Las cartas que mañana enviaremos: tres escritoras jóvenes

Siempre quedan cosas por decir, siempre podemos exigir que nos escuchen. Tres escritoras proyectan su joven voz para decir y decirse desde sus inquietudes, desde sus pérdidas y desde aquellos lugares que deben ser reconocimiento en los tiempos que se avecinan.

Por Luis Fernando Macías


Para mamá

Cómo lamento la suavidad de la última vez que te escribí. Tuve que esperar un par de días para restarle pesadez a las palabras, porque si mi silencio te ofendía no quería ni imaginar cuánto te hubiesen dolido esos párrafos. Cómo lamento no haber dejado al pensamiento genuino ser. Cómo lamento la suavidad forzada, los «Te amo» obligados que solo viven con el objetivo de que la realidad no te golpee tan fuerte y que durante toda mi vida te han servido como escudo.

Te tengo miedo desde que tengo memoria y tengo miedo de ese miedo: me enternece, me ablanda, me regala una comprensión que no deseo poseer. Primero temía cometer ciertos errores triviales –decir una imprudencia, ensuciar alguna cosa, obtener una mala nota en la escuela–, pero ahora el temor se trasladó a las creencias, a los pensamientos, a las posturas. Perdí la cuenta de las ocasiones en que me fui a la cama con tus alaridos en mi cabeza, siempre con alguna queja que, aunque tuviese origen en ese exterior que no soportas, encontraba forma de proyectarse en lo que soy.

Cada día de la madre te escribí una tarjeta más bella que la anterior y sí que sabía sacarte lágrimas de felicidad. Más tarde entendí que no llorabas de alegría sino de culpa, porque la niña que sabía regalarte la dicha que el mundo te negaba era tu más grande blanco de ataques. He sido lo único que puedes controlar, el fragmento de tu vida sobre el cual anhelas permanecer vigilante porque no acarrea con tanta suciedad.

Mis comportamientos y pensamientos hacia ti estaban limitados por la imagen que los demás me imponían sobre una madre: el ser más perfecto, impoluto y amoroso. Me obligué a ver tus errores como nimiedades y tu talante insufrible como simple cualidad humana. Estuve siempre dispuesta a ser tu refugio, incluso cuando mancillabas las paredes de mi alma con tus reproches interminables. Aplaudiste mi madurez –mientras no implicara ver quién realmente eras– porque traía como resultado convertirme en tu única amiga, no importaba mi edad.

¿Podré decir realmente que era una «amiga»? Pensándolo bien, solo serví como gaveta para guardar tus lamentos porque nunca aprendiste de reciprocidad.

Diría que la soledad que profesas desde una habitación compartida conmigo es falsa, pero quién permanece aquí es el fantasma de lo que fui y sabes que no soy más: ese amuleto contra los días nocivos que existe especialmente para el ego que te corroe. Tu soledad es la remuneración al peor carácter que he conocido y conoceré, el resultado de coartar las libertades de quienes te rodean, la conclusión de una vida sin atisbo de amor auténtico.

Lamento expresarte que no sirvieron las terapias, las camándulas, las constelaciones familiares, las meditaciones o las experiencias sobrehumanas que obtuviste esperando tener a cambio una mejora de lo que eres. No has podido con tu propia existencia, pero continúas aferrándote a mi capacidad de sostenerla porque soy tu mejor error. Pero hoy es uno de esos días donde me siento extenuada y resuelvo que cortar este cordón umbilical invisible es sinónimo de salvación.

El mundo sí ha sido tu enemigo, no me creas cuando te digo que nunca ha sido así: lo hago para alivianar el peso de tu vida con la poca lástima que me resta y que está por acabarse. Pero tranquila, aún no recibirás esto, continuaré enviándote más palabras de aliento que pretenden ser el libro de autoayuda que siempre he sido.

Cómo lamento no poder enviarte aún una carta de adiós. Cómo lamento no ser un poco más valiente.

Ana Sofía Vera. Tiene 19 años. Estudiante de Periodismo de la Universidad de Antioquia. Apasionada por el periodismo narrativo, la literatura y la convergencia de ambos en su ejercicio. Exploradora de letras como método para crecer.



Perdóname, no voy a herirte de nuevo.

Perdóname, déjame abrazarte.

Si me perdonas, te traeré una nueva sartén, arreglaré la ducha y tocaré una canción para ti en la organeta.

Si me perdonas, dejaré de beber whisky y ron, del aguardiente no prometo nada.

Seré eternamente tuyo, hasta el sábado.

Me quedaré contigo en casa, pero vendrán mis compadres.

Si me perdonas te prometo que no habrá nuevos amores, solo los viejos que ya conoces.

No volveré a escaparme en las noches a otros brazos, dejaré que sea exclusivamente en las tardes.

Y jamás volverás a descubrirme porque cambiaré todas las tácticas.

Si me perdonas, llevaré a las niñas donde tus hermanas y te amaré con locura, como cuando era incierto el tenerte para siempre.

Si me perdonas no volverás a llorar mares por mí, quizá quebradas o riachuelos.

Pero si me perdonas, jamás volveré a herirte, serás tú misma quién lo haga.


Nuestra casa triste.

Nuestra casa triste estaba impregnada de melancolía. Desde el tapete de la entrada hasta el pequeño patiecito lleno de matas.

Era un refugio idóneo para los sentimientos, podíamos llorar por todo y por nada, con y sin razón.

Había días demasiado tristes, en los que toda la casa nos acompañaba, cambiaba con un ambiente más lúgubre y se atenuaba para nosotros.

Nuestras tristezas; la tuya y la mía solían ser diferentes.
La mía era más constante y silenciosa, casi como una delgada capa que cubría mi piel. La tuya era aislada y pensativa, te sentabas por horas en el estudio a estar triste.
Y eso era todo: teníamos una casa triste, un refugio para nuestros sentimientos y sensaciones, protegidos de cualquier prejuicio del mundo.

Cocinábamos condimentando con recuerdos que reíamos con nostalgia.
Bailábamos pasillos y boleros en los días de vino, y nos acompañaba una felicidad callada, tímida, que sonreía al vernos sentimentales. Bailaba con nosotros sin que nos percatáramos.

Ahora vivo en una casa feliz, una casa con tanta alegría y dicha que no me cabe en el cuerpo.
Esta felicidad egoísta y estridente ha ido aislando mi tristeza y sacándola de a poquito. Tiró mis poemas ilegibles por el llanto, borró de mí mis boleros favoritos y hace meses no me deja ni un minuto para estar triste.

Esta casa feliz se alimenta de risas y bulla. Corren de un lado a otro inventando aventuras que provocan destellos e iluminan toda la casa, no existe ni un espacio lúgubre aquí.

Ya no lloro al regar las matas, ni pienso en la vida cuando estoy corriendo. Se incineraron todos mis pasatiempos de mujer triste, y con ellos mi arte.

En esta casa feliz no veo mi reflejo, no encuentro de mí ni las migajas, veo sólo un amor posesivo y alegría en todos lados.

Esta felicidad egoísta ha arrasado con todo lo que me componía como una mujer triste.
Pronto dejaré de ser y me fusionaré con la casa feliz. Seré un pilar más en esta casa que ha de absorberme para siempre, olvidando mi tristeza y mi verdadero ser.

Y ahora que estoy en una casa feliz, comprendo que erré mi camino y sobre todo mi meta.

Jamás debí pedirte ser feliz, casa triste.



Un tarro vacío.

¿Cómo te das cuenta que alguien está muriendo?

Quizá hay detalles en cada enfermedad que te indican su presencia: tos, falta de movilidad, pérdida de peso, debilidad y desmayos.

Pero en esta no.

¿Cómo entender síntomas que no vemos?, ¿o que nos negamos a ver?

Nosotras, que construíamos castillos e historias por horas, que cantábamos sin parar, que reíamos todo el tiempo, ahora somos solo sombras.

Un día desperté, empaqué maletas y abandoné toda nuestra historia, por perseguir fantasías.

Hizo lo mismo años después y nuestras cicatrices no fueron muy diferentes.

Las risas eran más opacas, las charlas más cortas y los temas nunca más volvieron a ser profundos.

Quizá yo misma me tapé los ojos ante su semblante decaído, ante su mirada apagada y la constante resistencia a las vicisitudes de su vida.

Quizá no quería creer que se despedía casualmente para siempre.

Quizá no pensé entrar y encontrar un tarro totalmente vacío, como ahora lo está nuestra casa.


Carta a S

Querido S:

Pienso, inevitablemente pienso en ti y en mí, en lo similares y distintos que podemos llegar a ser. Pienso en nuestras soledades, las compartidas y las desesperantes.

Te veo fumar en la ventana, tus ojos se pierden en el ocaso de la ciudad que siempre vive en primavera. Me siento en el sofá y miro el televisor, porque no hay ningún otro lugar al cuál mirar.

¿Qué hacemos, vida? ¿Quieres café o quieres juguito?

¿Te imaginas si fuésemos diferentes?

Serviríamos café o jugo según lo que se nos antojara, sin tener la necesidad de ir preguntando. Porque nosotros sentimos esa necesidad desde las entrañas.

¿Sería más fácil? ¿Sería menos entretenida la vida de esa manera?

A veces siento que hemos crecido con promesas de un café o de un juguito cuando la nevera y la alacena están vacías.

Me aburro y me duele nuestra melancolía. Movamos la mesa hacia la biblioteca y armemos un estante de libros en la otra pared, como para matar los recuerdos que se formaron en el orden de esta habitación.

¿Qué día se saca la basura aquí? ¿Tenés guardado algo más para botar?, ¿o querés guardarlo por la esperanza de algún día desempolvarlo un ratito? ¡Como querás! Hay mucho espacio con el que podemos ensañarnos. Llenar paredes vacías, los cajones, el armario, la mesa. ¿Qué haremos, entonces, cuando todo esté lleno y no estemos satisfechos? Inevitablemente tendremos que botar algo. Pero falta mucho para eso, todavía veo todo vacío (o llenable, como prefieras).

Entonces, llenemos y llenemos con todo lo que nos toque un poquito el alma. Porque todo sirve en algún sentido, y si no sirve nos acoplamos, porque así somos.

Ahora, me acoplaré nuevamente al oficio de extrañar. Dejaré de pensar en juguitos o café y tomaré una coca cola, mientras te veo pensar, vida.

Con cariño,
Laura, o el nombre que prefieras.


La casa de la mamá ascensión

Hay frente a mi casa un mundo escondido tras una puerta.

Veo a mi abuela alistar el pan.

—Vamos. Me sonríe tomando mi pequeña mano.

Salimos de la casa y cruzamos la calle, salto emocionada por la aventura que vendrá.

Damos tres golpes, nunca son más, nunca son menos.

Se abre el portal y aparece ella; una viejita, ya curca por los años, moviéndose más lento que el mismo tiempo y sonriendo su oro hacia nosotras.

—Puangui[1]. Me dice, y ese es el saludo que inicia la magia.

Se cierra la puerta y el mundo desaparece. A lo lejos se ve la tulpa[2] con su llamita tenue iluminando el piso, que es tierra, la misma tierra mía, la de ella, y la de todas las historias que voy a escuchar.

Corro emocionada a mi banco preferido, ese pequeño que tiene una careta grabada a los costados. No logro verla con claridad por la falta de luz, pero puedo sentir su madera tallada con mis curiosos dedos, los grandes pómulos, los dientes de su boca abierta, sus ojos vacíos perdidos eternamente en un grito.

Mi abuela empieza a hablar con magia y el fuego se mueve. Los olores del eucalipto me saludan, desterrando el artificial floral de mi ropa.
Y siento la primera embestida…

Llegaron los pequeños monstruos. ¿Tan rápido? ¿Habrán sentido mi miedo?

Subo de inmediato mis pies y examino el recinto a la altura de mi vista.

No los veo, pero ahora puedo escucharlos.

¡Escuadrón 1, hacia las ollas!
¡Escuadrón 2, hacia la escoba!
¡Escuadrón 3, hacia la niña!

Veo sus peludos cuerpos con esos ojos rojos buscando mi posición. Sus gritos de batalla hacen temblar mi cuerpo.

¡Se acercan, se acercan!

—No se asuste, mijita, que no le hacen nada. Me dice la mamá Ascensión.

Así, sus palabras activan el contraataque. Empiezan a chocarse entre ellos y corren a esconderse bajo las bancas, desde donde me vigilan. Pero su hechizo ha caducado y vuelven a ser solo cuyes.

Me pasan la tacita de peltre escaldada con la poción dulce, preparada especialmente para mí. La bebo lentamente degustando los sabores de las plantas. Por fin logro entender una palabra de mi abuela.

¿La habrá dicho en español, o empiezo a entender la magia?

Me concentro en el fuego para descubrir la historia de hoy. Él me sonríe con malicia e inicia su cuento.

Veo una quebrada cristalina, rodeada de algunos dientes de león y un pequeño niño cortándolos. En el agua se forman ondas y lentamente sale un enorme sombrero de paja que tiene pegado a un hombrecito sonriente, con nariz grande y uñas afiladas.

Le ofrece al niño una flor hermosísima, muy roja y salvaje: la watsimba[3]. Sus pequeñas manos sueltan la vida y agarran la trampa. Sin poder soltarse, el niño se funde lentamente con las aguas que se agitan con fuerza, hasta que desaparece totalmente y vuelven a ser cristalinas.

El hombrecillo sonríe a través del fuego, se hace más y más grande burlándose de mí.

Mi abuela me toma de la mano, salvándome, y se abre de nuevo el portal.

—Kaiakama[4]. Me dice la mamá Ascensión cerrando la magia, dándome unos golpecitos en la cabeza con sus manitos arrugadas.
Regresamos nuevamente a la luz del sol que ya se está poniendo, doy una última vista a la casa naranja con azul, la puerta se cierra y la magia de la mamá ascensión desaparece.

[1] Puangi. Palabra del indigena Inga que significa: ¿Está bien? (saludo que equivale a “Buenos días”, etc.)
[2] Fogón de leña.
[3] Flor representativa del Putumayo. Nombre científico Tigrida pavonia.
[4] Kaiakama. Palabra del indigena Inga que significa: ¡Hasta mañana!

Laura Maya Moreno (Santiago de Putumayo, Colombia, 1997). Estudiante de Filología Hispánica en la Universidad de Antioquia. Sus primeros acercamientos a la literatura fueron gracias a su madre y su abuelo, que le enseñó la importancia de cuidar y amar las culturas indígenas de sus pueblos. Gracias al lugar donde creció, ha podio estar en contacto con culturas como la Inga, la Kamëntsa y la Quillasinga y especialmente la Quillacinga; de la cual conoce creencias y leyendas. Es promotora y defensora de las costumbres y culturas originarias de América.



La primera vez que fui íngrimo desde que hice un amigo

Cuando la canción favorita del mono que vivía en el ático me hizo pensar en alguien que no conocía. Busco por todas partes. ¿Dónde está lo demás? ¿Me he quedado solo con su violencia y vaivenes?

*

Hay una avispa enorme que viene a visitarme. Nunca pica, no lo intenta, pero la detesto. La alimento, cada vez, con dulces baratos y aromatizante que disfruta; vuelve siempre por más. Tan estrambótico y urbano es su zumbido. No imagina nada, e inocentemente cree merecer alguna cosa. Vino ayer, así que hoy me importaría si muriera, pero no sabré su vida si un día cierro la ventana.

*

El árbol de mandarinas que ha crecido del otro lado de la cerca y a veces da mandarinas solo para que caigan en mi jardín. Nadie cuida de él, es regado con agua de mar. Tiene ramas finísimas, un diminuto vegetal en un hueco de tierra, que se conserva frondoso. Le he escuchado decir que es imbatible. Tal vez atesoro hasta el daltonismo de sus hojas nuevas, aunque no consiga digerir sus frutas.

*

Está esa gata callejera, que no sabe que lo es, y tiendo a describir como bonita. Hubo un tiempo en que adoró mi compañía. Fue esa época brevísima en la que se atoraron todos los seguros en la casa, y no pude salir, ni dejarla entrar. A veces la llamo, dejando por ahí bolsas de té. Pero su manera de caminar me hace saber que no cree vivir aquí.

*

Y el pez dorado, que nada en las tuberías y que jamás he visto. Suele contarme historias empezando por la mitad, y nunca las termina. Aunque me escuche, no quiere escucharme. Y lo amo, porque fue el primero en ponerme por nombre ‘Madrugada’.

*

Las hojas de césped antes cantaban sobre el sabor aceitoso de la sombra de las nubes, me dejaron escribir esas canciones. Pero ahora se han perdido un poco, entre la marcha de los camiones de vidrio. No son mucho más. Por suerte aun sé de sus obras.

*

Ah, ese roble bastardo que llena de basura la calle, finge absolutamente cada nido de pájaro. Recuerdo el columpio que até de su brazo, el fin de una caminata en la que no había hielo. Si ahora no me desprecia es solo por mis colores. Pero aunque sea sincera, me desconoce.

*

Una vez amé con locura a una serpiente azul. Y por años le dejé pajas de trigo en el tejado. Finalmente la eché, decapitada. Y aunque regresó, y le di agua, vino y polvo hecho de fotografías, fui incapaz de permitir que se quedara. Ha dejado de venir. Dice que se ocupa de otro asunto, pero aseguro que me ha abandonado. No siento.

*

Joder. Ese par de ardillas que he alimentado tanto tiempo, fueron la primera cosa que extrañé. Pero ahora no soporto sus chillidos murmurados. Ojalá se hubiesen mudado hace cuatro octubres. Son exactas. Y yo miento cada vez que les espeto mi acepto.

*

Todavía extraño a la falsa oronja que me juró sin palabras que me conservaría, al menos un poco más. Nunca había visto una como esa. Era conocida, genuina y brillante. Desapareció, y desearía que se hubiese despedido. ¿Para qué entonces me dejó quererla? Confieso: Me convencí de merecerla, quizá sólo porque la anhelaba. Sé que llegué cerca.

*

El pequeño zorro. Me contó tantas historias que eran todas la misma. Fue quien hizo ameno un zumo de amapolas en mi renuncia. Y me concedió estar despierta en la misma frase. Espero que no se olvide de mí. Realmente salvó algo y, aunque rio que sí, no le importó saberlo. Merece su alegría.

*

En el fondo me desagrada mucho cada vez que aparece aquel sapo desinflado. Busca alimentos que no tengo, ofrece solo sus propios deseos y su forma de soñarme me revuelve. Por conmiseración se ha mantenido, y no existe para mí fuera del buzón.

*

Así pues, desde que murió la araña que vivía en el sofá, y tiré con las sobras esa maldita crisoprasa, he enmohecido lentamente y, aunque lo fantasee, no pretendo volver a poseer.

Sara Blandón Aguilar (Medellín, Colombia, 2003). Siempre apasionada por las historias, los poemas, las palabras; algo que aprendió de su familia. Empezó a escribir cuando tenía nueve años. Estudainte de Filología Hispánica en la Universidad de Antioquia.


Luis Fernando Macías (Medellín, Colombia, 1957). Profesor de la Universidad de Antioquia. Ha publicado las siguientes novelas: Amada está lavando (1979); Ganzúa (1989); Eugenia en la sombra (2003); Morir juntos (2019) y Las muertes de Jung (2019). Los siguientes libros de poemas: Una leve mirada sobre el valle (1994); La línea del tiempo (1997); Del barrio las vecinas (1987); Los cantos de Isabel (2000); Memoria del pez (La Habana, 2002; Bogotá 2017); Cantar del retorno (2003); El jardín del origen (2009) y El libro de las paradojas (2015); Todas las palabras reunidas consiguen el silencio (2017). Los siguientes libros infantiles: La flor de lilolá (1986); La rana sin dientes (1988); Casa de bifloras (1991) Alejandro y María (2000); Así lo escuché… (2015); Quien no la adivina bien tonto es (2004); Señor, señora, adivine ahora (2015); Valentina y el teléfono mostaza (2018); No es tan gallina porque adivina (2018); Adivine pues (2020) y Cuentos infantiles para libros álbum (2020). Los siguientes libros de ensayo: Diario de lectura I: Manuel Mejía Vallejo (1994); Diario de lectura II: El pensamiento estético en las obras de Fernando González (1997); Busca raíz (1999); Diario de lectura III: León de Greiff, quintaesencia de la poesía (2015); El juego como método para la enseñanza de la literatura a niños y jóvenes (2003); El taller de creación literaria, métodos, ejercicios y lecturas (2007); El cuento es el rey de los maestros (2007). Los siguientes libros de cuentos: Los relatos de La Milagrosa (2000); Los guardianes inocentes (2003) y Los animales del cielo (2019).

Escrito por

Revista cultural y literaria de la Fundación Cultural Esteros.