve y serpiente mujer y viento
y después de viento arado
y después de arado tierra y su simiente
Que no se diga nunca se fue sin intentarlo
porque caí mil veces
ante el hondo
transitar de las palabras

Mónica Zepeda (México)
Licenciada en Literatura y Creación Literaria por Casa Lamm. Meta-NLP Master Practitioner por The International Society of Neuro-Semantics. Es autora de «Si miento sobre el abismo – If I lie About the Abyss» (2014; Nueva York Poetry Press, Estados Unidos, 2024) y «Las arrugas de mi infancia» (Coneculta Chiapas, México, 2020; Ediciones El Pez Soluble, El Salvador, 2023). Ha participado en festivales de poesía nacionales e internacionales como Jornadas Pellicerianas 2022, The Americas Poetry Festival of New York 2022, Encuentro Internacional de Poesía en Paralelo Cero 2023 y 34º Festival Internacional de Poesía en Medellín 2024, entre otros. Parte de su obra poética ha sido traducida al polaco, inglés, italiano, portugués y árabe e incluida en diversas antologías. Poemas suyos también han sido publicados en reconocidos medios impresos y electrónicos de México, España, Honduras, Guatemala, Perú, Bolivia, Colombia, Chile, Estados Unidos, Italia, Puerto Rico, El Salvador, Ecuador, Brasil, Argentina, Venezuela y Egipto. Obtuvo una Mención de Honor por el poemario «Tiricia» en el Premio Internacional de Poesía escrita por mujeres «Ana María Iza 2024», Ecuador
Benditas sean las sonrisas
Era un olvido a veces desértico, otras veces selvático.
Era un olvido o quizás una rabia caída del cosmos,
la sensación de un rayo quemando en el pecho,
en ese amar al prójimo o a una mujer nacida de mi mano,
que caminaba conmigo tomada de mis calles
y me sonreía, y unos pasos más adelante
volvía a sonreírme —qué providencia, qué acervo—.
Benditas sean las sonrisas, esas sutiles tentaciones.
Esos mares que se abren como milagrosas piernas
de atajos y porvenires por donde huye todo un pueblo,
y los pudores encauzan así sus almas y sus sombras
de amantes, desde entonces prófugos, próximos al éxodo.
Era un olvido reiterado, una resurrección pospuesta.
Aun siendo puntual, aun muriendo cada viernes.
Y este jueves. Y este martes. Y este miércoles.
Y aquellos ojos suyos de luz e inmarcesibles ríos.
Y aquellos, nuestros labios penitentes, estruendos
entre ceibas enraizadas a la niebla. A la niebla, sí.
Tantas veces redención. Tantas veces, tantas veces.
El náufrago que a su horizonte rema
Quiero navegar no a la playa ni a los muelles.
Navegar, por así decirlo, al origen manso, póstumo del pretérito,
desde el alba hasta la hora en que la sed agota el día.
El faro del ocaso se atenúa en lontananza y llora.
Quiero navegar no a la playa ni a los muelles.
Del rostro hacia el espejo hay un periplo.
Ese único horizonte es el náufrago a quien busco.
Es el náufrago que a la intemperie de su amparo soy.
Su musgo cobijó los astros y las rocas.
Cómo no hundir mis remos en su ausencia.
Quiero navegar no a la playa ni a los muelles.
Soñar que no me ahogo. Clamar que estoy a salvo.
Engañarme. Morder, uno a uno, sus anzuelos sonrosados.
Y mi brazada se aferra a la ola como la saeta al tiempo.
Que mis labios ya no beban de sus senos, qué importa.
Mi hambre en altamar pide auxilio al menguante de la luna.
No hay más. Aquí dentro la nostalgia sigue viva. Aquí dentro.
Nuestras manos izaban las promesas y las sábanas
a veces en penumbra, pero siempre en el amor.
El golfo donde el suicida abre la boca se estremece.
Loable, incluso animoso, contiene la ráfaga, la respiración.
Ninguno de nosotros atracó el destino ante las previsiones del temporal.
El mismo origen quite el corcho, rescate el mensaje de la botella.
El invierno nos brinde paz, ilusorio alivio, resignación.
Fluyamos con su copla de nodriza blanca cantando la vida.
O marchitémonos, primavera, de una vez y mejor.
Es momento de creer que es momento de crear un momento nuevo.
Los siglos, ah, los siglos no perduran lo que una lágrima en soledad.
Fluyamos con su adagio de sonata primitiva aunque sea en silencio.
Sé que antes del fin de mi semblante alegre su inmensidad me sonrió.
Porque ese único horizonte es el náufrago a quien busco,
nuestras manos izaban las promesas y las sábanas
a veces en penumbra, pero siempre en el amor.
Si mañana este oleaje aún no retorna ni se espuma entre sus pies,
recuérdenle al oído que el faro del ocaso extinto en su memoria era yo.
El silencio clama su destitución
La impoluta conciencia reivindica mi mancha,
las pleamares del Cantábrico se inventan mis sales,
los histriones me exhortan a instaurarme en su máscara,
los nigromantes ya anticipan mi mayor desobediencia,
mis armaduras de combate son la ignorancia y la rendición.
Ojalá no hubiera sembrado un árbol con todo y mis raíces.
Ay, hermano
¿Qué te digo? Desconozco tu sufrir.
Nunca supe que morías. Por tu sangre,
por tu carne. Nunca supe. Te lo juro.
Por morir.
Me conduelo con tu tinta. La hago pena,
la hago llanto. Ay, hermano,
si escuchas estas letras
son mis pasos, voy a ti.
El invierno, ese manto que te cubre,
que era blanco y ya es rojizo, era de ellos.
Ay, desgracia, y fue tuyo.
Ay, hermano, ni esta guerra ni este campo
merecen primaveras.
Ni este campo ni esta guerra merecen que florezcan
las metrallas de tu sien.
A voces
¿Quién siempre? ¿Quién a voces
impide ser un secreto a veces?
¿Es acaso quien intenta ser ocaso?
Es acoso el despertar de un suicida,
que a voces muerde,
que nunca se halla.
Yo no sé qué fue primero,
yo no sé quién es culpable,
el rostro o la vergüenza,
la desidia o el trastorno.
¿Quién siempre, quién a veces
escribe un secreto,
la boca o la palabra?
El silencio que, entre una y otra, estalla.

María Aveiga del Pino (Ecuador)
Escritora, antropóloga y empresaria. Residió en Zimbabwe, Madagascar, Honduras, El Salvador y Egipto. Ha publicado los poemarios: «Bajo qué carne nos madura» (Mantis, ed. Quito 1990), «Oc» (Abrapalabra, Quito 1993), «Puerto Cayo» (Eskeletra, Quito 2000). El libro de narrativa «Cuentos populares y mitos indígenas del Ecuador» (Olañeta/Librimundi, España 2003). El estudio etnográfico «La Pasión de Jesús. Alangasí», (Premio Ministerio de Cultura del Ecuador 2012). Además: «Poemas», (La Cabra, México, 2013), La selección de poesía «Deseo y Tierra», y las antologías: «Personal Anthology» (Valparaíso ed, USA 2019) «Antología Personal» (Valparaíso, ed, España, 2021). Su último libro es «Códice de Voces» (Trashumante Ed, Quito, Primera edición, 2022, reeditado El Cairo 2021, Llamarada Verde, Bolivia, 2024). Consta en varias antologías de poesía españolas e hispanoamericanas. Su poesía ha sido traducida al italiano, al inglés y al árabe.
El viento y la luz
La luz del sol estalla
en la piel del mar y la tierra
toma lo húmedo y lo seco
asciende distinta.
Los rayos invaden
la quietud del espacio.
La luz
susurra eufórica
irradia todo a su paso
envuelve al aire
y voluptuoso ensaya formas
se hace cuerpo.
Masas transparentes
calientes y frías danzan
se propagan
y otras voces se inauguran.
es el viento
Rosas de piedra
Veloz circula
entre las mesetas de piedra
el viento esculpe cimas
las transforma en flores gigantes
el secreto revelado.
contemplación
Obsesivo pule
los centinelas de roca
hasta descubrir la fragilidad
pétalos y tallos se rompen.
Persistente el fuego petrificado
se deshace.
Polvo y fósforo seminales
retornan al suelo
se esparcen
cubren y desnudan.
Las dunas
El azar voluntario del viento
modela la piel evanescente
de las dunas
toca sus flancos
las empuja
lunas, olas, estrellas, sinuosas barcas
habitan el desierto.
Iluminadas y oscuras
igual que los astros
sus dobles caras revelan
que no existe
sutura entre opuestos.
El cuerpo interno y su permanente
cambio de forma.
como al inicio cuando las piernas
fueron aletas y los brazos alas
Cantos de arena
En la cresta de las dunas
el viento rompe cúmulos de arena
fluyen ríos secos
lentas olas
por las pendientes.
Voces de animales antiguos
surgen en la fricción
de las minúsculas piedras
con el vapor de agua
atrapado en la piel del aire.
el canto de las dunas
Ese que irrumpe en el sueño
y nos devuelve al instante
cuando en nuestros ojos
el cielo nocturno se miraba.

Camila Fadda Gacitúa (Chile)
(Santiago, 1969). Poeta, gestora cultural, traductora. Su trabajo ha sido reconocido con los premios: Festival de la Voz, Casa de la Juventud, Valparaíso (1997); Alfonsina Storni, Argentina (2011); Grito de Mujer, Perú (2012), Círculo de Críticos de Arte de Chile, 2019. Ha publicado tres volúmenes de poesía: «Cauce» (2013); «Mover el agua», (2019) y «Calamidad», (2022). Su poesía ha sido publicada en revistas literarias y ha sido incluída en diversas antologías. Como traductora literaria, se ha dedicado a la traducción de poesía de habla alemana. Sus traducciones de poesía han sido publicadas en distintas revistas y antologías. Como gestora cultural organiza y produce desde hace 10 años el encuentro literario y musical «Contextos y Consonantes» en la comuna de La Reina, Santiago, donde se reúnen poetas y músicos de la escena nacional.
36 2020
Después del impacto aquí quedó todo devastado.
Abrí los ojos al desastre y cada una de mis cosas
figuraba como nunca en su lugar.
Pero sentí el estruendo y el golpe
de la onda oscura y expansiva.
Después del impacto aquí la memoria me ardía
en el lóbulo frontal.
Me busqué el cuerpo, lo encontré intacto
pero ya no lo sentí mío.
Un temblor se me instaló después del impacto aquí.
Intenté decir algo y de mi boca
brotó un disparate incomprensible
una malformación grotesca que no pasaría inadvertida.
La realidad estalló entonces como un parabrisas
quedé desamparada
con mi caleidoscopio roto.
38 2020
Ella tiene ganas de tener ganas pero
la intención es confusa y se desmorona.
Cuando tiene ganas de salir quiere
llegar a su casa estar con su perro
porque salir queda lejos y la agota.
Cuando tiene ganas de no ir a trabajar quiere
llegar a su casa estar con su perro
porque en su mente ya salió a trabajar
ya estuvo con demasiada gente
y demasiada gente la agota.
Cuando tiene ganas de estar en algún lugar
se imagina riendo en ese lugar pero
el mejor lugar es en su casa junto al perro
donde no necesita ser adecuada.
Cuando tiene que salir de viaje quiere
llegar a su casa estar con su perro
porque antes de hacer la maleta estuvo
sentada en un avión ansiosa
lejos de su casa sintiéndose ajena
perteneciendo a un vacío.
Sentada en su cama tiene
el espasmo de la arcada en la boca
y ganas de haber vuelto
de cualquier lugar.
44 2020
Qué va a ser de mí
si soy el temblor y las cosas cayendo al mismo tiempo.
Me inventé plegarias en idiomas que no existen
las repetí a coro con las voces
que habitan mi cabeza.
Y por si fuera poco
me colgué crucifijos, japamalas
me llené de gemas los bolsillos y planté
la rosa de Jericó.
Qué va a ser de mí
si soy las espinas del cardo y su flor al mismo tiempo.
Acepté cada amuleto
que me fue ofrecido en el delirio
invoqué a la machi
con sus ramas de canelo y arrayán
me entregué a sahumerios
de palo santo, de romero, de copal.
Qué va a ser de mí
si después de cada rito
atiborrada de colgandijos
flores y escapularios
como animita a la vera del camino
me senté en silencio
a esperar una señal que nunca vino
sin poder decir
gracias por favor concedido.
45 2020
Porque no tuve alternativa abandoné la casa
sin irme a ninguna parte la abandoné hacia adentro.
Hecha una calamidad dejé el peso de mis pasos
marcado en la madera de pasillos y dinteles
donde busqué apoyo para despedirme de mí misma.
En una larga pestañada fui deshabitando los espacios
que fueron quedando solos
tan ferozmente despojados
del hueco
que mi talla ocupa.

Mariano Rolando Andrade (Argentina)
(Buenos Aires, 1973). Ha publicado «Los viajes de Rimbaud» (Editorial Vinciguerra, Buenos Aires, 1996), «Canciones de los Mares del Sur» (Buenos Aires Poetry, 2018) y «Aristas, relatos en los confines de Europa» (Ediciones La Parte Maldita, Buenos Aires, 2021). Fue seleccionado en las antologías de poesía «Buenos Aires no duerme» (EUDEBA, Buenos Aires, 1998), «Atlas de la Poesía Argentina» (Editorial UNLP, La Plata, 2019) y «Juarroz baja en Temperley, un posible mapa de la poesía en el conurbano sur» (Editorial Leviatán, 2021). Ganó el Premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional (RFI) a mejor cuento en lengua francesa (2001) y fue finalista del concurso del premio Haroldo Conti de Jóvenes Narradores en Argentina (1997).
Janis
Yo conocí a Janis, sí.
Fue en Nueva York, o antes, bastante antes, en París quizás.
No lo sé con certeza; hay cosas que uno no quiere recordar.
Y además, las ciudades se parecen tanto.
Sí estoy seguro de dos cosas: no fue en el Chelsea y no se llamaba Janis.
Estaba sentada en la barra de un bar del Village,
sola de madrugada pidiendo jacks con coca.
Afuera, por la Sexta Avenida,
desfilaban jaurías de taxis vacíos.
No hablaba mucho, Janis.
No le hacía falta.
Tenía penas oscuras que no eran negras
pero brillaban como si lo fuesen.
Eso
y una inquietante sonrisa de media luna.
Yo conocí a Janis, sí.
Fue en Nueva York, o después, un poco después, en Buenos Aires.
Quién sabe; hay cosas que uno no quiere recordar.
Y además, qué importan los lugares.
Caminaba de madrugada por el empedrado de San Telmo
Y de repente se detuvo en una esquina y se quedó ahí.
Buscaba o esperaba algo, vaya uno a saber qué.
Tan intensa y quieta que daba pavor.
Ella, que en un segundo estallaba como una supernova.
No hablaba mucho, Janis.
O hablaba en una lengua indescifrable.
Un idioma de uñas pintadas de negro recorriendo el vidrio.
Una lengua de pies jugando con las patas de la banqueta.
Nunca sabías qué estaba pensando.
“Cosas mías”, decía, y callaba.
Yo conocí a Janis, sí.
Fue en Nueva York, o en París, o en Buenos Aires.
Pudo haber sido en otra ciudad; hay cosas que uno no quiere recordar.
Además, los lugares se confunden en la memoria.
Manejaba como una condenada por una avenida
que se metía sin esperanza en el sur de una ciudad.
Ahí donde la civilización cede al arrabal y se gesta el suburbio.
Parecía una rockstar cansada de ser leyenda, Janis.
La sonrisa de media luna, las uñas negras firmes en el volante.
Había tomado cinco, seis, siete jacks con coca.
No sé cómo hacía, tan menuda y tan exquisita.
Escuchaba música y miraba de reojo el sol
asomando entre los escombros y los edificios desparejos.
El pelo se le acomodaba sin artificios sobre los hombros.
Los músculos se contraían en las piernas desnudas.
El sur no tiene límites; me hubiese ido lejos con Janis.
Pasamos estaciones de tren vacías y fábricas cerradas,
puentes mutilados, largos paredones con grafitis.
Recorrimos kilómetros ficticios planeando huidas.
El viento de la mañana nos resbalaba por la frente.
Y en un semáforo en rojo, después de mirarme y cerrar los ojos,
ella, la que nunca hablaba o hablaba en otros idiomas,
se puso a recordar en el alba inmaculada del suburbio.
Habló de su primer trabajo, atendiendo en un locutorio de Constitución.
Tenía 19 años, dijo, y acababa de terminar la secundaria.
El negocio era del padre de una amiga, el barrio era filoso
y ella una chica bien de Adrogué, una chica rebelde de Adrogué.
Los chicos nos querían, comentó, y pisó el acelerador.
Al final de cada día, un rato antes de irnos,
poníamos la música alta mientras limpiábamos el lugar.
Los Stones, Janis, los Doors… Otras cosas también.
Mientras la escuchaba, traté de imaginarla a esa edad,
metida en un caos de cumbia y vendedores ambulantes,
putas, vagabundos, laburantes, travestis,
dealers, policías, colectiveros, pibitos solos.
No sin cierta vanidad —porque ella también era vanidosa—,
recordó entonces a un chico en particular,
un chico que se cruzó una vez en el tren a Glew.
“Vos sos Janis, la del locutorio”, le dijo él, y se le declaró.
Yo conocí a Janis, sí.
No importa demasiado en qué ciudad ni en qué circunstancias.
Sí estoy seguro de dos cosas: no fue en el Chelsea y no se llamaba Janis.
Pero lo entendí al chico aquel.
Lo entendí perfectamente y lo envidié.
El último
Cuando todos huyeron o murieron,
cuando la casa del pastizal y el ciruelo inclinado
volvieron a vivir en su maldita soledad,
quedó un último habitante,
un superviviente final,
vagando por las calles horas y horas
regresando a la noche
rasgando la chapa de la puerta
aullando susurrando hablando
en el desconocido idioma de los sobrevivientes.
Su presencia desafiaba a la casa,
a sus maldiciones, a su dolor,
la omnipresente negrura
que brota de las entrañas de lo maldito
y devora lo que se aventura en ella.
Su presencia ya no era bienvenida,
aunque él, maldito mil veces también,
no sabía huir, no sabía morir,
como tampoco sabía
que todo aquello era ineluctable.
¿Cuánto tiempo vivió así,
ignorado y desafiante?
¿Cuántos días, cuántos años,
la enfermedad y la desgracia
durmieron en algún cuarto
sin prestarle atención?
Hasta que una de las dos despertó,
alguna recordó el olvido y fueron por él,
y lo encontraron
tumbado en el fondo de la casa.
Se metieron en sus tripas,
lo llenaron de podredumbre y pestes.
Le enrostraron su desfachatez,
el sacrilegio de traer a la memoria
a los muertos y los prófugos.
Solo quedó decretar su final.
Las telas
Tan nítidos, los cuartos soleados
de los años de piel tersa
se llenaron de telas,
capas de presuntos recuerdos
a los ojos sin brillo de Lola.
Vagar por los espacios vacuos
en la longitud de las horas
para detenerse en el vano
a vivir un doble crepúsculo
del que apenas sabía.
Y los nombres huyeron lejos.
Y las épocas y los días confluyeron.
Como las telas multiplicadas
hasta convertir a la casa entera
en un borroso cristal de lluvia.
Si llueve y llega la noche a Prambanan
Si llueve
y llega la noche a Prambanan,
ella se sentará sola
en el umbral del templo
del ánsar de Brahma
para verte partir
sin pedir
que te quedes a consolarla.
Si llueve
y llega la noche a Prambanan,
ella pensará en Sita
repudiada por Rama,
y preguntará
por qué los hombres
hacen ciertas cosas
sabiendo de antemano el final.
Si llueve
y llega la noche a Prambanan,
ella dejará caer
todas las gotas del cielo
y luego caminará,
sola y libre,
hacia el amanecer
que vislumbró al verte partir.
Poetas Uruguayos invitados al VI Encuentro Esteros

Hugo Achugar (Uruguay)
(Montevideo, 1944). Este escritor, crítico literario y profesor ha dejado una huella indeleble en la cultura latinoamericana, navegando entre la poesía, la crítica y la docencia con una maestría pocas veces vista. Achugar fue víctima de los tiempos oscuros que atravesó su país, cuando la dictadura lo destituyó de su cargo como docente en la enseñanza secundaria. Este evento lo llevó al exilio en Venezuela, donde se reinventó como investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos en Caracas. Su exilio no solo marcó un giro en su carrera, sino que también enriqueció su perspectiva, ampliando su visión sobre la realidad latinoamericana. La docencia universitaria se convirtió en su nuevo hogar, primero en Venezuela y luego en Estados Unidos, donde impartió clases en la Universidad del Noroeste, Illinois, y en la Universidad de Miami. Sin embargo, fue en Uruguay donde finalmente echó raíces, enseñando Literatura Latinoamericana en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación en la Universidad de la República desde 1988 hasta 2010.
CAMPOS ANEGADOS
vacas solitarias navegando hacia su noche
ovejas absurdas con un pelaje de plazo fijo
caballos ansiosos hundiéndose en el pantanal
todo eso veo al cerrar los ojos
y también árboles secos heridos
las raíces luchando con las baldosas
ancianas en una ciudad sin párpados.
En ese lugar definitivo de la memoria
estoy desapareciendo desvaneciendo.
Es natural cantan las neuronas
enloquecidas. Cuento las rayas
de las persianas en el techo
no tengo pesadillas se sienta
en la cama y me mira redondos
los ojos celestes. Te espero
me dice. Ya estoy llegando
contesto y los ríos se desbordan
los paisajes insurrectos los lagos
sin fronteras abren sus bocas
sin dientes celebrando un cuerpo
sin destino sin labios sin sentido.
HIMENEO
Azul tu sexo abierto, tu dulce cosa expléndida,
de um azul increible tus pálidas
acogedoras jugosas paredes.
Recorro tu piel en demorada lengua
castanha leteo maná muerte azul
cuando la noche casa salto caída libre…
ILUSIONES DE PAREJA
Entro con la ilusión en la mano,
suena la orquesta, los timbales suenan,
me celebran con brazos y sonrisas extendidas,
arrebatados por un entusiasmo de magnolias
comenzamos a cantar odas a la alegría en alemán,
y entonces suenan los claros clarines de tenores y sopranos.
y entonces las gargantas walkirias prolongan las vocales,
y entonces pongo el ramo en el florero.
La ilusión es una flor diminuta y se marchita rápidamente.
(Orfeo en el salón de la memoria)
SUS CAMISAS
Conservan el olor/
Agrio. Su perfume
Perdura a pesar de tintorerías/
Humedades/ manchas de pintura.
Extraño sus furias y sus gestos/
Su ternura y sus infinitas novias/
Sus mantras/ la voz de Bob Marley
Reiterada hasta el hartazgo.
Sus insomnios/ sus deseados hijos.
Su elegancia y sus disfraces.
Su modo de cerrar puertas y ventanas.
Su ropa que no me atrevo a usar
Esperando volver a ser habitada.
SER Y ESTAR
Miro por la ventana, su perversa presencia
está y no está, viene y se va.
Un involuntario eructo cervecero instala
su destilado sabor prostibulario y la nieve
está y no está.
Trivial, la belleza, polución nocturna, acaba
jugando a las escondidas con el deseo y la nieve
está y no está.
La ternura absoluta contra este no saber,
la pornográfica instantánea mano
que me confirme vivo en esta hora
vacunamente melancólica,
la iluminada mejilla de María quiero;
la nieve
está y no está, viene y se va,
desde el inicio de todos los tiempos
está y no está, la nieve,
está y no está, viene y se va.

Mariella Nigro (Uruguay)
(Montevideo, Uruguay, Doctora en Derecho y Ciencias Sociales, poeta y ensayista. Tiene publicados nueve libros de poesía y dos libros de ensayos literarios. Integra varias antologías de poesía y de ensayo. Ha colaborado en publicaciones literarias y académicas nacionales y del exterior. Obtuvo varios premios literarios nacionales y municipales, entre ellos, los Premios Nacionales de Literatura del Ministerio de Educación y Cultura. Recibió el Premio Bartolomé Hidalgo de Poesía 2011 por «Después del nombre» otorgado por la Cámara Uruguaya del Libro, y el Premio Morosoli 2013, categoría Poesía, otorgado por la Fundación Lolita Rubial.
Viajes
I
Esquina de mi río
borde marrón de la sangre
que baña a la ciudad de la memoria.
Tengo a Montevideo en la maleta
la luna en la bahía es cuña para abrirla
y sacar los hundidos galeones.
Te he dejado justo en la vuelta
ondulada del paisaje
ardiendo de amor y sin palabras.
Cargo con el agua de río y con las luces
el talego de pájaros
atado a la cintura.
Y es un muro de cal esa frontera
por donde salgo al mundo
dejando al sur agónico de flores,
así de celeste Montevideo
donde el aire habla cuando es viento.
Pero llevo su cabeza de humo
sus muertos enterrados
los apenas ausentes
y es agua de mar lo que predica
ciudad de la memoria
sueño de galeón
exilio anclado.
Mi palabra también viaja.
Que pueda la alfarera
con el barro del decir
con el torno del habla.
Playa
“…es el mar
es el mar
cada ola nos revive y nos mata
es un reloj de noche y en silencio
es una almohada rota…”
Selva Casal
Es el mar en el borde de mí
y el aire como abismo
es el borde transparente del aire
que no respiro
es la costa del cuerpo, el horizonte rojo del costal
el escondido mar en el pie que lo roza
y la forma del viento
que se hace entre los árboles
y el frescor verde del agua
y la arena de adentro.
Pero es la tierra y la piedra
la letra en la turba blanda del presente
de la sombra de una ciudad hundida.
Y aparece por detrás de esas ramas
como derramado, desabrazado
lanzado al mar
ya de antes empapado
insospechadamente
ingrávido y hundido detrás del nombre
mientras crece una luna en el cielo del día.
Fuera de mí, no estoy.
Yo estoy adentro, sola.
Mi herida es esa línea entre la arena y la orilla
está allí
estallido el vuelo de quebrada ala
en la playa rota
con las pequeñas huellas en lo que era roca
que al pie entonces sostuvo.
Y en el blanco sucio del montículo
el lustroso blancor de aquella duna.
Como una copa rota
muestra el filo cuando brilla
hiere mientras abrevo
corta mi boca.
Sabe que tiembla el coto de la sangre
arrastra cosas, moja la espera, se retira.
Y cae la noche
entera
como una fruta que aún no se muerde.
Orden del sueño
Caen las palabras en medio del sueño:
son las piedras hirientes
que antes golpearon en la vigilia
y ahora se precipitan a su agua
y se enredan como oscuros peces sorprendidos
en el paladar en la dentadura en el labio o en la veladura
donde calce la articulación,
en la patria de la lengua y su ápice de oro.
Y al despertar están las marcas en la boca.
Ventanas
Día a día, miro el rojo por la ventana y saco una fotografía del atardecer, con la misma inquietud y constancia de Amanda Berenguer en sus ponientes. Y así conservo fijo el mismo espacio atravesado por el tiempo, buscando una señal del cielo, una mella por donde resurja el pasado como una pequeña flor entre las piedras.
Entonces te me apareces allí, en la pantalla con delay, borroso e incoloro, como un faro lejano. Reverbera cada tecla de tu piano que percute con alegría y se vuelven enormes tus ojos negros al mostrarme lo que has aprendido; pero al minuto desapareces del perentorio encuentro.
Quedo mirando tu rostro en las fotografías del estante (esa mirada en escorzo como un niño de la perla de Vermeer), rostro del hijo en segundo grado, con unas líneas como frágiles durmientes por donde viajan miedos y deseos. Y el mismo lunar brillando y guardando el mismo secreto. Mis ojos te caminan y persiguen tus gestos a través de la fila de retratos.
Entonces, cuando se apaga la luz del horizonte, tomo nota de la pequeña flor que se ha asomado.
Poesía
Atravesar con la flecha de palabras
el corazón del mundo hasta que sangre su sentido
como un alumbramiento.
Amar la palabra que sostiene
el delicado equilibrio de la lengua.
No sé si primero pienso o primero sueño como Sor Juana,
sé que es un viento que remueve la menudencia de la voz
que arranca un hueso y lo coloca en otro sitio
hasta desmenuzarlo y volverlo ala.
Yo busco esa voz entre alas y huesos,
de a tramos, a veces medio a ciegas,
hasta que algo allá arriba lo refrenda y me calma.

Silvia Guerra (Uruguay)
Nació en Maldonado, Uruguay. Sus últimos los libros de poesía son: «Pulso», Editorial Amargord, Madrid, 2011; «Todo comienzo, lugar», Editorial Casa Vacía, Richmond, Virginia 2016; «Un mar en madrugada», Editorial Hilos, Buenos Aires, 2017. También editó «Fuera del relato» y un libro para chicos: «Historias de un pueblo que dejó de serlo». Es coautora, de un libro de reportajes y de varios libros de correspondencias de escritores reconocidos como Gabriela Mistral. Coeditó entre 2009 y 2011 el sello editorial «La Flauta Mágica». Entre 2008 y 2019 fue la responsable de los contenidos culturales de la Fundación Nancy Bacelo.
Es una niña al borde de la fuente
que le pone pétalos al agua.
Un pétalo, otro pétalo
Un malvón deshojando otro malvón.
Un día lejano, dentro de muchos días
quizás esté sentada en otro sitio y vea
a otra niña que en sucesión interminable
se siente al borde de otra fuente
y ponga otros pétalos
de otros malvones sobre el agua.
Entonces quizá, remotamente, una piedra
se vuelque en su memoria
Algo cambie de sitio y por una rara
ramazón de aire se recuerde
sentada en una fuente lejana
poniendo pétalos al agua
de unos malvones con este mismo olor
de pronto.
CLOTO
Afuera, en el cóncavo espejo que es Ahora
un fino entretejido se suspende: alguien
habla de dos, otros de cifras
que son inmensas cantidades.
La ascendencia se pierde en estratos
que no tienen demasiada importancia.
Se nombran los caminos los pazos los pequeños
jilgueros. Se camina sonriendo
por la empinada cuesta
con las botas sucias del barro del camino.
Se llenan los carrillos los rojos los sonrientes
de un aire
que ahí arriba se dice que es purísimo.
Y se habla de la guerra. Del color de la guerra.
Y aparecen los muertos, en fila, con el plato vacío
me preguntan algo que no entiendo, no entiendo
qué me dicen no entiendo qué hago ahí, por qué me siguen.
Y yo no sé qué hacer, y ellos tampoco.
LA ESPERANZA
Siempre. Como un punto blanco y arrasante
una luz, de pura esencia necesaria. Incandescente.
Cegada por la luz, la boca abierta
palpita algo en el valle, ruido de agua
Hojas de eucalipto perfumado
Algo de paz se recoge sobre el oro esparcido
Algo, parecido a la misericordia
Queda.
Antes, después
Avenir de lo oscuro, oscuramente un golpe, sordo en lo
Abreviado de alrededor que llega: como un mar, como verso, como
Recuerdo antiguo y propio, como olor de la infancia.
Y el color que lo invade, siempre invade entre intersticios
Del tiempo en la tez en el aire, en las ínfimas
Líneas que circundan los ojos. El color del otoño
desaprensivamente, la mano por la espuma ante el diluvio.
Así la mar se torna en femenino oceánica y los barcos
Nocturnos sobre el capote de la sombra crecen se agigantan y
Tratan de hacer visible algo en el recuerdo de alguien,
Se esmeran por llegar por llevar o traer, sólo en los filos laterales
Del viento
Se vuelve a gota, a primera inocencia.

Mauricio Cheguhem Riani (Uruguay)
Es poeta, crítico y teórico de la literatura. Se especializa en el vínculo entre literatura y ciencia. Ha escrito ensayos literarios publicados en distintos países de habla hispana y francófona.
Versolario
Emprendimiento hecho de sonidos sin destino aparente.
Tajo, hueco, tallo, huella del lenguaje.
Temperatura de partículas que se condensan en el aire.
Usina de experiencias compartidas.
Casa y choza donde nos tocamos.
Fuerza, duende, ímpetu de un cosmos perdido.
Sentencia de deseo.
Proyecto sostenido por fracasos.
Bocas deslizándose por el espacio.
Fulgor del rayo que habita en mi mano.
Poder que viene del silencio y muere en el silencio.
Verso, versículo, Versolario.
Huella de lo dicho y de lo tocado.
Poesía sos vos, pero antes yo mismo. Mermelada de mármol
A Elvira Hernández
Pasamos años haciendo
mermelada de mármol.
Pontificamos, postergamos y pasteurizamos.
Laudamos cada piedra de este templo
Esculpimos, estornudamos y seguimos.
Labrando la tierra que es de otro.
Del pájaro, monumento
Del monumento, cielo.
¿Y?
Así nos va.
Tomate aplastado
Qué sé yo, si son los abetos o los frutales
si la ciénaga del tomate
Qué sé yo si galaxia o gargantúa,
distancia del rescate.
Qué sé yo si manzanas
sí mismo
aún siquiera
momificar el canto de sirena
morder el agua
cada día un latido diferente
diferente ausencia
lamer la mañana virgen
un bosque, dos bosques, tres bosques
pasadizo huidizo de plátanos arremolinados
sol negro
mecánica promesa que mañana aún en cambio
podrá la luz arder en transparencia
Qué sé yo, no hay formas desnudas,
hay tomate aplastado.
Fortuna
Cautivo esperé paciente tu voz amarga
tras el celular, tras la pantalla,
de allá lejos volvías desinteresada
cansada de dirigir las piezas
heroica forma de la calma.
Sales cubierta colosa de ramos y de flores
Sacas toda la frondosidad del bosque
y me invades una tarde de domingo
para el Invierno y sentir tu piel cerca
aunque esquiva y presa de los sentidos
yo te acepto en esta casa con la cara
radiante de una pelota que brilla
mientras devuelves toda la luz a la casa
y allí saber la fortuna de haberte conocido.
A Pablo Melogno
A Pablo Melogno,
maestro de mis horas tempranas
bajo tu estela transcurro
efímera galaxia de la ciencia
Tu cuerpo retenido como espiga en el tiempo
Paralaje salvaje hasta tu encuentro
Pablo, amigo,
seguimos viajando en tu nombre
y cierta luz alumbra todavía
tus brazos aún se estiran por el cielo
abrazan el corazón perdido de la ciencia
saber contigo el sabor de conocernos
edificar gótico cuyo vitral anuncia
aún todavía la noche de los sabios.
¡Filoctetes y Herodoto!
¿Qué ocurre cuando yace un genio?
Si acaso el césped se detiene
si acaso las campanas nos devuelven
tu ronca voz en el desierto
Maestro, ancla tu saber en mi sonrisa
qué aún duele, aún conserva
en el hueco de la luna
la estela de tu eufórica mirada.
Pablo, amigo,
no nos dejes solos aquí entre los muertos.
Forma del imperio augusto
toma la coronación de flores
sobre tu pecho.

Daniel Mella (Uruguay)
(Montevideo, 1976). Es autor de cinco novelas, un libro de cuentos, uno difícil de clasificar titulado «Yo quiero a mi bandera», y el reciente poemario «La lengua de sus hijos». Ha ganado el Premio Bartolomé Hidalgo en dos ocasiones, y parte de su obra ha sido traducida al inglés y al portugués. Lleva diez años conduciendo la «Usina Literaria», es director y editor de la revista «Oro».
1.
No quise dejar constancia
del horror
⠀⠀⠀⠀⠀lo atroz
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀lo emocionante.
Nada de lo que existe merece ser conservado.
Si una vez hablé de la niebla temprana
sobre un cerro sin nombre
no fue para capturar la luz de ese instante
ni para embalsamar el momento.
Fue porque esas fueron las palabras
las que pude decir
al despertar
tan lejos de casa.
2.
Decidí que el mundo era un poema
con esa silueta suya que de lejos se nota
que se trata de un poema
todo sitiado por la nada en la página como una isla
sus bordes escarpados contra la nada
sus penínsulas avanzando
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀en la nada
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀tanteándola
sus bahías perdiendo terreno
doblegándose adrede
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ante la nada
la que antes la gente atravesaba en busca de mundos nuevos
que se entiende que lloraran cuando veían al poema de pronto
su mole negra y poética destruyendo el horizonte
significando vida después de meses y leguas de
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀nada de nada
debían creer que lo estaban viendo levantarse
así
⠀frente a sus propios ojos
como si estuvieran asistiendo al momento mismo de su creación
si es que no creían que lo alucinaban
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀como ya lo habían alucinado
desquiciados por el hambre y por el sol y las noches y la bruma
cuántas noches vigilando para no terminar en las rocas de ningún
poema trágico
y no soltaban el llanto ni el grito hasta que no se hubieran
acercado lo suficiente
hasta que no hubieran pisado su arena y besado su arena
hasta no haberse saciado con sus entrañas
ahí
⠀⠀recién
llorar lágrimas de verdad
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀cuando el estómago les dijera
que el poema era real
o a la mañana siguiente
tras haber dormido la noche entera
sin un sobresalto
de nuevo en casa.
4.
La poesía argelina
como la irlandesa
la de todo país colonizado
se caracteriza por el incesante nombrar
de localidades
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀de su país colonizado
en cada estrofa el nombre de un poblado
de un valle que tiene su flor
de un río y un ahogado por el río
de un bar y su esquina.
Lo que los poetas están queriendo está claro
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀están
reclamando su patria
volviéndola disponible para el oído
de sus coterráneos primero
antes de que a nadie se le ocurra tomar las armas
para que recuerden que
cada parcela
de esa tierra
tiene una forma de pronunciarse
como una música
un sentimiento en la lengua
de sus hijos.
5.
Sí
la pregunta es sencillita
yo creo que
si nos trasladamos a un parque
o a un jardín
o a una playa
sin necesidad de ir a una selva
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀veríamos
todo el movimiento
que significa la vida
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀veríamos cómo crecen
las flores
vuelan los pájaros
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀el agua que corre
y es un movimiento hacia
la continuidad del movimiento.
Lo único que le interesa
a la naturaleza
parece
⠀⠀⠀⠀es perdurar
esa especie de cópula universal
en que el futuro es el gran tirano
el mañana es el gran
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀tirano.
Pero yo siempre que estoy
ante la naturaleza
siento un temor.
No estoy nada seguro de por qué
la naturaleza
con tal fuerza
quiere perdurar.
Veo volar un pájaro
¿pero el sentido del pájaro
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀es volar?
¿O vuela porque tiene alas y
tiene que hacer
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀otras cosas?
Y una flor
¿para qué está?
¿para que la vean?
Supongo que tiene un sentido
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀personal
si se atreve uno a decirlo
pero de momento
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀para que se vea
sí
⠀para que se huela
para que se goce.
No me atrevería a definirlo
me atrevería a ir
buscando
me atrevería a ir diciendo lo que
he ido encontrando
poco a poco
si es que se encuentra
si es que no viene hacia
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀nosotros.
Yo creo que nadie avanza
sino que es llevado
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀es impulsado.
Me parece que nosotros
no tenemos la vida
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀la vida nos tiene
nos utiliza
a nosotros.
Entonces la vida no es
lo que nos enseñaron
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀un valle de lágrimas.
Ninguna madre
ningún padre
puede querer traer
a un hijo
a un sitio tan triste.
Yo veo lo contrario
totalmente
que la vida es una oportunidad de gozo
desaprovechada o no
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀pero de gozo.
Entonces acá no estamos para sufrir
naturalmente que no
¿quién puede pensar esa
canallada masoquista?
El sufrimiento sucede
como suceden las tormentas
entonces tendrá alguna causa
secreta
⠀⠀⠀⠀o no tanto
como el alimento
ayuda a crecer
pero tiene que ser bien
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀digerido.
Uno no quiere el estómago
de esos que no quieren
engordar
⠀⠀⠀⠀⠀y comen poco
y se llenan
con un solo bocado.

Claudia Magliano (Uruguay)
(Montevideo, 1974). Es profesora de Literatura egresada del Instituto de Profesores Artigas (IPA). En poesía ha publicado «Nada», premiado en el concurso de Poesía de la Asociación de Bancarios (AEBU) y la Casa de los Escritores del Uruguay, en 2005; «Res» (Ático Ediciones, 2010), que obtuvo el Primer premio de poesía édita de los Premios anuales de literatura del Ministerio de Educación y cultura (MEC), edición 2012. «El corazón de las ciruelas» (Civiles Iletrados-Ático Ediciones, 2017) obtuvo una mención en poesía inédita en los Premios anuales de literatura del MEC, edición 2016. El libro inédito de poesía «Lo trágico es el olvido» obtuvo el primer accésit en el III Concurso de relatos y poesía Letras cascabeleras, Cáceres, España, 2017 y fue publicado en mayo de 2019 por Letras Cascabeleras.
Nos fuimos quitando la luz de los ojos.
Todo lo que habíamos visto no era nada más que la forma de la nieve.
Nunca dejamos nuestra huella camino a la montaña
nunca pudimos tocar el frío, sentirlo en las palmas de las manos como otras cosas sí se sienten
algo más delicado todavía
algo más suave que ese frío estático por donde se deslizan los inviernos
unos tras otros
como los pequeños pájaros de Dante que van cayendo tras de sí ante el llamado
implacablemente caen
pesan más que su propio cuerpo
algo los empuja hacia la Estigia
donde Caronte espera
a punto de zarpar.
Nos quitamos la luz de los ojos como si fuera un manto
entonces pudimos ver la nieve
pudimos tocar ese paisaje blanco por los siglos de los siglos dibujado para nosotras
que solo habíamos vivido de los cuentos
y no conocíamos más que el tejado por donde iban las niñas
masticando el corazón de las ciruelas.
¿Cuántas veces quisimos escalar esa montaña?
Me habías prometido una casa en la cima.
Íbamos a vivir adentro de la nieve. Íbamos a leer todos los libros.
Eso me habías prometido.
Eso dijiste cuando lloré por primera vez. Cuando por primera vez sentí que el alma o el espíritu se me desgarraban y no podía retener la sangre. Era como la sangre de San Sebastián sobre su torso pálido o como las manchas que dejaban las uvas cuando estallaban.
No podía retener la sangre ni el llanto. No quería que me dejaras en medio del sueño como si yo fuera un paisaje abandonado donde los árboles se perdían en la niebla.
¿Cuántas veces quise escalar esa montaña? Aunque la piel se me abriera al intentarlo.
Aunque no supiéramos cómo es el frío ni cuánto frío cabe en una sola montaña.
Me habías prometido una casa. Todos los libros me habías prometido.
Es cierto, siempre dijiste que hay cosas peores que la muerte.
Nada entonces es tan terrible, pensé.
Pienso ahora, que ya no podés hablar ni podés traer la calma como se traen las cosas más delicadas:
un poco de agua entre las manos
un puñado de piedras para inventar un juego
una montaña, altísima, con una casa levemente inclinada en la ladera.
Ah, yo quiero cerrar los ojos y con la cabeza levemente inclinada hacia atrás, sentir la música.
Eso es lo que viene desde un lugar lejano.
Eso es lo que pasa cuando han sucedido pocas cosas.
Por ejemplo:
tener seis años y nunca haber visto la nieve
tener seis años y haber sentido el frío sobre la piel escarchada
tener cinco o seis o siete años y pensar en dios como un animal embalsamado
y darse de cara contra los animales inmóviles al final de un largo corredor de iglesia
haber pensado que en el fondo las cosas pueden esconderse y sin embargo siempre los secretos se descubren
antes o después los secretos se descubren aunque sean menos solemnes que el deseo.
Ah, yo quería escuchar la música, que la música me traspasara como si fuera un acto de fe
como si dios pudiera de pronto moverse y posar su mano sobre mis piernas apenas rozando la piel que se abriría, supongo, ante el contacto.
Yo quiero oír la música saliendo desde adentro del cuerpo que la inventa. Yo quiero escuchar otra vez la fricción de las cuerdas, el arco subiendo y bajando tenso, erguido entre esos hilos de seda, de acero, de tripas. Esos hilos que vibran ante el mínimo acercamiento provocando una masacre.
Yo hacía fuerza para que vos te murieras. Para no perderte. Para que te quedaras así como ahora, adentro.
Yo hacía fuerza para matarte/ te alentaba/ te daba ánimo/ te estaba siendo fiel, a vos y a la literatura.
No te maté. Eso es cierto.
Te conté que mandé hacer una biblioteca hasta el techo/ de pared a pared/ que necesitaba una escalera para llegar al estante de arriba/ que arriba había puesto los libros que más uso para aventurarme en la búsqueda de las palabras/ para sentir el riesgo de una altura dos escalones superior a la mía.
Yo no te estuve matando. Solo quería que te murieras porque ya no te quedaban libros y porque ya no había una casa en la montaña cubierta de nieve y porque era verano y a vos el verano no te gusta. Y además hacía calor y estabas desnuda y yo por primera vez estaba viendo tu cuerpo/ y descubrí que me parezco a vos/ que la forma de algunas partes tuyas es igual a la forma de algunas partes mías. Y yo podría haber sido vos.
Entonces empecé a hacer fuerza contigo para que vos te murieras. Porque tampoco quedaba aquello que era recuerdo y sostenía.
Yo hacía fuerza para matarte porque vos no podías hablar y me parece que eso no te gustaba.
Yo hacía fuerza para matarte porque vos no podías hablar.

Blanca Emmi (Uruguay)
Ha publicado «Cuerpo a tierra» (Destacada en concurso nacional: I.M.Mont), «Algo de arado, mucho de manzan», «Tachos de Cobre», «Equilibrios del bosque», Segundo premio poesía inédita Ministerio de Educación y Cultura, «Cuenco». Ha sido participante en distintos talleres de poesía y publicaciones colectivas. También es narradora y dramaturga.
1.
Si se pudiera
a raíz de un error del gatillo
desandar el crimen,
volver al revolver la bala
y al estuche el revólver
conservando
los restos de pólvora en la mano..
2.
⠀⠀⠀⠀Sobre un cuadro de V. Van Gogh
El zapato sufrió
Humanamente
Cuando perdió la simetría con el otro.
3.
Epigrama sobre estatua
Andaba.
Un verbo sin más diminutivo
Que el peso de su propio miedo.
4.
Jinetes
Quedé con una bolsa llena de erizos
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀para amar.
El año comenzaba mordiéndose el final.
Mario y Miguel
descifraban acertijos de muerte.
(Los sorprendió el verano)
¿El premio? Un caballo de madera
Cabalgan
cazando inviernos por las azoteas.
5.
Dejo atrás la dolorosa lógica
de los tachos en la cocina.
Cada mañana recorro ferias
de puesto en puesto con mi monito.
Salta, saluda
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀hace piruetas.
Termina despeñándose
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀con las manzanas.
7.
Le volaré la cabeza a la noche,
brotará la luz sin ataduras.
Dejaré solo su cuerpo
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀tu cuerpo
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀de pie
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀temblando.

Graciela Estévez Rivero (Uruguay)
(Montevideo, 1965). Poeta. Narradora. Licenciada en la Universidad de la República (UDELAR). Integró las antologías: «Poesía Reunida», «Muro de voces», «Palabras para Idea y para Mario», «Poesía urgente y cuentos necesarios», «Antología 8M», formato digital de poesía latinoamericana 2022. Publicó el poemario «Cavar -refundaciones de la duda-», que obtuvo el Primer Premio por Montevideo (2011) y Primer Premio Nacional (2013). Ha obtenido el Premio «Concurso Cuentos del Taller», el Segundo Premio en el Concurso Armonía Somers (2017), el Segundo Premio «Concurso Nacional de Poesía Ignacio Suárez» y el Segundo Premio de Poesía «Palabras para Idea Vilariño y Mario Benedetti» (2020).
Excavaciones
V
afilar el insomnio
silenciar el rigor de las vértebras
auscultar el viento/ indecidir
volver al desierto
palpar el tiempo/ desdentarlo
contradecir los atajos/ la colmena
el gris resplandor del humo
desbordar el aullido/ el latir
del océano/ el tamaño
del aire cautivo
asomarse a las cavidades
del silencio/ beber de la sed
palabrecer
engendrar el poema
Descifrar los naufragios
las palabras son los ojos del mundo
Roberto Juarroz
VI
un cansancio esdrújulo
se apoya en la tarde
las calles deambulan/ embotellan
las horas ciegas derraman el agua
horadan la espera
antes de ti
todo es sed
VIII
resplandor/ despertar del agua
tus ojos
galopan/ en mi cabello
el cielo se suelta
profana catedrales
relumbra
te miro
escribo sobre el altar
en la lluvia
desnuda
IX
no me arrepiento
he cometido reiterados sacrilegios
en la eucaristía de las palabras
creo/ en la saliva
insurrecta/ en tu boca
en el sabor violáceo
de las uvas/ en el viento
XI
escribo
por si las mariposas no llegan a tiempo
por si el mar no anda cerca
por si los pájaros se pierden
por si la sombra muerde los pétalos ausentes
por si intentan arrancar la memoria de las flores
por si los buitres se beben la aurora
por si la sed se vuelve invisible en el agua
por si las preguntas no alcanzan a salvar el río
escribo/ desbrido la espera
amoroso intento

Ann-Marie Almada (Suecia / Uruguay)
(Norrköping, Suecia, 1981). Es cantante y poeta. Hija de exiliados, se crió entre textos políticos y canciones festivas alrededor de un árbol. De niña y en Uruguay, cuando conoció a Benedetti, decidió que quería ser escritora pues así podría vivir seis meses en cada hemisferio como él lo hacía. Aún no logró esa meta. Ha escrito, compuesto música, cantado y actuado en cine, en teatro, en la banda Coso y en la murga La Mojigata entre otros muchos proyectos artísticos. Es profesora de música, egresada del IPA y trabaja en una biblioteca. En 2022 publicó su primer libro: «Una»
La niña de ojos tristes
La niña de ojos tristes se cansó de ser foto:
recuerdo de los cambios y las enfermedades
de las exactitudes y dientes de leche
y tanta expresión de nostalgia ajena
⠀⠀⠀⠀⠀Quiso encontrarse y perdió contacto
⠀⠀⠀⠀⠀con las salvajes y simples cosas
⠀⠀⠀⠀⠀Quiso olvidarse y le recordaron
⠀⠀⠀⠀⠀que estaba viva aunque no quisiera
La niña de ojos tristes se cansó de ser foto:
sonrisa repetida en papeles impresos
Comenzó a repartirse y a significar
cariño, ternura y angustias serias
⠀⠀⠀⠀⠀Quiso olvidarse y hallar más cartas
⠀⠀⠀⠀⠀y explicaciones de desmemorias
⠀⠀⠀⠀⠀Quiso encontrarse con las palabras
⠀⠀⠀⠀⠀en las canciones y en los barrotes
La foto de ojos tristes se cansó de ser niña.
El perfume a semillas
que siempre había querido
el tostado café
y el café tostado
Las páginas antiguas
donde anoté lo justo
para revisarlo hoy
para revisitarme
El calor necesario
los sonidos que no
la gratitud cotidiana
y la sonrisa en los ojos
Hallar recuerdos amables
y acariciarlos con tiempo
Tener algunas certezas
más allá de los inviernos
Que sigo amando con fuerza
y que no soy mis zapatos
y a veces
los pájaros.
Comienzo
Inaugurar
La libreta el año los miedos
Transcurrir el tiempo, turbulento
los torbellinos del amor
y el desencanto
los deseos al borde de una fogata
vivir un poquito la vida de otros
admirar lagartos
temer alacranes
Cansarse de otro cansancio
Hacer planes
Escuchar mucho
Disfrutar la soledad por ella misma
Y no vencerse
No vencerse
No darse por vencido.
Ojos
Salgo a la calle y sus ojos me miran
me siguen, me hieren alambres que enredan
mi cara y mis manos y buscan mis ojos
y buscan y encuentran y encuentran y ríen
abrazo el recuerdo y sus ojos me miran
y escarban el fondo del cielo estrellado
de noches de insomnio (la luna plateada
se esconde por no convertirse en poesía)
vuelvo a la rutina y sus ojos me miran
y quieren y odian y entregan confiados
y crecen y ensanchan mi espíritu solo
matándolo luego con tantas promesas
busco un amigo y sus ojos me miran
como un vidrio claro a través de la carne
y los huesos salientes yo busco un apoyo
mas nuestros amigos no ven a los otros.
salgo a la muerte y sus ojos me miran
me hacen guiñadas y yo les contesto
sonríen dichosos hablando de ellas
y yo me conformo: sus ojos me miran.

Martín Palacio Gamboa (Uruguay)
(Uruguay, 1977). Músico, traductor, ensayista, periodista cultural, poeta y docente. Si bien nació en Montevideo, su vida transcurrrió mayormente en el interior fronterizo así como en el nordeste brasilero y en Buenos Aires. Sus discos se encuentran disponibles para su escucha y descarga gratuita en el sitio Bandcamp. Organizó la selección crítica de poesía contemporánea brasilera (edición bilingue) Bicho de siete cabezas (2014), y la de poesía contemporánea uruguaya La confabulación de las arañas (2018), ambas por la colección Uniendomundos del sello argentino Detodoslosmares. También realizó la antología crítica de la obra édita del payador anarquista Carlos Molina (El bardo del Tacuarí, 2017). Ha incursionado en el ensayo. Su obra poética, compuesta por «Lecciones de antropofagia», 2009; «Celebriedad del fauno», 2014; «Psikodalia», 2017; «Los infraterrestres», 2021; y «Vulgaria», 2023, se distingue por un constante experimentalismo, en diálogo con los clásicos españoles, el canto popular y las neovanguardias latinoamericanas.
María,
reyna dil ochen sírkulo
1 di mi espalda in lyaga viva,
mikrotonada indie, serado track dil Blackstar di
⠀⠀⠀⠀David Bowie, ten piadád.
María,
sacrosánta espía rusa deste Vladivostok ke tengo por intrania,
mortisia i psikodalia dí mis pásos por la rambla Libertador
⠀⠀⠀⠀kuando lyevo in mi aldikera la metasustansia preta
⠀⠀⠀⠀di la ke stán fetos los ándjelos,
ten piadád.
María,
aurora bonal zizekianísima,
glamurama Vogue di espirtos desenkontrados
1 almena ande brota, karnívora, la róza di los áyres más
⠀⠀⠀⠀eléktrika,
ten piadád.
agora entiendo ke mi korasón teknopagano ez algo más ke un sementario di otomóbiles/ agora entiendo ke el cesio arrelumbra il trastorno ke fazo traz il felejo di pero a lovo/ agora entiendo ke lo Ayierto encenya por kaptura, koneksyón i enpuxe/ agora entiendo ke presajias una i otra vez las garras dil relámpago
-de Psikodalia, 2017
Ni bien dimos la espalda,
el canto de las sirenas se hizo más agudo.
Fue el regreso del insomnio, su pandemia de nieve
⠀⠀⠀⠀en la mejilla de quien no había visto más que
⠀⠀⠀⠀quince círculos de piedra blanca sobre piedra
⠀⠀⠀⠀negra.
Primero fueron los sauces.
Después las galerías,
la intemperie de sus duendes más inciertos.
Algo salpica los ladrillos del murallón de enfrente. En ese
⠀⠀⠀⠀momento nadie va a encender las lámparas, nadie
⠀⠀⠀⠀va a poner el dial a un volumen razonable,
⠀⠀⠀⠀ninguna cámara registrará el descenso de los claveles
⠀⠀⠀⠀para cuando pasen los camiones.
En los bolsillos no hay nada.
Las piernas entumecidas esquivan adoquines, la tos reseca
⠀⠀⠀⠀irrumpe entre las calles y los kioscos como pidiendo
⠀⠀⠀⠀perdón por el aire que le sobra.
-de Los infraterrestres, 2021
Esta luz mortecina
que asola las claraboyas
de las casas por Barrio Sur y
Palermo desdobla esa otredad de
bucle irrompible, de círculo
negado
a todo acontecer. Sólo el jadeo
de quien siente el tanque vaciándose
cuando el afuera no es más que cesio o
rubidio. No falta quien nos niegue lo de las naves
en llamas más allá de Orión,
el brillo de los rayos-C en la oscuridad cerca de
⠀⠀⠀⠀las puertas de Tannháuser. Pero acá no hay
⠀⠀⠀⠀círculo, aunque sí
las mismas guerras, los mismos hombres,
las mismas sectas que el viejo León Felipe hurgó
⠀⠀⠀⠀entre la falta y el exceso.
Ven, tenemos bajo el pie todos los charcos,
todo el desastre, es decir, todos
los astros al margen de los cálculos.
Violencia no es
mentir. Violencia
es no aceptar nuestra violencia,
nuestro trago de kerosén y cardo.
Este paisaje, esta
luz, nos pertenece.

Víctor Guichón (Uruguay)
(Casupá, Uruguay, 1960). Ha publicado «Una hilera de poemas», «HASTA», «COMBA» (Mención en el Concurso Editorial Tae de Poesía. 1989), «Agua de Luna», «De los Suburbios de Almíbar», «El Último Capítulo de la Historia del Mundo» (Casette de Poesía, junto a Héctor Bardanca, Lalo Barrubia, Marosa Di Giorgio y Luis Bravo, 1992), «Acto de silencio», «Bailarina Invisible». Recibió el 2do premio de Concursos Anuales de literatura del MEC 2012. En 2018, su libro «ACÁ» fue galardonado con el premio Bartolomé Hidalgo a mejor libro de poesía, premio que otorga la Cámara del Libro de Uruguay a las mejores obras. En octubre de 2024 publicó «El viento bajo las alas», novela que recibió una Mención Especial en el Concurso Juan Carlos Onetti 2011. Desde 1982 a la fecha, crea y participa de distintas performances poéticas y multi artísticas.
Musa
Me invade tu ausencia,
desde la quietud de tu silencio
se intercala en mis articulaciones.
Me siento contemplado desde la sombra de tus ojos.
Aspiro a percibir – más no sea-
una leve brisa de tu aliento,
aunque me recorra el miedo/ eso me da miedo.
Es lo inerte lo que muestra la fragilidad de mi existencia
y con gracia sagrada el silencio lame el borde de mi alma,
la humedad de mi respiración que apenas se pronuncia.
Allí, en el vacío, su voz es tu voz es mi voz,
en los pequeños huesos.
Me invade tu ausencia
-ni siquiera te encuentro en ella-
Me siento contemplado desde la sombra
de tu mirada dulce y nerviosa.
indagado desde tu vientre tibio
desnudado por tu oración precisa
abrazado por la ternura de tu corazón
regado por las lágrimas de tu alma
envuelto por la piel de tu palabra
Sobre los muros
Una mariposa inexacta en los pretiles
al ras de la incógnita cruz de la estrada
y en la médula sutil de la crisálida
la gestación de una alegoría trasnochada,
regada por señales que no vemos.
Estarás allí, poeta, cuando la noche se deshaga.
Estarás en la inocencia de mi entera mirada
con mis heridas estarás con mi ignorancia.
Y estaré mal puesto en la trama
seré una pausa incomprensible;
una palabra inexistente, expulsada.
Seré un capullo delirante
el artificio de un poema escrito
para este vuelo incongruente
de una mariposa encontrada.
Agua de luna
un ángel de fuego ha querido herir mi canto
por eso canto:
almendras
incursionan en mi boca/
indicios de ausencia
lágrima arisca, perfumada, detenta.
soy un nada
⠀⠀⠀una abertura que acontece
un lugar que da lugar a lugar
soy la trama esférica de la memoria
la certeza de un fluctuante organismo vivo…
el intransferente
el acribillado por la sustancia humana
el acróbata de la palabra
el perseguidor de mis alas
el asunto inacabado
el que se descuelga hábil por el túnel delicioso de la Hembra
la incerteza del transcurso…
apenas, si soy un perfume más que se abre a un juego de reflejos en la noche
y canto:
¡una destinada errante me subyace!
oculto detrás de la mirada, existo
la espalda es un dolor más
pececitos recorren los suburbios de mi Lengua
en el labio la espuma del viento⠀⠀⠀⠀ detenida
la luna
⠀⠀amortigua los silencios
Tengo un tango
Tengo un tango zapando en la nervadura oscura del amor
que, desde mi vientre herido, mi corazón quebrado
me abraza como a un hombre extraño,
y como si ya fuera un vestigio,
un polvo biológico expulsado,
admito el viento, lo que esté se ha llevado.
Me dejo soplar, volar ceniza, ala en el viento
extraño por el aire, gris y negro
esparcido en mi alma sobre el tango
dentro del espacio, el tiempo.
Y cuando ya casi sea una ausencia
volveré a llorar de nuevo
por mi abandono, por mi recuerdo
humedeceré con mis lágrimas esta triste agonía
y el alma de los otros será endurecida
por esta vena escasa y seca
por está vena enamorada y con pena
por esta vena que despide la hilera
por esta vena muerta
escrita, una noche solitaria.

Luis Pereira Severo (Uruguay)
Autor de «Otros poemas sucios», «Manual de castellano estándar» (Tercer Premio Nacional de Literatura, categoría Poesía Édita, MEC 2023), «Poemas para leer en una pantalla de 5’’», «Poemas para mi novia extranjera», «Milonga rioplatense» (Premio Nacional de Letras poesía édita 2017), «Pabellón Patrio», «Serie de relatos íntimos», «Manual para seducir poetisas», «Retrato de mujer azul», entre otros. Integra varias antologías y ha participado en festivales nacionales e internacionales. Como periodista, fue corresponsal del semanario Brecha (2002 – 2005), editor de cultura de Siete Días de Maldonado (2004 – 2005 y 1995), colaborador en Otros Acordes y Subterráneo, programas de RBC Piriápolis, Laser FM y Magoya FM de Maldonado, redactor de Estediario, Maldonado (1993 – 1995), colaborador de La Hora Cultural, Montevideo (1987-89) y redactor de las revistas literarias Nexo (1975), Destabanda (1977-1979) y Cuadernos de Granaldea (1980-1983). Es Magíster en Políticas Culturales y Especialista en Gestión Cultural.
Acontecimientos a rememorar:
aún
no había leído a Carver en
1975.
pateábamos los cadáveres
eso.
no exento de belleza con furia con esmero
pateábamos los cadáveres.
los almacenes del norte de la ciudad
las pequeñas fondas con menú del día
verdulerías con oferta de manzanas
la General Motors por avenida
Sayago
el Parque Roberto.
no había leído a Carver en 1975.
rituales de posguerra.
doblábamos por Merlo Morón O’Higgins
las tropas artiguistas
el general Ventura en el cuartel de Dodera
ahí lo
acribillaron.
todo lo demás es conocido.
íbamos por un puñado de
flores
un lunar sobre tu espalda
los ruidos del sexo
las
tropas doblaban por Merlo
ahí
nos acribillaron.
lo que vino después es conocido
hubo momentos dignos de fotografiar
los artiguistas el brillo
federal
las entrerrianas
cadáveres raudales de traidores por el Paraná
la paisanada
caballos jirones de banderas las indiadas divididas
eso
sucedió
antes del acribillamiento.
¿Lo inocuo del cadáver es Perlongher?
¿La culpa la tiene quien lo rasca?
¿Lo inocuo es Herrera sus montañas?
¿Zorrilla tan bello tan peinado?
¿Tan Juana las milicias los frutales?
¿Lo vacuo lo banal es lo santísimo?
¿La religión el domingo lo burlesco?
¿Reissig es una calle del DF?
¿Ibarbourou es el nombre del capitán?
¿Margaritas a los chanchos para qué?
¿Zorrilla tan beyo tan profano?
¿La Juana encendida en camarotes?
¿El éxtasis francés en la campiña?
¿Los pianos tan ciertos perfumados?
¿Declamar los versos la opereta?
Tan Juana las milicias los frutales.
Figueredo lo declaman la campiña
Zorrilla es comestible lo aseguro
Reissig es una calle del DF.
Todo es bonito
Ricura
Me gusta verte natural
Que en las selfies apenas sonrías.
Ese retrato sí que es bonito
Ese relato de la fuga
Los Pirineos Avellaneda la Agraciada
que más da
Todo acaba de ocurrir.
El combate cuerpo a cuerpo en Paysandú
El General cruzando campo con rumbo al
Paraguay
El presidiario en el tacho de artillería
Esa selfie sí que es bonita
Nada de huellas de los golpes
Todos bailan Leandro Gómez
El General el del tacho de artillería
Me gusta verte lánguida abandonada
En topless como ausente
Nada preocupada por el ojo de la
cámara
Escribamos hoy las cartas de despedida.
No usarás la palabra feminicidio en un poema
Carece de glamour
No narrarás los golpes sobre la superficie
Las marcas erosiones geografía de los golpes
No narrarás el recorrido de un cuerpo que se arrastra
El descascare de la pared al tomar contacto con el cuerpo
No narrarás el movimiento apresurado del cuerpo en defensa propia
El movimiento de las manos el reflejo como de mesa de tortura
No narrarás el aliento entrecortado del que propina los golpes
El perfume del caballero en las fiestas
Su solvencia en el arte de seducir.

Melba Guariglia Zas (Uruguay)
(Montevideo). Escritora, editora, periodista, correctora, trabajadora social. Ha publicado doce libros de poemas, dos de ellos en México donde estuvo exiliada entre 1978 y 1986. Sus libros «Oficio de ciegos», y «La tibieza del río», fueron premiados en el Concurso de los Premios Nacionales de Literatura del Ministerio de Cultura uruguayo. El tiempo intacto es su libro más reciente. Entre sus numerosas publicaciones tiene un libro de relatos, La furia del alfabeto, una novela, «La memoria de los nombres», y un libro de testimonios «¿Pasado en limpio? Escenas supervivientes de un exilio». Integra diversas antologías. Poemas suyos han sido musicalizados, editados en CD y traducidos al francés. Fundadora de la Casa de los Escritores del Uruguay y su presidenta por el período 2006-2008. En 2013 recibió Premio Morosoli a la labor editorial de Ático Ediciones, organización que fundara y dirigiera desde 2006 a 2018 con más de 50 títulos de poesía publicados.
IDENTIDAD
no soy igual a mí misma
invito a responder a los dioses
si existe alguien que nos plagia emisario de un lugar distante
copia de su origen
alguien me parió dos veces
y me dejó extranjera
nos hemos borrado en el vértigo de otros
nos absolvemos mortales
soy una mujer
demorando la suerte de ser ella
el lado oscuro del paraíso
ONDULACIONES
reaparezco en la espuma
las gaviotas han partido el cielo
el faro interrumpe la caída del sol
surjo como barca en diálogo de peces
éramos diáfanos -pienso- y libres
al menos sabíamos crecer
latidos de arena sumergen pasos
el recuerdo pende un hilo
a la altura de la luz
éramos dulces heridas por nacer
-digo-
el suspenso ideal de la certeza
resisto significados
un instante desaparecido
sitio que falta en el pulmón del tiempo
resisto fatigas
batallar de cangrejos
el tamaño de las piedras
embate obstinado del mar
sobrevivo
en el solidario amparo
de un abrazo
EL TIEMPO INTACTO
hojas caídas
al borde de andenes
calendarios
hundidos en hojarasca
ya no tiembla el bosque
suceden ráfagas/ promesas
salvando noches que no miran
ni el tronco abandonado del invierno
cada vez una campana dobla retiradas
fragmentos de naturaleza
la cosecha presume las estaciones
en mis paisajes interiores
intactos los tiempos
el tiempo intacto
NOMBRE
un vocablo imperfecto
una medalla mordida
un cuerpo roto
una llamada melba
iniciando día a día
la rotación de su nombre
apalabrado
como un destino escrito
extraño/ extranjero

Jorge Nández (Uruguay)
(Maldonado). Profesor, escritor. Fue director del Instituto de Profesores Artigas (IPA). Ha publicado: «Aquí/Entonces» (1981), «Los rostros y la cara» (2002), «Imprimismos» (2005), «Simas» (2006), «Votivos» (2011), «Reunida» (2018). Forma parte de las antologías: «Segunda antología internacional de poesía sabeersinfin», Puebla, 2021; «Poesía urgente y cuentos necesarios».
Agua I
En el alma extrema de una gota.
El agua no es para el día ni la noche.
Vive del día y de la noche.
Circula por la altura.
Se hace gota.
Corre por abajo con suerte de caudal.
Permanece como muchedumbre entre los pastos.
Si un dique se interpone, se detiene.
Si se le abre camino, discurre.
No puede con la roca pero puede con la roca
y la convierte en piedra sin gajos.
Rompe lo fuerte.
Hunde lo inútil.
Refugia la esencia.
Su metáfora guarda el liquen
y deja los abalorios librados al azar.
Escapa del fuego y del sol
en vuelo de trenzas transparentes.
Ahoga lo sórdido e irrumpe en lo trágico.
Desliga cada fase del incordio.
Asume la sal del océano y las lágrimas.
Cruza la fisura de rincones e hipocresías.
Hila la humedad de la memoria.
Devuelve la sed a su ostracismo.
Exhuma el sabor de las raíces.
Asume la tentación de la sangre.
Y otros riesgos.
En el ánima extrema de una gota.
La feliz
Para Mar del Plata
Punta de arena gordas
en una estampa de mogotes en punta.
Hostilidad pampa y una vida de misión aguda.
Campanada de puerto en la laguna de los padres
para dar cobijo de sal a la tierra benévola.
Urdimbre de músculos.
La costa galana con esbozo de lobería chica
buscó la región del vulcán
ábside imprevisto de la punta de lobos.
Las venas de un arroyo de las charcas
abrieron aguas al saladero de sol
culto crudo en una tierra innata.
El mundo de mar se hizo plata
y una acérrima creencia de pueblo
encontró su playa.
Pueblo que se convirtió en causa.
Causa que se inventó a sí misma
y ganó al tiempo con el viento.
Pueblo que invirtió el espanto del tasajo.
El ferrocaril atrajo el resplandor de bristol
y un enclave de elite inesperada.
Con embates de torreón y luciérnagas lúcidas
fue imbatible y creció el sino centenario.
Mar que plata el horizonte
y se pronuncia al más allá.
Cempasúchil
Entonces Frida
la mano urgida
la mano esdrújula
en las buganvilias y en los monos
en la escuadra y en un cuadro
el collar de cruces irreverentes polígamas
manojo de vides enredadas
ojos aserrados que evocan filodendros
diámetro oblicuo de la calma isósceles de la vida
autorretrato con collar de espinas y colibrí
calabaza que estira los dedos desde su tronco
con avaricia de destino inhóspito
colocasia bífida
en un estrépito de paisaje esteril
dualidad de vides
enredadas en el follaje y las desgracias.
cempasúchil en la tarde roja
irreverente paz de las discordias
lisonja axial del clavo contrahecho
hizo hiedra de la hiena retorcida en la médula
lámpara sin pausa de los espejos
rebelde en los hierros retorcidos
la memoria perforó el corazón
hizo de los hijos hijos de la tela y el calambre
ardió en el cuajo de metáforas
urdió un camposanto para el misterio
puso el grito en el silencio.
Poeta
Para Jorge
En un escuálido segmento de la piedra
agudizó su instinto.
Infirió noches en plena sal.
Admiró la crisis de una hebra.
Supo que más acá de la orilla, hay otra orilla.
Inventó un parque sin escrúpulos/ escapularios
Bendijo la rama que se apesta.
En el vano de la puerta
refugió asteriscos.
Vio regresar la zarza desde muy lejos
y dejaron oír sus espinas.
Cada mañana, dedujo el tamaño de las horas.
Las hendijas supieron de la tragedia
y les dio el agua mansa de su pecho.

Joaquina Guidobono (Uruguay)
(Montevideo, 1988). Licenciada en Artes, especializada en fotografía. Desde hace casi diez años coordina su propio taller literario y biblioteca, «El Árbol Lejano». Publicó en coautoría el libro «Haikuscopio. Antología rioplatense de haikus», editado por la escritora Alejandra Correa, y su primer poemario «Versos para tus primeros días», con el cual inauguró la editorial de su propio taller. En este momento se encuentra preparando la edición de un libro de poesía escrito por las niñas y niños que asisten al taller. Cursa la Diplomatura en Escritura Creativa de la UNTREF (Buenos Aires) y la Licenciatura en Letras de la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República.
PIEDRA
de su mano
hasta mi mano
una piedra grisácea
humilde montaña
porque pensó en mí
le dio su forma de cosa encantada
la modeló con un recuerdo mío
será por eso
que cabe justo
en mi palma
en la palma de mi mano
trato de agarrarme a ella
que es mucho más pequeña que yo
le pido que me sostenga
soy cosa frágil
y estoy cayendo
ORO
Reconquistar el día,
esparcir el oro más íntimo
de la tarde
con las voces del afecto
o el canto apacible de una luz
que a todos nos iguala.
RADIACIÓN
Por las rendijas
de las persianas
el primer reflejo
del día
el destello azul
de un cometa
tus ojos abriéndose
en la oscuridad
este libro nuevo
entre mis manos
el viaje de una luciérnaga
a través de la noche
todas estas cosas
irradian
la misma cantidad
de luz.
HUECO DEL TIEMPO
Una mamá y su niño
abrazados al sol
de invierno
sin decirse nada,
cantos salpicados
de gorriones
en la plaza.
Pasan los minutos,
vuelvo a mirar:
siguen así, silencio
en un hamacarse
muy lento.
La luz está
en el punto más alto
del día.
LLUVIA SERENA
Lluvia serena
me duermo en tu quietud
transparente
solo queda el poema
desaparezco
se borra también el mundo
deslucido pensamiento
de Dios.
VA AMAINANDO
Va amainando la lluvia
me dejo ir
sobre el asfalto
a la espera de ser
absorbida por la luz
va amainando la lluvia
ya viene el sol
es el alba que vuelve
va amainando.

Paula Simonetti (Uruguay)
(Montevideo, 1989). Es poeta, docente universitaria, investigadora, integra organizaciones sociales y participa en diversos procesos culturales comunitarios. Coordina talleres de escritura en Uruguay y Argentina. Es licenciada en Letras y Doctora en Sociología. Publicó el poemario «En la boca de los tristes» y «El conocimiento y la ignorancia» que se reeditó en Argentina y en Brasil. Obtuvo en el 2012 el Primer Premio de Poesía Joven Pablo Neruda, en el 2017 el Tercer premio nacional de poesía en la categoría Poesía Inédita de los Premios Anuales de Literatura del MEC (Uruguay) por su libro «El conocimiento y la ignorancia». En el 2019 obtuvo la primera mención en el concurso Juan Carlos Onetti por su libro «Pertenencia» (inédito). Participó de diversas revistas y antologías literarias así como de festivales, encuentros y ferias del libro.
en Montevideo
nosotros tenemos un río del que decimos
es un mar
es bueno saber que tenemos el mar
porque el mar es una sensación
y aquello que sucede frente al mar
obtiene de él su transparencia
porque el mar es el mejor testigo
testigo del tiempo
de nuestro tiempo
porque el mar es como una madre
que no nos espera pero nos recibe
una madre en la que podemos entrar
una y otra vez
aunque no podamos
permanecer en ella
porque el mar es un lugar ambiguo
tan ambiguo
como una madre
Cuando murió el último cachorro
mi hija -que no era mi hija-
miraba desde lejos
Me acerqué como si pudiera
conjurar la tristeza tapándole los ojos
el truco de magia
pronto reveló su insuficiencia
mis manos incapaces se mojaron
Entonces le pedí que me ayudara
con la perra enloquecida
vi que el sol
vino a cerrar un pacto
entre las manos
de la madre que no fue
de la hija que no era
sujetando a un animal
que todavía no se resignaba.
Tiré a las crías que nacieron muertas
en el basural de enfrente
y luego perseguí a la perra
Quise calmar su desmesura con razones o palabras
apenas migas al estómago voraz de toda pérdida
puse entonces mi cuerpo como un dique
y vi cómo ese gesto nos unía
fuimos esa tarde dos los animales
que en el centro del duelo se medían
fue preciso que mi sangre
nos mostrara por fin la diferencia
telegrama
cuando me fui del país/ te mentí un poco/ mamá/ no venía a estudiar sabés/ yo sé que
sí/ sabés/ me siguieron tus cuentos de las balas de las marchas y de tu vecina/
acribillada en el baño te acordás/ en todas las marchas me acordé/ de vos/ aunque no
te mandara ni un mensaje o una foto para qué/ sirve la poesía cuánto cuesta/ un
alquiler/ no te olvides/ de fregar los azulejos porque después hay que entregar/ la casa
y el contrato dice que los azulejos/ mamá/ yo sé que te acordás/ están llenos de
sangre
