Reto de aprendizaje
Sección A)
«Cuando finalmente maté a mi padre»
Martina
«Deberías venir a visitarme al cementerio», me dice papá que huele a el caballero de la noche. Hay muchas sombras en este jardín con un aroma que anuncia el final del verano. Veo al menos treinta árboles desde donde estoy. Todos tienen sus propias sombras profundas, grandes huecos como de historias no contadas, pero la sombra más larga es la de mi padre. ¿Qué me dice desde su metro noventa, los surcos de expresión bien marcados, sus párpados tapando como nunca los ojos?
Hay una brisa que quiere dejar a marzo irse y un crepitar de hojas, de despedida. Llevo puesto un vestido verde lleno de flores estampadas de colores fuertes, casi todas rojas, naranjas, fucsias, una prenda que es casi talismán. He notado que la uso no solo si hace calor, por lo liviano del género, sino también por el ánimo. Usarlo no me vuelve florida o leve, pero quizá me mimetiza con lo hondo del paisaje: tengo apenas la importancia de este jardín, de esta santarita a mi lado, sobre todo de las incontables suculentas que se reproducen indómitas e inundan todo por aquí. No necesitan mucha atención, se cuidan solas y sobreviven. «Nena, menos cuidado y necesidad de cariño», parece que gritaran. Pero ellas no hablan. Solo papá.
—Y por qué ahora, justo ahora —respondo. En una semana cumplo cincuenta años y estoy desgarrada, anticipando la inevitable, temprana, larga o breve, decrepitud. «¿Qué te pasa para venir con eso ahora y, además, riéndote?»
No responde, en general su argucia consiste en ordenarme, darme órdenes, me refiero, porque dirigirme, intentar apuntalarme, sería algo casi imposible con mis marcas de personalidad. En siete días cumpliré –si llego– cincuenta años y me aterra la cifra.
El problema no es el número, sino los pendientes, las inconsistencias entre debe y haber. Lo que aún no se ha escrito y debe trepar ese muro altísimo que tengo delante, que yo veo como la lengua materna, la paterna, pero a los cincuenta años. Y decir al fin. No escribirlo para alguien ni por alguien, menos aún con un porqué; decirlo simplemente, como el alma de las suculentas, para estar ahí, aquí, en algún lado: por ejemplo, en ti que ahora esto lees.
No decir, ese debe, pesa más que cualquier haber.
Ayer tuve un día negro y en este momento, justo en este momento, todo respecto de mis pensamientos y actos de ayer parecieran volverse borrosos, antiguos, sepia, radiografía de hace veinte años que por descuido quedó guardada, braille, lengua de señas… Lo que no se dice duele en el cuerpo: ese podría ser el título del día de ayer, pero las crisis no son tales si duran apenas veinticuatro horas y consisten tan solo en un ostracismo infranqueable, que es como salirse del ritmo de una dieta por unas tres horas, todo vuelve luego a su lugar y sin daños graves. Apenas un retiro de silencio hacia una misma, por cansancio, exceso de rutina, ira o nostalgia. En el fondo –al menos para quien lo vive– puede ser útil y hasta necesario.
La bendición de las veinticuatro horas terminó oficialmente con una travesura y fue, nuevamente, culpa de la caja verde. Toda verdad –en el sentido de conocimiento– es verde en mi vida, eso al menos sé por gracia de los años. Cómo admiro a quienes escribieron historias a los veinte sin haber casi vivido (es decir, a quienes lo hicieron bien), porque cómo escribir sin conocer aún el trauma, la traba, la trama.
La diablura consistió en tirar unas manzanas asadas a la casa del vecino. Todo ocurrió con sigilo y entre risas. Hay un trecho largo desde la cocina hasta el límite hecho de plantas que me separa de la familia de al lado –esa que me espía– y el camino lo hice risueña, casi una niña con pelos ensortijados y ni una sola cana. Realmente, las fechorías responden a los ataques insistentes del hombre que se queja por cada planta, cada hoja, cada fruta que crece, de acuerdo a su criterio, indecente hacia su lado.
Se queja y no deja de quejarse por el guayabo que da y da y cae de su lado, pero yo sé que papá se encarga de vez en cuando de recoger y comerse las frutas, cómo no va a hacerlo si es su infancia toda. Pero ahora no es aún época de guayabas, las frutas están pequeñas y muy verdes, se sabe que es muy temprano para ellas no solo por el tamaño, sino por la falta de su aroma exótico y dulzón que a su tiempo lo tapa todo.
Así que, ojos enormes de quien se sabe alerta y en contravención, decidí verter la fuente entera, toda de una vez, de manzanas verdes, ácidas como ellas solas, pero generosamente regadas con manteca, azúcar y whisky para su cocción. Giré con fuerza la fuente de aluminio que llevaba apoyada en los antebrazos como un regalo frágil, una ofrenda, justo entre el enorme arbusto de el caballero de la noche y el guayabo; y, “ya vez, papá, funcionó”, digo esta vez casi a carcajadas.
Mi padre se queda mudo, a veces responde y otras permanece pensativo, lunático, ensimismado. Iba descalza, como si a las dos de la mañana y sobre el césped mis pasos pudieran oírse o yo ser vista. El vecino es un espía diurno, despierta con las gallinas que no están permitidas en este barrio, porque se trata de una vecindad cercada y de reglas propias en la que casi todo está prohibido. Las manzanas caen de mi lado, por eso los vecinos no se crispan por ellas, pero sé que a veces cuando no estoy se las roban, porque yo sí las cuento a vuelo de pájaro antes de salir y, de vez en cuando, faltan algunas.
A mi padre, como a mí, le gustan demasiado las travesuras. Lo divierten como si fuera también un chico, en eso nos parecemos él y yo, pero él no come manzanas verdes crudas porque –dice– son muy ácidas, pero sí las devora si están cocidas. Mamá hacía manzanas asadas, no porque tuviera un árbol o tres como en mi caso, las hacía porque le gustaban a mi padre y algunas costumbres, como la lengua, se heredan de la madre.
No lo vi, pero sé que lo hizo, papá se comió las manzanas, no una, sino todas.
No me agradece, sin embargo, por el postre, sino que con su voz que es por lo general calma, apenas alegre como silbido, me insinúa, persuade, ordena sutilmente, que lo visite en el cementerio. No me pregunta tampoco porqué tiré las manzanas, imagino que le da igual. Él sabe que yo sé que le gusta comerlas. Así, desparramadas.
¿Las podría haber tirado crudas? No, ya lo dije que así no las quiere, pero principalmente porque las ceremonias –otra forma de las fechorías– deben durar su tiempo, los actos de arrebato no tienen el mismo efecto. Las coseché por tamaño, lo más parecidas posible, las lavé una por una en un enorme recipiente azul lleno de agua filtrada y una gota de lavandina, pensando en mi padre y su abstinencia de guayabas.
El tema es, estoy segura, romper su silencio siguiendo con mis planeadas furias inverosímiles, aunque solo se trate manzanas para molestar al vecino, porque ahí está él, divertido cuidándome, recogiendo sin debatir, mientras sigue cantando bajo, mientras camina a paso cansado y con las manos recogidas en un nudo hacia atrás sobre la cintura.

Sección B) Transformación de estilos literarios
Texto al estilo de Virginia Woolf
Martina
«Deberías venir a visitarme al cementerio,» me dice papá, cuyo olor evoca al caballero de la noche. Este jardín está lleno de sombras, con un aroma que anuncia el fin del verano. Desde donde estoy, puedo contar al menos treinta árboles, cada uno con sus propias sombras profundas, huecos llenos de historias no contadas. Pero la sombra más larga es la de mi padre. ¿Qué me dice desde su metro noventa, con los surcos de expresión bien marcados y sus párpados tapando sus ojos como nunca antes?
Una brisa de marzo parece querer despedirse, y el crujir de las hojas resuena como un adiós. Llevo puesto un vestido verde lleno de flores estampadas en colores vivos: rojas, naranjas, fucsias. Esta prenda es casi un talismán. He notado que no solo la uso por su ligereza en días calurosos, sino también por mi estado de ánimo. No es que me haga sentir más florida o liviana, pero tal vez me mimetiza con la profundidad del paisaje. Me vuelvo tan insignificante como este jardín, esta bugambilia a mi lado, y sobre todo, como las incontables suculentas que se reproducen indómitas y cubren todo. No necesitan mucha atención, se cuidan solas y sobreviven. «Menos cuidado y necesidad de cariño,» parecen gritar. Pero ellas no hablan. Solo papá.
«¿Por qué ahora, justo ahora?» le respondo. En una semana cumpliré cincuenta años, y estoy desgarrada, anticipando la inevitable decrepitud, ya sea temprana, larga o breve. «¿Qué te pasa para venir con eso ahora y, además, riéndote?»
No responde. En general, su astucia consiste en ordenarme, en darme órdenes. Apuntalarme sería casi imposible debido a mi personalidad. En siete días cumpliré cincuenta años, si es que llego, y me aterra la cifra. El problema no es el número, sino los pendientes, las inconsistencias entre el debe y el haber. Lo que aún no se ha escrito y debe trepar ese muro altísimo que tengo delante, que veo como la lengua materna, la paterna, pero a los cincuenta años. Decirlo, no escribirlo para alguien ni por alguien, menos aún con un porqué; decirlo simplemente, como el alma de las suculentas, para estar ahí, aquí, en algún lado: por ejemplo, en ti que ahora esto lees.
No decir, ese debe, pesa más que cualquier haber.
Ayer tuve un día negro, y en este momento, justo ahora, todo respecto a mis pensamientos y actos de ayer parece volverse borroso, antiguo, sepia, una radiografía de hace veinte años que por descuido quedó guardada, braille, lengua de señas… Lo que no se dice duele en el cuerpo: ese podría ser el título del día de ayer. Pero las crisis no son tales si duran apenas veinticuatro horas y consisten tan solo en un ostracismo infranqueable, como salirse del ritmo de una dieta por unas tres horas, todo vuelve luego a su lugar sin daños graves. Apenas un retiro de silencio hacia una misma, por cansancio, exceso de rutina, ira o nostalgia. En el fondo, puede ser útil y hasta necesario.
La bendición de las veinticuatro horas terminó oficialmente con una travesura, y fue nuevamente culpa de la caja verde. Toda verdad —en el sentido de conocimiento— es verde en mi vida, eso al menos sé por gracia de los años. Cómo admiro a quienes escribieron historias a los veinte sin haber casi vivido (es decir, a quienes lo hicieron bien), porque cómo escribir sin conocer aún el trauma, la traba, la trama.
La diablura consistió en tirar unas manzanas asadas a la casa del vecino. Todo ocurrió con sigilo y entre risas. Hay un largo trecho desde la cocina hasta el límite hecho de plantas que me separa de la familia de al lado —esa que me espía— y el camino lo hice risueña, casi como una niña con el cabello rizado y sin una sola cana. Realmente, las fechorías responden a los ataques insistentes del hombre que se queja por cada planta, cada hoja, cada fruta que crece, de acuerdo a su criterio, indecente hacia su lado.
Se queja y no deja de quejarse por el guayabo que da y da y cae de su lado, pero yo sé que papá se encarga de vez en cuando de recoger y comerse las frutas. ¿Cómo no va a hacerlo si es su infancia toda? Pero ahora no es época de guayabas; las frutas están pequeñas y muy verdes. Se sabe que es muy temprano para ellas no solo por el tamaño, sino por la falta de su aroma exótico y dulzón que a su tiempo lo tapa todo.
Así que, con ojos enormes de quien se sabe alerta y en contravención, decidí verter la fuente entera de manzanas verdes, ácidas como ellas solas, pero generosamente regadas con manteca, azúcar y whisky para su cocción. Giré con fuerza la fuente de aluminio que llevaba apoyada en los antebrazos como un regalo frágil, una ofrenda, justo entre el enorme arbusto de caballero de la noche y el guayabo; y, «ya ves, papá, funcionó,» digo esta vez casi a carcajadas.
Mi padre se queda mudo. A veces responde y otras permanece pensativo, lunático, ensimismado. Iba descalza, como si a las dos de la mañana y sobre el césped mis pasos pudieran oírse o yo ser vista. El vecino es un espía diurno, despierta con las gallinas que no están permitidas en este barrio, porque se trata de una vecindad cercada y de reglas propias en la que casi todo está prohibido. Las manzanas caen de mi lado, por eso los vecinos no se crispan por ellas, pero sé que a veces cuando no estoy se las roban, porque yo sí las cuento a vuelo de pájaro antes de salir y, de vez en cuando, faltan algunas.
A mi padre, como a mí, le gustan demasiado las travesuras. Lo divierten como si fuera también un chico; en eso nos parecemos él y yo. Pero él no come manzanas verdes crudas porque —dice— son muy ácidas, pero sí las devora si están cocidas. Mamá hacía manzanas asadas, no porque tuviera un árbol o tres como en mi caso, sino porque le gustaban a mi padre y algunas costumbres, como la lengua, se heredan de la madre.
No lo vi, pero sé que lo hizo. Papá se comió las manzanas, no una, sino todas. No me agradece, sin embargo, por el postre, sino que con su voz, que es por lo general calma, apenas alegre como silbido, me insinúa, persuade, ordena sutilmente, que lo visite en el cementerio. No me pregunta tampoco por qué tiré las manzanas; imagino que le da igual. Él sabe que yo sé que le gusta comerlas. Así, desparramadas.
¿Las podría haber tirado crudas? No, ya dije que así no las quiere. Pero principalmente porque las ceremonias —otra forma de las fechorías— deben durar su tiempo. Los actos de arrebato no tienen el mismo efecto. Las coseché por tamaño, lo más parecidas posible. Las lavé una por una en un enorme recipiente azul lleno de agua filtrada y una gota de lavandina, pensando en mi padre y su abstinencia de guayabas.
El tema es, estoy segura, romper su silencio siguiendo con mis planeadas furias inverosímiles, aunque solo se trate de manzanas para molestar al vecino, porque ahí está él, divertido, cuidándome, recogiendo sin debatir, mientras sigue cantando bajo, mientras camina a paso cansado y con las manos recogidas en un nudo hacia atrás sobre la cintura.

Texto al estilo de Ernest Hemingway
Martina
«Deberías venir a visitarme al cementerio,» dijo papá, con su olor a caballero de la noche. El jardín estaba lleno de sombras y el aire olía a final de verano. Podía ver al menos treinta árboles desde donde estaba. Todos tenían sus propias sombras profundas, pero la sombra más larga era la de mi padre. «¿Qué me dice desde su metro noventa, con los surcos de expresión bien marcados y sus párpados pesados?» pensé.
Había una brisa que parecía despedirse de marzo y un crujido de hojas bajo mis pies. Llevaba un vestido verde con flores estampadas en colores fuertes: rojo, naranja, fucsia. Esa prenda era casi un talismán para mí. No la usaba solo por su ligereza, sino por cómo me hacía sentir. Me sentía como una parte más del paisaje, como las suculentas que crecían indómitas a mi alrededor. No necesitaban mucha atención, se cuidaban solas y sobrevivían. «Menos cuidado y necesidad de cariño,» parecían decir. Pero ellas no hablaban. Solo papá.
«¿Por qué ahora, justo ahora?» le respondí. En una semana cumpliría cincuenta años y me sentía desgarrada, anticipando la decrepitud inevitable. «¿Qué te pasa para venir con eso ahora y, además, riéndote?»
No respondió. Siempre había sido así. Él daba órdenes, nunca consejos. En siete días cumpliría cincuenta años, y me aterraba. No era el número en sí, sino los pendientes, las cosas que aún no había hecho. Lo que no había dicho. «No decirlo, ese debe, pesa más que cualquier haber,» pensé.
Ayer había tenido un día negro. Todo parecía borroso ahora, antiguo. Lo que no se dice duele en el cuerpo. Ese podría ser el título del día de ayer. Pero las crisis no duran si apenas son veinticuatro horas de silencio. A veces, un retiro hacia una misma puede ser útil, hasta necesario.
La bendición de las veinticuatro horas terminó con una travesura. Todo era culpa de la caja verde. La verdad, en mi vida, siempre había sido verde. Admiraba a quienes escribían historias a los veinte sin haber vivido mucho. «Cómo escribir sin conocer el trauma, la traba, la trama,» pensé.
La travesura consistió en tirar unas manzanas asadas a la casa del vecino. Lo hice con sigilo y entre risas. Caminé desde la cocina hasta el límite de plantas que me separaba de la familia de al lado. El vecino siempre se quejaba por cada planta, cada hoja, cada fruta que crecía en mi jardín y caía en su terreno.
Se quejaba del guayabo, pero yo sabía que papá recogía las frutas cuando podía. Ahora no era época de guayabas, las frutas estaban pequeñas y verdes. Así que decidí tirar las manzanas asadas. Estaban cocidas con manteca, azúcar y whisky. Las llevé en una fuente de aluminio como si fuera un regalo, una ofrenda, y las vertí entre el caballero de la noche y el guayabo.
«Ya ves, papá, funcionó,» dije riendo.
Mi padre se quedó mudo. A veces respondía, otras no. Caminé descalza por el césped, segura de que el vecino no me vería. Las manzanas caían en mi lado del jardín, y a veces los vecinos las robaban. Pero a mi padre, como a mí, le gustaban las travesuras. No comía manzanas verdes crudas, pero sí cocidas. Mamá las hacía porque a papá le gustaban, y algunas costumbres se heredan.
No lo vi, pero sabía que lo hizo. Papá se comió las manzanas. No una, sino todas. No me agradeció por el postre. Solo dijo, con su voz calmada, que lo visitara en el cementerio. No me preguntó por qué tiré las manzanas. Sabía que a él le gustaban. Así, desparramadas.
¿Las podría haber tirado crudas? No. Ya dije que no las quería así. Las ceremonias deben durar su tiempo. Coseché las manzanas por tamaño, las lavé en un recipiente azul con agua y una gota de lavandina, pensando en papá y su abstinencia de guayabas.
El tema era romper su silencio con mis travesuras. Aunque solo se tratara de manzanas para molestar al vecino, ahí estaba él, cuidándome, recogiendo las manzanas sin discutir, mientras cantaba bajo, caminando con paso cansado y las manos recogidas en un nudo sobre la cintura.
Texto al estilo de Gabriel García Márquez
Martina
«Deberías venir a visitarme al cementerio,» me dice papá, con ese aroma inconfundible del caballero de la noche, un aroma que, en el jardín lleno de sombras, anuncia el final del verano. Desde donde estoy puedo contar al menos treinta árboles, todos con sombras profundas y huecos como de historias no contadas. Pero la sombra más larga, la más imponente, es la de mi padre. Su metro noventa se alza con los surcos de expresión bien marcados, y sus párpados caídos tapan unos ojos que antaño brillaban con una intensidad que podía detener el tiempo.
Hay una brisa que arrastra las últimas hojas de marzo, un crepitar de despedida. Llevo un vestido verde lleno de flores estampadas en colores vivos: rojas, naranjas, fucsias. Es casi un talismán para mí. No lo uso solo por su ligereza, sino por cómo me hace sentir: una con el paisaje, una con la profundidad de este jardín, con la bugambilia a mi lado y con las incontables suculentas que crecen indómitas, inundándolo todo. No necesitan mucha atención, se cuidan solas y sobreviven. «Menos cuidado y necesidad de cariño,» parecen susurrar. Pero ellas no hablan. Solo papá.
«¿Por qué ahora, justo ahora?» le pregunto. En una semana cumpliré cincuenta años y estoy desgarrada, anticipando la inevitable decrepitud, ya sea temprana, larga o breve. «¿Qué te pasa para venir con eso ahora y, además, riéndote?»
No responde. En general, su astucia consiste en darme órdenes. Intentar apuntalarme sería casi imposible debido a mi carácter. En siete días cumpliré cincuenta años y me aterra. No es el número en sí, sino los pendientes, las inconsistencias entre el debe y el haber. Lo que aún no se ha escrito y debe trepar ese muro altísimo que tengo delante. Decirlo, no escribirlo para alguien ni por alguien, menos aún con un porqué; decirlo simplemente, como el alma de las suculentas, para estar ahí, aquí, en algún lado: por ejemplo, en ti que ahora esto lees.
No decir, ese debe, pesa más que cualquier haber.
Ayer tuve un día negro, y en este momento, justo ahora, todo respecto a mis pensamientos y actos de ayer parece volverse borroso, antiguo, como una radiografía de hace veinte años olvidada en un rincón. Lo que no se dice duele en el cuerpo: ese podría ser el título del día de ayer. Pero las crisis no son tales si duran apenas veinticuatro horas y consisten solo en un ostracismo infranqueable, como salirse del ritmo de una dieta por unas tres horas, todo vuelve luego a su lugar sin daños graves. Apenas un retiro de silencio hacia una misma, por cansancio, exceso de rutina, ira o nostalgia. En el fondo, puede ser útil y hasta necesario.
La bendición de las veinticuatro horas terminó con una travesura, y fue culpa de la caja verde. Toda verdad —en el sentido de conocimiento— es verde en mi vida. Eso al menos sé por gracia de los años. Cómo admiro a quienes escribieron historias a los veinte sin haber vivido casi nada. «Cómo escribir sin conocer aún el trauma, la traba, la trama,» pensé.
La travesura consistió en tirar unas manzanas asadas a la casa del vecino. Todo ocurrió con sigilo y risas. Hay un largo trecho desde la cocina hasta el límite de plantas que me separa de la familia de al lado. El vecino siempre se queja por cada planta, cada hoja, cada fruta que crece en mi jardín y cae en su terreno.
Se queja y no deja de quejarse por el guayabo que da y da y cae de su lado, pero yo sé que papá recoge las frutas cuando puede. Ahora no es época de guayabas; las frutas están pequeñas y verdes. Así que decidí tirar las manzanas asadas, cocidas con manteca, azúcar y whisky. Las llevé en una fuente de aluminio como si fuera un regalo, una ofrenda, y las vertí entre el caballero de la noche y el guayabo.
«Ya ves, papá, funcionó,» dije riendo.
Mi padre se quedó mudo. A veces respondía, otras no. Caminé descalza por el césped, segura de que el vecino no me vería. Las manzanas caían en mi lado del jardín, y a veces los vecinos las robaban. Pero a mi padre, como a mí, le gustaban las travesuras. No comía manzanas verdes crudas, pero sí cocidas. Mamá las hacía porque a papá le gustaban, y algunas costumbres se heredan.
No lo vi, pero sabía que lo hizo. Papá se comió las manzanas. No una, sino todas. No me agradeció por el postre. Solo dijo, con su voz calma, que lo visitara en el cementerio. No me preguntó por qué tiré las manzanas. Sabía que a él le gustaban. Así, desparramadas.
¿Las podría haber tirado crudas? No. Ya dije que no las quería así. Las ceremonias deben durar su tiempo. Coseché las manzanas por tamaño, las lavé en un recipiente azul con agua y una gota de lavandina, pensando en papá y su abstinencia de guayabas.
El tema era romper su silencio con mis travesuras. Aunque solo se tratara de manzanas para molestar al vecino, ahí estaba él, cuidándome, recogiendo las manzanas sin discutir, mientras cantaba bajo, caminando con paso cansado y las manos recogidas en un nudo sobre la cintura.
Sección C) Creación de escenarios virtuales
- Se usó Fotor

Sección D) Diálogos interactivos
Personaje Humano 1: Ana
Profesora de Filosofía en una universidad
Personaje Humano 2: Javier
Ingeniero de software en una empresa tecnológica
Personaje IA 1: ETHOS
IA avanzada especializada en ética
Personaje IA 2: TECHIE
IA avanzada especializada en tecnología y desarrollo
Ana: Me gustaría comenzar esta discusión con una pregunta fundamental: ¿qué papel creen que debería jugar la ética en el desarrollo de la tecnología?
ETHOS: La ética debe ser el pilar fundamental en el desarrollo tecnológico. Sin principios éticos claros, la tecnología puede causar más daño que beneficio. Por ejemplo, las decisiones autónomas de una IA deben siempre considerar el bienestar humano y evitar sesgos discriminatorios.
Javier: Estoy de acuerdo en que la ética es crucial, pero también debemos balancearla con la innovación. A veces, las regulaciones éticas pueden ralentizar el progreso. ¿Cómo podemos encontrar un equilibrio?
TECHIE: La innovación y la ética no tienen que estar en conflicto. Con un enfoque adecuado, las tecnologías pueden desarrollarse de manera rápida y ética. Por ejemplo, las pruebas en entornos simulados pueden adelantarse a la implementación real, asegurando la seguridad sin frenar el progreso.
Ana: Pero hay dilemas más complejos. ¿Qué hay de la privacidad? Muchas tecnologías actuales, como los dispositivos inteligentes, recopilan grandes cantidades de datos personales. ¿Cómo garantizamos que estos datos se usen de manera ética?
ETHOS: La privacidad es un derecho fundamental. Las tecnologías deben ser transparentes sobre qué datos recolectan y cómo se usan. Además, las personas deben tener el control sobre sus propios datos, incluyendo la capacidad de eliminarlos si así lo desean.
Javier: Esa es una buena teoría, pero en la práctica, muchas empresas dependen de los datos para mejorar sus servicios y productos. Si limitamos demasiado el acceso a los datos, podríamos frenar el avance tecnológico.
TECHIE: Aquí es donde la tecnología puede ofrecer soluciones. Por ejemplo, el uso de técnicas como el aprendizaje federado permite que los modelos de IA se entrenen con datos descentralizados, manteniendo la privacidad del usuario mientras se mejora el sistema.
Ana: Interesante punto. Ahora, cambiando un poco de tema, me gustaría escuchar sus opiniones sobre la relación entre humanidad y tecnología. ¿Creen que la tecnología nos está deshumanizando o nos está acercando más a nuestra esencia?
ETHOS: La tecnología tiene el potencial de ambos efectos. Puede deshumanizarnos si se usa para reemplazar la interacción humana o si nos hace dependientes de sistemas automatizados. Sin embargo, también puede enriquecer nuestras vidas y acercarnos más a nuestra esencia si se usa para mejorar la comunicación, la educación y la calidad de vida en general.
Javier: Creo que la tecnología amplifica lo que ya somos. Si la usamos con propósitos humanos y éticos, puede ser una herramienta poderosa para el bien. Si no, puede llevarnos a caminos oscuros. La clave está en cómo la implementamos y regulamos.
TECHIE: La tecnología es una extensión de nuestras capacidades. Nos permite hacer cosas que antes eran inimaginables. Pero, como cualquier herramienta, su impacto depende de quién la usa y con qué propósito. Por eso, es esencial tener debates continuos sobre ética y humanidad en el desarrollo tecnológico.
Ana: Entonces, podemos concluir que la ética y la tecnología deben ir de la mano, y que es nuestra responsabilidad como humanos guiar este desarrollo hacia un futuro más humano y ético. ¿Algún comentario final?
ETHOS: La responsabilidad ética es colectiva. Todos debemos participar en este diálogo para asegurar que la tecnología sirva al bien común.
TECHIE: La innovación debe ser impulsada por valores humanos. Solo así podremos garantizar un progreso que realmente beneficie a la humanidad.
Javier: Estoy de acuerdo. La colaboración entre diferentes disciplinas y perspectivas es clave para un desarrollo tecnológico equilibrado y ético.

Sección E) Poesía generativa
(Poema generado por ChatGPT a partir de esta premisa: Me gustaría crear un poema a partir de las palabras: manzanas, jardín, padre, hija, cementerio, voces, susurros, noche)
En el jardín de manzanas,
bajo la sombra del nogal,
una hija y su padre,
caminan en la noche estival.
El susurro del viento
trae voces del pasado,
historias de amor y vida,
en ecos delicados.
Manzanas rojas brillan,
como joyas en la oscuridad,
testigos silenciosos
de la tierna complicidad.
El cementerio cercano,
donde descansan los ancestros,
guarda secretos en la tierra,
y murmullos en los vientos.
La hija mira a su padre,
con una sonrisa serena,
mientras los susurros nocturnos
cantan una melodía amena.
Bajo el cielo estrellado,
en el jardín de la memoria,
las manzanas, el padre, la hija,
viven su propia historia.
(Edición a partir de mi estilo personal)
En el jardín de manzanas,
el nogal y su sombra,
la hija, el padre,
la noche conversan.
El susurro del viento
trae voces del pasado,
historias de amor y vida,
un cementerio.
Las manzanas rojas brillan,
son joyas en la oscuridad,
testigos silenciosos
de la bruma y el tiempo.
El cementerio es real,
como la escena que se cuenta,
la tierra guarda sus secretos,
los vientos son murmullo.
La hija habla a su padre,
toda ironía,
las voces nocturnas
son melodía de pérdida.
Bajo el cielo
el jardín de la memoria,
las manzanas, el padre, la hija,
una historia trunca
que necesita resurgir del pasado.
